Incendiando el desierto

Poesía de Valeria Tentoni
tentoni
Interdicciones

Un hueco-tajo en los zapatos de la maestra
de quinto grado.
El cuero ya vencido
fija la marcha por los corredores
como una cantata de ajedreces.

La señorita nos dirá:
“Por aquí el río Uruguay,
más allá los Ranqueles,
la pampa húmeda,
y el desierto incendiando
las frentes de la gauchada”

La señorita señalará:
“Estas son las vocales,
los sujetos tácitos del habla,
los parapentes de la palabra;
las comillas, los asteriscos.
Usted ha desaprobado el asunto”

La maestra,
la Señorita Maestra
también anoche tuvo sexo.

Los niños correrán el recreo
de lado a lado
como una maratón de hormonas,
y el último que llegue al pupitre
tejerá el odio del bedel
con fiestas patrias.

La directora anunciará:
“Allí está la bandera
la flameante pululación del aura
las águilas, los ejes,
los mulatos cargando sal
en las espaldas”

Los muchachos esperarán
a las colegialas en el quiosco de en frente
con ramilletes de flores tabaco
y promesas de inocuidad.

Nada de esto va a dolerte.

La señorita fumará escondida
en la sala de profesores
mientras titila el segundero hacia
una definición del tiempo
en cuartetos de decenas.

Los niños sospecharán de Rosas
y de Sarmiento.
Urdirán un escape prístino
con artilugios de madera balsa.

Los urinarios
harán de la horda
una manada por igual primitiva.

La educación supone
un aprendizaje anterior:
Sobre cómo tolerar las correcciones.

 
Clemencias

Tejí para tu frente un coronado de ababoles
Para que las abejas hagan colmena en tu himen
Las pestes del campo te infecten de mirra
Y los truenos de quiebren las raíces
Hacia un incendio sempiterno

Te construí las piernecitas de bambú
Para que el viento derroque su simetría
Los invernaderos te devoren las suelas
Y los desiertos te plagien

Te cubrí los ojos con basalto
Para que nada te azore nada te mimbre
Y la ceguera construya en tus vísceras
Una cantata de humos y nieblas

La clemencia me alcanzó
Para darte manos, hembra
Y un vientre convexo.

 

Los otros, los que ya no estamos


Todo el tiempo nos éramos aquello:
la noche magra, auscultando el enigma,
como si los xilofones no tuviesen bisbiseo, también
-una boa enternecida por aljibes de otro tiempo-.

No dijimos por entonces el siniestro capítulo;
preferimos la melindrosa costumbre,
el pacto pretérito, anestesiado de un salmo.

Si es cierto, bien cierto,
que fuimos algo
entonces hemos sido aquella noche escueta,
aquella porción de imbecilidad en transe.
Si es cierto que nos fuimos
entonces jóvenes,
la marea deshilachará las costas, devolviendo
los restos demolidos a lo profundo.

El mar proseguirá, sin esperarnos,
con su quehacer pictórico.
Una horda difusa,
una caterva apenas.

Y ya no nos cantarán los cinceles hasta que la música
de helicoides nos suburbie en la arena.

Ya no nos mentirán los caracoles interregnos,
los cuerpos acabarán por hundirse
y todo se resumirá en un aleteo.

Y habremos sido península, boqueo;
una certeza endeble, los huesos dentados,
-genealogías capciosas-.
Luto de sales, de huestes blancas.

Pero jamás
(eso nunca)
volverán los vientos
el bramido sedante, la insistente puja,
a alivianarnos
a corrernos el pelo de la cara
mientras la noche magra.
Mientras nos éramos, los otros,
los que ya no estamos.

 

Nimias

I.      Nada que sea infinito tolera nombre.
II.     Más allá yo veo la muerte, los antílopes, los lagartos
        Nada que pueda perdonarme.
III.    La piedad es un capricho del ánimo
        que pocas veces me toca en suerte.
IV.     En el amor
        no hay torpeza más grande
        que la de ser hombre.

 
* Valeria Tentoni (1985) Bahía Blanca, Argentina. Estudiante de derecho en la Universidad de Buenos Aires. Tallerista de Alberto Laiseca. Forma parte del grupo literario La Quetrófila, que dirige una revista en papel de frecuencia trimestral. Trabaja como cronista en el suplemento cultural “Nexo”. Ha publicado cuentos, poesías y reseñas en revistas como “Grifo”, “No-Retornable”, “Esperando a Godot”, “El Hombre sin Sombrero”, entre otras. Actualmente prepara su poemario Batalla Sonora.


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