SEIS INTENTOS FRUSTRADOS DE ESCRIBIR SOBRE ARLT

de Oscar Masotta
De Hoy en la cultura me piden una nota sobre Roberto Arlt. Contesto que sí, me apresto a redactarla. Intento un resumen apretado: comprimir mis viejas páginas sobre Arlt. Pero me invade una determinada inquietud. No se me pide, tal vez, una nota sobre Arlt para hacer de este autor muerto un hombre más vivo, sino para hacerlo más muerto. Y para arrastrarme, tal vez, a mí mismo en esa doble muerte. Me tranquilizo. ¿Por qué no, en fin, escribir la nota diciendo exactamente eso? Estampo entonces como primer párrafo las dos frases que se leen arriba. Pero ¿no sería mejor, encarar, directamente, la nota, de manera más objetiva? El aspecto generacional, como se dice. Me siento, entonces, cómo conmigo mismo, justificado, importante, histórico. Quito la hoja y coloco otra nueva. Pero vuelvo a sentirme insatisfecho antes de comenzar. Pienso entonces en telefonear a la redacción de Hoy en la cultura. ¿Pero telefonear? ¿De pronto? ¿Para qué? Es un poco cómico. Es que se trata de Roberto Arlt, me digo. Pediré hablar con el secretario de redacción y le diré que me disculpe, pero no he de escribir la nota, y que si yo me pusiera a escribir exactamente lo que pienso sobre Arlt, Hoy en la cultura no me publicaría. Preparo el tono de voz adecuado, para decirle tal cosa. Pero desfallezco inmediatamente. El secretario de redacción me agradecería seguramente, gentilmente la nota, y siempre gentilmente es seguro que se quedaría pensando que estoy un poco loco. Desisto de telefonear. Comienzo esa nota que Hoy en la cultura seguramente no publicaría. Pero también la abandono. En efecto, cómo decir, brevemente, lo que uno piensa sobre Roberto Arlt sin escribir sandeces? Enfundo la máquina de escribir. Y cuando ya había decido no escribir la nota, comprendí que ella ya estaba escrita. La única nota que me era posible escribir sobre Arlt debería reflejar mi imposibilidad de escribirla. Yo había intentado varias veces escribir esa nota y varias veces mi intento se había visto frustrado. He aquí una selección ordenada de esas frustraciones.
Primer intento
Astier, Erdosain, Balder: Son humillados. ¿Pero qué es lo que hacen en Arlt que un humillado sea un humillado? Humillados, ¿pero de qué? Nada más que esto: de su estatus social, de su extracción de clase. La humillación de Arlt viene de pertenecer a la clase media, una clase condenada a un cinismo pueril, al ocultamiento, a la imitación, a la mediocridad, al fingimiento, a la histeria, al miedo. Condenada a vivir como inmunda la imagen de sí que ningún mecanismo puede finalmente ocultarle.
Segundo intento
Roberto Arlt nació en 1900, murió en 1942, de una manera tranquilizante, porque murió de una afección al órgano de los sentimientos: el corazón. En la sociedad se autores se dispuso se le agradeciera este hecho también tranquilizante: que había sido escritor, y se dijeron algunas palabras fúnebres, sobre el escritor. Quienes lo conocieron, lo amaron o lo admiraron están de acuerdo en recordar, el día de su muerte 26 de julio, como un día de atmósfera melancólica negra, de cielo cerrado, gris, lluvioso. Y ciertamente, un vago respeto teñido de gris y de melancolía emana de las páginas de Larra o Nira Etchenique han dedicado a Arlt.
La derecha intelectual ignora en cambio a Arlt, y esto para el caso de Borges o Victoria Ocampo, o Silvina Bullrich, de quienes se podría afirmar que jamás han sostenido un libro de Arlt entre los dedos. Lo que sería aceptable en Victoria Ocampo, pues la escritora no dudado en señalar hasta qué punto no ama la “m…” (sic) sino que prefiera las “rosas” (también sic.). En cuanto a Borges… En fin, es cierto, Arlt, que eres un gran escritor, escribía mal. Y Silvina Bullrich, una novelista de ideas tan duras, tan realistas, tan secas, tan cínica, ¿qué pensaría de Arlt si lo leyera? Hay en Arlt un gusto por el cinismo; pero un cinismo melancólico, de tono menor, y sería interesante hacer un trabajo comparativo entre ese cinismo y el cinismo militante, lúcido, de derecha por supuesto, pero sincero, sincero puesto que reconoce la realidad de las clases sociales, de Silvina Bullrich. Hay en Arlt, también una tentación por lo negro, por los sentimientos negativos, asesinatos, traiciones, violaciones, delaciones. Pero a veces, ese negro aparece impregnado de afecto. Y en fin, es de ese afecto o de esa impregnación de los malos sentimientos en Arlt los buenos sentimientos que habría que desconfiar. O no sé; tal vez mucho más que el propio Arlt son los críticos de izquierda quienes aceptan la empalagosa pendiente del afecto, y se ponen afectuosos cuando deberían intentar, mejor que limar el lado peligroso de la obra, comprender que es ese mismo lado el que la hace viviente. En la mayor parte del libro de Larra se percibía la voluntad de disculpar a Arlt. Pero ¿de qué…?
Tercer intento
No es cierto que la derecha hay ignorado a Arlt: Murena, Solero, Ghiano, han escrito sobre él. Lo que se descubre entonces en Arlt es el país… Un espíritu profundo, un logos demoníaco, frustrado y trágico, impregnado de los colores y de las luces de la ciudad, más o menos americano, bastante telúrico. Atrae en Arlt una actitud de rebeldía difusa e indeterminada, que su obra alienta péro que no justifica, y para Ghiano (a quien se hace complicado seguir, no por lo difícil de sus ideas, sino porque escribe mal, y no en el sentido en que Arlt escribe mal), Arlt es una suerte de buzo, un hombre que se hurga y que hura, se hunde, bucea, a ciegas casi, se inmerge, se empasta, se zambulle, se pierde, se ahoga casi, en la “realidad”… Un escritor insobornable, de jamás dudosa autenticidad de ahí Arlt por Ghiano– que ratificaría los derechos de lo que podríamos llamar una metafísica de la inmersión. Inmersión, de acuerdo, ¿pero en qué? Metafísica a la que no aparecían ajenos David Viñas y los escritores de Contorno. Pero estos ya hace bastante tiempo que han descubierto (hemos comprendido) la realidad esto es, la lucha de clases…
Cuarto intento
Anecdotario de Arlt: reléanse una por una todas las anécdotas que sobre él se cuentan y se verá el aspecto del hombre que acentúan. Una imagen pintoresca, coloreada, un muchacho un poco revoltoso, un poco inconsciente, o bastante, pero de buen talante. Preocupado y serio, talentoso y pobre, incapaz de molestar en serio a nadie, sobre todo porque nadie podría sentirse en serio molestado, por un muchacho así, preocupado por superarse, por ganarse el pan, por mejorarse, por ser alguien, inventor o escritor. Una imagen pedagógica: moral del esfuerzo, ribetes de optimismo, logro individual. Y el anecdotario de Arlt se trueca en propaganda edificante. ¿Pero qué relación hay entre las anécdotas conocidas y el acto de Astier en El juguete rabioso, cuando delata al Rengo al dueño de la casa que aquel iba a robar, inesperadamente, gratuitamente; a un pobre defectuoso, un simpático feriante, un pequeño ratero, su amigo, a quien aprecia? Ninguna de las anécdotas conocidas sobre Arlt permite evocar o entrever ese lugar estructural de su obra donde un humillado, delata, ajusticia, traiciona, golpea o asesina a otro humillado. Yo me preguntaba: ¿existirá la anécdota en la que Arlt se muestre capaz de mimar con su propia vida la estructura interna de las situaciones claves de sus novelas? Y he aquí que alguien, un día, me relata esa anécdota. Algo que pudo o no haber ocurrido, pero que es verosímil. Roberto Arlt, adulta ya, se halla conversando en plena calle con un grupo de amigos. De pronto, hace un gesto, pide a aquellos que lo rodean que le esperen un instante, y se aleja entonces en dirección al portero de una casa de departamentos. Cuando está a menos de un paso del hombre se detiene, y acercando su cara a la cara del hombre, escupe. ¿Feísmo? Sí, pero la literatura de Arlt no es una literatura de lo lindo, sino más bien de lo lindo envenenado. ¿Fanfarronismo, violencia de derecha? Una cosa y la otra, y simultáneamente, ni una cosa ni la otra. El acto de escupir en el rostro a un portero: a mi entender, una estructura semejante a la delación del Rengo por Astier o al asesinato de la Bizca por Erdosain. En descarga de Arlt podríamos pensar que a través de ese agravio inesperado del que convierte en víctima a un pobre portero, intentaba señalar a los otros que él, Arlt, no ignoraba a su propia obra, de la misma manera que algunas culturas primitivas o indígenas demuestran, por boca de alguno de sus individuos, que se conocen a sí mismas más de lo que el etnólogo cree conocerlas, o tanto como este puede hacerlo. Y Arlt sabe esto de sí mismo: que si él quiere decir en su obra precisamente eso que busca decir, debe hacer que sus personajes sean anarquistas, pero al revés. Los personajes de Arlt no intentan poner una bomba al mundo de los de arriba, sino erigirse en verdugos de los de abajo. Pero no lo mismo, al reconstruir con sus actos particulares, de individuos singulares y víctimas que la sociedad sostiene en el anonimato de lo general, nos obligan a conocer de manera emocionante qué cosa es una jerarquía social, o lo que es lo mismo, a un insidioso comercio con ese aberrante, bastante poco escondido, que nosotros llamamos, con palabras neutras y lavadas, sociedad de clases.
Quinto intento
Tengo a Jorge Luis Borges y a Roberto Arlt por los grandes escritores que haya producido el país hasta la fecha. La mala fe política del primero, sus nefastas, estúpidas (el término no pretende ser un insulto, sino ser más bien descriptivo) opciones públicas: la ingenuidad pública del otro, su buena voluntad para educarse ideológicamente. Uno y otro, expresarían, cada a su nivel y cada uno a su modo, las peripecias culturales de un país subdesarrollado. Tesis atractiva pero es preciso dejar de lado…
Sexto intento
Hay un párrafo del libro recientemente publicado por Nira Etchenique Roberto Arlt (Buenos Aires, La Mandrágora, 1962) que resulta bastante molesto. Comienzo por transcribirlo:
“Poco le cuesta saltar del mercado al palacio –el crítico está describiendo, con metáforas, las peripecias del héroe de El juguete rabioso–, de la hediondez viciosa de su accidental compañero homosexual a los piecesitos pudorosos de las niñas que esperan en algun rincón de su destino. (p.23)”
En fin, nos ruborizamos ante todo por lo desgraciado de la frasee que va desde “piecesitos pudorosos” en adelante. ¿Pero Nira Etchenique pensará en serio que la homosexualidad es un “vicio”, y además un viioo “hediondo”? Era exactamente eso, si no nos engañamos, lo que pensaba el juez que actúo, no hace mucho tiempo, en la Capital Federal, contra Carlos Correas, el autor de ese vigoroso y formidable cuento donde naraba la breve historia de una aventura hiomosexual. Un juez de instrucción tiene derecho a ser prutitano, pero ¿y una escritora que se quiere de izquierda? ¿Y Arlt? No, tal vez no lo era, al menos del todo. Se reuerda la situación de El juguete rabioso a la que se refiere el párrafo de Nira Etchenique. Hay allí conmiseración, pero no repulsión, por el homosexual. Pero por lo mismo, habría que agregar aquí, entonces, que aun en aquella situación de El juguete rabioso había algo de puritano, de ética sexual alienada: era exactamente esa conmiseración, el tono un poco piadoso, un paternalismo moral que oficiaba de perspectiva para ver desde afuera al homosexual. Menos moralizante que Nira Etchenique, no tan puritano, Roberto Arlt permanece, de cualquier manera, al nivel de algunos temas apenas rozados en sus novelas, puritano y moralizante. Y para iniciar un verdadero intento de comprensión de la obra de Arlt tal vez no sería ocioso plantearse, previamente, la cuestión de la relación del sexo con la moral. Con una moral donde los valores y las virtudes éticas serían considerados en una perspectiva genética, como nos enseña el marxismo; esto es, originándose como valores y virtudes en la necesidad (material) y en el deseo (no solamente animal, sino humano).
Oscar Masotta
* Publicado en Hoy en la cultura, n°5, septiembre de 1962. Recogido junto a otros textos de Arlt en: Masotta, Oscar: Sexo y traición en Roberto Arlt, Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, junio de 2008.
