Kalule, el pez maldito
Relato de Rodrigo Ramos

Hay coincidencias en el puerto sobre la serie de acontecimientos que transformaron aquel extraño pez blanquizco con ambos ojos en el lado izquierdo, corto y con forma de boomerang, en un símbolo de la mala suerte.
Todos los domingos desde que jubiló Recabarren acudía a pescar al sector costero conocido como Acha. Esta vez hizo el mismo ritual, con la excepción que dejó su destartalado furgón Suzuki a un costado de la carretera. Siempre bajaba con éste por un camino de tierra. Detalle que al fin y al cabo le trajo consecuencias.
Recabarren que bordeaba los 70 años se jactaba de ser un hombre de buena salud como también de haber asegurado el pasar económico de su familia. A estas alturas le bastaba con contar con casa propia, un furgón Suzuki -tipo pan de molde- que adquirió en los 80’s y un negocio de abarrotes que atendía su mujer. De su hijo no hablaba. Nunca aceptó que fuera marica. En esto contaba su formación de Carabinero. En algún momento pensó que no llegó más alto en Carabineros por su hijo. El tema era el dolor eterno de su madre. Pero no nos desgastemos en menudencias.
Fue su tío quien por primera vez le habló del mito del kalule. No era una historia conocida por todos en el puerto, sin embargo quienes sabían de ésta –la mayoría pescadores ancianos o gente ligada al mar- siempre temieron a la corriente del Niño o cualquier otra marea regresara al temido pez. La última vez que varios de estos peces, de carne blanca, cayeron en las redes de los pescadores fue en 1967, meses antes del terremoto que dejó en el suelo la ciudad.
En aquella ocasión su tío Alberto Carrizo, viejo estibador, al enterarse de la llegada de los kalules y lo que era peor, que estaban siendo comercializados en el mercado, alertó a toda la ciudad a través de la prensa. Muchos lo trataron de loco. Sólo los viejos le hallaron la razón a Carrizo y corrieron la voz por el puerto. La ciudad había cambiado para peor después de la crisis de la industria del salitre de los años ‘20. Se había perdido la mística de antaño. El empuje. Nunca nada volvió a ser como antes. A la gran cantidad de desocupados se sumó la carestía de alimentos. Todo esto se tradujo en un gradual despoblamiento y la carencia de inversión. Ni siquiera el gobierno se interesó en reactivar al puerto. Y la Panamericana, consuelo de algunas zonas, tampoco pasaba por ahí.
Carrizo le contó a su sobrino que antes de la llegada de la gran crisis del 20 se produjeron dos hechos anormales en el mar: una gran varazón de jibias que incluso atacaron a los bañistas y pescadores, y otra varazón la de kalules. Por varios meses todo el puerto se alimentó de kalules y jibias. Las anécdotas de Carrizo eran generosas al hablar sobre el tema. Decían que los cesantes de las salitreras los cazaban con las manos en la playa. Por varios meses muchos de estas personas a la espera de regresar al sur de Chile, acamparon frente al mar alimentándose de esas especies. Sin embargo, de un día para otro, estos peces desaparecieron del mar y comenzó otra vez la hambruna.
Otro hecho posterior le daba la razón a Carrizo. Fue en 1940 cuando un aluvión, producto de una llovizna, sepultó una población completa del puerto. Posteriormente unos científicos acusaron a una corriente cálida del mar por el repentino cambio de clima. Justamente los kalules habían reaparecido aunque en menor número a la varazón de 1920.
Por esto Recabarren quedó impávido cuando vio gaviotas y otras aves dándose el festín de su vida con cientos de peces muertos flotando en el mar. Se le pasaron varias teorías por la cabeza, como de que un barco factoría botara su carga. El olor a podrido se hizo más fuerte a metros del mar. Revisó. Cuando comprobó que eran los kalules, sintió el golpe. El Suzuki de 30 años quedó volteado y a primera vista desmidestruido a un costado de la carretera. Ni siquiera le alcanzó a tomar la patente al camión que se empequeñeció en dirección al sur. Tres días después Recabarren falleció de un paro cardíaco.
Rodrigo Ramos
