Basuras de Shangai

Comentario al libro de Germán Marínmarin-cartagena.jpg

Basuras de Shangai
Germán Marín
Mondadori, Buenos Aires, 2007, 192 páginas.

Aparte de ser un enigmático y sugerente título para un libro de narraciones fragmentarias o novelas cortas, esta nueva publicación de Germán Marín (1934) pretende extender como metáfora una de las prácticas de castigo en la antigua Escuela Militar, donde se denigraba a los cadetes réprobos del fin de semana con la orden de recoger y guardar en sus bolsillos los cientos de papeles y desperdicios de unos de los patios castrense. Pero Basuras de Shangai es más que un ejercicio de estilo con los residuos de la memoria, ya que puede leerse como uno de los libros más modernos –dentro de su propia definición de escritor: “balzaciano al revés, izquierdista de vocación y reaccionario de alma”– de todos los publicados por Marín; confirmando el enorme talento que lo ha instalado con una de las prosas más lúcidas y contundentes en la narrativa de los últimos quince años.
Una condición de escritura que, aunque conformada por más de una docena de libros, continúa siendo lectura de pocos, sin alcanzar gran popularidad o reconocimiento (probablemente nunca lo logre y esa sea también parte de la gracia/amargura de su obra), pero lo terminará ubicando perfectamente junto a Onetti o Walsh, y en la tradición chilena con narradores de la talla de Lillo, González Vera, Droguett, Rojas o el mejor Lihn de su narrativa. Hermanable también, en algún sentido, con el trabajo poético de José ángel Cuevas y, aunque en otra tensión narrativa, con José Miguel Varas.
Sin embargo, fuera de esas cercanías, el punto más alto de este libro, estriba justamente en abrir la discusión sobre los géneros literarios. Siendo esa posibilidad la que renueva las muestras que nos había presentado hasta ahora, retomando la línea de Conversaciones para solitarios (1999) y de su excelente Lazos de familia. Relatos de imágenes (2001). Así lo confirma en la nota aclaratoria que abre la sección “Artículos de bazar”: “Bajo la sospecha de que la literatura resulta cada vez más un ejercicio espúreo, indefinido, en que la crónica o el ensayo pueden ser también otro modo de narrar, hemos decidido añadir unas páginas que a lo mejor la academia rechazaría. Confiamos, empero, en el posible lector que, libre de las fronteras genéricas, comprenda que la escritura, en su infinito tramado, es una sola al punto en que, a veces, temas pertenecientes en su origen a la ficción, pasan con los arduos años a transformarse en documentos de la realidad”.
Desde esa perspectiva el libro se nos abre como un manual de la impostura genérica, al mezclar vivencias, obsesiones y notas preparatorias de una obra mayor, compuesta sólo de intersticios y piezas del andamio con que Marín construye su Edificio de la Memoria. Habitaciones de motel cayéndose a pedazos, bostezos de cuartillas destruidas por el olvido Oriental, putas pobres dependiendo del toque de queda, balnearios del litoral central en ruinas, retornados inmorales del exilio dorado, un escritor fracasado escribiendo una obra maestra, suicidios familiares inexplicables, remembranzas de la época escolar, una bella elegía por Enrique Lihn, retazos de su exilio y el retorno en bus para reencontrarse con el pobre y maldito país, donde como dice en el “Año del búfalo”, ver la práctica de escritor tal vez como “el intento desolado de un mudo que desea reconstruir sus pasos, aspirar en una sola bocanada, a través de la mirada retrospectiva hundida en el silencio, el aire marchito que duerme en la memoria”.
Marín, no se cansa de rastrear en el caudal de la memoria una respuesta que explique ante el cadáver de Chile en qué momento entregamos todo y bajamos la guardia. Su escritura se vuelve una apuesta a escuchar “las voces familiares de los amigos que, parecidos tras unos pocos años a esos antiguos personajes del álbum fotográfico, se acercan a charlar una vez más acerca de los motivos del fracaso de 1973, el año del búfalo”, mientras impreca a sus fantasmas, advirtiendo también su propia condición espectral de “escribiviente”: ¡Habla, memoria!, gritaría con justicia Nabokov.

Roberto Contreras

en Revista Ciertopez, Santiago de Chile, Nº6. 11/2007.

* Fotografía del autor a los 4 años, tomada por un fotógrafo ambulante, fechada el 17 de febrero de 1938 en la Playa Chica del balneario de Cartagena. Recogida posteriormente en el citado libro Lazos de familia de 2001.


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