Los perplejos

perplejos
Un capítulo de la novela de Rimsky

Amanece cuando salgo de la estación de trenes de Belgrado hacia una calle comercial de edificios grises y soñolientos que me recuerda la calle Coquimbo en Santiago. Mi anfitriona me dio el teléfono de la amiga de una amiga que me alojará en su casa. Para tener una idea del valor de los billetes examino los precios escritos en las pizarras y en los vidrios de los locales comerciales. No coinciden. Suele ocurrir, en países afectados por la inflación, que la gente borre uno o más ceros confundiendo al extranjero que se guía por las cifras oficiales.

 

Los locales a medio abrir pertenecen a ese género de comedores comunes a las estaciones que venden masas horneadas o fritas, dulces y saladas, a bajo precio. Como las cocinas aún no están funcionando, exhiben las frituras de ayer. Entro a un hotel venido a menos, desde donde podré ver cuando abran el edificio de telecomunicaciones.

Unos pocos clientes leen el periódico, beben café o una copa de aguardiente. Las paredes no tienen más decoración que el contorno mugriento de los cuadros que permanecieron colgados toda una vida hasta que se produjo el cambio de sistema y alguien dio la orden de quitarlos. Como nadie vino a colgar otros, quedó expuesto el vacío.

 

Hay ciudades en las que desde el comienzo es posible ubicarse, saber en qué dirección está el centro o la zona turística. Aquí las calles y combinaciones me resultan desconocidas y sólo al final de la semana lograré saber en qué dirección queda la estación de trenes, el bulevar Vojvod, la costanera, la zona antigua de Kalemegdan y Zemun que se convertirá en mi lugar preferido. Por ahora, una página en blanco.

 

El taxista me deja en la calle Dusina 23. Un estrecho pasaje atraviesa un terreno baldío a través del cual vislumbro uno o más edificios. Hay algunos árboles flacos y edificios oscurecidos por el mal tiempo. Los automóviles tienen el aspecto de haber sido arreglados varias veces, da la impresión de que la pintura es escasa o cara y las carrocerías lucen los abollones emparejados con masilla, como el viejo Isaria. Por la calle viene una joven con anteojos, alta y maciza, el pelo rubio corto y un rostro que podría ser el de una niña o un niño. Viste un largo y arrugado impermeable del que sobresalen unos jeans que arrastra al caminar. En vez de conducirme a su casa me lleva a un café. Supongo que desea mostrarme el lugar donde acostumbra desayunar, pero la joven declara no haber estado allí antes. Ocurre que su amiga aún está durmiendo y no desea despertarla. Me entero de que el piso no le pertenece a ella, sino a una mujer dormida.

 

Habiendo descubierto a los veintitrés años que su pasión es escribir, la joven S no está segura si dedicarse al cine, a la literatura o a ambos. Me cuenta tres historias y pregunta si les encuentro futuro. Le aconsejo que las escriba, no parece interesada. Aunque nació y vivió toda su vida en Eslovenia, el año pasado vivió en Belgrado seis meses, luego volvió a Eslovenia y ahora está aquí desde hace dos meses. En Eslovenia trabajó en un piloto de televisión, compartía un piso del centro histórico y el dinero le alcanzaba para vivir cómodamente, pero se sentía vacía. Las cosas que emprendía no tenían sentido o tenían un sentido demasiado obvio para alguien que se hace preguntas. Baja la cabeza: «Aquí puedo vivir mi parte oscura». Le pregunto qué significa eso. «Cosas que uno no sabe que lleva dentro, como ser mala», dice, apagando el cigarro en el cenicero lleno de colillas.

 

Durante el régimen comunista las dependencias del primer piso de los edificios se destinaban al portero, a guardar la leña o herramientas. Cuando cayó el sistema, estas dependencias ganaron un inesperado dueño que las convirtió en pequeños departamentos, los cuales, debido a su cercanía con el centro, interesaron a estudiantes y artistas que pagan poco por una pieza húmeda y oscura. Anoche llovió y es necesario vadear un gran charco que llega hasta la puerta de entrada del departamento. S coge la llave que está en el medidor del agua y me hace pasar a un minúsculo vestíbulo con zapatos viejos e inservibles, botas de agua, paraguas rotos y gorros. Cambio mis zapatos húmedos por las zapatillas que me señala. El cuarto de la derecha está cerrado. El de la izquierda es pequeño y sombrío. Por todas partes hay ropa tirada, tanto o más arrugada que el impermeable de la joven. De la pared sobresale una cama en altura a la que se accede por una escala de cuerda. Las colillas de cigarros no sólo llenan los ceniceros, cualquier recipiente del tamaño de una tapa de gaseosa puede servir para olvidarlas, como han olvidado retirar el polvo y las telarañas, recoger las tazas sucias, los envases de papas fritas, los mendrugos de pan. Todo ha echado raíces.

 

Me consigo un mapa en la oficina de turismo. Donde debía estar Dzordza encuentro un nombre en alfabeto cirílico. Busco una letra que se parezca al nombre del mapa, resulta demasiado inseguro. Si avanzo dos cuadras tendría que toparme con la plaka Bajlonova. Llego a una plaza. Podría ser que la k fuera una z. En ese caso estaría en la Bajlonova, y siguiendo por la próxima calle, Cara Dusana, por cerca de diez cuadras, al doblar a la derecha, llegaría a Dorcol. No sé qué hago mal, camino por estrechas y solitarias calles flanqueadas por edificios de tres y cuatro pisos en mal estado. Los vecinos compran, como en Chile, los huevos, el aceite y el azúcar para el día. Un hombre me indica un paso bajo nivel: «Del otro lado está Dorcol», advierte. Cuando llego al puerto de carga entiendo su expresión de extrañeza al preguntarle por Dorcol. Sólo hay cargueros y está prohibido el paso. Camino a lo largo del muro de concreto que según el mapa bordea el Danubio. En vez del río aparecen blocs de apartamentos, el estuco se ha caído y las escaleras parecen peligrosas. Pasa un obrero en bicicleta. Amarrado al fierro lleva un bolso con herramientas. No entiendo por qué cuando quiero acceder a sitios conocidos y que aparecen en los mapas turísticos, generalmente lo hago por una puerta trasera o que se dejó de usar. Me pregunto si debiera devolverme e intentarlo mañana. Decido avanzar hasta la curva, encuentro un sitio eriazo que desciende en la dirección donde debiera hallarse el Danubio. Me cruzo con una mujer joven y con el pelo revuelto que, ahogada en su departamento, salió a pasear al niño. Contesta con desgano sus preguntas,

fuma. El descampado avanza entre dos grupos de blocs que no tienen interés en reclamar ese lugar. Es notorio que la comunidad apenas logra administrar los servicios. El estado de los departamentos no se condice con la vista que poseen hacia el ancho brazo del Danubio y sus islas. Cuando se desarrolle el negocio inmobiliario, no habrá más sitios eriazos ni vecinos que estén en la costanera como si se hallasen en el almacén de la esquina a la espera de comprar el aceite, el té y el azúcar del día. Con las ropas arrugadas y la piel hinchada por una prolongada inactividad o insomnio, despeinados y sin afeitar los hombres, con restos de pintura las mujeres, el cigarro colgando de sus labios, hipnotizados por el vaivén de las aguas, me pregunto si lo que estoy viendo es la realidad o una sombra. Más adelante me encuentro con un gigantesco centro deportivo detenido en el tiempo, un bar cafetería que pretende, por medio de espejos, alfombras en las paredes y terminaciones de bronce, seducir a mujeres rubias con tacos altos y hombres con pulseras y cadenas de oro que cierran negocios reales o fabulados.

 

Al acercarme al centro, la maleza se transforma en pasto. Los transeúntes se han vestido, lavado y peinado; parecen saber a qué lugar se dirigen. Viejas embarcaciones de dos pisos que sirven de habitación a sus propietarios permanecen atracadas cerca de la orilla. No da la impresión de que trabajen en la pesca sino en la carga y descarga de carbón, leña, petróleo y partes de maquinaria. Debe salir más económico que llevarlas en camión a través de la ciudad. Algunos barcos funcionan como restaurantes, pero los clientes sólo beben cerveza.

 

Según el mapa, subiendo la colina se halla Kalemegdan y, derecho, la estación de trenes. En ambos lados de la avenida Nemanjina se levantan edificios públicos bombardeados durante la guerra civil. Cada vez que los habitantes de la ciudad se dirigen al banco, a comprar un pastel o un lápiz, a juntarse con un amigo o una novia, a leer en la plaza, a comprar ropa, carne o mandarinas pasan por la destrucción.

 

De vuelta al departamento, atravieso el charco y saco la llave oculta en el medidor de la luz. Mientras me cambio los bototos de punta cuadrada por las zapatillas, noto que la puerta del cuarto de la derecha está abierta. Por entre las hojas asoma la imagen de una mujer de cabello negro largo que desde el taburete del piano me observa.

 

Cuando regresé de Valdivia, me encontré con que el taller de confecciones del esposo de Moira estaba cerrado y él gravemente enfermo. Moira me encargó desarmarlo; los objetos debía venderlos, regalarlos o quedármelos. Durante semanas fui y volví desde mi departamento a la calle Coquimbo. El esposo de Moira me pidió los recibos del Servicio de Impuestos Internos, de la luz, del agua, las letras canceladas de la casa, las liquidaciones de sueldo, contratos y las papeletas de la Tesorería. Temía que en cualquier momento pudiese aparecer un inspector pidiendo un papel. La amenaza que sintió toda su vida a causa de su condición religiosa se había acrecentado con la enfermedad. Tuve que buscar entre montones de papeles roneo manuscritos con pluma fuente en deslucidos verdes y azules. No sólo el color de la tinta o la clase de papel, hasta el vocabulario de aquellos recibos hablaba de una época desconocida para mí. Cuando intenté vender las máquinas de corte y confección, nadie las compró. Quise regalarlas, pero salía más caro el transporte. Llamé a Los Traperos de Emaús, no vinieron. Contraté a dos hombres y les pagué para que las sacaran.

 

No supe a qué lugar las llevaron. Embalé una lámpara, ovillos de hilo, tijeras, moldes en papel mantequilla, dedales, huinchas y conos con hilo de seda. Los libros permanecieron en cajas hasta que me mudé a un departamento definitivo. Para que no extrañasen su casa, ubiqué la repisa de madera hacia al poniente. La presencia del crepúsculo hizo que los volúmenes se sintieran en confianza. Aun así era evidente que no correspondían a mi biblioteca. Había leído algunas de aquellas novelas mientras esperaba que Moira nos viniese a buscar en el Isaria para llevarnos al barrio alto. Al sacarlas de las cajas, no las reconocí. ¿Reconocieron ellas en la mujer a la niña que se sentaba sobre las frescas baldosas del último patio de la casa en calle Coquimbo a leer? Veinticinco años más tarde volvíamos a encontrarnos los personajes, las historias, las ideas, las atmósferas y la lectora. La humedad había maltratado las páginas, las portadas

estaban desencajadas o rotas, las puntas de las páginas, dobladas y al mínimo contacto se quebraban y caían al piso. Al volver las páginas se desprendía del papel el olor dulzón de lo que es preservado contra el tiempo. José y sus hermanos, El hombre busca la tristeza, Estrellas errantes, El último justo, La ciudadela, Al filo de la tristeza me sumergieron en la pregunta por el hombre que había leído aquellos sentimientos que podían destruir al lector que no distingue entre lo real y lo imaginario. En vez de un lector me encontré el desierto.

 

Akko. Tierra Santa. En lugar de Abraham y Josué, de Sara y de Lea, en lugar de la estatua de sal y los dos peñascos de Jonathan como aparecen narrados en el Libro, me encuentro con embarcaciones que descargan mercancías, especies, armas y seda. Por encima de la muralla se empinan las cúpulas y capiteles de las numerosas iglesias, y las calles laten al paso de penitentes venidos de todo el mundo, autoridades con sus séquitos, sacerdotes, caballeros venidos a menos, soldados, campesinos, prostitutas y vagabundos. Mientras contemplo el presente del Libro desfilar ante mis ojos, en la otra ventana Daniel ve el pliegue donde ha de situarse un comerciante en piedras preciosas que necesita dinero para financiar la incertidumbre.

 

 

Hefah. En el Libro aparece señalada como Gath ha-Jêfer5, el lugar donde vivió Yona ben Amitai, el profeta que en nombre de Dios ordenó a Amatziahu, rey de Israel, restaurar la frontera desde Levo Chamat hasta el Mar Muerto. Una vez que recibimos la advertencia de que los caminos están atestados de soldados y asaltantes, adoptamos la investidura de tres peregrinos que se dirigen al Santo Sepulcro. En el día dormimos en cuevas, por la noche volvemos al camino. No importa con cuánta prisa andemos, cada vez que pisamos un escenario mencionado en el Libro encontramos ruinas, pobreza y sequedad. La gente del país no sólo es pobre materialmente sino también de espíritu, desconocen la cultura de Occidente y la de Oriente. No he visto una escuela o lectores, no he visto señal alguna de que allí sucedieran las historias como se cuentan en el Libro. Siempre creí que al llegar a Tierra Santa encontraría las huellas de lo escrito, por más atención que pongo nada es digno de una segunda mirada.

 

Nunca antes vi fumar como en esta ciudad. Fuman lo mismo en el interior como en la calle. Hace poco les quitaron el permiso para fumar en los trenes y en los autobuses. S me cuenta que desde entonces la gente prefiere no viajar. Es tan fuerte el hábito que, al entrar a una habitación, primero arrojan sobre la mesa la cajetilla de cigarros y el encendedor, después se saludan.

 

El departamento de S parece desocupado, el cuarto de la derecha está abierto, el techo parece más alto que ayer, más alto que el del taller de la calle Coquimbo. Hay un piano de cola, un ropero de seis cuerpos y una mecedora. Al igual que en el pequeño cuarto de la izquierda, por todas partes se ve ropa tirada, colillas, tazas sucias, envases vacíos de papas fritas. A un costado de la única ventana por donde entra la luz del patio, hay una mesa de dibujo, un antiguo computador Macintosh y lápices. En la estantería de madera Las olas, Días enteros por las ramas, En el balneario, Las flores del mal, El arte y la muerte, Las hijas del fuego, El bosque de la noche son los libros que comparten el sueño de la mujer del piano.

 

Kefar Nahum. En el Libro aparece como la aldea de Nabal, el carmelita que Daniel ordenó matar. Viven aquí tres familias acompañadas por unas cuantas cabras y unos raquíticos olivos. Los habitantes no muestran curiosidad por nosotros y vuelven el rostro cuando les aconsejo disponer una tela para detener el viento. Han venido plantando olivos contra el viento desde el Libro. Por un lado la fe, por otro la razón. Por un lado la teoría, por otro la práctica. La vida divina y la humana.

 

Las paredes interiores del inodoro del departamento de S presentan restos de heces. Hay hongos en la tina y las llaves filtran agua. Por todos los rincones donde es posible apoyar alguna cosa hay frascos de champú casi vacíos que me recuerdan a La madre, de Scholem Asch. Durante la época que no tenían comida cogía la olla heredada por la madre de la madre de su madre, le ponía agua y la hervía. Al cabo de algunas horas el líquido removía el sedimento de las sopas que por generaciones se cocieron en esa olla. Las mujeres que viven en Dusina 23 hacen el milagro con el champú.

 

Los restaurantes no ostentan letreros y mantienen las cortinas cerradas o pintan los vidrios. Da la impresión de que a los nuevos ricos les avergüenza que desde la calle los vean comer.

 

El Danubio trae ramas, botellas de vidrio y de plástico, tablas, neumáticos, cañerías, pañales. Hace años, dicen los libros, desde Rumania bajaban animales, casas, iglesias y vírgenes. En la Edad Media había pastores, cayados, algarrobos. Dejo las cabras, la casa junto al manantial, reemplazo la iglesia samaritana por la que visité en Cunco, un pueblo al sur de Chile donde existe una secta que venera la estrella de David y celebra la tradicional fiesta de las Cabañas. Por lo que pude indagar, en el lugar vivió una colonia de inmigrantes judíos. Entre los empleados, uno gustó de la religión de don Samuel al punto de que cuando este murió, siguió celebrando las tradiciones que vio en su casa como las entendía él.

 

La joven S y T insisten en cederme la cama de la habitación del piano. Ellas compartirán la que está en la habitación sombría y pequeña que da al baño y a la cocina donde no hay un plato o servicio limpio. Suben, por la escalera de cuerdas, la ropa que estaba tirada en el suelo. La cama en la que dormiré es la única que hay en el cuarto.

 

Eso significa que antes de mi llegada dormían juntas. A pesar de su hospitalidad (estoy segura que fue idea de T cederme su cama y sus frazadas), T se relaciona conmigo desde un discreto segundo plano. Ignoro si se toma tiempo para sentirse en confianza o el misterio forma parte de la seducción. Mientras con S no puedo dejar de ver la ropa sucia, cuando está T me resulta imposible apartarme de su voz. Bajo uno de sus ojos tiene una sombra azulina, debe tratarse de un reflejo. Según me explica S, T no habla bien inglés.

 

–Parle vous français?

 

Le digo que algo entiendo, pero no puedo hablar.

 

Entre ellas hablan una mezcla de esloveno y serbio que luego S traduce al inglés. La voz de T resulta tan ondulante que, aun cuando no comprendo, siento que su relato es para mí y esa distinción me mantiene cautiva a lo inteligible. Su familia, dice S que cuenta T, emigró a París por las dificultades que tenían en Belgrado.

 

Cuando le pregunto a S a qué dificultades se refiere, indica que políticas, pero estoy segura de que se trata de algo que no traduce. La familia vivió unida mientras el padre trabajó como arquitecto en París. T está sentada ante la mesa de dibujo. Escuchamos música, unos CD que S bajó de internet. Tras la muerte del padre se vinieron de París a Belgrado. Posteriormente, la madre regresó con algunos hijos a París, donde al parecer continúa viviendo. Es imposible confiar en la precisión de la joven. T permaneció en Belgrado hasta que acabó la guerra civil y se le hizo imposible sobrevivir, estuvo en París tres años más hasta que algo volvió a ser imposible y regresó a Belgrado. Aquí imparte clases particulares de francés y estudia para su examen de grado de arquitectura. Apenas reciba el título, volverá a París junto a su gemela. Estando todo claro en su mente, le es imposible concentrarse en el estudio y hace dos años que malvive impartiendo clases particulares de francés.

 

–Siempre tengo la cabeza en otra parte –me explica atribulada.

 

Le pregunto cuál es ese lugar. Lo ignora. S menciona París, pero desconfío de su traducción. La sombra azulina no es un reflejo, tal vez se pintó el ojo para provocar. A pesar de la despreocupación con que viste su ropa es de buena calidad, la compró en París y se ha estropeado.

 

Tampoco es pintura lo que tiene bajo el ojo. S me dice en inglés que está así a causa de un mal novio, pero lo dice ella, no T. Por la forma como atesora su dolor se trata de una herida antigua; extraída la parte mortal del veneno, ahora queda un dulce vaho.

 

Recuerdo haber leído en internet el relato de una mujer que vivió los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado: «Miedo de cruzar puentes, miedo de las alarmas, miedo de todos los sonidos, de la noche, del fuego en el cielo». Pregunto a T, la joven contesta a S y ella me cuenta que como T sentía más temor del comportamiento de la gente en los refugios que de las bombas, apenas sonaba la alarma se largaba a caminar. Una vez se encontró con un perro que la acompañó hasta la madrugada y la siguió a casa. A la noche siguiente, cuando sonó la sirena y la gente bajó a los refugios, el perro apareció en la puerta y caminaron juntos. Así hicieron todas las noches mientras duró el bombardeo a la ciudad.

 

Cesárea. La ciudad construida por los bizantinos alberga a cristianos y a doscientos judíos. Me percato de las diferencias que existen en las prácticas rituales, me sorprende el exacerbado ímpetu de pureza que induce a la gente a realizar abluciones como los musulmanes. Los rollos de la Ley no se escriben con tinta indeleble y la disposición de los pergaminos en los tefilim es distinta. Tomo nota. En algún momento se hará necesario unificar el culto.

 

Mi anfitriona me proveyó con una petaca de aguardiente artesanal. Creyendo que será del agrado de la joven S probar el alcohol tradicional de su país, le pregunto si desean beber. Me contesta que está prohibido el alcohol en su casa. Por la noche las escucho discutir en la cama en altura. Despierto con un sabor amargo. Todo el cuarto, incluidas las sábanas, está impregnado con el humo de los cigarros que llevan meses o años fumando.

 

Examino la ventana, no ha sido abierta. Por meses y años el aire ha sido el mismo. Pregunto a la joven S por qué está prohibido beber en la casa. Me dice que T es alcohólica. La semana pasada tuvo convulsiones. Cuesta creer que la delicada mujer que me observa desde el taburete del piano beba una botella de vodka en un par de horas.

Hace unos meses incendió la cama con un cigarro. Para los demás se trató de un accidente pero S sabe que estaba ebria. El día de mi llegada S le presentó a un hombre que siguió un tratamiento para dejar el alcohol.

 

T entra al cuarto y cambiamos de tema, la sombra azulina es el resultado de una caída. Como si hubiese percibido que hablamos de su mancha, enciende la computadora y me enseña unas viñetas que dibujó. Las historias ilustradas cuadro a cuadro trastocan sutilmente la realidad y dejan ver sus fisuras. Le pregunto por qué no las ofrece a un periódico. T no da signos de haber escuchado:

 

–Este me quedó bonito, ¿te gusta? ¿O prefieres este? Si tuviese una computadora de verdad podría hacer tantas cosas.

 

Desde el borde de la cama, S escucha a su amiga mostrar la obra que tan bien conoce. La admiración desborda sus ojos. Intenta leer. Alguna tarde la he sorprendido con deseos de escribir, pero la contemplación de la melancolía de T no encuentra resistencia

en S ni en mí. Una vez mis ojos también se aguaron en la contemplación de Moira. Ignoraba que mi mirada se dejaba anegar de esa forma por ella. Estábamos en un bar y me señaló una fotografía antigua que colgaba de la pared donde aparecía una mujer y una niña con un manojo de espigas entre los brazos. La niña miraba a la mujer con inocencia y entrega, y era su ilusión la luz del fotógrafo. Moira tuvo la idea de robar la fotografía. Me opuse, no por mojigatería: si sustraía el retrato no volvería a ver aquellos ojos contemplándola. Y así fue que no recuperé la mirada.

 

Caco. En el Libro aparece como Keila, liberada por el rey Daniel de los filisteos. Dibujo las plantas que desconozco con la intención de preguntar sus nombres. En diminutos sobres introduzco las semillas.

 

 

Lod. Un judío tintorero.

 

Camino por la Takovska hasta topar con el bulevar Kralja, sigo derecho hasta el cruce y tomo la Decanska, atravieso la plaka de la Republike y desemboco en la calle peatonal que conduce a Kalemegdan. Resulta asombroso que la gente pueda caminar teniendo en

cuenta las irregularidades, hoyos, parches, soleras rotas o hinchadas. En los comercios venden un pastel de masa horneado y relleno con carne o verduras. Es muy barato en comparación con un plato de comida. Lo entregan en una bolsa de papel que la gente come mientras camina. Las manchas de aceite en la ropa obedecen al roce de sus dedos pringados de aceite.

 

 

 

Acudo diariamente a la costanera, la única excepción son los días en que voy a Kalemegdan. Ignoro si ejerce sobre mí una influencia especial o he aprendido el camino. La gente acostumbra detenerse a beber una copa de aguardiente. Sigo el refrán, donde estés haz lo que ves.

 

Las sábanas dejan salir en la noche el humo de los cigarros que se fumaron durante el día. Me pica el cuerpo. Temprano por la mañana escucho a S musitar el nombre de T. La joven le recuerda a su amiga que en una hora más deberá impartir una clase particular. Bastaría que alzara la voz o la remeciese suavemente para despertarla, pero tanto como ansía que la otra cumpla con su trabajo, no desea ser abandonada, y se contenta con susurrar su nombre confiando en que el azar decida. Paso un largo rato sin escucharla, me pregunto si se habrá vuelto a dormir o la contempla en silencio. Cuánto placer encontraba en despertar temprano para pasar al dormitorio de Moira, la felicidad que sentía al prolongarse esos estados de dejadez en los que yacíamos en la cama que ocupaba con su esposo, el momento en que la paz se veía alterada por el sorpresivo llanto de Moira que recordaba un dolor de infancia, de su madre o abuela. S pronuncia el nombre de T por última vez. Una lección menos.

 

Por la tarde percibo un silencio poco habitual. En el cuarto de la derecha encuentro a T sentada en una silla y a S detrás peinando su largo cabello negro. Ninguna se lo ha lavado.

 

Los nombres se han perdido de las cosas, cuando debo llegar a un lugar reconocible, no lo reconozco. Donde dice la Takovska no está la Takovska, ni la Vasingtona; dónde estoy, me pregunto dónde estoy. ¡En la Dalmatinska! He cogido la calle que va por atrás de Dusina, reconozco el café donde S me condujo la mañana que llegué a la ciudad: el número 23, el sendero entre los arbustos, el charco, el medidor, la llave, el vestíbulo.

 

T saca una arrugada camiseta del ropero de seis cuerpos que habitualmente permanece cerrado. Desliza la computadora, las tazas sucias, los ceniceros y despliega la camiseta. Acomoda sobre ella un frasco de miel y un pote de margarina prácticamente vacío, pan blanco y un frasco con peperonis.

 

–Ya está, vamos a hacer un picnic –dice alegre.

 

Se levanta como si faltara la parte más sustanciosa de la comida y vuelve con un salero.

No hay salero en los relatos del Medioevo.

 

“Cuarta parte”, Cynthia Rimsky, Los perplejos, 385 págs. Sangría editora, Santiago, 2009


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