Rostros que llegan
Crónica de Martín Cinzano

Variados tipos de rostros extranjeros se pueden apreciar en México. El del turista, el del viajero impenitente, el del estudiante sudamericano, el de los chales, el del güero zapatista, el del que se quedó para siempre en el viaje de peyote y muchas otras variantes cuyas características dependen de la buena o mala suerte que haya rondado al afuerino en las tierras del nopal.
Entre esa multitud de rostros hay uno en particular que me llama la atención; es el rostro del europeo desencantado, el rostro de quienes vinieron, por ejemplo, a internarse en los misterios de la selva Lacandona y acabaron abriendo un bar de cervezas importadas en los alrededores de Palenque o en la colonia Roma. Da la impresión de que a aquellos rostros algo les ha pegado duro.
Ciertamente, ni el más desencantado de los europeos en México —el europeo desencantado por antonomasia—, Geoffrey Firmin, era capaz de llevar esa mueca de desprecio por las calles de Quauhnáhuac. Por el contrario, Firmin mantiene hasta el final, entre las sombras amenazantes de El Farolito, la conciencia “de no haber llegado enteramente hasta el fondo”. Los rostros desencantados de los europeos parecieran no sólo haber llegado a ese fondo, sino revolcarse en él sin por ello dejar de mantener, con hostilidad, el ojo vigilante.
Y sin embargo, como Firmin, se han quedado. Es lo más extraño de este asunto: persisten. ¿En qué? No se sabe, no podría quizás saberse nunca, pues la acritud del carácter de esos tipos —en los que por lo general despunta una calvicie, en el caso de los hombres— es de suyo impenetrable.
Debo advertir de inmediato que el europeo desencantado de hoy no tiene nada que ver con el de antaño; el de hoy no viene a formar un linaje ni propiamente una colonia. Tampoco ha sido declarado inútil ni viene huyendo de un juicio por crímenes de guerra; pero cuando llega se ve que trae a cuestas unas extrañas esperanzas; luego echa un vistazo y, de pronto, algo le pega duro. Entonces el europeo de hoy, luego de que ese algo le ha pegado duro, obtiene algunas certezas, pone los pies sobre la tierra y asume que se conformará, por ejemplo, con abrir un bar o administrar una pizzería y de ese modo persistir.
Aquí debemos hacer un alto. Porque el tema de los extranjeros (desencantados o no) en México, se ha abierto con el peligro de transformarse, al final, en un informe (inútil) para la migra.
Veamos. En los años setenta —para más o menos delimitar el asunto— llegaron los exiliados sudamericanos en gran cantidad, muchos de los cuales optaron por jamás regresar a la tierra que los vio nacer y revolverla. Esos sudamericanos llevan un rostro que es todo lo contrario al del europeo desencantado, como si a cada minuto se estuvieran riendo de la feliz decisión de no haber regresado al sur, aun cuando cada día realicen una puntillosa revisión, vía Internet, de las noticias sin novedad que se producen por allá.
Para ir un poco más atrás en el siglo veinte, en los años treinta y cuarenta México recibió gran cantidad de españoles expatriados, por supuesto republicanos o antifascistas, entre los que —uno se entera de esto por los doctos homenajes que cada año se llevan a cabo— se encontraban poetas como el mismísimo León Felipe y eminencias aún vivas como Adolfo Sánchez Vázquez y Ramón Xirau (y recién muertas, como el cervantista Eulalio Ferrer).
Ambos antecedentes, con la obligatoria inclusión de Trotsky el Refugiado en tal historia, según algunos mexicanos son motivo de orgullo y quizás constituyan la única cosa digna de rescatar en setenta años de priísmo: una impecable tradición de diplomacia internacional que con Foxilandia, para decirlo suavemente, se fue a la mierda entre dos llamadas, como un bolero.
Ahora, luego de estos matices históricos (podríamos afirmar que el primer extranjero desencantado en México fue Hernán Cortés, pero esto nos tomaría mucho tiempo y nos granjearía pleitos), volvamos a nuestro Rostro Europeo Desencantado. En el Distrito Federal se lo advierte con más regularidad en los bohemios establecimientos de la colonia Condesa o en la colonia Roma, territorios ambos pertenecientes a la oligarquía ilustrada mexicana y que con el devenir de los años han visto florecer en sus lindas calles y plazas, en sus bares y cafeterías (y hasta en sus mercados, porque comprar en el mercado hoy es la onda), una especie de dandismo maldito (de maldito dandismo), que, en el caso de la Roma, cuenta con el prestigioso antecedente bohemio de haber cobijado, allá por los años cincuenta, los poemas del refugiado alcohólico Jack Kerouac.
Hoy, algunos poetas jóvenes y no tan jóvenes, sean mexicanos, centro o sudamericanos, se pasean por la Roma y la Condesa debidamente acreditados por una beca del Gobierno Federal. En homenaje a Kerouac y Burroughs: está muy bien. Pero el Rostro Europeo Desencantado no es como el Rostro del Poeta Becado ni se parece al del Estudiante Becado, ni mucho menos al del Beatnick Drogo. Los europeos son los europeos, y punto. A los europeos desencantados la poesía les importa un rábano. La cuestión es trabajar, romperse el lomo y no bajar nunca la guardia ante los mexicanos que al primer descuido, mientras le ponen demasiada crema a los tacos, te querrán vender gato por liebre.
Primera ley de un Rostro Europeo Desencantado: nunca faltará el mexicano malintencionado que querrá timarte. Segunda ley: haz lo tuyo, pero no le des la espalda. Esto puede parecer injusto; ¿es injusto este retrato del europeo desencantado? ¿O lo verdaderamente injusto es tener como ley el que nunca faltará el mexicano malintencionado capaz de enterrarte un cuchillo por la espalda? ¿Ambas cosas? Algo es cierto: no es necesario ser un europeo desencantado para ver de inmediato cómo en México las cosas “no funcionan”, pero, como dice un aforismo del gran Nikito Nipongo: “El mexicano, a diferencia del extranjero, no cuenta en México con una embajada que lo proteja”.
“Los extranjeros que llegan a México suelen encontrar finales más bien infelices”, se lee en la novela Mantra de Rodrigo Fresán. ¿Tanto así? La verdad, en México te pueden suceder cosas, felices o infelices, como en cualquier otro lugar. Artaud y Breton, dos personalidades antagónicas, coincidieron en convertir a México en el terreno fértil para cuanta fantasía se les vino a la cabeza, como si la sola evocación a “México” contuviera los prestigiosos tintes de la locura. Eso se acabó. Ya ha sido envasado. Al europeo desencantado no le hablen de tarahumaras ni de surrealismo. Háblenle de negocios. Los escuchará con atención y luego decidirá y persistirá en su decisión y tengan por seguro que ya no se marchará.
Los europeos que llegan a México —o a Colombia, o a Argelia— suelen encontrarse cara a cara con Lo Mismo. Y Lo Mismo se los traga.
Viva Rumania.
Martín Cinzano.
