La escritura como “Falta”
Presentación al libro de Víctor Hugo Díaz

“Lo único terrible sucede a plena luz/ a ojos de todos”. Así abre Falta de Víctor Hugo Díaz (1965). Un verso que prefigura el contenido de los 25 poemas de este libro: no hay secreto. Lo terrible desde un punto de vista postmetafísico: está aquí. Solo lo que aparece en la literalidad. Eso. No más secreto, misterio, a cambio: nada más que presencia. Hay en esta escritura una urgencia de la puesta en el texto porque así lo requiere la sobrevivencia. Ya no más la necesidad del poeta vigoroso (H. Bloom) deseoso de trascendentalidad, de eternidad por medio de la obra de arte. De ahí entonces la falta en su, por lo menos, triple denotación: la falta como trasgresión, quebrantamiento de una norma, infracción, o bien, como error, falla, o, por último, como carencia, ausencia. De esta forma, el libro se establece como un artefacto psicopolítico en el que trasgresión, error y ausencia son los ejes dinámicos que hacen funcionar una maquinaria de resistencia.
Es cierto que sin deseo no hay falta; es decir, solo puedo reconocer la falta porque hay en mí deseo, porque soy un sujeto deseante. Y como tal he comprendido que solo en la transgresión de la ley se atisba la posibilidad de ser. ¿Será posible asumir la falta sin tener que asumir la culpa? Es decir, si me falta es por algo que me concierne; sin embargo también puede ocurrir el devenir de una falta del otro: otro individual o colectivo o político o devenir una falta en tanto extrañeza en mi y en el otro. En el poema “Los allegados”, se dice: “Tú eres el culpable del contagio/ Deja que muera tranquila la víctima” (p. 11). Hay un victimario, el sujeto que contagia, el culpable, el enfermo y su víctima: “dentro del infectado nada se mueve” (p. 11). La escena remite a la pasividad del contagiado. ¿Estamos contagiados? ¿Contagiados de indeferencia, contagiados de una odiosidad que ha perdido el foco? contagiados sí, por un sistema de corrupción que arremete desde lo más precario y con lo más precario. Y el enfermo está quieto, mientras el agresor sigue la cadena del contagio. El texto continúa así: “¿Conoces el olor de una huelga de hambre; / golpes de martillo dos pisos más arriba/ o el latir de un corazón apoyado en la mesa/ hacen vibrar el único recipiente con líquido” (p. 11). Michel Pecheux y John Beverley, nos dicen que las “ideologías no están hechas de ideas sino de prácticas” y que “la literatura constituye una práctica ideológica específica” (1) . Como no entender entonces, que la escritura de Díaz es una práctica ideológica destinada a exponer más que la culpabilidad, la pasividad que nos circunda. La acción o subversión se instala así como la gran falta, la carencia, el objeto deseado y permanentemente cautelado por la miseria de la pasividad, del juego cómplice, de la negociación “lauchera”. El burgués ya no en tanto gentil hombre como señaló alguna vez Moliére, sino el burgués devenido en amenaza, un burgués que no conoce el “olor de una huelga de hambre” ni “el latir de un corazón apoyado en la mesa”.
Contaminados de acomodo, asistimos a la clausura del desgarro social pero no escritural. Un desgarro desasido de su condición vociferante; un desgarro ahora susurrado pero no menos rabioso: “Un paso sigue al otro/ brota el pasto/ champas de pendejos verdes entre las grietas/ Sólo querían inaugurar su nueva casa” (p. 13). Un texto- un- sujeto- un poeta sin discurso no vale nada. La escritura sin rabia o crítica poco me importa; lo digo hoy, ante la politicidad de esta escritura, una escritura del desacomodo: “Sí, tú eres el culpable del contagio/ Ave de caza esquizo que propaga la enfermedad/ Víctima y verdugo que abrió la puerta a los roedores/ permitiendo que se reproduzcan” (p. 12). Díaz aborda la condición de culpabilidad en tanto virulencia que vuelve al victimario también víctima de un otro, ambivalencia que abre la condición de univocidad al culpable y constata así la reproducción incesante del contagio. Hay un combate también, con el sistema dominante que resignifica la falta, siempre asociada al deseo del otro, como un vacío. La intención del capitalismo neoliberal es eliminar al otro de la ecuación falta-deseo-otredad. La falta, aquí, no es un vacío, sino que habla, construye discursos. En ese sentido, el sujeto no teme asumir la carencia -como en el poema “La mujer que teje”- la soledad, el cuerpo desgastado: “el espejo te informa: él te pone al día” (p. 15). Para luego señalar: “¿Sabes leer las piedras?/ Yo las he pateado como envases y letras vacías/ camino mirando al suelo./ De vez en cuando, una pausa/ el cigarrillo que espera los labios/ humeante en el cenicero” (p. 15). Patear piedras, habitar el lugar de los sobrantes, venir de vuelta, mirar al suelo y luego la pausa.
La pausa.
La gran pausa, que atenúa la posible derrota, la huella que permite sobrevivir y no reventar como les sucedió a muchos poetas de fines de los 80 según Yanko González. Entiendo reventar en términos de un cataclismo mortuorio, así como hasta aquí nomás, luego la desaparición. Es cierto que Víctor Hugo Díaz comienza a escribir en dictadura pero también es cierto que el reventón es también hoy una amenaza virtual y no sólo en el oficio literario. Reventar porque el virus baja las defensas al límite pero también es posible desviar el golpe, desde la intemperie, desde un habitar la calle, la casa poblacional donde ya nada puede ser una sorpresa. Díaz, al modo de la deriva situacionista, interactúa con el espacio urbano a partir de su cotidianeidad, de sus pausas, el entorno ya no es funcional, genera emociones, percepciones periféricas, no enfoques panorámicos, capturando imágenes que impulsan a la participación (2).
“Nunca es tarde para perder algo” dice el verso que a modo de epígrafe aparece en el poema “El que pasó bajo la escalera”. La vida como pérdida, la vida de un perdedor, la pérdida como eje de la existencia se reitera en estos poemas. Pero es un asumir la pérdida o la falta, porque se pierde lo que se deseó, como una mala racha que pasa, porque la existencia es un flujo, una cadena de faltas y deseos y pausas.
Hay un enunciado analítico que alguna vez he usado y que hoy me gustaría reformular: “la estética del perdedor”, con el fin de diferenciar a lo menos dos tipologías diferentes dentro de esta estética. Ambas comparten cierto fracaso, cierta derrota, pero se diferencian en tanto una de ellas se establece como un lugar seguro, una derrota asumida que permite que un sujeto se instale, habitando ese espacio simbólico de la entrega. Los rasgos que configuran a este perdedor tienden a estigmatizar el lugar de la ruptura, al sujeto de la crisis y a mitificar un estereotipo a veces delirante en su miseria. El otro tipo, en cambio, es el sujeto que si bien ha sido derrotado no deja de esperar la revancha y que se encarga una y otra vez de destruir su precaria seguridad en pos de una nueva batalla. En esta distinción subyace la idea de que hasta la derrota puede ser un lugar seguro y que necesariamente debe problematizarse por medio del deseo, de la falta, de la infracción. Díaz, calmada pero tenazmente, se niega a entregarse al lugar seguro, se niega a instalarse como un burgués de la derrota. Por el contrario, una y otra vez retoma la posibilidad de revancha. De esta forma, se construye una rebeldía como fluir incesante, la práctica de una inadecuación radical. En esta escritura veo un devenir discursivo que reconoce y a la vez niega la fatalidad de la existencia. Es más bien, una poesía del devenir de la falta, del escurrir de aquello que se nos escapa, escamoteando la caída total. Díaz escribe pegado a la realidad de seres solitarios, pequeños, aquellos que –a pesar de todo y tomando una cita de Peter Sloterdijk– “mean contra el viento” (3) en espera de la oportunidad como sucede a los chicos que consumen tolueno bajo un fresco puente (p. 35).
El aguante ligado a la falta, arma una nueva zona de entrada a esta escritura. Aguantar por lo que tengo y por lo que carezco. Constato en estos poemas una discursividad ligada a la dignidad clarificadora respecto al lugar donde se está, la vieja “conciencia de clase” vuelve a escena. Instalar así la falta como metonimia de las añosas palabras ética, principios, valores, consecuencia, dignidad, menos silencio, menos paciencia, no dejarse llamar idiota o pasar por idiota, porque el poder no se desgasta. Así “Día de celebración” dice: “caerá la lluvia, el spray/ y desechos de paloma/ hasta el siguiente aniversario/ No como esta respiración seca e insuficiente/ que se gasta de año en año/ sin la promesa de volver a brillar/ de celebrar algo/ pero igual de incorruptible” (p. 38). El paso del tiempo deja huellas en el cuerpo que se desgasta, que se deshilacha “que se seca al viento como el ahorcado” (p. 42) pero que mantiene incólume la dignidad “jalándose la soledad/ la lluvia, los caminos” (4) (p. 43) aunque “la cuerda de seguridad [esté] a punto de cortarse” (p. 47). En diversos momentos de este poemario se reitera “Sólo falta el cuerpo/ eso falta” (p. 45). Falta el cuerpo que se agota pero no la resistencia. La resistencia acá, en la escritura, en este volumen amargo, a ratos ácido, y triste pero que jamás asume la posible derrota, porque se desentiende del valor de cambio y toda su vaciedad, porque instala la deriva y la revancha una y otra vez.
Acepté presentar este texto porque me pareció un libro que aparenta simpleza, que juega con el lector que intenta leer desencanto, nostalgia, un libro que escenifica el desgarro postmetafísico apegado a la falta operando multidireccionalmente en tanto trasgresión, quebrantamiento de norma, infracción, o bien, error, falla, o, por último, carencia, ausencia. La escritura es siempre una falta, después de todo, sólo nos falta asumir la falta en tanto desafío a los patrones de animación en los que estamos imbuidos entre ellos el gran discurso generacional asociado a la creación. Escribir en plena dictadura fue el inicio para Díaz de una historia literaria fragmentada que pudo reventarse, o ser reventada, que pudo quedarse en la mitificación del pasado, en la nostalgia, pero que sin embargo logró escamotear la signatura generacional y derivar, a la deriva una y otra vez, hacia la escritura como práctica ideológica.
Patricia Espinosa H.
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NOTAS:
(1) Ortiz, Nubia. http://www.ucm.es/info/especulo/numero15/manuela.html
(2) López, Silvia. “El túnel de las metáforas: percepción de la vivienda y del entorno urbano como experiencia artística”. http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-146(036).htm
(3) Cf. Crítica de la razón cínica. Madrid: Siruela, 2003.
(4) La cursiva aparece en el texto.
