Verónica Pérez Arango
(Buenos Aires, 10 de mayo de 1976). Profesora en Letras, (UBA), también se forma en distintas artes escénicas, como dramaturgia y actuación. Entre 1998 y 2002 codirige la revista literaria Quesquesé. En 2004 estrena la obra La esperanza junto a El Muererío Teatro; y en 2007, El agua en la garganta. Publicó en forma de plaqueta fragmentos del poemario la desdentada (Dirección General del Libro y Promoción de la Lectura, 2002). Este año publicó algunos poemas en la antología de poesía argentina y dominicana Quedar en lo cantado (Ed. El fin de la noche). Actualmente dicta clases de literatura y de estiramiento.
De Camping (Inédito)
I.
Quince días descalza.
Quince noches en medias de lana.
El arco tenso de los grados inflama
la subsistencia de las manadas.
Afuera del lago
las uñas delineadas de negro repasan
el orden dentro de la carpa y después de la nada
las velas se apagan
y a falta de leña
quemamos las guitarras.
Acá no hay música
ni luz artificial.
Hay fantasmas.
II.
Los loritos abaniquean con sus colas el cielo
población de nubarrones
dan órdenes desde el ramaje antiguo
creyéndose superiores.
Adentro de la carpa
detrás del mosquitero
las copas verdes opacan su cielo
y yo pienso en un poema que sea
una lista de objetos que ocupen el mundo entero.
A la hora de nacer
las voces cada vez más quietas de los pájaros
atropellan la manera
de no hacer
ni ser
nada.
III.
Por las noches
no tenemos pesadillas ni frío ni temor de volvernos viejos
en los treinta segundos que dura la luz de la linterna.
IV.
De cara a las estrellas
los campamentistas piensan que son féretros bien abrigados
y oyen
un grito
la nueva moda de ataúdes de pluma y poliéster
coronados de gloria al caer en vida
- hileras – hileras – hileras – hileras –
de campamentistas
dormidos en iglúes de colores brillantes
de cuerpos
achicados por la distancia
de piel, carne y huesos
en bolsas negras
de aire espeso entre las piedras.
Somos
restos
de
nada
cuando fumamos para dividir
las aguas
las montañas
y los cielos
en mil partes iguales.
XIX.
Todo se vuelve humo
contra la voluntad de los campamentistas
y a favor del caos,
equilibrista profesional del tiempo.
Los campamentistas inhalan y exhalan
para no perder las formas
todo se vuelve lentitud grisácea de la medianía.
Humo
y a lo lejos más
humo.
Una hilera perfecta de campamentistas
ejercitando el movimiento,
humo que entra y sale
de la tierra.
Derecho y revés (Los sueños de la sonámbula)
Pasa un avión. Un venteveo canta.
Llueve y es domingo a la mañana,
la otra cara de las cosas nos atrapa entre las sábanas.
Desde la cama tengo una visión
pantano del alma:
En el jardín la Vieja en guardia corta ramas muertas
la tijera de podar de patas oxidadas
las plantas saltan por el aire antes de tocar
el pasto ralo y de largos desparejos.
Un día gris combinado con el pulóver de cuello alto
y las botas de montar
pitucones de cuerina tapan sus ojos.
No hace frío
donde hay fantasmas.
No hay ruido
donde hace mal.
De viento sur se inunda la casa por fuera.
La Nieta se mece y babea.
La olla recoge los hilos translúcidos
como una mano de lata sin dedos.
Aviones sobre la siesta del perro.
Los ecos de los perros en una quinta a la noche
el perro se ladra. El eco rebota en las otras casas.
Tartamudo me vuelve el perro
convertido en todos los perros del mundo
y su voz familiar como si fuera miles
deformada por la lejanía más chiquita y cruel
sin la siesta ni el paseo que me prometieron esta tarde recién ida.
En otro avión y en otro y en otro y en otro
más gente que se va. Ni saludan.
La tierra de oportunidades del otro lado del océano
ensaya historias de vida que se tuercen por el tamaño del paisaje:
cielos fosforescentes y árboles sin contorno.
Escucho los murmullos
sola en la cama
mientras cuento las arrugas de mis dedos.
Detalle.
Igual que una sonámbula sin pasado ni conciencia
me visto con ropa de calle
y me pinto los labios de risa.
Recorro la zona de ambulancias y cuento
los grillos en la maleza de varias cabezas enfermas,
a saltos agigantados
practico la zona muerta,
la mala suerte escondida
o como le llamen en el barrio de insultos,
la musiquita quieta del pasto
la caca o la doble cara de las piedras.
Hay unos pastos
que cortan en la entrada de mi casa. No quiero entrar.
Nadie puso un cartel
de cuidado cerca perro suelto.
A mi regreso
los insectos afiebrados asechan
como en un velorio iluminado.
Al final siempre hay perros, muchos perros.



