Oportunidad de callar

Crónica de Emilio Gordillo
1. Necesito aprender a quedarme callado. Recuerdo perfectamente que esta fue la primera frase que se vino a mi mente hace algunos meses, tras leer Trama y urdimbre de Matías Celedón. En él, Celedón construye paso a paso, detalle a detalle, y punto por punto, un relato minimal, vasto en silencios, repleto de vacíos sugerentes de la violencia más distinguida en nuestra cultura y del extremo sur del mundo: la violencia de lo que jamás se acaba de decir, la violencia de lo que jamás se comienza a decir.
2. La violencia es una masa omnipresente en el texto de Celedón. Invisible también. La lengua, como escribió alguna vez el enternecedor Barthes, es un órgano fascista: Nos obliga a decir, es aquel su feroz e irracional movimiento doble y paradójico. El texto de Celedón deshilacha entre silencio, sombra, luz y contemplación, una cotidianeidad trabada y asfixiante, alienada y mercantil, paranoica y esquizoide, una cotidianeidad que, entonces, yo no lo notaba, fluye por cada recoveco del lenguaje de esta ciudad y su historia reciente. La misma violencia rodea cada parte del entramado, envolviéndonos silenciosamente hasta encontrarnos, tal como aquello que Freud alguna vez llamó lo siniestro, es decir, aquel momento en que todo lo que nos rodea, la casa, tu esposa, el baño, un escritorio, la patria, el perro, tus amigos, las sábanas que cubren tu cuerpo al dormir, se vuelve repentinamente una amenaza mortal.
3. La primera vez que supe de Celedón yo vivía en Buenos Aires. Revisaba por internet textos sobre literatura chilena actual. Fue entonces cuando vi la publicación de Trama y urdimbre en editorial Mondadori. Leí algunas reseñas que lo relacionaban a la escritura de Mario Bellatin, también a cierta moda del minimalismo escritural. Quise leerlo, intenté conseguirlo, no lo encontré por ningún lado. Por ese entonces una de mis principales preocupaciones consistía en ser espectador de mi propio lenguaje, de su neutralización, de sus cambios, de todo el proceso de la pérdida de tu lenguaje a manos de otra tierra, por supuesto, en función de los cuentos que por aquel tiempo escribí. Fueron muchos cuentos. Demasiados, tal vez. Sí. Verdaderamente fueron más de los necesarios. Pero de todos modos di espacio a esa curiosidad que provee el lenguaje cuando se abandona la tierra en que se ejercita y ejecuta. Ya había leído a Roberto Arlt, había leído las interpretaciones que hacía Piglia e Idelber Avelar sobre los textos de este escritor hijo de inmigrantes, capaz de ver el Buenos Aires del futuro ya en los años veinte gracias a su carácter de desclasado y bastardo de lengua: la relevante curiosidad que provoca la condición de extranjero. Había leído, también, Diario (1953-1969) de Witold Gombrowicz (polaco sin vocales hundido en el barro tercermundista bonaerense) y comprendí que quién posee la ventaja de la no pertenencia puede ser capaz de dar cuenta de manera muchísimo más acabada de la realidad que lo circunda, o, como diría Piglia en Respiración Artificial, permite oler en los signos de hoy lo que se cocinará mañana.
El tiempo pasó rápido. Matías Celedón debe haber pasado por debajo de mi casa, vivimos en la misma ciudad entonces, debe haber pasado muchas veces pues mi casa era un edificio histórico incrustado en pleno centro, debe haber pasado, también, con su lenguaje a cuestas en un país que no era el suyo. Yo también pasé, me cansé del edificio histórico y busqué el encierro de Santiago, comprendí que la literatura y el viaje real es cada vez más difícil, y volví a encantarme con esas realidades pereccianas que para ser descubiertas exigen un mundo de cercanía, un mundo donde los objetos involucrados en el relato estén a la mano, al alcance más inmediato y provinciano. Volví a la ciudad de mi lenguaje, pues ni el lenguaje ni la literatura son mi ciudad.
4. Ya llevo en Santiago el tiempo suficiente para volver a reconocerme en la diferencia del lenguaje. Si hay algo que he comprendido durante este año, oyendo las voces de mis conciudadanos, si podemos nombrar esta palabra; si algo aprendí durante mis viajes en metro por la mañana similares a un viaje al manicomio, de las conversaciones de familias totalmente adorables, y amables y enfermas, incapaces de articular una conversación en la mesa, si hay algo que noté en los vínculos de la ciudad donde se cobra la entrada a un baño público, es que nuestra lengua, y por ende, nuestra cultura, se encuentra en un lugar en el que jamás había estado. Y aunque esta idea no sea para nada algo brillante me paraliza, creo que es importante ponerla de relieve pues incluso este ejercicio de lenguaje y escritura es incapaz de huir del lenguaje, del mundo y la ciudad que nos hemos construido, y yo me siento paralizado.
5. En Santiago fue donde al fin encontré el texto de Matías Celedón. Pensé en él durante meses, antes de leerlo. Reconocí en él los estragos del lenguaje, su mutación en mi memoria que nació el año 1981, la atrofia del recuerdo y los depósitos cada vez más complejos para acceder a una memoria, para construir una memoria más o menos leal, para conservar un dolor y no olvidarlo para, y así, aspirar al tallado de una voz propia. Lo releí varias veces. Y en cada cierre del libro, la realidad de mi ciudad se volvió más y más siniestra, más y más ajena, como si en cada puntada, en cada entramado, una cárcel hecha de un material inasible, verde y omnipotente, aflorara feliz e impostado por los jardines humanos, como si esos jardines humanos fueran cubiertos por paraderos verdes de micro, claro, eso sí, un verde estridente, muchísimo mejor que el de los árboles, de high definition, sin comparación con un lento, atrofiado e ineficaz verdor real.
6. A quién lea esto, tal como muchos otros a quienes he hablado sobre estos temas, probablemente pensará que exagero. Me tomo el asunto en serio, pero también con calma, pues tal como dice Emilio Ípola (intelectual y preso político argentino durante muchos años) en su Teoría del Rumor Carcelario, La Bemba, no importa qué tipo de cárcel sea la que ocupe el preso, ni dónde esté, siempre quedarán recovecos de lenguaje, espacios mínimos de comunicación, un gesto mínimo, un murmullo, el tintineo de una cuchara contra un barrote, signos por doquier, girando, mutando, diluyéndose a diario, no para testimoniar como víctimas o denunciantes, sino, tal como lo logra Celedón en Trama y urdimbre, para analizar con los materiales de nuestro lenguaje y realidad lo que fuimos, somos, seremos y deseamos ser.
Emilio Gordillo. 2008.
