Y Kozer oscila entre sus seres y proporciones
Presentación de Armando Roa
Seres, proporciones y oscilaciones. Tres palabras con las que se podría ensayar una aproximación a la tentativa de José Kozer, no digo a este libro, sino a ese libro abierto al que José aspira, y donde está por cierto el ya escrito, para él provisional, y el que está por escribirse, siempre incierto, en decurso, versiones de versiones que se resisten al cincelado definitivo, que es fruto, como diría otro poeta “de la superstición o del cansancio”. Las proporciones, pues, son siempre oscilantes. Por eso, a la hora de hacer esta presentación, he pensado en cómo indagar en esa tentativa para un lector no familiarizado con la obra de Kozer, y que encuentra en este libro un momento representativo. ¿Cómo definir a José y su poesía? Las perspectivas ensayadas hasta ahora han sido múltiples. Jorge Luis Arcos recuerda “la multicultural, la neobarroca, la alfabética, la grafómana”, entre muchas otras, acercamientos valiosos, en ocasiones contrapuestos, y que traducen por sí solos la versatilidad de la poética Kozer. Yo, a propósito de este libro, me atrevería a ensayar otra, acudiendo al ejemplo de Gulliver, el viajero inmortalizado por Swift. Creo que hay poetas que miran el mundo con los ojos de Gulliver en Liliput, el país de los enanos, y poetas que miran el mundo con los ojos de Gulliver en Brobdignac, la nación de los gigantes. La poesía es entonces, como reza el título de este libro, una cuestión de proporciones, de miradas. Parafraseando a Pilar Elena, en un magnífico ensayo sobre Swift, podríamos afirmar que los poetas que se comportan como Gulliver en Liliput, transforman las palabras en telescopios que miran “hacia lo lejano y distante”, mientras que los poetas que se asemejan a Gulliver en Brobdignac, las convierten en microscopios que miran esa misma realidad “desde lo más próximo e inmediato”. Creo que Kozer pertenece la estirpe de éstos últimos. Así, entonces, al igual que Gulliver en Brobdignac, la óptica de quien se siente minúsculo frente a la inconmensurabilidad del mundo transforma (cito aquí a Pilar Elena) “el detalle en lo más significativo y la acción u objeto más insignificante se vuelve inmenso”. Creo, pues, que la singularidad de Kozer radica en eso. El microscopio amplifica la minucia, la insignificancia, la transforma en apoteosis; cada ser, cada vivencia y experiencia, se transforma en una proliferación inconmensurable. La avidez con la que Funes retoma un pasado ya firmemente asentado, tiene su contrapartida en la avidez con la que Kozer trabaja el espacio desde un presente que es decurso siempre en trance de ser, no concluso. Un memorioso, diríamos, de la formación de la memoria desde un presente inmediato, que se afana con una persistencia infinita en las aristas, recodos, cantos, intersecciones o declives con que se muestran y se despliegan en ese presente inmediato objetos, paisajes, emociones, fantasías y vivencias, que persevera en ellas con la mirada paciente y amorosa de una hormiga que convierte milímetros en centímetros, centímetros en metros y metros en kilómetros. (véanse, a modo de ejemplo, poemas como “Transcurso”, “Figura (en la noche)”, o “Restitución”, entre muchos otros) El detalle del detalle, tejido incesantemente, momento a momento, día tras día. El efecto durativo recuerda la manera como Tarkovsky, en el cine, trabaja el tiempo de sus secuencias, desarticulando distancias entre el tiempo cronológico y el tiempo de la trama. Tal vez para nosotros, habituados a la lógica de Gulliver en Liliput, los casi siete mil poemas de Kozer nos parezcan una cifra inabordable; pero con los ojos de Gulliver en Brobdignac, esa cifra es relativamente pobre en comparación con la vastedad a la que aspiran vislumbrar bajo el lente microscópico. Y es que en José ya no sólo es la búsqueda de la capa sobre la capa, del pliegue sobre el pliegue, sino además, de los estratos momentos en que su propio pensamiento poetizante se va pensando a sí mismo –incluida la palabra y la multiplicidad de sus significaciones- en este itinerario de descenso, de espeleología. Espeleólogo microcósmico, se podría decir, de las redes infinitas que urden las cosas, y de las redes que se urden en el pensamiento, la emoción y la palabra al tratar de urdir esa red sobre la realidad. A contrapelo de la navaja de Ockham, Kozer ve en la pluralidad una necesidad. Pero no por un afán meramente multiplicador, sino para salvar cada partícula, cada corpúsculo de ser, en su insularidad única e irrepetible. Y si hay un todo, ese todo no es más la aspiración de esas diversas insularidades a filiarse una con otras. Ejercicio de filiación. Poesía, entonces, nunca conclusa, siempre en tránsito de hacerse. Por eso no sorprenden las espirales y los laberintos desplegados por José a lo largo y ancho de objetos simples pero que terminan transformados en epifanías: una mosca, las hilachas de un traje, una ciruela, el eco de un cuervo, un hilo de leche, una cena, ciertos rostros femeninos, diversas matizaciones de la luz, entre tantos otros. Y el verso va cayendo lentamente, oscilando como una moneda que se precipita en aguas profundas. De donde oscilan los seres en sus proporciones nos advierte, pues, este elemento central de la tentativa kozeriana: el poema es un ejercicio de óptica y, como tal, distancias, proporciones, extensiones y magnitudes no son patrones fijos, predeterminados, sino modificables por el observador. La palabra, entonces, se transforma en una verdadera pupila que se extiende y se contrae a medida que recibe el estímulo luminoso de la realidad. La poesía de este Gulliver en Brobdignac, desde un punto de vista técnico, recurre a astucias que refuerzan la óptica microscópica, y de los que en este libro hace gala:
a) Empleo de versos de largo aliento que frasean siguiendo patrones de la música polifónica, particularmente de Gesualdo ( a quien José en estas páginas le brinda un admirable homenaje) y Bach. El verso largo se presta para la exposición, desarrollo y recapitulación de motivos y contramotivos que adaptan modelos de fugas. Hay asimismo una respiración veloz, que despliega cambios rítmicos abruptos gracias a la introducción reiterada de encabalgamientos, y también de dinámica o intensidad gracias al uso de la oración subordinada.
b) La palabra poética, al desplegarse en el poema, al igual que un microscopio al enfocar los objetos, lo hace a trazos, con vacilaciones en el orden sintáctico, o con omisiones de los nexos relacionantes, lo que la retórica denomina anacoluto. En José el anacoluto refuerza el carácter monológico de muchos de sus poemas, le imprime fuerza al empleo del coloquialismo y, también, le otorga un cierto apremio a la respiración que se traduce, finalmente en fuerza expresiva.
Voy a leer un ejemplo: Poema La Reincorporación
Reunírnos: es enórme el espácio o será esta sála o éste aposénto:
A la cabecera de la mesa el maestro
Carpintero con un clavo luminoso entre
Los labios la garlopa, en las manos: llena
Al alzarlas este espacio (trinos) el serrían
Reproduce la cuesta de los estorninos
(algarrobos) en las afueras de la ciudad:
doble hilera los arces a la entrada de casa.
c) El empleo de esta óptica microscópica que hace de cada retazo, de cada porción de seres o vivencias, algo único e irremplazable, se muestra cautelosa a la hora de usar tropos sustitutivos, como la metonimia o la sinécdoque; es como si nada pudiera ocupar el sitial único de un objeto, por más que la realidad admita relaciones causales, espaciales o de contigüidad. Creo que en José la parte se explica por el todo y el todo por la parte, que no hay microcosmos sin microcosmos y viceversa, pero que los desplazamientos de planos son sucesivos, escalonados, como peldaños, sin que se pueda prescindir o sustituir a ninguno sin riesgo de socavar la integridad del proceso completo. Sobre esto último, es importante advertir una diferencia sustancial entre este Gulliver llamado Kozer y el otro, el de Swift, en Brobdignac: el subsumirse en la inmediatez no impide a Kozer “la mirada de largo alcance”, telescópica, o de conjunto, pero un conjunto que se extiende desde la superficie hacia adentro, como en la mónadas de Leibniz. José ha dicho: “quien vive la experiencia de un caserío rural con sus tres nubes y sus dos riachuelos medio secos, puede llegar a comprender la experiencia telúrica y astral”.
José, en definitiva, con este magnífico libro, no hace sino confirmar una tentativa poética que lo ha singularizado entre sus contemporáneos: problematizar el punto de partida: la escala del ojo que ve, el enfoque de la mirada que mira y se mira al trazar la trayectoria de cuanto observa. Para quienes se nos pasa inadvertido lo que ocurre en un abrir y cerrar de ojos, Kozer, oscilando con sus seres y proporciones, nos recuerda que en entre ese abrir y cerrar se puede trazar una verdadera epopeya. Lo más inmediato es lo más sideral –el más allá del más acá- y que las cosas, no por ínfimas, no dejan de ser profundamente significativas.
Armando Roa.
