Generación

Apuntes de Jaime Pinos

Si es que existe tal cosa

Nadie quiere pertenecer a una generación. Nadie cree pertenecer a una. La idea de generación, hoy por hoy, parece totalmente devaluada.
Comparto esa reticencia. Sobre todo si entendemos como un ejercicio burocrático, de previsibilidad casi matemática, establecer la emergencia de una generación, de un grupo de escritores supuestamente adscritos a una poética o a una política común. Positivismo. Intentos vanos de cuadricular o trazar el plano de una ciudad móvil, mutante e invisible como es la literatura. Tentativa, siempre fracasada por reductiva, de clasificar a los que escriben como si se tratara de alfilerear coleópteros en un insectario.
Una generación no es eso, claro.
Una generación no nace espontáneamente, más bien se hace. Diría que la invención de una, si es que existe tal cosa, podría dibujarse a partir de algunos trazos gruesos.
Una situación. Nadie escribe en una cámara de vacío. Una generación debe tener cierta conciencia, no importa que tan relativa o contradictoria, del momento o la época en que sus escrituras tienen lugar. O, más precisamente, debería proponer formas de leer ese contexto. El país como un inmenso texto, escribe José Ángel Cuevas. Una generación como una o varias formas de leer el país, el texto histórico y social en que sus escrituras, aun las más personales o encriptadas, están inmersas. Escribir para construir el emplazamiento que haga posible descifrar o sintonizarse con ese inmenso texto. Escribir para situar y situarse, en los términos de Lihn.
Un corpus. Más allá de la diversidad de registros y estilos, una generación es su producción. Un conjunto de textos cuya valoración debería depender de ese personaje, cada vez más fantasmal, que es el lector. A estas alturas, frente a la intemperie que significa para una literatura la sistemática aniquilación de sus lectores por varias décadas, frente a la demostrada capacidad del mercado de invisibilizar la verdadera literatura o suplantarla por la banalidad, lo único que le queda a una posible generación es apostar a un puñado de lectores atentos. Y entre ellos, a unos pocos lectores detectives, unos cuantos críticos verdaderos. Eso es todo. Y, sin embargo, a pesar de constatar la precariedad o inexistencia de una mínima recepción para lo que se escribe, escribir con el rigor (Arlt diría la prepotencia de trabajo) con que se escriben las obras maestras. Lo que debería unir a una generación según Bolaño: obras maestras. Lo difícil es escribirlas, agregó. Muy cierto.
Una sentimentalidad. Vista desde adentro, una generación también es eso, un tramado sentimental. Amigos y enemigos, afinidades y polémicas, filiaciones y aversiones, ciertas maneras de convivir o confrontarse. Una generación es un lugar donde tomar unos tragos y golpear la mesa, me dijo alguna vez el poeta Sergio Parra. Una posible generación debería rescatar o inaugurar formas de sociabilidad, formas de hacer y vivir la literatura, que superen la virulencia y la mezquindad que ha caracterizado, generación tras generación, a la literatura nacional. El ninguneo y el chaqueteo son las dos tetas de Chile, Raúl Ruiz dixit. Chile es una larga y angosta faja de envidia, Edwards Bello dixit. Cualquiera de estas citas podría ser el emblema del escudo nacional, como también el título para una historia íntima de la literatura chilena. En vez de eso, comunicación. En vez de eso, cordialidad. Construir un clima de interés y colaboración con el trabajo ajeno. Superar el sectarismo, la egolatría o la codicia, entre otros vicios, y hacer de la literatura un espacio y una experiencia más amable. O, al menos, menos hostil y menos difícil que la dura supervivencia actual de la poesía en estas tierras. En el farwest de este país embrutecido por la fiebre del oro.
Un proyecto. Entendido, necesariamente, más como una serie de preguntas o de formas de interrogar que como una lista de certezas. Esta era la visión de Eduardo Anguita sobre la generación del treinta y ocho, junto a la del cincuenta, la más importante y nítida de nuestra literatura moderna: Pienso que ahí, por primera vez se vivió en Chile la totalidad de una generación. Hubo ecumenismo en los grandes problemas y conflictos humanos, con resonancia en la producción literaria. Muchas veces también he pensado que existió aquí una generación porque hubo un grupo de gente, de edad aproximada, que se hacía las mismas preguntas. Las mismas preguntas. El programa de una generación construído al calor de esa confluencia. De interrogantes que se van volviendo comunes a nivel estético y textual pero, sobre todo, vital y político. Mantenerse preguntando, toda pregunta encierra una forma de crítica del presente o de la realidad establecida, en el mismo sentido que Nicanor Parra hablaba de sus trabajos poéticos como de investigaciones.
Una tradición. No hay proyecto sin construir, tal como se urde un relato o una ficción, una o varias lecturas de la literatura precedente. Si el proyecto de una generación posible es concebido como una exploración o una forma de preguntar, es ese el lugar obvio donde empezar a buscar los rudimentos de alguna respuesta. Tarea nada fácil en un país donde la memoria, no sólo literaria, es tierra arrasada. Trabajo enorme y minucioso de restauración en medio de un tiempo donde la verdadera literatura es minoritaria y secreta como una forma de ocultismo y la escritura un oficio inútil en acelerada extinción. No obstante, una generación posible debería asumir la responsabilidad de evitar que esa experiencia y esa aventura que ha sido nuestra literatura, o lo mejor de ella, se desvanezca en el aire sin dejar huella.
Piglia escribió hace muchos años: una generación tiene siempre una misión. Su destino es cumplirla o traicionarla. Trabajar por descubrir o inventar esa misión sería un primer paso. Lo demás está por verse. Como se sabe, el movimiento se demuestra caminando.

Jaime Pinos

Santiago. Agosto de 2007


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