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Instantánea de poesía chilena

De Alfabeto para nadie. Cristián Gómez.
Editorial Fuga. Valparaíso. 2007

Para un cadáver insepulto
(a los testigos)
No estás tomando demasiado?
Yo creo que estás tomando demasiado.
Qué significa wanton? ¿ponemos
los Cure o The Police? ¿te queda algo?
No, a esta hora no, demás que nos cuelgan.
De aquí a la botillería no llegamos.
De aquí a la botillería no llegamos,
repetí. La del estribo era el título de
un cuento. Pero entonces préstame
ese libro. Puta, no podíh ser tan ganador poh h’ón.
Vamos al Mulato. Al Galindo. Al Lagar.
Y viene la Daniela? Y el Chico? Y la
Anna Ajmàtova, viene con sus hijos?
Estaremos como de costumbre en
compañía de actores? Y quiénes
serán los grandes invitados?
No cambies el tema, por favor
no cambies el tema. Ojo que
fue así durante años.

Alfabeto para nadie
La insoportable avaricia estival de los insectos
ha contagiado a mi mujer. Suele pasearse por la pieza
exhibiendo con desdén un portaligas, relamiéndose

en la erección de sus pezones. Apenas si puedo estudiar.
Las niñas juegan arriba, en el comedor, donde la abuela
las reprende porque no la dejan escuchar su teleserie.

Los pájaros siguen con su habitual estruendo dentro de
la jaula y el calor le sirve de excusa a Damaris para quitarse
además las medias como última prenda. Cierro un libro

que habla sobre la peste bubónica que asolara Europa durante
el medioevo, en el cual se detallan algunos de los tratamientos
a que eran sometidos los pacientes, en cuanto se les detectaba la

enfermedad: aislamiento, amputaciones, sangramientos que
solían llevarlos a la muerte de manera mucho más rápida e
involuntaria. Aquellos que lograban sobrevivir durante más

de una semana, solían ser abandonados a su propia suerte en
medio del campo, con la absoluta prohibición de acercarse a las
ciudades. Se les veía vagar como encarnaciones de la muerte,

pidiendo cualquier cosa para comer, los ojos salidos de sus córneas
producto de la fiebre y la desnutrición, acosados asimismo por el
verano, insaciable como la avaricia de los insectos

que pululan entre las llagas de sus heridas.


No se equivocaban los maestros
(museo de bellas artes, versión libre)

Alguien cree estar escribiendo en el fin del mundo,
pero no puede negar que el camión de los helados
está pasando nuevamente por el parque donde
los niños se arremolinan a su alrededor y la
descripción del paisaje no ha cambiado
porque el ojo del que mira no ha cambiado:
confía impertérrito en que el mundo es una
catástrofe tranquila, una reunión de nubes

diríase que de paso por el cielo
sería el único argumento convincente
para encerrarnos a conversar en un café
:de cualquier cosa, menos de las nubes.

Nadie tiene ganas de salvarse de nada
pero sí de tomarse un par de chelas, de
las últimas profecías sobre algún remoto
apocalipsis las palabras tienen poco que

decir: las danzas de la muerte, un anillo
en el dedo de los que no alcanzan a apretarse
el cinturón, aunque nada tengo en ello que
ver la improbable falta de presupuesto:

y es cierto que no sabemos distinguir
como le gusta enrostrarnos a los catedráticos
de las plazas más preciadas entre el cierzo
y el mistral, ok: touché. Así decía mi hermano

cuando hacíamos esgrima con palos de escoba
y terminaba sacándome cresta y media cuando
a los dos se nos pasaba la mano con el ardor de
los guerreros: él moriría poco después, tendido

en una cancha de fútbol, mordiendo no sé
si con desesperación el pasto, de seguro
ya inconsciente, producto de una falla en
el ventrículo derecho del conjunto arterial.

El camión de los helados pasa haciendo sonar
la sirena, los niños están a punto de alcanzarlo y
el conductor sólo piensa en lo fácil que será entregarle
las planillas al supervisor del turno de las mañanas.


El aprendiz de rimas
(still life)

El cuerpo humano de una mujer
calza con el cuerpo humano de un
hombre y el rostro de un hombre

enmarcado en un cuadro decimonónico
mirando a los visitantes que hipotéticamente
se detengan a contemplarlo como parte de

las actividades de esparcimiento que a fines del
siglo veinte son capaces de costearse en una sociedad
postindustrial y lo suficientemente democrática

como para que el abuelo de todos ellos departiera
con el pintor y su paisaje pero igual no esté en el
cuadro: la división de una ciudad

de acuerdo a la programación televisiva, donde un testigo
debiera dar cuenta de la forma en que ve la realidad
(e incluso también de la realidad) sin por ello tener que

avergonzarse. No se avergonzaron los emisarios de la
corona, de cualquier corona, cuando leyeron en perfecto
español: un edicto que declaraba aquellas tierras como

parte del botín, ante un auditorio taino e ignorante,
a dios gracias, de la gramática de nebrija, lo cual
les costaría no sólo las tierras en cuestión, sino

también tener que cargar con las ruinas, con tomos
infinitos escritos por los arqueólogos de un futuro
donde la única imitación de las ruinas

son un par de frutas sobre una bandeja,
como un dios menor la naturaleza ha muerto
retratada en la quietud de su agonía.


Clase

Voy a hablar, entonces, de una letra.
Del componente, simplemente, de un alfabeto.
Cada lector, dicho sea de paso, tiene su propio rostro.
La vida no es tan corta como se piensa.
Entró al cuadrilátero dueño de una inexorable
indiferencia. Tiró unos guantes
como para tantear la noche.
Las batallas que hoy en
día se pelean

ocurren todas en el desierto:
las cámaras, las luces, el
público que lo ovaciona:
elementos puramente del

decorado,
que no habrá de modificar
la decisión dividida de los jueces.

Una autobiografía como cualquier otra
revestida de la misma elegancia de
un crepúsculo, un espejo siempre

de sí mismo, una repetición del
aire que respiramos y
dejamos
de respirar.


Cristián Gómez O: nace en Santiago, 1971. Tiene dos hijas, pero no vive en Chile.
De su autoría son algunos libros como Inessa Armand, Pie quebrado y Alfabeto para nadie, además de una serie de volúmenes inéditos que distintas editoriales se han negado a publicar. Y es crítico literario.


De NN. Julio Espinosa Guerra. La Calabaza del Diablo. Santiago. 2008


A

El clavo raja la superficie
tal como la palabra oxidada
de una arquitectura en ruinas
traspasa la zapatilla
y entra en la piel
infectando la mirada
del ahorcado


E

Rajas la realidad
para ver sus nervios
sus órganos

y no tienes ni idea de que al hacerlo
te comes la sopita de huesos
–ni los huesos–
de esa misma realidad.


G

Lo pusieron al frente
Le pegaron un palo en medio de la cabeza
Después le rajaron el cuello
Lo desangraron
Acto seguido, lo despellejaron
Partieron su carne a trozos
Después volvieron a partirlos en más trozos
Y para finalizar
cuando ya no quedaba ni rastro de él
más que la grasa pegada en el asador
alguien dijo que eso era un
cordero.


J

Meto la mano al fondo del idioma
y no encuentro más que una pelusa
densa y asquerosa
que no se ha barrido
en siglos.


*

Tanto soñar con la otra orilla
tanta cosa absurda
tanta palabra
para al final descubrir
que debajo del río
hay otro río. Éste
imposible de cruzar.


*


II

En un extraño proceso de metamorfosis
la lengua nos momifica
llenándonos la boca de algodón

Taxidermistas de nosotros mismos
nuestros ojos son las presas
alfileres
las palabras.


*

La casa que construyo sobre esta página
no es más que la sombra
de la casa que deseo construir sobre esta página.


1999-2006

Como perro
intentando encontrar algún yogur
sin caducar
entre significantes vacíos
y envases plásticos
meto el hocico
en los basureros municipales


Casi nunca encuentro nada

Pero a veces
una pepita de oro
se enreda entre mis dientes
revolotea en la lengua
y se resbala de los labios
para caer nuevamente
pero limpia y brillante
en medio de la
mierda.


13/02/2006

Trazo un verso más sobre la hoja
una línea no más
con el teclado del computador
y me gozo en la rajadura

Antropófago de mí mismo
me muerdo la lengua.


Julio Espinosa Guerra (1974) ha publicado los libros de poesía La soledad del encuentro (Mosquito, 1999), Las metamorfosis de un animal sin paraíso (LF, 2004) y NN (Gens, 2007; La Calabaza del Diablo, 2008), además de la antología La poesía del siglo XX en Chile (Visor, 2005) y la novela El día que fue ayer (Mago, 2006). Se encuentra preparando una antología de poesía española actual que saldrá próximamente en la editorial Santiago Inédito.

De Higiene. Ernesto González Barnert. Ediciones del Temple. Santiago. 2008.

El loro del muladar

Este loro
no se posa en tu hombro y no canta.
Se queda al borde del alféizar
observando el muladar.

Los restos terribles y comunes
de la bestia que comienza soñando
y termina en angustia.
El pobre que sueña demasiado
para tenerlo todo.
El jodido cernícalo que traga el cebo
y es caza.

Este loro alazán
si ha de calcar el modo áspero e hilar
duro al borde del alféizar
morderá el pistacho, volcará
el agua de su alberca,
aporreará contra los aparejos
afines al ejercicio.

Puesto que su chillido ha de ser reparo y no adorno.

“No sobes tanto”, decía
a su alumno el profesor
de escultura. Y a continuación,
terminada la obra:
“si pules demasiado
obtienes sólo el brillo”.

(fuki nagashi)

Sé lo que es el arte del bonsái
al observarme

ningún pretexto para exceder el espacio
y erguirme sobre la pedrada.

Visto el tránsito lento y los cuidados mínimos
que exige el canon,
el reto que acontece y persiste en el estilo
“barrido por el viento”;
toda ley irregular de mis días y la lección de dominio
que traza la poda;

escueta porfía que sobrevive
vigilada
en la yema del ápice.

Nada más lejos de mí
que la adoración.
Por eso el declive o sesgo de potestad
a favor del primer golpe
que da el azote
de la borrasca.

Obligas a que golpee fuerte sobre la mesa, a que por entero
desove río arriba, cuchara a la boca
los atosigue y escurra
por quebrantes y hoyas de un río que nos impide partir
o volver –sopa y reflejo– en el mismo silabario.
Ya versa sudares, pajares en cestas
despunta el duro callo: nada de balnearios populares,
epitafios en vida, rayados.
El pulcro blanco de su delantal que te ciega y escupe
aguas abajo. Todo sueño de ser pirateado en las cunetas, dar
todo a cambio de nada.
Mandas y queda el estrépito vetusto del mío parlar.
El dogo rabioso de ir por sobremesa arrebatando de cuajo y saliva
una calda de rancia huesería.
La tensión de hundir un picahielos enmohecido.
Avanzas como retrocedes, viertes como socavas
hasta partir el corazón de nadie y lo repito hasta escribirlo.

La verdad está repleta de muchachos sin talento.
Muchachos trágicamente rotos en el vacío de otros ojos.
Muchachos que retenían la esperanza de ser correspondidos.
Muchachos buscando algo que arda en la memoria;
a cada segundo.
Algo por qué vivir, algo por qué morir.
Muchachos marcados por la debilidad de esperar que alguien los oiga.
Muchachos que el mundo parece superarlos
mientras buscan sus poemas en la sopa.

Ernesto González Barnert (1978, Temuco) Ha publicado el poemario La coartada de los dragones por el camino pequeño (Ediciones Pewma, 2000) e Higiene (Edic. Temple, 2007). Y el CD de anticipo Trabajos de luz sobre el agua (Ediciones Alquimia, 2007). Textos suyos han sido recogidos por diversas Antologías y Revistas (nacionales e internacionales), además de otros soportes. Ha obtenido el Premio de Honor Pablo Neruda Universidad de Valparaíso (2007) y Mención Honrosa en el Concurso Nacional de Poesía Joven Armando Rubio (2003), Primer Concurso de Poesía del Sur Premio Eduardo Anguita (2005) y en el Premio Juegos Literarios Gabriela Mistral (2005). A su vez ha recibido las Becas de Creación Literaria de la Sociedad de Escritores de Chile (Stgo, 2001); del Centro Cultural de España (Stgo, 2002); de la Fundación Mustakis/ Biblioteca Nacional (Stgo,2003); Beca Fundación Neruda (Stgo, 2007). Es parte del Taller de Poesía Santa Rosa 57 y escribe asiduamente sus “Entrevistas de Semblanza” para Letras.s5.com. Mantiene inédito el libro quíntuple: Trabajos de luz sobre el agua. Reside en Santiago.


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