El fulgor de las cosas que mueren

Entrevista exclusiva a Kozer desde Cubazen11.jpg

1- En su poesía subyace una fortísima condición lúdica. Un jugueteo constante, muy criollo, muy cubano, muy desasido de una “pureza” a ultranza. ¿Es consciente de esta condición, o forma parte de un proceso involuntario de su escritura?

Tengo ahora conciencia de ese elemento lúdico, conciencia de la que carecía en los inicios, me figuro que lejanos, del proceso. Sin embargo, esa conciencia no interfiere con el proceso poético, y esto es algo que quiero subrayar: en el momento del “trance” (uso la palabra con cierto resquemor, pero tengo el deber de emplearla, pues escribo en lo que se puede considerar un “trance”) estoy ido, estoy en China, y no me doy mucha cuenta de lo que estoy haciendo. Se trata, en todo caso, de un estado de penumbra, de semiconciencia. Se suscita el poema, tengo fe en su arranque, en su suscitarse: y me dejo llevar, canturreando, un poco inquieto, más que nada tranquilo, por las palabras, las imágenes, que van acoplándose. Acepto que estoy en el flujo, un flujo donde las palabras mandan y yo obedezco: ellas son el misterio que conforman la exteriorización de ese “trance” y yo la mano del alfarero que, acatando, inscribe. Soy un ejecutante, no un originador.
Así, esos poemas lúdicos o que tienden al ludismo, quizás convirtiéndome en un ludópata (y deben haber millares de momentos lúdicos en mis textos, sobre todo los que titulo Divertimento) se forjan (con rapidez) por cuenta propia, desde una galopante sobriedad, desde una cuidadosa operación geométrica y alfarera que me guía, y acato. Sé, y no me cabe duda, de que haciendo poesía, al surgir algún tipo de ludismo, siempre tiemblo un poco, titubeo (¿me estaré excediendo demasiado?) pues en la risa hay un desgarramiento, en la explosión barroca del lenguaje se corren grandes riesgos: se puede pasar de lo poético a lo chabacano facilón, al chiste que nadie ríe ni tiene por qué reír, al jueguito banal que le hace la pelota a los lectores que buscan entretenimiento y no escritura. Digamos que se puede incurrir, incluso sin darse uno cuenta, en el chiste barato.
Yo, Geovannys, cuido mucho mi trabajo: persistencia y proliferación no implican desaliño. Cuido ese trabajo sobre todo a la hora de corregirlo: cuando lo hago soy implacable conmigo mismo (con mi texto) y no lo suelto hasta estar convencido por completo que está como quiero, que no contiene debilidades, soseras ni flojeras, y en particular, caídas. Caídas para mí significan sensiblería y sentimentalismo, baratura: éste es el gran mal de la poesía, de la literatura, y pulula por todas partes, incluso entre los poetas que podemos denominar mayores. Mil veces he estado ante un autor que amo, y me he dicho, ¿pero cómo es posible que aquí incurra en esta bobería, en este lloriqueo retórico? ¿Por qué un escritor tan bueno baja la guardia, no se da cuenta del estropicio, de la flojera en que ha incurrido? ¿Pereza? ¿Descuido? ¿Ganas de salir del paso? No lo sé: sí sé que cuido día a día cada palabra, cada renglón, cada verso que hago. Y si noto un paso en falso, detengo de inmediato el teclear del corregir del texto, y no me doy reposo hasta burilarlo como creo corresponde. Puede que lo haya empeorado, puede que incluso le haya quitado la chispa original, pero si no estoy de acuerdo, en armonía conmigo mismo, con la escritura que corrijo, pugno, lucho, hasta conseguir teclearla (inscribirla) como es debido.

Esto, por poner un ejemplo, me acaba de suceder con un poema reciente, escrito en Chile, y que corregí hace unos días. El poema contrapunteaba dos registros simultáneos (lo de simultáneo siempre es un decir): por un lado, un fundamento serio, por otro uno jocoso. Corrigiendo el texto, de pronto me di cuenta que lo jocoso, la jodedera lúdica ahí no funcionaba. Me encontré en una encrucijada, porque el aspecto lúdico del texto me gustaba, intenté “rescatarlo” y ver si conseguía integrarlo, hasta que constaté que hacerlo era falsear el poema y peor, matar la gallina de los huevos de oro, en este caso, el fundamento serio del poema. El poema quedó entonces como un poema “trágico” y doloroso, de haber mantenido el contrapunto jocoserio creo hubiera acabado con un poema en falso.

Hay poetas que amo mucho, y justo por el amor y la devoción que les tengo, no les perdono sus caídas. Vallejo, un enorme poeta, y sin embargo, su poema Masa me parece flojísimo, pura retórica; Neruda, otro ejemplo a tener en cuenta: ¿cómo un poeta de su estro, de su altura, puede caer en la bobería politiquera que hace del poema un lloriqueo banal que se rasga las vestiduras y se da golpes de pecho en los que nadie cree? Poesía desaliñada, a la que bien pudo meterle cuchilla, dado que no le faltaban ni talento ni oficio. Ese relativo desaliño no lo encuentro, por ejemplo, en Lezama, cuyo instinto poético lo llevó siempre por buen camino. Ahora bien: quien hace poesía en este momento histórico, y conoce en un sentido lato e histórico lo que se ha escrito a través del tiempo, y en distintas culturas e idiomas, tiene que tener presentes dos peligros: en lo conversacional no incurrir en el registro común y corriente de lo coloquial ya tipificado, registro en el que incurren los llamados poetas de la experiencia en España. No sé de ningún poeta o crítico que respete, que reaccionen ante esa escritura con interés. Es una escritura de masas, de mercado, hecha, dicho en plata, para hacer plata. Está bien, allá ellos, no tengo nada contra el dinero, pero sí tengo mucho contra el dinero que se pretende ganar dando gato por liebre al lector, a ese lector a quien podemos y debemos exigir más, cada vez más, a fin de convertirlo en un lector sagaz, experimentado, capaz de aventurarse en la dificultad de la escritura. Por otro lado, quienes hacemos una escritura más espesa, más cercana al registro barroco, quienes tenemos la necesidad del vericueto, del oscuro recodo, del repliegue dentro del pliegue, y del desplazamiento brusco, del anacoluto y de la paronomasia, debe cuidarse de no caer justo en la trillada retórica del Barroco. Hacer paronomasias no es hacer poesía. Hacer calambures gratuitos y chistosos no es ser Quevedo, el horrible Quevedo antisemita a quien tanto amo. Llenar un poema de palabras de diecinueve sílabas, de alteraciones sintácticas sin sentido, o de escritura quod escritura, no es ser Góngora o Joyce. Para un cubano, desde adolescente acostumbrado a jugar con las palabras, a hacer chistes lingüísticos, “blagues” o “piadas” durante la conversación, este peligro es grande a la hora de escribir poesía.

Y se debe evitar a menos que se tenga la certeza de que procede de una profunda necesidad interior, y no sólo eso, sino que asimismo, en la página escrita, que esa escritura funcione. Me gustaría cerrar esta respuesta diciendo que mi escritura, que es mi vida, participa de una doble vertiente expresiva: por un lado participa, necesita participar, de una búsqueda espiritual; por otro lado se quiere divertir, aliviando la existencia que no tiene, como dice el Sutra del Corazón, alivio, fuente o camino. Esas dos vertientes no sólo se mezclan y entremezclan en muchos de mis poemas, sino que también son para mí inseparables: no hay seriedad por un lado, y ludismo por otro; no hay jodedera separada de una “pureza” cristalizando en textos incomunicados, cual si fueran columnas que no se relacionan entre sí, o vasos que no se comunican. No se trata de compartimentos estancos sino de un arroz con mango, una mezcla natural que viven en mi interior y que de algún modo intuyo tiene que ver, en buena medida, con mi condición de cubano.


2- Múltiples poemas reiteran su ¿vocación? a la “autodefinición”: “Noción de José Kozer”, varios autorretratos, “Ofertorio” y otros tantos nos revelan a un escritor inmerso en sus cavilaciones, en sus miedos, en sus utopías, en sus nostalgias, ajeno a toda conmiseración, ajeno a toda exégesis de sí mismo. También ellos encarnan –de algún modo- una particular visión de su poética. ¿Si tuviera que “autodefinir” un día cualquiera de José Kozer, cómo lo haría?

Lo haría en función del día en sí. Se hace camino al andar, nos enseña Antonio Machado. He aquí algo parecido: el propio quehacer es la definición. Mi día es el poema. La ofrenda cotidiana es parte de un ritual, de un estado de alerta en que vivo desde hace décadas, justo en cuanto me despierto. Mi vida es rutina. Una rutina que es parte de mi naturaleza, que procede de mi natural inclinación. Es parte asimismo de la casa en que crecí, una casa habanera, de reparto, donde siempre se hacía lo mismo, sin apenas alterar nada, desde una necesidad de orden, de ritualización precisa de todos los movimientos de la vida cotidiana. Aprendí, desde una sana y temprana intuición, a apoyarme en esa rutina, vi que me servía de encuadre, de disciplina, y que me sosegaba (desde adolescente entendí que yo era persona nerviosa, y que el nerviosismo me desgastaba a pasos acelerados, de manera que una estructura fija, que me sosegara, era algo a lo que había que recurrir, si no me quería hundir en el caos, en los marasmos tropicales que a veces nos hacen un daño terrible). A esa fijeza, digamos, poco a poco le fui incrustando, desde una necesidad de armonía, los elementos menos controlables, precisamente, lo poético. Y fui equilibrando, dentro de mis límites y capacidades, disciplina y libertad (lo más absoluta posible) orden y relajo, encofrado y construcción desplazada, de meandro, construcción a veces quizás cercana a lo arbitrario e incluso a lo incongruente. Ésos eran los riesgos a correr y que he corrido durante decenios.

El poema, reitero, es el día, el propio quehacer poético, durante su gestación. En mi caso, para que haya una continuidad, tiene que haber una rutina, y ésta se copia a sí misma, con una inclinación de rostro, de testuz: se remeda una y otra vez, dándose con cada amanecer el visto bueno. Me levanto a las seis de la mañana, de inmediato (es parte de un entrenamiento, una costumbre) dejo la cama: orino: me lavo: ayudo a Guadalupe a poner la mesa: desayuno (frugal). Paso al cuarto de baño, hora de corregir. Corrijo, y casi siempre, mientras lo hago, se inicia un poema. Observo que ese poema es distinto al que tal vez haya escrito el día anterior, distinto sólo en el sentido de constituir una variante de lo mismo, una diversidad dentro de la unidad. A una cierta altura del poema lo dejo. Bajo a nadar, o si hace mucho frío, salgo a caminar (todas esas actividades las realizo día a día en compañía de mi mujer). A la hora, hora y cuarto de haber nadado o caminado, subo (afeitado y duchado) y de golpe y porrazo, sin pensármelo dos veces, retomo el poema donde lo dejé. Ahí, lo que suele ocurrir, es que me releo unas palabras últimas, donde el poema quedó aguardando, y sin mayor esfuerzo, continúo escribiéndolo, hasta trancarlo. En ese momento, el poema, firmado, fechado y numerado, pasa a mi cuarto de trabajo, donde permanecerá 24 horas, hasta que al día siguiente lo corrija (curioso esto de corregir en su doble acepción en nuestro país). Hecha la corrección, que suele ser ardua, y que me lleva sin duda mucho más tiempo que el acto en sí de su escritura, lo tecleo (de hecho, teclearlo es corregirlo) y lo almaceno en una de mis carpetas, la mayoría contiene 60 poemas, la totalidad hasta la fecha de los poemas acumulados es 6997, válgame Dios.


3- En un artículo aparecido en la revista Unión de 1995: “José Kozer: ¿Un ser hipotético?”, Jorge Luis Arcos escribía que “…en su poesía es constante la experimentación; el desvío incesante de la tiranía que puede imponer una solitaria retórica escritural; la exploración en y el desplazamiento hacia sucesivas poéticas; una vocación desmixtificadora de la mano de una mitificación de lo subjetivo, de lo cotidiano; su estética de la eterna invención, de la ruptura oportuna; y la aguzada conciencia autocognoscitiva de su pensamiento…” ¿Pudiera nombrar otros elementos esenciales de su poética?

Creo que Arcos sintetiza muy bien la serie de elementos que confluyen, que dan vida, a mi trabajo. Si algo puedo añadir, y no soy crítico, y mucho menos crítico de mi propio trabajo en cuanto ya ha sido gestado, sería que ese trabajo, en su proceso y proyección, se ve a sí mismo como labor de artesanía, una artesanía que participa de la idea de oficio, en el sentido más alto de la palabra, ese sentido gremial, de largo aprendizaje, que tenía la palabra en la Edad Media, sentido que sobrevivió hasta la Revolución Industrial, una revolución que cambió el mundo para bien en muchos sentidos, y que lo dañó, bastante irreparablemente, en muchos otros.

Mi escritura, creo, puede ser vista como la labor de la hormiga o de la cigarra, el quehacer de un insecto, o el trabajo de un alfarero que sabe que no se gana la vida con su trabajo, y que justo por eso, al no haber compromisos crematísticos, hace ese trabajo desde una euforia y una devoción. Picasso, que trabajó ingente, dijo que si pasaba un día sin pintar, era como si estuviera muerto. Me apunto. Escribo, vivo; no escribo, estoy fofo, picado por la mosca tse tse, hundido en el cieno. Si no escribo, apesto; si escribo, suelto mi pestilencia, me zafo. Creo que afloro del marasmo cotidiano de la muerte gracias a la gracia de la escritura, un don, una dádiva, que luego de reconocerse, se agradece profundamente (“The words are my life” que dijera Louis Zukofsky). Yo la agradezco, no sé a qué ni a quién, sólo sé que para mí escribir no es un rompecabezas, no es una filigrana, no es un dogma, no es una facilidad sino una felicidad. Escribo y soy dichoso, suelto las cosas más terrible y desfachatadas, y me quedo pimpante y gozoso, en chancletas y como Pedro por su casa.

4- Virgilio Piñera sentenció alguna vez que “El sacrificio de la vida radica en sufrir mil y una privaciones, desde el hambre hasta el exilio voluntario –a fin de defender las ideas, de mantener una línea de conducta inquebrantable.” ¿El exilio fue o ha sido para usted un estado? ¿O por el contrario, presiente que Cuba es –como para la española María Zambranosu “patria pre-natal”, “no como cualidad, sino como substancia misma”?

Me parece que ambas cosas son compatibles. Las palabras de Piñera no son excesivas en ciertas circunstancias, y si participan, digamos, de un cierto tremendismo romántico, no dejan de ser una advertencia: ésta implica el que en ningún momento podemos malear la vocación, la rectitud ética, y si es necesario padecer ostracismo, privaciones, e incluso hambre, sea: la rectitud interior, la dignidad propia, la búsqueda espiritual están por encima de toda circunstancia. Ahora bien, a mí me tocó el exilio, ese largo aprendizaje, útil a muchos niveles, fructífero cuando no nos mata, doloroso siempre pero al mismo tiempo nutritivo. El exilio cuando no encierra y se refugia de modo acomodaticio en el gueto, abre compuertas, permite que muchas luces entren por nuestra ventana. En el exilio se vive la multiplicidad, el auténtico pluralismo, el fuerte contraste. Ese exilio puede llevar al caos, por un lado, y al gimoteo mendaz, facilón, por otro. A mí la idea de nostalgia poética no me dice mucho, la nostalgia en el exiliado suele volverse un negocio, negocio que le permite al exiliado no tener que crecer y enfrentarse con el cambio radical que le ha tocado vivir, y que también les permite a muchos ganar muchos cuartos explotando ese sentimentalismo barato que hace lagrimear al más pintado. Así, exilio es circunstancia a aprovechar, a encarar, y desde ese enfrentamiento, ha de salir, para la persona, un mundo más rico, una experiencia mayor, y para la nación que lo expulsó, con el tiempo, ha de haber un rédito, que sería el del exiliado que regresando aporta ahora a esa nación que no dejó nunca de amar, un nuevo entendimiento: social, económico, político, espiritual.

Ahora bien, si por un lado exilio es estado, situación que se vuelve condición, por haberse vuelto lo real cotidiano, también mi país es sustancia, si se quiere prenatal, como dice María Zambrano, aunque creo que no sé nada de prenatalidades, y sí de un estar en un real cotidiano donde yace, radica, la sustancia adherida al propio nacimiento: ahí, un aura; ahí, un aroma; ahí, un lenguaje verbal y no verbal; ahí, una energía (no una fuerza sino una energía). Haber nacido en Cuba me ha ayudado a superar muchas circunstancias que no le deseo a mi peor enemigo. Muchas veces, en situaciones penosas, al borde del manicomio, del suicidio, sentí que ni manicomio ni suicidio iban a ser mi destino, justo porque Cuba no me lo permitía. Es decir, en el sedimento, en los cimientos de mi origen cubano, en esa oriundez, había algo sano que consciente o inconscientemente, siempre me apoyaba, sacándome a flote, haciendo de mí isla de corcho. Hay algo dichoso en la condición cubana; nos falta sabiduría, integridad, capacidad de diálogo (somos grandes habladores, y grandes sordos monologadores, pero no verdaderos escuchas) pero tenemos una rica fiebrecilla de alegría que no viene mal en los peores momentos de la vida.

5- ¿Lee con cierta asiduidad la poesía cubana –entendida esta no solo la que se escribe dentro, sino también la que se hace fuera de la Isla?

Leo a mansalva, soy un lector asistemático. Leo a la vez tres o cuatro libros, intercalando poesía, novela, ensayo, diarios, cartas. Leo en inglés y en español, alternando ambos idiomas, durante el día. Desde que me jubilé en 1997, y hasta la fecha, suelo leer unas cinco a seis horas diarias. Por lo general empiezo el día leyendo ficción y/o poesía, luego leo ficción y/o ensayo, y suelo terminar la jornada leyendo algunos poemas y/o escuchando música clásica, una música que va de Bach a Bartók, por poner un par de ejemplos a manera de módulos. En estos días, leo Prepositions, colección de ensayos de Zukosfky, que alterno con la sistemática lectura de los Diarios de Edmund Wilson, diarios que contienen miles de páginas de las que ya he leído casi todas. También leo el extraordinario libro de Claudio Magris titulado Microcosmos, y un libro de poemas de Enrique Lihn. En la repisa en que coloco los próximos libros a leer me aguardan, en relectura, el Richard II de Shakespeare, un libro de los poemas selectos de John Berryman, el último volumen de los diarios de Wilson y The Build-up, volumen de la trilogía novelada de William Carlos Williams que me faltaba por leer. Leer, leer, esa obsesión: lector infatigable, la lectura como Paraíso, el Paraíso en cuanto lectura incesante. El lector cabalista que cavila leyendo, el judío errante que deja de errar afincándose en los libros, y en el Libro. Leer a Cuba; leer es Cuba; leer a Buda, oyendo sus razonamientos, sus palabras incrustadas en un razonable Zen; leer es Buda.

Dentro de este proceso que aquí describo, en muchas ocasiones, aunque no de manera sistemática, leo literatura cubana: por un lado a nuestro maestros, por otro a los jóvenes que me hacen llegar sus trabajos. Leo más poesía cubana que ficción; más poesía cubana que sociología. Y he leído montones de libros de poetas vivos, de la Isla y del exterior, que me han parecido magníficos, unos más que otros, claro está, pero en general estamos ante una poesía de muy alto nivel, un alto nivel que considero existe en este momento no sólo en Cuba sino asimismo en Brasil, Chile, Argentina, en parte en México, y en Perú. Hay poetas cubanos jóvenes, o ya no tan jóvenes, que me interesan mucho: Reina María Rodríguez, Delfín Prats, Soleida Ríos, Ricardo Alberto Pérez, Juan Carlos Flores, Pablo de Cuba, Javier Marimón, Rogelio Saunders, Damaris Calderón, Isel Rivero, Alessandra Molina, Carlos Augusto Alfonso, Antonio José Ponte (éste además como novelista y ensayista) Jorge Luis Arcos, Rolando Sánchez Mejías, Pedro Marqués de Armas, Omar Pérez, Rolando Jorge. De los escritores cubanos vivos al que más leo y a quien en estos momentos más quiero, es a Lorenzo García Vega, en quien la obra de la última década se eleva a cotas inusitadas, de extraordinario poder evocador, desde una evocación inventora, enturbiadora, que es a la vez luminosa. Es de los pocos escritores que me hacen reír llorando, que me desgarran mientras me desternillo de la risa: en Lorenzo habitan Rabelais y Quevedo, a un mismo tiempo, Lewis Carroll y Celan, en un sentido simbólico.

6- Su obra poética abarca más de veinte títulos publicados. Desde 1972, y hasta la fecha, sus libros han ido apareciendo y reapareciendo en diversas editoriales de España, México, Argentina, Estados Unidos, por solo citar algunos. ¿No teme que en esta profusa extensión de sus versos, se pierda una cuota ostensible de int(den)ensidad? ¿No teme al agotamiento, al monosilabismo temático o formal?

No por vanidad, sino “for the record” aclaro que en estos momentos tengo publicados 42 libros, y que para el próximo año, probable me acerque a la cincuentena. Ahora bien, su pregunta, Geovannys, es fundamental, crucial en quien es prolífico como yo. Créame que tengo plena conciencia de lo que implica esa grafofília a la que estoy sometido, por razones oscuras, por vínculo natural y no por obligatoriedad ni voluntarismo forzado. Tengo plena conciencia del peligro en que incurro. Ahora bien, debo empezar por decir que la mayor parte de los escritores son prolíficos, abundosos. Pero cuando el poeta es abundante, de inmediato el lector alza bandera roja. O sea, Picasso puede hacer millares de cuadros, y no nos sobresaltamos; Bach puede componer, al igual que Vivaldi, cientos y cientos de composiciones, y no fruncimos el ceño ni encogemos los hombros. Repárese en la tradición decimonónica, con sus monstruos de incesante escritura: Flaubert, Balzac, Dickens, Zola, Eça de Queiroz, Benito Pérez Galdós, Tolstoi o Dostoievski, o ya en el siglo pasado, autores como Thomas Mann, Robert Musil, o ese mismo Kafka que decía que no podía escribir y no dejó de escribir (sus novelas sin terminar están terminadas; toda su retacería es escritura en firme y acabada, incluidos sus cartas y diarios). Dicho lo anterior, el tema en cuestión pasa a ser el siguiente: pocos escritores alcanzan lo que podríamos llamar una voz. Al alcanzarla ocurre un fenómeno que hay que comprender: la voz rige, manda, es si se quiere la “trampa” a la que ya tenemos que someternos. Nadie alcanza en vida dos voces. Malamente se puede aspirar a alcanzar una voz y sólo una. Quienes la alcanzan, y son relativamente pocos, se pueden dar con un canto en el pecho (y soltar su do de pecho o su gallo). Alcanzada esa voz, esa rara avis, lo demás es ir variando escritura, de modo que cada poema, así lo veo en mi caso, es más que un ejercicio, un acto de recurrencia y no de repetición. No es repetición justo porque cada poema, dentro de su tonalidad, su voz, forja y conforma variaciones, y esas variaciones, una tras otra, son las que enriquecen una obra, son de hecho la obra en su totalidad unívoca y variable. No temo incurrir en el agotamiento, ni del contenido, ni de las formas: me siento libre ante la página en blanco, ésta no me produce ni diarrea ni retortijones, no me estriñe ni me capa: por el contrario, me convoca a lo que prefiero llamar la página en lleno. A esa convocatoria acudo, y en el momento de hacer acto de presencia, me entrego. La escritura de poemas se ha vuelto en mí naturaleza. Y un ser humano no puede rehuir su naturaleza. Hacerlo es castrante; hacerlo es de hecho, para mí, una imposibilidad. Me importa, por supuesto, que cada poema, quede burilado como lo mejor que de mí puedo dar en un momento determinado, pero a la vez no me ando con remilgos pensando que esa poesía que hago tiene un destino mayor, que es trascendente, que se leerá en trescientos o dos mil años, a mi qué. Escribo, corrijo, encarpeto, olvido. Ese sanseacabó conforma desde hace bastante tiempo mi trabajo, un trabajo que se hace, que no se da abasto, pero que día a día, o cada vez que produce un nuevo poema, establece su propio y momentáneo espacio. Nunca sé lo que voy a escribir. Nunca sé si volveré a hacer un poema más. Aquí, me encojo de hombros, no por indiferencia, no por soberbia ni altivez, sino porque estoy metido en algo que yo no controlo (tampoco me controla) y que el día que se acabe, si estoy vivo y aún coleo, aceptaré, creo que con toda tranquilidad. Ese día, así lo espero (intuyo) guardaré la escribanía, botaré los pinceles de mis ideogramas, y me iré a pescar a un río, tal vez en Pinar del Río, del brazo de Guadalupe, que irá del brazo del maestro Li Po.

7- ¿Aceptaría alguna vez la posibilidad de regresar a Cuba, de recorrer las calles de la Habana, de reconocer el olor de sus amaneceres…?

Claro que sí. No sé si de modo permanente, dado que acá tengo mi vida hecha, mis intereses propios, a mis hijas. Pero sin duda, según circunstancias, regresaría, más que nada a ver qué puedo hacer por mi país, por su crecimiento económico, social, espiritual. Cuba es un dilema fuerte, y como todo dilema fuerte, si se es honrado, hay que encararlo. Hace poco, en Chile, tuve que participar en un coloquio en que se me entrevistó sobre el futuro de Cuba. Y ante la primera pregunta empecé respondiendo que a mí la poesía no me confunde, que de hecho, en muchas ocasiones yo confundo a la poesía, pero (añadí) Cuba me confunde. Quise decir que Cuba es para mí una maraña, una dificultad extrema, una convocatoria histórica que me exige una rectitud, una inteligencia (defino la inteligencia como don recibido que utilizamos conscientemente para hacer el bien) y una buena voluntad que muchas veces pienso no poseer: virtudes que en mí desfallecen (son 50 años de exilio, y eso, quiérase que no, fatiga) y que muchas veces me dejan confuso y bastante mal parado. Sería bueno que Cuba recordara, por su propio bien, las palabras de Confucio, cuando dice que “la educación comienza con la poesía, se fortalece mediante un comportamiento adecuado, y se consuma con la música.” Confucio basó siempre su visión del mundo (no le interesó demasiado lo metafísico) en un continuo rectificar de las nociones. A eso me refiero cuando pienso en el futuro de Cuba; hay mucho que rehacer, mucho que rectificar, y ese rectificar es dialéctico, está vivo, no es cosa del momento sino del fluir imparable de la vida. Ese futuro exigirá una educación renovada, (no empleo la palabra reeducación por sus trágicas connotaciones políticas) pero sí juzgo que habrá que renovar la educación de todos los cubanos, teniendo presente que ésta debe tener como base la poesía, y como meta la música (todo esto tiene por supuesto una valoración alegórica). Así, disposición de regreso, de diálogo, de buena voluntad para que el país tome un rumbo más saludable, menos desagarrado, hay en mí, sin duda.

Geovannys Manso Sendán desde Cuba.

Edicición de Lanzallamas.


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