La tipografía existe para honrar el contenido
Lecciones de Robert Bringhurts

Como la oratoria, la música, la danza, la caligrafía, como cualquier cosa que preste su gracia al lenguaje, la tipografía es un arte al que deliberadamente puede darse un mal uso. Es un arte por el cual se pueden aclarar, honrar y compartir los significados de un texto (o su ausencia de significado) o, por el contrario, disfrazarlos a sabiendas.
En un mundo lleno de mensajes no solicitados, muchas veces la tipografía debe llamar la atención hacia sí misma antes de que alguien la lea. Sin embargo, para que sea posible leerla, debe renunciar a la atención que ha conseguido. Por lo tanto, la tipografía que tiene algo que decir aspira a una especie de transparencia serena. Su otra meta tradicional es la durabilidad: no inmunidad frente al cambio sino una clara superioridad frente a la moda. En su mejor forma, la tipografía es una forma visual del lenguaje que une el tiempo con la eternidad (o con la ausencia de tiempo).
Uno de los principios de la tipografía duradera es siempre la legibilidad; otro es algo que va más allá de la legibilidad; otro es algo que va más allá de la legibilidad: una inversión, rentable o no, que le da energía vital a la página. Esto adquiere diversas formas y se lo conoce por nombres como serenidad, viveza, gracia y goce.
Esos principios siguen aplicándose de diferente manera a la tipografía de tarjetas personales, instructivos y estampillas, así como a la edición de las escrituras sagradas, los clásicos de la literatura y otros libros que aspiran a entrar en esa lista. Dentro de ciertos límites, los mismos principios se aplican a los informes del mercado de valores, los horarios de aerolíneas, los envases de leche, los anuncios clasificados. Pero la alegría, la gracia y el goce, como la legibilidad misma, se alimentan del significado, que debe provenir de la persona que escribe, de las palabras y del tema, no del tipógrafo.
En 1770 se sancionó una ley en el parlamento inglés con las siguientes medidas:
…y todas las mujeres de cualquier edad, rango social, profesión o edad, sean vírgenes, solteras o viudas, que con perfumes, pinturas, lociones cosméticas, dientes artificiales, pelucas, paños merinos, sostenes de hierro, hebillas, zapatos de tacón alto [o] caderillas, seduzcan y llevan por engaño al matrimonio a cualquier súbdito de su Majestad, incurrirán en las faltas descritas en la ley vigente contra la brujería, […] y […] el matrimonio, juicio mediante, será declarado nulo y falto de validez.
La función de la tipografía, como yo la entiendo, no es ni aumentar el poder de las brujas ni coadyuvar a la defensa de los que, como este parlamento infortunado, tienen terror de que los tienten o engañen. Las satisfacciones del oficio provienen de aclarar, y tal vez incluso ennoblecer, el texto, no de engañar al desprevenido lector mediante el uso de perfumes, pinturas y sostenes de hierro aplicados sobre una prosa vacía. Pero los textos humildes, como los anuncios clasificados o los directorios telefónicos, pueden ganar mucho con un buen baño tipográfico y un cambio de ropa. Y muchos libros, como muchos guerreros o bailarines o sacerdotes de cualquier sexo, pueden verse bien con un poco de pintura en la cara o incluso un hueso en la nariz.
Las letras tienen una vida y una dignidad propias
Los diseñadores de las letras, cuando honrar y aclaran lo que ven y dicen los seres humanos, merecen a su vez que se les honre. Palabras bien elegidas merecen letras bien elegidas; éstas a su vez merecen que se les componga con afecto, inteligencia, conocimiento y habilidad. La tipografía es un eslabón y, por una cuestión de honor, cortesía y deleite, debería ser tan fuerte como los demás eslabones de su cadena.
La escritura empieza cuando los pies dejan huella en el suelo, cuando se dejan signos. Como el habla, es un acto perfectamente natural que los seres humanos han llevado a extremos muy complejos. La tarea del tipógrafo siempre fue agregar un borde un tanto antinatural, una protectora cáscara de orden artificial, al poder de la mano que escribe. Las herramientas se han alterado a través de los siglos y el grado exacto de antinaturalidad que se desea ha variado de lugar y de época en época, pero el carácter de la transformación esencial entre el manuscrito y los tipos ha cambiado muy poco.
El propósito original de los tipos fue la simple copia. El trabajo del tipógrafo era imitar la mano del escriba en una forma que permitiera una réplica exacta y rápida. Docenas, después cientos, después miles de copias se imprimían en menos tiempo de lo que necesitaría un escriba para terminar una sola. Esta excusa para componer tipográficamente los textos ha desaparecido. En la era de la fotolitografía, el escaneo digital y la impresión en offset, es tan fácil imprimir directamente un original manuscrito como un texto compuesto en tipografía. Sin embargo, la tarea del tipógrafo ha cambiado muy poco. Sigue siendo dar la ilusión de una velocidad y una resistencia mucho mayores, sobrehumanas, cuando se la compara con la mano que escribe. Y de una paciencia y una precisión también sobrehumanas.
La tipografía es justamente eso: escritura idealizada. Actualmente los escritores raramente tienen la habilidad caligráfica de los antiguos escribas, pero evocan innumerables versiones de escritura ideal mediante variadas voces y variados estilos literarios. A esas versiones ciegas y muchas veces invisibles, el tipógrafo debe responder en términos visibles.
En un libro mal diseñado, las letras se destacan y arremolinan como caballos muertos de hambre en un potrero. En un libro diseñado rutinariamente, las letras se quedan quietas en la página como animales en un establo. En un libro bien hecho, donde el diseñador, el cajista y el impresor hicieron su trabajo, no importa cuántos miles de líneas y páginas tengan que ocupar, las letras están vivas. Bailan en sus asientos. A veces, hasta se levantan y bailan en los márgenes y entre las columnas.
Aunque suene simple, lograr la no interferencia de las letras es un reto difícil y muy satisfactorio. En condiciones ideales, es lo que se desea que hagan los tipógrafos… y es más que suficiente.
Hay un estilo más allá del estilo
El estilo literario, dice Walter Benjamin, “es el poder para moverse a lo largo y ancho del pensamiento lingüístico sin caer en la trivialidad”. El estilo tipográfico, en el sentido amplio e inteligente de la frase, no significa un estilo en particular –mi estilo o tu estilo, o el estilo neoclásico o barroco– sino el poder para moverse libremente en todo el dominio de la tipografía y para actuar en cada etapa de forma vital y llena de gracia, nunca de forma banal. Eso supone una tipografía que es capaz de caminar por terreno conocido sin deslizarse hacia el lugar común, una tipografía que responde a nuevas condiciones con soluciones innovadoras, una tipografía que no debe molestar al lector con su propia originalidad en una búsqueda consciente de halagos.
La tipografía es a la literatura lo que la interpretación musical a la composición musical: un acto esencial de interpretación, lleno de interminables oportunidades para la iluminación o la estupidez. Gran parte de la tipografía está muy alejada de la literatura, pues el lenguaje tiene muchos usos. Como la música, puede hacerse para manipular el comportamiento y las emociones. Pero no es ése el lugar en que los tipógrafos, músicos y demás seres humanos nos muestran su mejor perfil. Cuando es excelente, la tipografía es un lento arte de representación, que se merece la misma apreciación informada que a veces damos a la representación musical y es capaz de dar el mismo enriquecimiento personal y el mismo placer a cambio.
Los mismos alfabetos y diseños de página pueden usarse para una biografía de Mohandas Gandhi o para un manual sobre el uso de armas biológicas. La escritura puede usarse tanto para cartas de amor como para una misiva llena de odio y las cartas de amor pueden usarse para manipular y extorsionar o para dar placer al cuerpo y al alma. Por supuesto, no hay nada inherentemente noble y confiable en la palabra escrita o impresa. Y sin embargo generaciones de hombres y mujeres se han volcado a la escritura y la impresión para conservar y compartir sus esperanzas, percepciones, sueños y miedos más profundos. Es a ellos, no al chantajista –ni al oportunista ni el abusivo–, a quienes debe responder el tipógrafo.
* Fragmentos del libro Los elementos del estilo tipográfico de Robert Bringhurts, FCE, México DF, 2008 (págs 23-26).
