Laura Lobov

lobov

Nació en Buenos Aires en 1978. Publicó la plaqueta Balnearios, dentro de la colección Arte de Tapas de la Casa de la poesía y, en 2004, su primer libro, Las cosas a descansar, en Gog y Magog ediciones, editorial que codirige junto a Julia Sarachu, Miguel Angel Petrecca y Vanina Colagiovanni. En 2006 publicó El Zeide, en Color Pastel y en 2007 La casa de la abeja. Poemas suyos salieron también en diversas antologías de poesía argentina y latinoamericana.


De Las cosas a descansar


Como en un lugar oscuro, toco

I


Como en un lugar oscuro, toco
la punta de tus dedos, los pies
suaves del pasto.


Sólo escucho. Y bailo.


No todo es música pero
el aire está
lleno de ojos. Te veo
atacar despacio, presentir
mi paso gemelo.


Así es más fácil, pienso
en algo negro, negro
por todos lados. Que
ni una grieta descubra
por donde
salen las cosas. Tu voz
que llega de lejos y el pelo
que ahora crece.


II
Digo,
si fueras perro serías
blanco y sereno, un perro
de aguas. Los ojos
nublados, soles
por ver. Dicen
que si uno mira mucho
la luz sale de adentro
como un tesoro que
se adivina bajo la almohada.


III
Soñé que llegabas, las manos
cargadas de dulces hasta la pena
de no soñar.


Y era algo casi
asombroso, siempre Belle
& Sebastian en
la oscuridad.

Cada animal tiene



Cada animal tiene
su propio olor, el tuyo
es el de dos personas que
se encuentran en un cuarto,
en un ascensor y envuelven
un pedazo de silencio
en un papel muy chico.
Un perro que se acerca trae
en los ojos peces.
Te lame la mano
por la palma, por la parte
donde los dibujos se van
a volar en tu brazo.
Y empuja el hocico tibio y
tu sueño, el de la noche
cuando el vecino encendió
la luz y vi, en la oscuridad
a los monstruos todos
durmiendo en la cómoda.

De La casa de la abeja



era un cuadrado la casa,
blancas las paredes y el pilar
alto de la entrada. se veía todo el cielo.
el cosmos, decían.
cuando en la capital
se ven con suerte
algunas luces. la materia
desordenada y en polvo
se transforma. sin ir más lejos,
en frente, un primer piso
iluminado en la madrugada esconde
pequeños tesoros, un trofeo de karate, una heladera
y restos de algo. habría que ir al campo, salir
a la terraza, escapar
en la sábana oscura que se alza
sobre los otros. él trajo
una revista desplegable, estiró el índice,
apenas con la punta así,
cuando eras chica preguntaste
qué es el cosmos, te muestro, acá
estamos nosotros.


pienso cómo entra
no mi casa que es chica, la torre,
el parque, la pileta, tu habitación. todos
en este punto luminoso que un dedo tapa
y la distancia, el trayecto que recorre el dedo
de un planeta al otro.
hace calor y prendemos
estrellitas y bengalas en la calle.
cuando tu mamá era chica
no existía la tele en colores ni tampoco
el pilarcito. y ahora que todo estalla
bombas, planetas, naves qué pasaría
si mi casa empieza a arder y
la otra y la otra y la otra y así
se enciende este punto.


una polilla volaba,
bajo la mesa
yo con ese miedo siempre
a lo que viniera del aire. la agarraste
con los dedos,
no hace nada, ¿ves?
no muerde, no respira. para mí
tiene pelos
o un polvillo gris
que cae al matarla. lo que queda
es lo que la hace volar. igual
no quiero ver
la órbita de los dedos
al tomarla, cortar su vuelo en seco,
como si juntaras con la espada
varias cosas que arrojaste
primero al aire. así
estábamos seguros
mientras los ladrones fueran
seres alados que en silencio
se iban llevando las cosas.


calor y las nubes
que se juntan de a poco, después
sobre las luces de la calle, gotas
caen lentas hasta
hacerse más y más livianas, cerrarse
como una cortina afilada
que todo lo cubre. se sabía,
no iba a seguir así. agosto y un sol
que raja la tierra.
las únicas estrellas que veo
son antenas, algún pararrayos y un avión
que ya se pierde hacia un lado de la ventana.
la lluvia empezó
mientras escribía y ahora
la cortina se repliega
llego a este verso y miro
el foco de mercurio, la calle, una moldura.
pero ni un rastro
de esas gotas que antes
amenazaban inundar los barrios,
regar las plantas y decretar
la apertura simultánea
de las azaleas.


abajo de la línea de la tormenta
la vista se abre y en la pared
una enredadera en otoño
como una llamarada
el centro rojo y las puntas
que se aclaran hasta envolver
con lenguas amarillas el borde
de las ventanas más altas.
fijate, sólo desde acá
lo podemos ver.