Insomnio
Reseña teatral de Bustos

Una propuesta que nos despierta en medio del letargo
Alejada del concepto de “Sala de Teatro” donde se definen muy bien roles; público, escenario, actores. Insomnio prefiere la intimidad. Una casa antigua en avenida El Salvador en pleno barrio Providencia y un dormitorio. Se trata de tres actos. El primero a cargo de Macarena Saquel, el segundo de Fernanda Olivares y el tercero y último de Ingrid Insensee.
Los tres actos están definidos por el cambio de actriz, el espacio donde transcurre la “representación” permanece inmutable incluido el público que forma parte de la escenografía por decirlo así, como un mueble que tiene el privilegio del voyeur en el tálamo. Cada actor porta un carácter que se despliega en lo que podríamos especular es una larga noche de insomnio.
Desde la propuesta espacial hasta el relato, Insomnio propone una ruptura, un quiebre y nos pregunta cosas que no sabemos a la primera cómo responder, pero que si examinamos y vemos claramente, el lenguaje es fundamental en esta obra. Pero ¿qué lenguaje?
Antes de responder esa pregunta, es necesario establecer la problematización objetual de la obra, en términos de entretención. Insomnio se funda desde la ruptura, de lo que comúnmente podríamos llamar un artículo dócil de consumo, sin proponérselo, carente de pretensiones, desbarata la sociedad del espectáculo planteándose desde un idioma íntimo. Sé que cada vez es más complejo hablar de intimidad en los tiempos que corren, sabemos que tiene su precio, un valor de mercado donde se cancela por ver como se comportan los famosos en la intimidad.
Respecto al tema del lenguaje, diríamos que un “otro lenguaje” entra juego, el del tipo analógico, dado por los sonidos y movimientos, la voz y sus tonos, ese es el gran armamento de esta obra, nos introduce en el inconsciente del personaje, desde esa gestualidad particular nos abre todo un horizonte sicológico. Tres actos, tres gestualidades, tres síntomas. Sin ninguna malla de contención comunicacional.
La historia de esta obra es una preocupación completamente secundaria, si se desea encontrar un relato, una cierta narrativa, debemos desentrañar los significantes que irrumpen a cada minuto. Es decir la obra no se orienta hacia el mensaje o un discurso determinado. Sin embargo hay una historia, pero para eso es necesario escarbar y encontrar la lucidez del gesto.
Macarena Saquel en el primer acto, mediante onomatopeyas y la sintaxis del cuerpo, construye un clima maniaco, violento y desesperado. Una mujer en pijama sola en su dormitorio “dialoga” con sus fantasmas, trata de situar su yo en un mapa con un plumón, a cada trazo ella emite un sonido dándole voz y efectos (fonemas) a sus movimientos. Esconde en su cabello su identidad, se peina furiosamente. El cabello actúa como una estructura más de la personalidad. Es decir el cuerpo como información como fuente de mensaje. Se suple el parlamento clásico o característico de una obra de teatro y desde el primer acto nos percatamos que todo es información, el cuerpo, los movimientos, los gritos, los cambios de tonos, etc.
En el segundo acto, Fernanda Olivares entra con una cámara, viéndose así misma. El personaje al verse así mismo pasa por todo un arco emocional: la seductora, la muchacha deseosa y luego la mujer frágil, que pide auxilio, que no puede -aunque quiere- salir de sí misma. En una de las situaciones más interesantes de este segundo acto, el personaje se deforma el rostro con telas adhesivas y añade pintura a sus labios. El personaje aprecia su deformidad, le habla a la cámara, a un “otro” desde la monstruosidad. Podríamos decir que esa deformación opera como versión escatológica del sí mismo. Además el personaje al introducir el objeto cámara, entra de lleno en la paradoja de lo público y privado.
Agamben en lo “no-humano” en relación a la intimidad plantea que en la “sociedad de la información” todos seremos objetos de la información y el sistema (la tecnología) será el Otro.
En el tercer acto, Ingrid Insensee entra con un espejo y frente a él, trabaja dos aspectos principalmente, la voz y el baile. La música participa como elemento cultural que sitúa al personaje en la parodia, en este caso de los temas musicales. Interesante como Isensee instrumentaliza su voz. Aquí el arco emocional por momentos pasa por la voz y sus colores y por la traducción de la música en cuanto lenguaje corporal. En un momento el personaje apaga la luz e intentar dormir, repitiendo en la desesperación sus movimientos. Algo así como todas la noches al acostarse contenidas en una serie de reiteraciones, los mismo movimientos antes de dormir, como un ritual estructurado del inconsciente. Aquí es imposible no pensar como espectador cuáles serán nuestros propios rituales al dormir, al lavarnos los dientes, al vestirnos, etc. Toda una serie de experiencias que repetimos sin tener conciencia y que conforman nuestro tatuaje más íntimo.
Insomnio trabaja en la frontera entre la vigilia y el sueño. No hay descanso, no hay tregua, y cada uno de los actos sufre por llegar a un estado higiénico del sueño. Esta propuesta dirigida por Trinidad González es riesgosa y profunda. Plantea de manera generosa como se puede hacer un teatro con los mínimos recursos y entrar en terrenos prácticamente inexplorados de la personalidad. Diríamos que se sitúa en el contracliché, en la extrema intimidad, esa que incomoda, pero que es potentemente y reveladora.
Insomnio rompe el marco ideal del teatro, dejando al espectador ante una serie de preguntas esenciales acerca de todo aquello que no decimos, pero que somos.
En síntesis una obra de arte alejada de cualquier paternalismo. Una perla genuina ante un panorama saturado de impostación.
David Bustos
(guionista y poeta)
