Cuando pase el temblor

Crónica de Elisa Montesinos
Sonido de vasos, la marea se convulsiona, la mesa, las lámparas, edificios, árboles, hay gritos, destellos de luz, silencio.
Lo vemos repetidas veces en la pantalla. Una ola gigantesca avanza hacia la orilla. Estamos inquietos, tememos el fin, pero no decimos nada.
Es un momento libre de réplicas, duermes. Ahogas el temor y la borrachera en la almohada. ¿A qué temes? Con voz entrecortada, aguardentosa, entre lágrimas, dijiste, mañana al despertar seguiré siendo el mismo cero a la izquierda, he tratado tanto de no serlo, pero no puedo. Quisiera que no te veas de esa forma, quisiera que al despertar por la mañana salgas con ánimo en busca de un trabajo que te permita vivir. Pero ahora importan poco mis deseos. Tiembla, está temblando otra vez, lo leo en los periódicos, lo escucho en la radio, lo veo en la muralla trizándose, en los objetos cayendo, y entonces, por qué en la calle los vecinos tan tranquilos, por qué todo tan normal. NO puedo acostumbrarme, es sólo eso. En la pantalla se ven ciudades destruidas, casas por el suelo, edificios averiados, puentes rotos. Y aquí, la ciudad encendida derrocha luz multicolor, rascacielos erectos, imponentes, burlándose del desastre. Tú respiras tranquilo y no me dices que todo va a estar bien, no me dices nada, ni siquiera promesas falsas. La mesa en la que escribo se estremece y eso hace que todo se vuelva más confuso.
Respiras estruendosamente. A veces mi mayor temor es la fragilidad de esa inhalación y exhalación. El noticiero muestra a la Presidenta dirigiéndose al país con voz tan temblorosa como el sismo, a punto de llorar, compungida en una mueca de dolor. Es una tragedia, dicen, y hay que oírlo de boca de don Francisco, ese santo mediático experto en la extorsión. Me alegra que no lo escuches. Tu respiración se vuelve un zumbido de abejas, moscas, un ronquido persistente, la ola se acerca peligrosamente a la orilla, la gente huye. La Presidenta al borde del llanto se excusa. Tus ronquidos crecen en intensidad y yo no sé qué vendrá después de este movimiento telúrico, qué quedará en pie. No voy a llorar, ya lo dije, es tan simple como tirar una moneda al aire, confiar o no confiar, creer o no creer. O pedir peras al olmo. El agua arrasa construcciones antiguas, iglesias, monumentos históricos, arrastra rocas, lodo, libros, automóviles, desperdicios. Cuerpos. La inseguridad es lo único que queda en pie y uno se aferra a ella y comienza a dudar de todo. De la eficacia de la inhalación y exhalación simultáneas.
Ya no es cuestión de piel, de tocarte y saber que estás ahí. El mundo es una corriente que nos lleva si no elegimos adonde ir, si no remamos firme para algún lugar. La corriente te puede arrastrar lejos de mí, si te dejas. Y a veces no veo tu voluntad, está borrada, ahogada en experiencias que desconozco. Te aferras a mi mano y quieres que te lleve, que te diga por aquí, por este sendero es mejor caminar. Me agoto. Las réplicas se suceden y el tiempo transcurre, implacable –la letra desarticulada por el movimiento constante, letal–. Estás ahí, siento tu respiración aún, la cercanía de tu piel, pero la voz, la voz se ha ido, no logras articular palabra, sólo gimes. Estás mudo. El temblor te ha dejado así, las noticias remecen nuestro pequeño departamento y los vecinos preguntan preocupados en la calle, ¡Chile!, cómo está la familia, sentimos mucho. Los árboles por la ventana parecen lo único firme. No se remecen con el paso de los vehículos ni con los sacudones constantes, espasmos vengativos de la tierra. El agua, el agua se mete por debajo de la puerta, la arranca de raíz, debemos huir cuando entra en la cama en que dormimos abrazados; los muebles, la ropa, todo se llena de barro, en la huida alcanzo a agarrar mi cartera, el computador. Abajo están tranquilos, la casa de los vecinos en el primer piso no se ha inundado, nada se ha inundado en ningún lugar visible, sólo en la pantalla. Una y otra vez vemos la ola gigantesca venir, es detestable, horroroso, pero no podemos dejar de mirar el país asolado, las casas destruidas o con restos de agua y de barro hasta más arriba de las puertas, como en nuestro departamento al que regresamos como mendigos o náufragos sin decir palabra, no podemos. También he perdido la voz; nos miramos, nos acariciamos, lloramos juntos. Y después de eso, como si no me importara la tragedia, como si no me importara realmente que estés dolido y mudo, que cientos de personas hayan muerto, vuelvo a mi asiento en ruinas y me pongo a escribir. La pared tiene fisuras que se agrandan a cada nuevo temblor, en cada movimiento algo cae, algo de lo poco que no había caído. Es probable que la pared ceda. Tú duermes en el suelo, hemos instalado un campamento provisorio con plásticos y frazadas. Respiras, te convulsionas, gimes.
El final está cerca, el fin que tantas veces imaginamos. En la foto se ven sólo escombros. Es como si hubieran tirado una bomba atómica, te digo, te comento las noticias, la fotografía que llama mi atención: una mesa en medio de las ruinas y dos hombres tomando desayuno. También nosotros desayunamos. Té con pan. Estamos albergados en nuestra propia casa cayéndose a pedazos. El estúpido del periodista español acude al super saqueado como a un campo de batalla, dices. Las noticias te dan valor, recuperas el habla, la movilidad. Es verdad, interroga a las mujeres llevándose cajas de leche, a los hombres que lloran desesperados. ¿Señora, usted por qué recurre a una medida tan extrema, no sabe que esto es propiedad privada?, les dice. Las cámaras son implacables, registran los rostros, no perdonan. Una nube de gas ocupa la pantalla, el periodista tose y se lanza adrede contra las bombas lacrimógenas, quizás por primera vez en su vida. Ya no es el niño bonito de Don Francisco que la tarde del sábado busca una soltera sin compromiso. Toses. Hemos logrado volver del super de la Quinta Avenida y aunque éramos los únicos pudimos sacar papel higiénico por montones, cajas de leche y víveres que repartimos en el vecindario. Nos miraban sorprendidos. Creo que ahora nos estiman más.
Treinta años viviendo en Sunset Park y nunca vi algo así, nos dijo Víctor, el hombre que repara bicicletas abandonadas, o tal vez sustraídas, y las vende a bajo precio. Cuando le dimos lo suyo, sus víveres, un vecino estaba tirado en la calle, los curiosos mirando, la ambulancia, los bomberos. No se cuida, sabe que no debe hacerlo y lo sigue haciendo, fue la explicación de Víctor. Al vecino ya lo habíamos visto así, derramado en la escalera delante de su casa y con una botella a medio vaciar al lado. Al llegar a nuestro edificio pisé mierda humana, estoy segura, por el olor. La reconozco. Quién habrá sido. Tocamos en el segundo. Abrió la yerna, feliz por las cajas de leche, los pañales, los frijoles, el café; la madre había salido a trabajar. Se veían las colchonetas en el suelo, la cuna, el desorden, pero ellos estaban así desde antes. Son diez o más en un espacio para tres cuando mucho. Son de México. En el vecindario se burlan, dicen que uno deja la cama caliente para que el otro llegue del trabajo y la ocupe. Pero la única que trabaja es la madre. Viven de su sueldo y de la seguridad social, pero no les alcanzan. Por eso uno de los tres cuartos lo ocupa un extraño. Hace unos meses el hijo mayor hizo aumentar en dos a la familia. Por las tardes el menor se sienta en la escalera con sus amigos. Ellos también agradecen la leche chocolatada que les trajimos. La toman mientras hacen los paquetes de marihuana que venderán en el barrio.
Toque de queda. No entiendo nada, te digo al ver las noticias por enésima vez. La policía busca en las poblaciones a aquellos que han sacado mercancías de los supermercados, electrodomésticos, línea blanca, ropa, alimentos. No sólo policías; militares con las caras pintadas de negro apuntan a un par de hombres, los pisan con las botas en la espalda para pedirles el carnet de identidad. Cuando te lo cuento gritas, te levantas, miras por la ventana. Debemos esconder discos y libros, me dices. ¡Pero no tenemos nada! Tiemblas, te echas en la cama, deliras, dices algo de unos milicos asquerosos, no pueden llevarme, no van a quitarme mi televisor. El que trajiste de la Quinta Avenida para ver los partidos de fútbol. No te importó mi voz repitiendo que aquí no se ve televisión gratis, que hay que pagar aparte, no te importó que te miraran feo por salir del súper con carros de mercadería robada y yo llevando la tele, mientras tú los apuntabas con la mano escondida debajo del chaleco. Estamos en peligro, en cualquier minuto pueden venir. Las noticias sólo muestran detenciones, allanamientos, soldados con armas. No sé qué es peor, te digo, que tiemble o esto. Pero has vuelto a tu rincón, a tu mutismo, pones el veneno para ratas, matas cucarachas, miras por la ventana. Tengo hambre, dices, ¿qué hora es?
Elisa Montesinos, Brooklyn 2010.
