Unplugged

Relato de Felipe Reyes

No es porque mi madre me diera pecho hasta los tres años. Ni porque se alegrara tanto cuando hice caca solo justo antes de empezar el primero básico. No es porque ella llorara todas las mañanas cuando me iba al colegio –además, a veces yo también lloraba–. Ahora que vuelvo a pensar en eso, en invierno, cuando salía de la casa hacía frío, estaba oscuro, a veces había niebla… Pero nada de eso tiene que ver. Ella siempre me dijo que la psicología es un poco más complicada. De hecho no tengo idea por qué. Pero ya voy mejor. Y además, yo me digo que podría ser peor. Me tomo un poco más de tiempo que los demás para hacer algunas cosas, para comprobar que están bien hechas, para comprobar que lo he comprobado. Y me voy defendiendo. Y eso no tiene nada que ver con el hecho que mi madre me reprochara, en su lecho de muerte, los sufrimientos que había padecido para traerme al mundo. Fueron sus últimas palabras. Pienso en eso –y me parece normal– porque nací en la misma cama en que ella murió. Pero mis historias no datan de ese día. Es más largo el asunto. Y me he acostumbrado a vivir con eso.
Hoy es domingo y quiero tomar aire, salir al parque, como todo el mundo. Voy a ir al parque de la esquina. Prefiero quedarme en mi barrio y estar cerca de casa. Voy a salir temprano, necesito tomarme mi tiempo, ese es el problema. Quiero estar ahí a las once y media, no más tarde. Voy a ir. Voy a prepararme. ¿Y qué tendrá todo eso que ver con que ahogase a los gatitos blancos cuando le dije que ya no la quería? Además, todavía la quería, los niños hablan sin pensar, eso todos lo saben. No tiene nada que ver, no hay que mezclar las cosas. Voy a ponerme la chaqueta, parece que hace un poco de frío. Me pongo la chaqueta. Antes de salir lo desenchufo todo. Porque los aparatos esperan el menor descuido para incendiarlo todo. Un mal contacto y empieza la fiesta de las chispas, un fuego de bengala. Cuando se produce un cortocircuito es que las cosas andan mal y, antes o después, habrá un incendio. Una estufa encendida calienta todo lo que puede, hasta que algo se derrite y gotea sobre la alfombra y comienzas las llamas. Hay que desconfiar. Me doy una vuelta por el departamento y lo reviso completamente. Desconecto la lámpara de mi velador. Desenchufada. Desconecto la radio-reloj. Desenchufada. En la habitación de mi madre ya no queda nada. Compruebo igualmente. Luego me dirijo al living. Desenchufo el televisor. Desenchufado. La lámpara grande. Desenchufada. En el baño, nada que desenchufar. Llave de agua caliente, cerrada; llave de agua fría, cerrada. La ducha aún gotea. Aprieto todavía más la llave. La aprieto muy fuerte. En la cocina, desconecto el horno. Desenchufado. Abro el refrigerador, la luz está apagada porque he quitado la ampolleta. Vuelvo a cerrarlo: refrigerador cerrado. Reviso la llave del lavaplatos, girada, bien cerrada. Tengo cuidado con las llaves del agua, por supuesto, pero tengo que decir que las llaves no me preocupan demasiado. Lo hago para mayor tranquilidad, para conservar la calma. Además una llave de agua es menos peligrosa que los electrones libres que se alteran en los enchufes por todas partes.
Nací de culo. El mío, quiero decir. Lo especifico porque yo mismo creí durante mucho tiempo que se trataba del de mi mamá, lo cual me parecía algo decepcionante. Y solía preguntarme: “¿Por qué yo he nacido por atrás mientras que los demás se jactan de ser bien nacidos?”. Debo reconocer que durante mucho tiempo pensé que no valía nada. Nací de culo, el mío quiero decir, con los pies por delante. La cabeza al final, tal vez para comprobarlo todo por última vez antes de salir. Debe ser la razón por lo que pienso en eso.
Hago un nuevo recorrido por el departamento, esta vez por las luces. Es más fácil. Prefiero hacer una ronda especial para cada cosa en vez de comprobarlo todo al mismo tiempo, lo cual exige cierta concentración. Comprobando todo al mismo tiempo no se comprueba nada, se olvida comprobar lo esencial. Apagado. Todo está muy bien apagado, perfectamente apagado. De todas maneras, al pasar echo un vistazo para ver si lo he desenchufado todo. Ya está. Me voy al parque, tomo las llaves, antes de salir vuelvo una última vez y bajo la patita negra del medidor de electricidad del departamento. Medidor apagado. Miro la rueda dentada del medidor que se inmoviliza, perfectamente inmovilizada. Ver cómo esa ruedita se para en seco me hace bien. Dejo caer los hombros. Respiro. Antes –ahora me hace gracia recordarlo– tenía un sueño terrible: apagaba el medidor y observaba el disco, que primero se inmovilizaba, luego se ponía a girar despacio, de a poco, para luego empezar a girar cada vez más rápido, hasta alcanzar una velocidad increíble que parecía, y sonaba, como una sierra eléctrica. El mecanismo terminaba cediendo, la rueda rompía su eje, atravesaba el cristal y me pasaba por arriba de la cabeza, quedando a un pelo de decapitarme. Ahora me río de ese sueño, lo que demuestra que hago algunos progresos.
Entonces, medidor desconectado. Pero, para estar seguro, para no pasar de un extremo al otro y ser totalmente negligente, doy otra vuelta rápida y global de comprobación comprobante, la que comprende:
1. Los enchufes eléctricos y los aparatos aún enchufados que se hayan podido escapar de las comprobaciones anteriores.
2. Los diversos interruptores que, llegado el caso, hayan quedado en la posición on, y que, evidentemente, antes de salir hay que dejar en posición off. Lo que resulta particularmente perverso con los interruptores es que no manifiestan su intención de dejar o no dejar pasar la corriente. Entonces, si consideramos sólo el interruptor, nada indica si está en posición on o en posición off. Ustedes me dirán que para eso está la ampolleta, que permanecerá o no encendida para despejar las dudas. No tienen ni idea. Si confían en una ampolleta, están fritos. Nada se parece más a una ampolleta en funcionamiento que una fuera de uso, sobre todo esas ampolletas modernas, estetizantes, de colores, esmeriladas, nunca transparentes. Nada indica, entonces, que una ampolleta apagada vaya a encenderse, o pueda encenderse, si accionamos el interruptor, que es excesivamente fácil, a causa de la debilidad de las ampolletas, confundir un interruptor apagado de uno encendido. Salvo si, como yo, uno ha tomado la precaución de dibujar en el interruptor –o en la pared– unos simbolitos simples: “1” y “0”. El “1” corresponde a la posición on, y el “0” a la posición off. Basta con no invertir mentalmente esos dos símbolos (también he anotado sus leyendas en la pared, las instrucciones que viene con ellos) para evitar muchos desengaños.
3. Las llaves de agua, mucho menos importantes que los elementos precedentes, pero bastante fáciles de comprobar: el agua corre o no corre. Una llave que gotea nunca ha matado a nadie. El agua no es tan temible como el gas, por ejemplo, pero yo no tengo gas, Dios me libre, sólo tengo electricidad.
Fin del apartado.
Dicho esto, ahora que lo pienso, más vale tener una ampolleta mala en la lámpara que no tenerla. Lo importante es que haya un tope. No me atrevo a imaginar que la corriente atraviesa un interruptor olvidado en la posición on, llega al final del cable a la velocidad de la luz, hasta la lámpara vacía y, ante la ausencia de ampolleta, ante tanta libertad, cae como una ducha electrizante por toda la habitación. Porque una lámpara sin ampolleta es una ducha de incendios.
Pero el tiempo pasa y quiero estar en el parque a las 11:30. Esto demuestra que estoy mejor, porque antes no habría podido dejar mi departamento con tanta facilidad. He atravesado un período, soy consciente de eso, en el que mi lado precavido, dígase obsesivo –no hay que tener miedo de las palabras–, me hacía la vida imposible. Sufrí mucho, es verdad. Pero, aunque algunos quisieran hacérmelo admitir, eso no tiene nada que ver con el hecho de que haya pasado muchos años en la cama de mis padres. Quiero decir muchas noches, por supuesto. Hasta mi adolescencia, cuando mi sueño se volvió más liviano, turbado por el despertar de mis inclinaciones onanistas, difíciles de conciliar con el cumplimiento de los deberes conyugales de mis padres, que esperaban a que me durmiera, pero sucumbían antes que yo. Como, según mi padre, la situación perjudicaba gravemente el ejercicio de su autoridad paterna, fui expulsado de “nuestra cama” con brutalidad, debo decirlo. Mi mamá soportaba tan mal como yo la separación y pidió mi retorno bajo las sábanas, a lo cual mi padre se opuso formalmente durante un tiempo, hasta el día en que, cediendo a la insistencia cotidiana de mi mamá y a mis llantos, abandono cobardemente el hogar, dejándome su lugar en la cama. De más está decir que lo ocupé con las mejores intenciones. Pero estoy divagando.
Abro la puerta y, como Neil Amstrong, me concentro en el paso que tengo que dar. El paso para salir de mi departamento. Es el paso esencial, en él me lo juego todo. Si lo consigo a la primera, me iré sin preocupaciones. Todo está comprobado, revisado, me voy con la conciencia tranquila. Me lanzo cerrando los ojos y lo consigo a la primera. Permanezco algunos segundos sobre la pequeña alfombra que hay en la puerta, muy orgulloso de mí mismo. Pienso en mi madre, que también estaría orgullosa de mí. Entonces escucho el teléfono –se me encoge el corazón–; lo que me preocupa no es el hecho de que me molesten ahora, justo en este momento, tengo tiempo de sobra, pero si ese teléfono suena, es que he cometido un error. Si suena es que está enchufado, pese a todas mis comprobaciones. Me he olvidado del teléfono y eso podría haberme costado caro. Un teléfono que suena sin que haya nadie para contestar es un teléfono que se calienta, que se calienta tanto que la libretita de notas que está debajo de él empieza a ponerse amarilla, despacio, a tostarse, lentamente, mientras el irresponsable que está al otro lado insiste e insiste hasta que en el papel nace una llamita, ingenua, pero en su naturaleza ávida de quemarlo todo. Entonces vuelvo a entrar y me precipito sobre el teléfono para desenchufarlo. Teléfono desenchufado (ni siquiera he pensado en descolgarlo).

Ahora estoy un poco confundido. Es el tipo de cosas que me alteran. Antes no necesitaba mucho para renunciar a salir, para abandonar mis proyectos, antes era mucho más frágil. Me voy, me voy inmediatamente. Abro la puerta y tomo impulso para llegar al final del pasillo, respiro profundo, tres veces, y corro hacia la puerta, sin pensar, sin flaquear, llego a toda velocidad, como un atleta de salto largo y, con los pies juntos, me planto sobre la pequeña alfombra de la puerta la que se desliza y me arrastra por el rellano hasta la puerta blindada del vecino, contra la que termina mi huida con un ruido sordo. Me pregunto si mamá se hubiera reído. Creo que no se hubiera reído. De todas maneras ya estoy fuera, esta vez es de verdad, ahora nada puede detenerme. Sobre mí escucho a gente que baja por la escalera. Tengo el tiempo justo para ponerme de pie y poner la pequeña alfombra en su sitio antes de que lleguen a mi piso. Es una mujer con un niño que lleva un muñeco de Action Man en la mano. Nunca los he visto. “Buenos días”, dice la señora. Yo respondo: “Buenos días”. El niño es feo y maleducado: ni siquiera me mira. Ambos desaparecen, entonces cierro las cuatro cerraduras de mi puerta. Siempre he tenido buenas relaciones con las cerraduras, a excepción de las eléctricas. Confío en ellas, cuando el pestillo golpea en la ranura me siento seguro. Qué bien se siente escuchar una cerradura cerrada. Es mecánica, sólida, confiable. Una cerradura cerrada es una cerradura cerrada, se oye perfecto, no hay necesidad de comprobarlo. Aún así empujo la puerta para estar seguro y corroborarlo, y bajo a paso lento. Creo que estoy sonriendo. Todavía escucho al niño feo y a la madre en la escalera, cuando se enciende la luz del rellano. También oigo cómo la madre sermonea a su hijo, el muy tonto se acaba de apoyar sus sucias manos sobre el interruptor, en pleno día, sólo por el placer de apretar el botón con la lucecita naranja. Me detengo en el piso de abajo. Me calmo, razono, miro mi reloj. Ni hablar de salir del edificio antes de que se apaguen las luces. Al menos tengo unos cinco minutos aquí. Me siento en la escalera maldiciendo al niño pirómano y destructor. Lo importante es saber que, cuando el apliqué se apague en este piso, todos los demás se pagaran al mismo tiempo en toda la escalera. Es el principio fundamental del interruptor con temporizador. Y yo creo en él. No parece gran cosa, pero antes nunca hubiera confiado en un interruptor, me habría sentido obligado a recorrer todos los pisos para comprobar que todas las luces se hubieran apagado. Estoy bastante orgulloso de conseguir, por una vez, evitar creer en la anarquía de las luces. Creo en el interruptor, nada más, que apaga todas las luces al mismo tiempo.
El apliqué de la escalera se apaga, por fin; me levanto de un salto y bajo rápido las escaleras, sin mirar atrás, con la sensación angustiosa y a la vez excitante de la despreocupación. La despreocupación razonada, digo. Me precipito hacia la puerta de salida del edificio, derecho hacia el botón que abre la puerta con un chasquido. Compruebo que el chasquido ha cesado antes de dejar que la puerta se cierre. Y salgo a la calle luminosa, clara, mis pupilas se contraen. Cruzo la calle hacia el parque, más sereno que nunca, sintiendo el sol y el viento sobre mí, pero oigo un grito y me voy vuelta. A unos metros de mi una mujer, presa del pánico, señala hacia arriba con el dedo. Alzo la vista y veo cómo mi ventana vomita una espesa humareda sobre mis geranios rojos.

 

Relato de Felipe Reyes


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