Laura Crespi

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Laura Crespi nació en San Fernando, Provincia de Buenos Aires, en 1973. Publicó Días de besos (La internacional argentina, 2006), Una onda magnética (Belleza y felicidad, 2008) y el ensayo Un blanco móvil. Filosofía, literatura y metáfora (Santiago Arcos, 2009). En preparación los libros de poemas Árboles alineados y La vida interior. Es licenciada en filosofía por la Universidad de Buenos Aires, donde da clases. Mantiene el blog de fotos www.loshechizados.blogspot.com

De Días de besos (fragmentos)

Para no mirar en los estantes despojados, la presencia se dilata en los cristales y en el agua que da vueltas. Las burbujas se transforman en millares de partículas hundidas, en nubes lenticulares. Algo opaca el zumbido de las horas, una huida en el puro deslizarse sobre las pequeñas venas que se transparentan en los párpados.



Cuando juntos recibíamos la tarde. En días de besos, que se aproximan y se olvidan.



La mañana ahora se espesa y la claridad se derrama sobre la habitación gris. Salimos a caminar por el recinto con la forma de un paseo. En el medio del jardín había una fuente cubierta con flores rojas. Atravesamos los arcos, iluminados por una luz hialina.



Nos tomamos un avión en vacaciones. Yo pensaba que la reflexión era eso que rodeaba la inquietud, o la pintura de las pistas en una planicie incierta y muda.



Y lo que sigue es la concentración de unos instantes. En el cuerpo sólo se perciben esas pequeñas verdades, sus prolongaciones en una ola verde que se filtra entre los dos, viajando, compartiendo todo lo que queda simultáneamente en un silencio.



A una hora del polígono industrial se dejan ver las siluetas de las fábricas de humo como tubos de una chimenea enorme. Los barcos traen ideas de la playa que pueden memorizarse, abanicos con opciones que atraviesan el puerto para unirse a la bahía.



Esa idea era un secreto y se develaba como un rasgo. Párpados que se cierran, diluidos, que no quieren decir nada. Unos puntos se acomodan y desacomodan sin cesar en un fragmento oscuro de los ojos. Es como un lenguaje acuático, una huida que sigue el reflejo.



Algo que se dispersaba en las palabras, desarticuladas y llenas de ambigüedad, puede ser que atribuidas a un funcionamiento diferente, no importaba, porque no eran sino para el tacto, o una sensibilidad primaria donde entraban esos puntos transparentes. El cristal del día había desaparecido en una lejanía y ya no quedaba nada de la superficie que nos describía entonces.



Me paso las manos por la cara hundiendo los dedos en los ojos hasta ver puntos dorados y rojos. En el espejo se transparentan los colores de la piel. Cierro el libro y pienso en ese regalo que una vez le hicimos a septiembre.



Varios meses deshicieron en un nudo algo central que dejaba de lado todos los detalles. Pasan días como años. La autopista estaba cerca y descubriste que una vez allí todo se despejaba hasta llegar a conducir las curvas.


De Árboles alineados (inédito)

*



Soñé que por fin me hablabas, y en susurros empezamos a escuchar las voces que salían del cuarto contiguo. Entonces borramos las palabras que estaban escritas en la ventana de la cocina, y aparecieron líneas aguadas, largas gotas, para descifrar en lo reaparecido algo. Nada se veía entre el vapor. Sólo nadaban indicios de esa circunvalación fortuita que nos reunía a todos.



El humo empañaba despacio la noche y quienes parecían ocultarse, eran en realidad dejados de lado en virtud de una profunda unidad entre dos personas. Como velos al caer uno por uno, o distintos pensamientos a la vez, y en esa discontinuidad una señal se sigue en la secuencia de canales frente a la pantalla de un televisor portátil.



En el sueño se cruzan fugaces distintas escenas, vistazos que más tarde emplazaban las arenas movedizas al rodearnos. Los dos esperábamos que alguien manifestara antes el núcleo del riesgo, sabiendo que igual el tiempo estaba perdiéndonos solos.



En la ciudad brillan las vidrieras con huevos de pascua y alguien se convierte en oro en medio del follaje.



*



Una placa negra que sostiene trenzas de hilo negro. Ella deja en su cabeza guirnaldas de flores apoyadas en los ojos, aros que desprenden una a una las miradas que van a insinuar la lejanía como un síndrome de otra bienvenida. En una combinación de todo lo presente y lo pasado, durante la vuelta del camino la lluvia se desplaza rítmicamente sobre el parabrisas.



Los largos paseos con el frío sobre la cara mojada, unas palabras acribillando vidrios, y el despliegue de desigualdades entre varias idas y venidas hacia el fondo de la casa me hacen acordar de mí otra vez.



Pierdo el hilo y salgo a la vereda suspirando.



Dejando que no poder moverse de la cama sea en todo caso un trino de esa voz amada.



*



Quedamos inmóviles apoyados en la baranda gris de la vereda. Habíamos comprado caramelos sin saber muy bien cómo explicarlo, sin poder rodear la idea con palabras, lo que iba a percibirse en muy pocos minutos al sonar el timbre de la escuela.



De los trazos agrupados en dos círculos que hacíamos con lápiz verde, los árboles dibujados parecen moverse en un costado de la ruta litoral.



Y ahora lo que más sistematiza todo es siempre una instrucción que instala la versión del otro, divagaciones extravagantes y purísimas de algo infantil acariciando algunos dedos de la mano.



*



El día de vacaciones nos reúne en una cápsula de humo. Las voces se adhieren como una segunda piel al silencio de algo así como un fuero interno. Conservando alguna imagen del pasado quedamos envueltos en la niebla, despidiendo la claridad de esa esfera enrarecida por la droga.



Contenía todo lo que parecía que pasaba en una intencionalidad autónoma, y a la vez desviada de lo que nos proyectábamos en los inicios de la reflexión.