Pezoa Véliz, sucio y mal vestido

Apuntes de Contreraspezoagr

Carlos Pezoa Véliz es el último poeta romántico chileno. Y con los datos que se conservan de su biografía podría fundarse una escuela del ejercicio poético. En su momento incomprendida, pero a la larga justificada: la de los poetas desesperados, a la deriva, callejeros, volcados a la realidad circundante de un país que salía de las sombras para abrazar la modernidad. Una modernidad periférica, a medio camino de la nada, pero asumida con desesperación por las luces de un anunciado porvenir.

Nacido el 21 de julio de 1879 bajo el nombre de Carlos Enrique Moyano Jaña, fue el hijo ilegitimo de un inmigrante español de apellido Moyano y una costurera llamada Elvira Jaña. Luego tomaría los apellidos de quienes lo adoptaron desde muy niño, un matrimonio maduro sin hijos, José María Pezoa y doña Emerencia Véliz, quienes procuraron darle lo que a fines del S.XIX podía ser una educación digna, pero bajo un sino de pobreza y miseria atroz que nunca abandonaría.

Gran parte de su formación la encuentra en la V Región, donde su viaje en 1902 sería clave. Desde entonces comienza a colaborar en el diario La Voz del Pueblo, y posteriormente con La Comedia Humana, de Viña del Mar. Su paso por el Ateneo de Santiago también marcaría el inicio de su visibilidad literaria. Ahí encarnó el modelo del enfant terrible sin conseguir esconder esa misma contradicción, al ser seducido por el anarquismo, la lucha obrera, en la misma medida que terminar incorporado a la burocracia, como Secretario Municipal de Viña del Mar, donde al fin encontraría la calma aparente que necesitaba su pluma y espíritu, para avanzar entre alambres de púas y piedras calientes.

Se diría que con él termina el siglo y comienza la poesía contemporánea: al tensar de manera sorprendente lo que habría sido el simbolismo francés y el modernismo dariano, con la justa recuperación de la provincia, la presencia de los personajes humanos naturalistas, los registros de la incipiente urbanidad, y sobre todo la instalación definitiva de “las voces del pueblo” como no se habían oído hasta entonces.

Pezoa Véliz consiguió situarse en los límites de las corrientes y modas; por fuera de la canonización, el acomodo partidista o la sacralización académica, pudo alejarse del influjo vanguardista de Vicente Huidobro, la pureza de estilo de Gabriela Mistral, el torrente avasallador de Pablo De Rokha y la mirada insufrible del primer Neruda. Por tanto quizás sea justo situarlo en el aura de Pedro Prado, legítimo padre de cenáculos literarios fundacionales, como el grupo de Los Diez y de la métrica y alto lirismo de un Juan Guzmán Cruchaga, a los que uniría como época, pero también en sus búsquedas en el lenguaje y la realidad; ejercicios que con los años no ofrecen aquellas enormes brechas que les mostrara su mismo tiempo.

Porque el Romanticismo de Pezoa Véliz es claro, y adolece de principios fundamentales como para erguirlo con liviandad al lado de un Byron, Goethe, Yeats, Rilke o Girondo en Argentina. Sería una trampa hacerlo figurar en ese coto de caza, cuando lo suyo fue más instintivo que programático. Más indómito y salvaje, que domesticado por el foco de la modernidad. Siendo un mejor rescate hacerlo desde la ideología, más que de una dimensión estética o figurativa, lo que en suma lo convierte en una cuestionable leyenda marginal de la poesía.

Digámoslo así, Pezoa Véliz no tuvo poética y siendo esa la marca que definió su posición en el canon literario. Aunque a su modo, sí logró imponer las condiciones de esa marginalidad, como modus operandi, sacando punta a un instrumento que tomaba, con agudeza, los recursos del modernismo, los coletazos de un romanticismo tardío, para acabar con el exotismo místico, el paisaje sin espejos, el amor trágico, la fragilidad del tiempo y la pureza, abriendo de golpe las puertas a la miseria, a integrar el habla coloquial y la sabia ironía, evidenciando así, por primera vez en el español chileno, la contradicción del mismo oficio de poeta.

En ese sentido, si tensamos el arco, podríamos decir que es un legítimo antecesor de la antipoesía que cincuenta años más tarde sería desarrollada por Nicanor Parra, fuera extremada por Enrique Lihn y saboteada por Rodrigo Lira.

Con él se acabó la belleza en estado puro, porque instaló de fondo la crudeza de la condición humana. Y quizás ahí estribe su torpe esbozo de un proyecto, o su antitesis poética, al conseguir con la métrica y las figuras tradicionales hacer un boceto descarnado de los hombres y las mujeres que superaron la tormentosa irrupción del S.XX.

Pezoa Véliz visto como un sobreviviente de su tiempo, soportó el terremoto de Valparaíso en agosto del 1906 y vivió la angustia de las noticias que venían desde Iquique, la horrible matanza de la Escuela Santa María, con la comprobación de que, en adelante, toda gesta obrera sería barrida a balazos.

La tragedia, el peso de la noche, todas esas muertes, se volvieron su motivación poética y consiguió escribir un par de buenos poemas que hoy resultan muestras sublimes de una época que la historia pretendió olvidar, pero que él logró escribir de otro modo. Nos dejó algunos poemas como “Juan Pereza”, “Nada”, “Los ojos de mi amada”, “El perro vagabundo” y sobre todo “Tarde en el hospital”, versos que a juicio de muchos, podrían formar parte de la mejor antología de la melancolía no sólo chilena, sino que latinoamericana.

No publicó nunca un libro en vida.

Recién en 1911 sus amigos comenzarían a recoger sus trabajos dispersos en periódicos, revistas y cuadernos. El libro se publicó un año después y se llamó acertadamente Alma chilena. Al leerlo con el tiempo, encontramos un inquietante compendio, que concentra una obra irregular y muy disímil: una, por la variedad de sus recursos y registros; dos, por la forma en que impone la urgencia de un programa que nunca quiso serlo, pero que a la larga acusó un modelo de escritura que necesita continuadores.

Alma chilena es la obra de un autor raro, pero a la vez imperecedero por la extrañeza de su apuesta: ser moderno, romántico, crítico social y cronista, cuando justamente esas mezclas atentaban contra la naturaleza del poeta iluminado. Opuesto a todo eso, Pezoa Véliz fue un poeta en blanco y negro, más parecido a Poe y a Baudelaire, que a la búsqueda de los émulos de Darío o al pope crepuscular de Maruri.

Murió el 16 de agosto de 1908 enfermo de tuberculosis en la sala común de un hospital, sin pasar de las tres décadas. Dos años antes, para el terremoto de Valparaíso, las paredes de la pensión donde dormía habían cedido, dejándole ambas piernas destrozadas. A partir de entonces debió usar muletas. Nunca más sería el mismo.

Quizás esa instantánea de Carlos Pezoa Véliz perdido bajo un derrumbe, sea la mejor imagen para situarlo dentro de la tradición literaria nacional. Como un poeta minusválido, enfermo, siempre convaleciente, asilado en una pieza oscura, con una obra –al decir de Roberto Bolaño– a la intemperie, como sólo se escribe la poesía más valiente que nadie.

Roberto Contreras


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