Piden sangre por las puras

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 Reseña al último libro de Bertoni          

El propósito o antipropósito que tiene Claudio Bertoni de publicar cada año al menos un libro, más que una pretensión editorial, a sus lectores atentos y desocupados, se nos presenta como una expectativa de lectura, de provocación y vouyerismo; condición que sólo sorteamos cada vez que nos hacemos de un nuevo ejemplar suyo, como algo casi natural dentro de las lecturas pendientes. Acaso reconociendo las mismas coordenadas que tiene diseñada la forma de su producción, en todas las variantes genéricas (poemas, crónicas, prosa, diario de vida, cartas, fotografías) con las que Bertoni ha desplegado/desintegrado su obra, por más de treinta años de un oficio ininterrumpido.

El ojo de Bertoni que no ha pestañado ante una realidad, que se decide a abarcar desde los más vastos campos de la visión, hasta la microscopía más cotidiana y vulgar. Ampliación y reducción. Entregado, uno, al principio redentor de toda poesía, lograr crear con las palabras; y, dos, también conseguir la anulación total de su objetivo, al traslucir y desnudar radicalmente el recurso de la intimidad. Bertoni sabe que la poesía no es personal, y con eso logra zanjar su exposición, dejando en claro que su poesía es (re)producida como una consecuencia natural de (todo) lo humano. El hombre es un animal que escribe, convengamos, es una bestia salvaje e indomable que desbordado en emociones, carnalidad y espiritualidad, no pone límites a ese flujo, impedido de abarcar dentro suyo aquello que urge por vaciarse. Como si los placeres culpables pudieran borrarse del mundo, al menos, mientras son descritos, Bertoni queda o sale redimido en su apuesta.

Y es que Bertoni no transita por los planos de lo etéreo, sino que resuelve encontrar en el aquí y en el ahora, bajo el temple contemplativo del zen, el valor –incluso– de las miserias posmodernas. Así, se impone transcribir el lenguaje cotidiano, los residuos del habla, como si en ese mismo registro muriera cualquier otra intención comunicativa. Decir es escribir, y poetizar cada minuto es una actividad posible, un ejercicio de estilo que define su proyecto, ya no sólo literario, sino que artístico-creativo.

En esta última entrega, Piden sangre por las puras, retoma el mismo pulso que ha venido desarrollando. Y hace de la razón una motivación más digna para detallar-desentrañar, sin temor ni mezquindad, el suspendido diario de vida que ha venido editando y publicando, impugnando la cita de Beckett: “Rápido, antes de llorar”, donde recogiera sus vivencias-escritas de mediados de los ’70. Este poemario actual, dividido parcialmente en segmentos, se hace más certero separarlo en cuatro momentos: los poemas de París en su época de viajero vagabundo; la continuación del diario de vida; algunos recocidos del bellísimo Harakiri y los libros posteriores; hasta una elegía a lo mundano, fisuras del tempus fugit, bañado por un monólogo interior que no se explicaría de otro modo que no fuera la representación de la vida misma, esta mise en scène bertoniana, con que cierra el libro, bajo el nombre críptico “Bach”, y que pareciera querer arrastrarnos con ella.

Es un hecho que Bertoni no para, y que cada libro es una ventana abierta por donde se cuela lo mejor de ese recorte del mundo que muchas veces no vemos. Un poeta que roba besos y torsos y rostros y piernas y senos con su cámara a la altura de la pelvis. Un lente que es extensión de su oído, de sus mejillas pecosas, su pelo encanecido por el descuido de vivir suspendido en el tiempo, por sobre la derrota, la ruina y la perdición.

Bertoni no lee en público, no asiste a lecturas poéticas, no presenta a nadie, ni mucho menos lanza sus propios libros. Es la consecuencia absoluta de la obra por sobre el autor, pese a lo contradictorio que pueda parecernos, la misma materialidad de su escritura.

Claudio Bertoni es, con sobradas razones, uno de los poetas vivos más interesantes y propositivos en Chile, ya que no sólo es capaz de satisfacer a sus seguidores, sino que también de convertir en fans a las generaciones más jóvenes que llegan a entender, de qué modo vivir más que un acto de fe, es una provocación a la muerte desde y por la poesía. La mejor forma de mirar tranquilos la catástrofe y aún seguir sonriendo.

 

LOS TECHOS DE PARÍS

qué me importan a mí los techos de París

los techos de París me importaban

cuando los veía en Santiago en la televisión

hace ocho años

y tenía ganas y soñaba con venir a verlos

desde una ventana

en la buhardilla de una francesa de ojos verdes

en el barrio latino

desde adonde ahora los veo

y me importan un bledo.

75.

PARA ISSA

el viento

dobló el mantel

sobre la pizza.

75, París.

PUBIS

el placer

vino silencioso

y se comió el bosquecito

como un incendio.

75, París.

 

EL SÁBADO 19 DE ABRIL DE 1976

dijiste

“acaba conmigo”

en francés

por primera vez.

                                                               París.

ALGO ES ALGO

un día en París

quería ver a la Gala

y me fui al café turco

por el que siempre pasaba.

 

ella no pasó

pero pasó Cortázar.

                                                               75.

 

1967

Cuando recién llegamos a París en tren

a las 6 de la mañana estaba redondita la

luna y el frío nos hacía dar diente con diente

unos canadienses nos preguntaron de dónde

veíamos from Chile les dijimos y ellos

 dijeron it’s a lon g way from home, isn’t it?

yo los miré los blue-jeans nuevos y los zapatos

de caña alta suela gorda crepé y los suéteres

blancos de cuello subido debajo de unas parcas

brillantes forradas en chiporro y las mochilas de

aluminio impecables impermeables y yo y Marcelo

con nuestras bolsas de lona verde y fabricación

casera con el chaquetón negro de manta de

castilla que le había prestado el Moisés con

las botas de colegial Bata recién compradas

y mis antiguos bototos Hércules también

de Bata y los pantalones cafés de un terno

viejo de Bruno forrados en franela celeste

con florcitas blancas de una camisa de dormir

de mi mami nos estábamos dejando barba y

yo llevaba un sombrero estilo Frank Sinatra

que me había traído el pololo de mi hermana

de Nueva York hacía un par de años y nos

paramos tiritando de frío mirando el río y

Marcelo me dijo mira el Sena.                                 

10/73

LLORO DEMASIADO

Leí

que Robert

Frank encontró

el día de la muerte

de su mejor amigo a

Walker Evans mirando

por la ventana llorando

y lloré.

 

en el mismo libro

leí que Richard Avedon

lloraba fotografiando

vietnamitas mutilados

y también lloré.

 

EL HOMBRE QUE YO AMO

la

gordita

ciega en

la panadería

Viale siempre

me hace llorar

cuando canta El

hombre que yo amo

de la Myriam Hernández.

                                                               7/ 2006.

NESCAFÉ

sé que sentir es lo que cuenta

que es lo único que cuenta

 

que cuenta más

que los millones de años luz

que nos preceden

y sin duda

nos sucederán

 

sin embargo

es un alivio pensar

que más temprano que tarde

dará lo mismo haber sido Jesús

Bill Gates o un tarro de Nescafé.

83.

SANGRE (I)

cuando piden sangre en la tele

pienso que a nadie le importa

o que le importa a alguien

pero hasta el punto

de salir a tomar una micro en la noche

para ir a darle sangre a un desconocido

–hasta ese punto–

creo que a nadie le importa. 

84.

POR PURA CASUALIDAD

fui a ver Bruno

salí a comprar unas empanadas

y entré a una iglesia en Manuel Montt

había un ataúd

y adentro estaba Rodrigo Lira.

 

SAM

debieran publicar a Beckett

cuando muera:

 

hacer una edición

con su cadáver

y venderlo.

 

14 de octubre de 2006

murió Millán

me acaba de llamar

un periodista de La Tercera

que si tengo algo que decir

yo voy a Viña en una liebre

a ver a mi polola

no más liebres para Gonzalo

ni más pololas

eso tengo que decir.

 

(hasta la muerte…)

hasta la muerte más accidental

–un accidente automovilístico

por ejemplo–

es un suicidio.

 

NOTICIA  SUICIDA

al fin

el fin

 Roberto Contreras, Lanzallamas

                                                                            * Claudio Bertoni, Piden sangre por las puras, Editorial Cuarto Propio, abril 2009, 115 págs.


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