La muerte de Gabriel Szakatch

Inventor del Lanzallamas por Arlt
Su imaginación era terrible.
Al comenzar la guerra tenía veintiún años. Le interesaba la química y le apasionaban las máquinas destructoras de hombres.
Digo que tenía una imaginación terrible.
Pensaba que la guerra debía alcanzar el límite del horror. Así los hombres temblarían al oír pronunciar esa palabra. Además, amaba a su patria. Se decía que todos los enemigos de su patria debían morir en medio de los más atroces sufrimientos. Cuando se ponía a imaginar sufrimientos, llegaba a la conclusión de que todas las modernas armas de guerra eran inocentes sacrificios, puesto que su acción destructora era casi instantánea y no engendraba sufrimiento.
Szakatch pensaba que la muerte era lo menos impresionante de la guerra. La guerra, la verdadera guerra –“su guerra”, de poder organizarla él según sus proyectos– debía consistir en una serie de horrores sabiamente dispuestos. Escalofriantes.
Para entretenerse perfeccionó y patentó un tipo de ametralladora. Esto no le satisfacía. La ametralladora es un arma piadosa.
La guerra, “su guerra” debía ser otra cosa. Un espectáculo dantesco. Eso. La imaginación de Dante puesta al servicio de la destrucción del ser humano. En la época de Szakatch había ya gente que hablaba de la humanización de la guerra. Nuestro joven tenía veintitrés años, se encogía de hombros. Pensaba que los que hablaban de humanizar la guerra eran unos imbéciles a los que había que ahorcar. ¿Para qué servía una guerra humanizada? La finalidad de la guerra no era suscitar sentimientos filantrópicos, sino engendrar terror. Crear una guerra humanizada era tan ilógico como imaginar un remedio que enfermara. La finalidad del remedio no es enfermar sino curar. Tal opinaba nuestro joven, mientras en su cerebro grandes lienzos de maquinarias desplegaban cilindros destructores en su imaginación.
Estos cilindros cogían entre sus redondeces brigadas de hombres y los engullían aplanándolos. Otras veces, eran trituradores de hombres, mandíbulas de acero semejantes a las de termitas gigantes. Enganchaban centenares de soldados entre sus garfios y los desgarraban dejándolos caer en una lluvia de sangre sobre sus semejantes horrorizados.
En tanto, deambulaba por las calles de Viena. A veces hacía el amor a muchachitas rubias y leía a Kant, pero su finalidad no era la filosofía ni el amor. Su finalidad en la existencia era la destrucción. La destrucción real, carnicera, terrorífica. Aquel que inventara un arma terrible, estremecedora, ganaría no sólo dinero, sino entraría al Walhalla. Es decir, al panteón de los héroes germánicos.
Su imaginación no descansaba. A veces, el amanecer lo sorprendía hilvanando un proyecto.
Un día pasó frente a un jardín. En el jardín había un anciano. El anciano con un soplete de petróleo exterminaba hormigas. El joven Gabriel lo miró alucinado repentinamente. ¡Allí, allí estaba la máquina terrible!
¡Había nacido el lanzallamas! La máquina que a cien metros de distancia carboniza instantáneamente a un hombre. El soplete gigante.
Fue un éxito.
En pocos meses, los lanzallamas se incorporaron a todos los cuerpos de ingenieros germánicos y austriacos. Los lanzallamas volatilizaban a los seres humanos. Sus quemaduras eran tan horribles, que ninguna brigada de hombres se atrevía a acercarse a esos nidos infernales. La atmósfera caldeada, como escapando de un alto horno, llegaba en ráfagas, en chorros asfixiantes, y vaciaba, requemándolos, los ojos de los imprudentes.
El gobierno austriaco condecoró al joven Gabriel Szakatch. Su nombre estaba en la historia y en la inmortalidad.
El joven Gabriel se sintió feliz. Millares y millares de hombres se retorcían en los campos de batalla., víctimas de su genial invención. Las elípticas de fuego de los lanzallamas abrían surcos de locura entre las filas. Algunos volaban como si fueran shrapnell, otros quedaban desnudos de su carne y el esqueleto en pie. Nadie se libraba de la ceguera. Lo más práctico era matar a las víctimas de los lanzallamas para librarles del infierno en que los torturaban sus quemaduras.
Cuando terminó la guerra, el tratado de Versalles prohibió el empleo de lanzallamas.
Como es natural, todos los países han continuado fabricándolos. Y perfeccionándolos.
Pero una justicia siniestra persigue a los inventores de artefactos inhumanos. Gabriel Szakatch ha muerto el día 23 de julio en un hospital de caridad de Viena. Tenía 44 años y vivía en la miseria.
Era un hombre huraño que no podía cambiarse de pensión, porque ninguno de sus efectos le pertenecía. De ellos se había apropiado la dueña del hospedaje para garantizarse del pago de sus deudas. Pío Baroja, que simpatizaba tan profundamente con estas vidas absurdas, con estas auténticas vidas europeas, desdichadas, grandes y siniestras, podría escribir una novela con la vida del joven Gabriel, cuya imaginación le condujo a la mecanización y estandarización del “auto de fe”. Yo estoy seguro de que el inventor vivió estos últimos años de su vida mendigando la subsistencia, abandonado de todos, y tímido. Él, que tenía una imaginación tan terrible, se sentía cohibido ante el ceño de la pensionera, cuya expresión posiblemente debía parecerle más terrible que todas las llamaradas de su siniestro invento.
Posiblemente, sobre su tumba, se coloque una estatua o una placa de bronce. Por otra parte, eso es siempre mucho más barato que impedir que un hombre se muera de hambre.
Roberto Arlt
Diario El mundo, 25 de julio de 1937
