Caicedo en el vacío de los estacionamientos

Apuntes de Javiera Ventura

“Como el árbol rojo caído que anuncia el principio del bosque”
Roberto Bolaño

En tardes inmensas de cemento caliente, a través de los gritos de los niños, yo descubrí a A.C. y lo leí contra la angustia adolescente con el rigor terrible de lo inacabado.
Recuerdo una conversación tímida en la que oí hablar por primera vez de A.C. Teníamos un amigo más grande que nosotros, que íbamos al colegio todavía, él trabajaba en la Moneda haciéndole los resúmenes informativos al presidente de turno. Fue él quien me prestó el primer libro, Angelitos Empantanados, y a mí A.C. me voló la cabeza.
Durante mucho tiempo todos tratábamos de imitarle. Algunos escribían adoptando su estilo afanados en historias imposibles de incalculable pretensión y otros nos dedicábamos a confundirlo todo entrometidos en bailes perfectos, haciéndonos tal fama que en cuanto nos vieran nos cerraran las puertas de las fiestas, que la marginación nos reuniera en el centro del vacío de esas calles que recorrimos de arriba a abajo, tantas noches. Así nos iba, montando las escenas que leíamos sistemáticamente y que nos torturaban, enamorándonos cada tarde que perdimos en pozas secretas en el límite del plan urbano, luego de los blocks amarillos y las casas apretadas (cuyos pasajes fueron aumentando año tras año), entre los boldos, las zarzamoras y las mentas, con las manos metidas en el barro, pero riendo como locos.
Sucedía que los cuentos de A.C se diluían, los finales dejaban de serlo, se ampliaban y multiplicaban, los personajes volvían a aparecer y lanzaban las mismas piedras, se repetían las fiestas y los escándalos. Todos sus escritos se entrecruzaban, giraban en una única órbita y acababan integrándose a una sola gran historia que siempre será la suya, de una manera radical, pero que también puede ser (y ha sido) la nuestra, como si su narrativa formara parte del intertexto de nuestras vidas. Esa posibilidad era la que nos amparaba y empujaba al mismo tiempo.
En esos años lo que más nos deslumbraba de la narrativa de A.C., era esa capacidad para hundirse y no escatimar en gritos, ir hasta el límite de las fuerzas para atravesar, bien lento, la oscuridad bailando. Mediante sus cuentos conseguimos ubicar esa profunda sensación de incomodidad, ese discordancia valórica y emocional con respecto al sitio al que pertenecíamos. Pudimos ir encontrando caminos, aunque eso significara perderlos todos.
Y es que en los cuentos de A.C., se celebra el desamparo, la oscuridad de los estacionamientos, los túneles profundos que de pronto siempre han existido debajo de todas las nuevas construcciones y a los que parece que se llega cayendo desprevenido por entre los matorrales. En sus textos los personajes parecen gozar con igual derroche de intensidad de los puentes y los abismos, todo acompañado de un permanente desplazamiento exploratorio que en un mismo gesto conduce al encuentro en el desencuentro.
Además sucedía que sus cuentos nos hablaban muy de cerca, porque habían abandonado la formalidad literaria y celebraban la yuxtaposición de la oralidad con la instancia de la escritura. En este sentido, introdujo desde letras de canciones hasta avisos de diarios, tests sicológicos, reescribió escenas de películas y de relatos de otros autores, etc.
En un solo acto caníbal, por cuanto se afanaba en consumirlo todo, y orgánico nos planteaba una nueva forma de comprender la literatura que era contraria a la oficial y a todo lo que habíamos leído (a esa edad y en ese tiempo) que eran casi solo novelas del boom.
Por otra parte, pero estrechamente relacionado con lo anterior, A.C., nos parecía que no se tragaba esos grandes relatos ilusionistas del boom, empeñados en fundar una identidad, afianzando una serie de estereotipos pintorescos al respecto de un supuesto ser latinoamericano. Esto también nos gustaba y mucho.
La contraparte que sus textos encarnaban tenía que ver con cierto enfrentamiento de las cosas que sucedían en su comunidad en particular y en América Latina en general, como si A.C., estuviera gritando miren aquí está la identidad que tanto buscan, en el vacío de estos estacionamientos que no dejan de aparecer encadenados, a esas tiendas norteamericanas que apenas entendemos cómo es que se despliegan entre los cerros y sobre nuestros árboles de mango.
En este punto y a pesar de que la tentación de caer en el sinsentido era grande, A.C., nos parecía que proponía formas de atravesar el abismo que se extendía al final de la cuadra y esa manera era la de tomarlo todo, consumir uno a uno los productos de esa nueva cultura de masas: había que ver todos los westerns y películas de tropas juveniles, había que devorarse a James Dean y su melancolía, había que sucumbir ante los Rolling Stones y entonces a través de un metabolismo misterioso surgiríamos integrados a nuestro propio flujo, habiendo subvertido el orden de la desterritorialización.
Ya lo decía María del Carmen, la protagonista de ¡Que viva la música!: “Nuestra misión era no retroceder por el camino hollado, jamás evitar un reto, que nuestra actividad, como la de las hormigas, llegara a minar cada uno de los cimientos de esta sociedad, hasta los cimientos que recién excavan los que hablan de construir una sociedad nueva sobre las ruinas que nosotros dejemos”.

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Javiera Ventura


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