Juan Walker

Un relato de Maori Pérez
A Roberto Bolaño y Mario Santiago: ‘Keep Walking’.
5:
Hoy cavaron un hoyo en el jardín. Enseguida, tiraron al hoyo un cuerpo que no era el de Juan Walker. Tenía su camisa, los pantalones y el rostro cicatrizado, más no era él, no era su cuerpo, eso lo sabían todos cuando echaron tierra encima. Cerraron las ventanas, abrieron la puerta y tomaron distintas calles para no verse de nuevo.
1:
No tengo apellidos ni nombre. En el barrio me decían El Nada. En el barrio me gritaban oye nada, échate un wate, y luego se perdían en la niebla. O me gritaban gracias, de nada. O no me gritaban. No tengo hijos. No tengo padre. No tengo madre. No tengo tíos. No tengo hermanos. No tengo primos. No tengo ático. Ni techo. Ni casa. Todo esto lo iba anotando en las paredes del barrio y firmando The Nada. No escucho música. No veo películas. Pero alguna vez sí escuché música y vi películas en todos los cines, de todos los tipos. Vi La Naranja Mecánica, Jackie Brown, Godzilla, El Ojo, Tal para cuál, Despedida de soltero, Blade Runner, Julio comienza en Julio; vi todo, lo aborrecible, lo fatal, bueno, malo y feo. Vi El Camino del Samurai y El Último Mariachi; descubrí, mucho más tarde, que yo soy las dos. O tal vez no sea yo, sino la historia, la trama que vigila sobre mí. Claro, yo no soy un nada, soy un no-nadie, simplemente anónimo, vagaba por el barrio en silencio. Pero entonces vinieron los otros. Se acercaron un día cuatro tipos, como sombras, como asesinos, y me advirtieron. Yo no sabía de qué estaban hablando. Me dijeron que si en cuatro días yo estaba al menos cerca de Pedro de Valdivia con Providencia, lo iba a pagar caro, me iba a chingar. Les dije en tono de broma pos claro, güey, si voy a Providencia la pago carísimo, un ojo de la cara, mejor me quedo en el barrio pintando y no pierdo la comida de un mes. Ellos me rodearon, en ningún momento sacaron un arma pero claro que estaban armados, circulando alrededor llenos de metal, y uno de los del grupo puso un pie al frente y me dijo: “Si en cuatro días te vemos, te mueres”, me botaron de un golpe en la quijada y se alejaron en un Fiat, perdiéndose en la sombra y el polvo del barrio.
2:
Llamar a esos tipos “los otros” es una costumbre que adquirí cuando conocí a La Cuadra. No lo supe en ese entonces, pero Cuadra en realidad era Quadra. Significa, aclararon, alineación de cuatro, una aclaración que por lo demás fue algo pedante y denotó entre otras cosas mi ingreso al grupo. El encuentro y la iniciación tuvieron lugar en una librería. No me pregunten qué librería. No me pregunten dónde queda. Probablemente ya no esté. Si les digo lo que yo pienso, bien podría haber sido en una videoteca, un bingo semanal o un prostíbulo. Hojeaba un libro (¿Una antología?) cuando tres tipos, en fila igualitaria y conocidos del dueño, me tocaron el hombro y me saludaron como tres cuates frente a un amigo (frente a un cuate). Un cuate exiliado por largo tiempo en tierra extraña. Un cuate que requería, desde hace mucho, luz de sol y abrazos. Entonces, como suele pasar con las bombas de noche, los balazos en la casa de al lado, los días que se pierden y el insomnio, dudé. Dudé en huir. Pese a la duda, estreché sus manos y les dije órale güey, clave que al parecer suscitó algo en sus voces, algo más que mis sentimientos encontrados con El Último Mariachi, algo importante y latente que afectaba sus rostros más que mi negada chilenidad, haciendo que la expresión que pusieron doblara la librería, la agudizara como un laberinto sobre nuestras cabezas y entremedio de nuestras sombras. Dejé el libro y me invitaron a tomar a un bar en Pío Nono, muy cerca, no sabría decir cuánto pues al salir de la librería el tiempo tomó otra forma, y lo que son diez minutos perfectamente podría haber sido una hora, y lo que son siete esquinas perfectamente podrían estar borradas, apenas bosquejos en algún lugar de mi memoria. El libro que tomé puede que no haya sido una antología, sino un libro de autor, tal vez una biblia, tal vez oriental y sin firma en lo absoluto. Quizás hasta tomé la guía telefónica. Pero el caso es que había aceptado su invitación y no me quedaba otra que seguir en ello. El bar estaba ubicado (sospecho que aún lo está) en la esquina de Pío Nono con Dardignac, a una cuadra del puente y un poco más allá de Plaza Italia. Mientras caminábamos hacia él no hice preguntas, ni siquiera hablé por varios minutos. Los escuché bromeando sobre escritores que conozco, celebridades que todos conocen y algunas marcas y afiches publicitarios, asunto al cual me introduje sin mediar en cortesía. Llegamos cagados de la risa y pedimos un pitcher de dos litros. En el wurlitzer tocaba un grupo británico que, según me dijeron mis compatriotas, hablaba del asesinato de un árabe. Luego cantamos una ranchera, en susurros y no completa, pues cuando iba en la segunda repetición del coro se interrumpieron los tres y uno de ellos tomó la palabra. Me dijo tú sabes por qué estás aquí. Y yo no supe responder, pero mi voz dijo sé por qué estoy aquí. Sabes cuál es el valor de esto, y mi voz respondió claro que lo sé. Entonces no queda nada más de que hablar, nos dijo levantando el vaso y sacando una mirada de antes, una voz de antes que sólo recuerdo en ese momento, me dijo que ya era de La Quadra y que el asunto se había resuelto. Que romperíamos con la historia ya contada, y pensé, cresta, me he metido en un grupo social, me he metido en una revolución literaria, me he metido en una renovación de alguna cosa, de algo aún subterráneo y eso no estaba tan mal. Claro, eso no habría estado nada mal.
3:
La Quadra habita en un edificio vacío y añejo de la Villa Antilhue, en La Florida. El sector que rodea al edificio es bullicioso y reconfortante. Llegamos a una puerta en el doceavo y último piso. Nos sentamos en la alfombra del living (que en realidad era todo el departamento, a excepción de una pieza con varios colchones tirados), y nos pusimos a fumar. Temí preguntarles cuáles eran sus nombres, pero uno de ellos dijo que el tercero buscara las chelas y que el primero pusiera algo de música, por lo que supuse que sus nombres eran esos, Primero, Segundo y Tercero, yo vendría a ser el Cuarto, les dije en voz alta y el Segundo me gritó ya rugiste, qué buena onda, y se sentó a mi lado a conversar. Para cuando llevábamos varios minutos hablando sin ningún tema estricto, los otros dos, Primero y Tercero, ya tenían chelas en la mano, yo tenía un vaso de piscola y Segundo estaba tomando té con pisco, algo que de lejos se ve bastante aconsejable, pero terminó muy, muy mal. Comenzaron a hablarme de Juan Walker. Dijeron que Juan Walker es un poeta desapercibido, un poeta mexicano, un poeta infrarrealista, un gran poeta. No hablaron mucho de su poesía, aunque según lo que entendí era un fraseo desperdigado, sea lo que sea que eso signifique. Una recolección de frases de interminables caminatas por el D. F., poemas de concienncia alterna, recalcaron las frases literatura de resistencia y literatura como profecía. Luego sacaron un libro del tal Walker y marcaron algunos versos, los subrayaban y me los mostraban. ¿Qué dices?, me preguntaron y yo no entendía. ¿A qué crees que apunta?, y no supe qué responder. Los versos marcados no eran más que interconectores, lazos de cinta bañada en mezcal, pero los ojos de La Quadra me decían terror, muerte, azar sanguinolento, chingado en Pedro de Valdivia. ¿Dónde está Juan?, les pregunté. Está en Chile, me dijo Tercero. Bajó de un avión en Cuba y ahora está caminando por Santiago, me dijo Segundo. ¿Va a morir en Santiago?, les pregunté, no sé por qué razón, mi voz me usaba de nuevo. Me miraron y asintieron en silencio. ¿Por qué va a morir?, les pregunté y Primero dijo: “No sabemos”. Les pregunté si conocían a los tres tipos que me habían amenazado brutalmente, dicho con todas las de la ley. Dijeron: “Los Otros”. ¿Qué otros?, pregunté. “Los otros, los chingados, los fatales” dijo Segundo, y no hubo más respuestas. En lo que siguió, en botellas, líquido efervescente, cerveza vomitada y Segundo teniendo espasmos en el balcón del departamento, esto fue lo que saqué en claro: cuando volviera a amanecer, Juan Walker iba a ser atropellado y su muerte archivada como un accidente, pero lo vamos a salvar dijo el Primero, uno de nosotros va a reemplazar el cuerpo de Walker y los demás nos llevaremos al poeta en un auto, camino al aeropuerto, desde donde el implicado vuele a ninguna parte, al anonimato. Tercero luego hizo referencia al camino, un trayecto predestinado, prefabricado y serial por el que todos los seres vivos han de transcurrir hasta fallecer, y que los desbocados, los que niegan la imagen del caminito, terminan más muertos que vivos, o muertos sin más. Por eso, dijo, por eso y botó la espalda en el piso (antes estaba sentado), llorando y balbuceando un poema del que ya no recuerdo más que la última palabra, lo que es como si no hubiera entendido. Después de que todos se pusieran a dormir, encendí un cigarrillo en el living y me vi recitando esa canción tonta, desgastada y aburrida que dice: “no hay camino”, y con lo borracho y triste que me había puesto, seguí y seguí cantando la canción, esa cursi canción, quizás repetí la frase varias veces y luego pensé que sí había camino, que hay caminos por todos lados, desde los barrios, pasando por las agencias de viaje hasta las películas mexicanas y las historias desesperadas del fin del mundo. Que la vida no es más que caminos desordenados, no impuestos, sólo caóticamente alineados en la tierra, listos para que cualquiera se sumerja en ellos, se pierda en ellos y vuelva con la derrota en la garganta. Borracho y triste como estaba, caminé por el borde del balcón, mirando hacia abajo preguntándome por los caminos, todos los México repartidos por allá afuera, allá a lo lejos, allá donde no se ve ni un alma. Y un pájaro movió una piedra. Y una hoja rozó el cemento. Y una ventana reflejó la muralla de todas las casas, de todos los edificios, reflejó cada poste, árbol y animal subterráneo. Entonces los caminos se doblarán, me dije, habrá un camino que cruce los caminos, los quiebre, habrá una calle apenas bosquejada, en trazos meramente delineados, que cruce las calles, las veredas y los pasos. Me oí decir esto en voz baja, hacia la noche, y pronto empezó a alumbrar y supe exactamente lo que trató de explicar La Quadra, lo mismo que yo me explicaba en sueños, los ojos que me miran cuando me miro. Volví a entrar al comedor. Uno de nosotros iba a morir mañana, así que empecé a guardar energías.
4:
Estaba junto a la ventana fumando un cigarro. Estaba solo conmigo y un cigarro. Entonces llegó el Tercero. Bajamos, dijo el Tercero, hay una pistola por cada uno. Entramos al auto y tomamos la Costanera Norte. Juan Walker iba a estar subiendo mientras nosotros bajábamos. Después del Teatro Oriente, en la esquina en que termina la calle y empieza otra vez, Walker, poeta mexicano, iba a sufrir un fatal accidente automovilístico; eso es lo que saldría luego en la prensa; eso es lo que pasaría luego, en unos veinte minutos; eso es lo que íbamos a dejar que se contara, y sólo nosotros cuatro sabríamos la verdad. El Segundo llevaba el manubrio, el tercero sostenía su pistola mirando por la ventana, el primero liaba un cigarro y yo me fumaba el anterior. Nos bajamos en la esquina de Pedro de Valdivia con Providencia. Extendimos las puertas, a modo de escudo. El accidente estaba por ocurrir. Los otros llegarían justo en el momento en que el poeta cruzara la esquina. Así que el único apropiado, el único sencillamente apto para el trabajo se irguió a una cuadra del epicentro y comenzó a caminar hacia atrás. El mexicano, sin pistas, caminaba hacia delante, y por cada paso que daba, el único posible retrocedía cuatro pasos. El auto estaba en Bilbao. Un paso adelante, cuatro pasos atrás. El auto a zancadas. No hubo pasos en falso. Todo el infierno se desató.
* “Juan Walker” en Mutación y registro de Maori Pérez, Ciertopez, Santiago de Chile, 2007.
