Matías Moscardi

moscardi

Nació en 1983, en Mar del Plata. Sus libros son: Josele (dársena3, 2004), Los círculos del agua (dársena3, 2006), pluvia (VOX, 2007) e Historia clínica (2008). Los siguientes poemas pertenecen a Los círculos del agua.

*

La programación televisiva marca el movimiento de los astros.

En un quiz show, un hámster le lleva las preguntas al conductor

del programa en un Porche automático de juguete. Es una forma

de decir que es tarde. Las películas basadas en hechos reales

no lo dejan dormir. Sigue el camino amarillo, pero no comas

la nieve amarilla. Como la tele no tiene control remoto, hace

zapping con los párpados. 180 canales con la misma imagen:

un roedor manejando un auto fino en miniatura. Sigue el camino

amarillo, pero no comas la nieve amarilla. En el programa,

un participante explica que la actividad onírica tiene lugar

en el hemisferio derecho del cerebro, y la lectura en el izquierdo.

Por eso, dice, no podemos soñar con frases. Sigue el camino

amarillo, pero no comas la nieve.

*

El Surfer Rosa espera la tanda para entrar al agua. Es la mañana

y las cosas están heladas (no es necesario tocarlas para saberlo).

El sol brilla, los pájaros heavy metal cantan. En los videos de surf,

los chicos rubios entran en los tubos, salen de los tubos, giran,

cortan las olas para abajo, cortan las olas para arriba, y saltan

por el aire, para caer del otro lado y esperar la siguiente serie.

En La Flecha las cosas son distintas. Los bodyboarders no pueden

deslizarse a través de las olas conquistadas por los jóvenes surfers.

Los jóvenes surfers no pueden interferir en el camino fluvial de los

surfers viejos. Los surfers viejos no pueden, pero igual te cortan

con la quilla si no te metés bien abajo del agua, lo más abajo

que puedas. Y de vez en cuando aparece algún lobo marino.

No hacen nada, pero dan miedo. La piel del Surfer Rosa parece

mexicana. Helada su mente, que nada y filtra a contrapelo

la espuma verdosa, y su madera se pierde sola

entre las olas pequeñas.

*

Oh, el Baterista Grunge sería un santo entre el cromo, pero se le ven

las manos. El círculo dorado de luz sobre su cabeza no es la aureola

iconográfica, sino el crash de 16 pulgadas que siempre apalea

en el segundo verso, cuando se ejecuta el mismo compás, pero

con distorsión. Todos esos platillos y el laqueado negro hacen

de la batería un objeto marcial, y del Baterista Grunge un luchador

de aikido, o un murciélago blanco encorvado sobre parches blancos

de aros plateados. Sus movimientos lentos y fuertísimos demuestran

que toda violencia tiene un orden. Después del ensayo, el Baterista

Grunge necesita dos duchas, porque si el grunge está muerto,

los pibes de la banda también, y los muertos no huelen bien.

Le habían explicado, hace tiempo, que los músculos de las muñecas

y de los dedos tienen una resistencia invariable, pero el Baterista

Grunge toca con los hombros mientras sacude el cuello; y eso,

eso produce inflamación.

*

2000 gusanos viviendo 14 años debajo de la piel pueden

hacer que los pies fashion de Cenicienta se vean como

las patas de un elefante asiático. En el canal en donde estaba

el Discovery Channel sintoniza un programa de cocina.

Alguien prepara un postre en blanco y negro mientras explica

que todo lo que comemos forma parte de nosotros.

*

El Baterista Grunge recuerda una maratón escolar. La meta era

el asilo Unzué. Las familias se amontonaban ahí como fanáticas

de los Back Street Boys. En la cabeza del joven Baterista sonaba

una versión punk de “Carrozas de fuego” que estimulaba y a la vez

ambientaba el trote. Lo último que vio antes de tropezar fue esa estatua

de San Francisco de Asís que dice: “Loado seas mi Señor por las hermanas

criaturas”. A una cuadra de la meta, inconsciente sobre el piso, el joven

Baterista Grunge seguía escuchando la cadencia de ese cover mental,

una base de 4/4 estilizada por la ansiedad. Ahora, 13 años después,

la repite cada vez más fuerte, astillando la madera nacional de las baquetas

contra los platos y aros nacionales. Eso es tener el ritmo en la sangre.

*

Escupir en el lavatorio blanco, por la mañana. Volver, por la noche,

para observar los efectos. Entonces, la saliva adquiere un color parecido

al de una manzana verde sin cáscara, expuesta por demasiado tiempo

al oxígeno. Esperar una semana hasta que la saliva forme algo legible.