Big Mac Cuzco
Crónica peruana de Ramos
En un convento devenido a Museo en Cuzco, leí bajo la foto de un peluquero –dispuesta en una exposición media sociológica- que Cuzco era una ciudad tímida y que a sus reales habitantes había que encontrarlos, o sea que bajo la catapulta que dispara cada dos minutos tour a Macchu Picchu había vida, o sea que los cusqueños habitan bajo tierra como hormigas y recordé los túneles del Vietcong.
Las calles adoquinadas de Cuzco, del casco antiguo, son transitadas por gringos, muchos de ellos con el sobaco reposado olor a comino, y en el último tiempo por turistas chilenos, argentinos y brasileños. Los peruanos encuentran caro visitar Cuzco pues los precios en cuanto a alojamiento son disparatados en comparación con Arequipa o el turístico norte peruano. El turismo es el negocio de Cuzco, su esencia. Desde ahí se pueden tomar múltiples tours, a distintos lugares incluso a Puerto Maldonado en la amazonía peruana. No obstante el principal destino es Machu Picchú, la célebre ciudadela inca. Pero de turismo no se trata está crónica, sino que del Vietcong profundo que resiste culinariamente allí.

Oferta culinaria del Mercado
La resistencia en la ciudad del Inca Garcilaso de la Vega –primer cronista de Cusco-, está en la lengua nativa, el quechua. El mundo del quechua es casi impenetrable para el turista, por esto marca el límite. El olor a meado en alguna empedrada callejuela serpenteante es el otro límite. Algunos habitantes hacen sus necesidades en la calle, y claro, en Cuzco confluyen el olor a sobaco gringo y el olor a meado local –con alguna que otra rareza como los bares irlandeses-, en una exquisita o asquerosa hibridez aromática.
El ápice o el Polo Sur, por llamarlo de otra manera, quizás donde está más expuesta lo nativo del pueblo es el Mercado, lugar en que es posible encontrar desde el tufo a carne mal refrigerada, a ranas, cuyes despellejados, pócimas contra-los-malos-espíritus, niños trabajando, ekekos, gónadas de toro, hasta ollas comunes y mucho quechua. No todos los gringos o turistas aceptan todo lo que esta oferta les propone. Muchos sienten asco. Asco, por lo invasivo. También uno puede sentir desde una perspectiva purista -bolivariana, como diría Chávez- por la presencia del McDonald –camuflado en el estilo arquitectónico cusqueño- frente a la plaza principal. En el McDonald y no podía ser de otra manera, por lo que representa la trasnacional de la hamburguesa ubicada en el Polo Norte o el Cuzco turístico o el invadido o el gringo. Resulta raro comerse una de aquellas Big Mac en Cuzco, donde el plato típico es el cuy –un roedor del tamaño de un conejo- relleno ¿Elija entre un roedor o una Big Mac? En Cuzco también hay pizzerías, restoranes chic y restoranes de comida criolla o peruana. La oferta gastronómica es amplia como en San Pedro de Atacama.

La escuela pictórica cuzqueña
El Cuzco antiguo, el de los incas, fue aniquilado por los españoles de Pizarro y por la iglesia Católica. La historia, como todos saben, es de la destrucción total de un país en manos de otro, tras la derrota. Los españoles llegaron a Cuzco en caballos y con la famosa “cruz de la conquista” que hoy se exhibe en lo alto de la nave principal de la Catedral de la ciudad.
La sanguinaria “cruz de la conquista” representa la imposición por la fuerza del catolicismo sobre las creencias nativas, pues basta decir que en los lugares donde hubo templos incas, se construyeron iglesias católicas.
Para conocer la historia de la “cruz de la conquista” y la tumba del Inca Garcilaso de la Vega es necesario tomar un tour por la catedral, a través de una guía turística que cobra un dólar por contar cómo Pizarro y sus vándalos terminaron con el más grande imperio de Sudamérica, un imperio pacífico y agricultor. Tras la charla uno sólo quiere insultar a algún turista español. El oro fue la desgracia de los Incas y Cuzco, o gracias al oro los cusqueños se transformaron al cristianismo, pudieron conocer a Dios y la fe católica, dijo un cura extranjero, español, de los varios que residen en la ciudad.
A través de la pintura los cusqueños fueron adoctrinados sobre la historia de Jesús. Son cientos los aburridos cuadros de escenas religiosas repartidos por las oscuras iglesias de la ciudad llenas de altares de hojalata de oro y plata. Sin embargo, los más notables cuadros son los que entregan señales de inconformidad, de protesta, por ejemplo dentro de la iglesia de la “cruz de la conquista”, convive además de un monumento del asesino de Santiago de Compostela, un cuadro que es una visión libre de la última cena -para cenar un cuy y para tomar chicha morada-y donde Judas es representado por Pizarro. Una copia de este cuadro está en la iglesia de Arequipa.
El sincretismo religioso que aceptaron los católicos de Cuzco, fue precisamente para hacer más amable y familiar el cristianismo, de ahí que los pintores cusqueños –de la denominada escuela cusqueña- pintarán a Jesús de color cobrizo y rasgos andinos. Después de todo, la fe católica prevaleció en Cuzco. Misas hay todo el día, y hasta en quechua.

En los subterráneos o los túneles o los escondrijos o más bien cites y casas alejadas del sector turístico, pasan la vida los cusqueños, gente tímida -como calificó el cronista- o gente que observa o gente impenetrable o gente silente, aunque en la plaza y sus alrededores sólo se puedan encontrar nativos miserables y mendigos, niños trabajando, más niños trabajando, ofertantes de tour y otros nativos que disfrazados a la usanza altiplánica o serrana y con un llama pequeña en los brazos cobren un Sol por foto a los turistas, o en este caso mi Coca-Cola del McDonald.
Rodrigo Ramos corresponsal en Perú.
Fotografías del autor.
