El poema de Ronnie Tuppein

Un relato de Parita Liche

A Ingrid, siempre
A Paulo Mc Intyre, por mantener viva la memoria

He estado meditando sobre el suicidio desde que Ronnie Tuppein se quitó la vida. Era un muchacho tranquilo, todo el mundo lo conocía y hablaba bien de él. Era el director de un club por la concientización del reciclaje, tocaba la guitarra, hacía deporte. Lo que me llamaba la atención era que tuviera una bicicleta con un manubrio tan antiguo, no me cabía en la cabeza que no utilizara uno de diez velocidades, como todos. Su bicicleta llevaba incluso tapabarros, una parrilla y un sillín de cuero grueso y pasado de moda. Tenía el pelo castaño y rizado, sobre el cual se refirió mi hermana en un poema. Ella escribió que era “una corona de laureles que adornaba su frente amplia y serena/ limpia como la nieve más alta/ clara y transparente como el agua elemental”. Los versos de mi hermana sobre Ronnie lo escribió como si se tratara de una carta dirigida a él. Me acuerdo de la última vez que lo vi: iba montado en su bicicleta negra y se detuvo en la entrada de la casa de mi amigo Phill. Habíamos terminado de jugar al fútbol. Era un día de otoño y hacía mucho frío. Estuvimos hablando durante un momento, Ronnie me conocía a través de mi hermana, y yo aparentaba que no me había fijado en su bicicleta. Cuando se marchó me invadió una gran satisfacción al pensar en lo simpático que era. Y me sentí muy bien delante de Phill, mi mejor amigo, porque un tipo que estaba en el último año de escuela se había dignado a dirigirme la palabra. Me acuerdo también de que lo encontré por casualidad en el patio de la escuela y no me hizo sentir como un niño, como hacían los otros de su edad. Y entonces todos supimos que se había ahorcado. Mi hermana iba de un lado para otro gritando y llorando como una loca, y yo no me atreví a decir nada, y al finalmente ella entró precipitadamente en su habitación, y sin dejar de chillar se encerró allí dando un gran portazo. Al principio yo no sabía con seguridad de quién se trataba, hasta que caí en la cuenta de que era el de la bicicleta con manubrio antiguo. Poco a poco comenzaron a salir a la luz los detalles, y todos nos enteramos de que se había ahorcado desnudo en el sótano y que había sido su hermana quién lo había encontrado. Quizá lo tocó una o dos veces diciendo: “Ronnie, no hagas tonterías”, y luego comprendió que estaba muerto y salió corriendo a la calle. Lo que me impresionaba de verdad era imaginármelo ahorcado y desnudo. Siempre he pensado que el primer susto debió de llevárselo al ver a su hermano completamente desnudo. Me imagino que hasta se echó a reír. Y fueron pasando los días, las semanas y los meses y cada vez le insistía más a mi hermana que me explicara todo lo que sabía del suicidio de Ronnie, quería saberlo todo.
El poema que mi hermana escribió hablaba de la posibilidad de que Ronnie estuviera enamorado de ella mientras que ella lo estaba de otro. Pero ahora que Ronnie estaba muerto yo estaba seguro que ella pensaba sólo en él, aunque ya era demasiado tarde para decírselo. Así, al igual que todo el mundo, mi hermana creía ser la responsable de su muerte, lo cual no era cierto. Se decía que Ronnie quería ir a la universidad pero sus padres no podían costearle sus estudios. Hasta llegué a pensar que esa podía ser la razón por la cual llevaba esa bicicleta. Traté de imaginarlo caminando desnudo por su casa, con la soga al cuello ¿en qué estaría pensando en ese momento? ¿Acaso estaría llorando en el momento de hacer el nudo? Pregunté a mi hermana si había dejado alguna nota de despedida, y ella dijo “no”. Mis padres decían cosas como: “¿Lo ven? Es importante que los hijos conversen con sus padres… que tengan confianza en ellos” y otras cosas por el estilo. Cuando se produce algún hecho de esta clase, que vemos en la televisión o el diario, mis padres empiezan a sentirse hinchados y poderosos porque mi hermana y yo no nos hemos suicidado. Y me molesta.
Cuando terminaron las clases se publicó el anuario de la escuela. Todos lo hojeamos buscando fotografías de Ronnie. Y efectivamente, encontramos una en la que se le veía sentado en las gradas del gimnasio, en pleno partido, no sé si de fútbol o de básquetbol, y a mí me pareció que su cara se destacaba de las demás. Se veía en medio del gentío, todo el mundo estaba gritando o sonriendo a excepción de Ronnie, que estaba muy quieto y erguido. Y me pregunté: ¿Estaría pensando en el suicidio en ese preciso momento?

En el anuario había otra fotografía suya en la que aparecía junto a otros compañeros de la escuela. Al parecer tomada durante un baile. Él está mirando fijamente a la cámara, serio, lleva el pelo recogido formando un copete, su boca dibuja una mueca, la camisa negra y la cruz al cuello, y sus manos apoyadas en la hebilla del cinturón forman un círculo, como el de una horca. Su cara producía el mismo efecto misterioso, y quizá era porque uno ya sabía que estaba muerto. El anuario estaba dedicado a él (era el único que había muerto) y fue entonces cuando comencé a fantasear sobre mi propio suicidio. Solía acostarme preguntándome si todo el barrio lloraría por mí como lloraron por él (deseándolo). Ensayé incluso frente al espejo poniéndome una toalla alrededor del cuello, pero no tenía idea de cómo atarla correctamente (mi padre siempre me dijo que no era hábil), y no aprendí nunca a hacerlo. No había hablado con Ronnie más de dos veces en mi vida, pero empecé a llorar su muerte. Mi madre y mi hermana no se enteraron nunca de que solía tomar el anuario, lo abría y contemplaba aquella fotografía de él en las gradas, tan solo, y la otra que le hicieron como alumno de último año de escuela con su corbata, y leía el poema de mi hermana y lloraba por él. Lo echaba de menos en secreto.
Un par de años después de su muerte tuve una profesora que un día tocó el tema del suicidio y mencionó a Ronnie. Ella dijo: “Nunca se sabe la causa de por qué una persona se suicida, aunque es muy posible que lo haga debido a que tiene preocupaciones que no puede contar a nadie. Cuando Ronnie Tuppein se suicidó hace unos años – entonces agucé el oído, estaba hablando de Ronnie, ¿cómo se atrevía a pronunciar su nombre en voz alta? – al mirar en el cajón de su cómoda descubrieron que había hecho nudos en todos sus calcetines”. Tuve ganas de gritar: ¿cómo era capaz de contar a todo el mundo los secretos de Ronnie? Por aquel entonces ya le había dado tantas vueltas a su suicidio, me lo había representado tantas veces, que casi estaba seguro de que había bajado con él las escaleras del sótano de su casa, contemplando su cuerpo desnudo, lo había visto atar la soga (el era una especie de veterano de los Boys Scout, un Águila o algo así), y seguido sus oscilaciones y balanceos con la mirada atónita, igual como lo había hecho su hermana al encontrarlo colgado. Simplemente me resistía a imaginarlo haciendo nudos en sus calcetines, y la profesora había hablado de él como si no fuera nadie y, lo mismo que todo el mundo, echaba la culpa a los padres por no haberse percatado de las preocupaciones de su hijo.
Al año siguiente mi hermana comenzó a salir con el hermano menor de Ronnie, Randy, que se parecía mucho a él. Tenía su mismo pelo rizado, sus facciones, y esa expresión en el rostro que te hacía creer que era tu amigo. Un día fui a casa de los Tuppein con mi hermana y conocí a toda la familia. La hermana de Ronnie, la que lo había encontrado en el sótano, estaba muy bien, se veía animada y tranquila, y yo quería hacerle un montón de preguntas, pero no tuve valor para ello. También se reconocían las facciones de Ronnie en su rostro, y me parecía muy simpática y era mayor que yo por algunos años. De hecho creo que me atraía mucho. En un momento mi hermana y la hermana de Ronnie comenzaron ha hablar, entonces Randy me llevó al sótano para mostrarme una maqueta que estaba construyendo, y bajamos la escalera de madera, desgastada y sucia. Y yo traté de echar un vistazo a las vigas sin que él lo notara, e imaginarme cuál sería y cómo lo hizo Ronnie (¿con una escalera de mano, tal vez?), y entonces vi su vieja bicicleta negra arrinconada entre muebles desvencijados y herramientas. Me acordé de él montado en ella, con los brazos doblados sobre el manubrio anticuado, y en ese mismo instante me pregunté quién lo habría descolgado, quién habría sostenido su cadáver desnudo. Y mi mente no quería detenerse, y yo deseaba quedarme allí para siempre, quería representármelo todo. Por una u otra razón me imaginaba que si permanecía en el sótano mucho tiempo podría ver desarrollarse la escena una y otra vez y lo sabría todo. Pero en el aquél momento su madre nos llamó a cenar. Subimos la escalera de madera en silencio, y desde lo alto de la escalera miré hacia el sótano una vez más, para recordar exactamente cómo era e imaginarme a Ronnie suspendido sobre aquel desorden.
Cuanto ya todos estábamos sentados en la mesa, miré a los padres de Ronnie, intentando percibir su dolor y abatimiento, los cuales, a mi juicio, debían de notarse claramente (mis padres habían dicho que en su lugar “no querrían seguir viviendo”), pero su semblante no traslucía emoción alguna. Yo sabía, sin embargo, que tales sentimientos se hallaban el ambiente, en torno nuestro, en toda la casa. Entonces dije que me disculparan, que debía ir al baño, pero en lugar de eso fui directamente a la habitación de Ronnie que estaba en el pasillo a la derecha del baño. Antes, mi hermana me había indicado cuál era la puerta, y me había dicho en voz baja que no habían tocado nada de lo que había ahí dentro desde su muerte. La puerta estaba entreabierta, entonces entré. La habitación se encontraba en perfecto orden y la cama estaba hecha con pulcritud. Vi un par de zapatillas deportivas junto al ropero, y sus pantalones negros colgados en la silla del escritorio. Y sobre él había un libro de ciencias abierto, debió haber estado estudiando cuando decidió quitarse la vida. También había sobre la mesa unos cuantos ejemplares de Popular Mechanics, y Pet sound de The Beach Boys, el disco favorito de Ronnie. Experimenté un fuerte deseo de encontrar una nota en la que nadie se hubiese fijado, con la cual me enteraría por fin del motivo de su suicidio, pero no había ninguna, naturalmente, y salí de la habitación pues me estaba asustando demasiado para poder continuar mi pesquisa, y me aseguré de dejar la puerta en la misma posición que antes. Fui al baño para tirar la cadena, y regresé al comedor. Mi aventura me había dado sed, y pregunté a Randy: “Ronnie, ¿me pasas el agua, por favor?” todos se callaron bruscamente; acababa de evocar su nombre. Clavé mis ojos en el plato, no me atrevía a decir ni a mirar a nadie, no me atrevía a moverme, y empecé a decir para mí, una y otra vez: “lo siento, lo siento”, y desee estar muerto.

Traducción de Felipe Reyes.

También puede verse en http://vicionovicio.blogspot.com/


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