“Todavía se habla bajo, todos estamos llenos de secretos”
Entrevista rescatada de Cuevas y Symns *

“Los restoranes estaban plagados de sapos, un día se llevaron preso a Jorge Teillier”
Parece que el ambiente intelectual de Chile estuviera dividido entre los que se fueron y los que quedaron en el 73.
Conversaba la semana pasada con un amigo que estuvo fuera y que es una autoridad política. Me dijo que el gran problema que hay en este país es que, al empezar la democracia, la voz de los que se quedaron aquí fue silenciada, la palabra de los que se quedaron fue escondida debajo de todo. Empezaron las maniobras políticas por abajo, pero la voz de nosotros quedó muerta y justamente una de las posibilidades –no digo la única– es construir sobre esa palabra, sobre el tipo de individuo que se quedó aquí.
¿Cómo ves la operación quirúrgica de la dictadura con respecto a la vida cotidiana?
El individualismo aquí comenzó a partir de la fragmentación total de las personas, uno se transformó en enemigo del otro: “Qué estará haciendo este tipo?, yo me escondo de él”. Yo trabajé mucho tiempo: a nosotros no nos hablaban. El individualismo empezó por una doble faz, uno hablaba puras tonteras, de televisión, de fútbol. Se produjo una inversión del ser humano: salir del ámbito colectivo y sentarse no más frente al televisor o en el interior del hogar. En el caso mío, la única libertad era caminar: salía del liceo y caminaba, caminaba por todos lados, como para llenarme de la diversidad de barrios y lugares.
No existía una diversidad de conversaciones.
Bueno, uno tenía compadres, amigos. Hay una cosa que no se me puede olvidar, un joven que una vez me dijo: ¿y por qué hablan tan despacio ustedes? Vi una película del 71 cuando los tipos hablaban fuerte, pero uno después entraba a un restaurante y todos hacían un murmullo. Se hablaba muy bajo, todavía se habla bajo, todos estamos llenos de secretos. El miedo que quedó no sé si sicotizó o deprimió a la gente. El consumo es como la otra cara, algunos se olvidaron de sí mismos; te hablo de la izquierda, de los que se quedaron aquí. Salvo algunos cochinos que cambiaron, los que se quedaron sufrieron. Tengo amigos que transformaron su poder antiguo en un poder ante cualquier cosa, por ejemplo respecto a los clubes: discuten si es mejor Colo-Colo. Me refiero a tipos de izquierda abandonados, hundidos en el alcohol. Yo era profesor, tenía un cargo público y sencillamente me lo quietaron por razones políticas.
¿Qué pasó con los amores, con el acto poético de escribir? ¿En qué se convirtió ese mundo?
Yo viví en un sitio muy pobre, me quitaron la casa donde vivía y me fuí a un barro duro, La Granja. Ahí veía todos los días acuchillamientos, sangre. Un día en una esquina me dijeron: vente que estamos comiendo un asado. Y estaban comiéndose un perro. En la vida cotidiana, por ejemplo, yo hice mi resistencia personal, siempre tuve uno o dos amigos con quienes conversar, con quienes tomar; pero era muy difícil, se produjo una amenidad. Los restoranes estaban plagados de sapos, hasta en el bar Unión Chica, donde iba el poeta Jorge Teillier. Ahí mismo había tipos de la CNI y un día se lo llevaron preso a Jorge.
“Había unos amigos que decían: no voy a trabajar en un banco, yo soy poeta. Pero si eso es precisamente ser poeta, trabajar de mecánico, trabajar en un banco, tocar la guitarra en un lugar, ser mozo de restaurante”
Fuera de la realidad de los sucesos, ¿la dictadura terminó?
No, dentro de uno no terminó. Estos años los viví bien mal, porque tenía hartas esperanzas, veía un movimiento antidictadura tan grande y tan bonito. Tenía esperanza de que iba a haber amor, de que iba a haber, de parte de los gobernantes, la idea de recomponer, reparar al individuo en sus sentimiento, en un ser, pero no fue así. Era necesario mantener una estabilidad, una gobernalididad que llamaban. Todos los grandes movimientos quedaron aplastados. Por eso yo entiendo cuando mi amigo dice que la palabra de los que se quedaron aquí no ha emergido, la verdadera palabra.
A mí me asombra a veces ver el individualismo depredador narcisista de los actuales personajes de la cultura.
Bueno, yo no quiero decir de todos, pero los poetas fueron una resistencia a la dictadura y posteriormente a todo el capitalismo salvaje puesto en la vida cotidiana.
¿Qué opinión tiene de Teillier?
Yo lo quise mucho, estuve cercano a él. Era un poeta que tenía sus mundos maravillosos, sus paraísos artificiales colocados en los campos, en los bosques. Yo veía cómo afuera había persecución, toda la manifestación de una dictadura, y él permaneció en ese bar veintitantos años tomando de las cosas más variadas hasta las seis de la tarde, pensando en otras cosas, hablando de Gardel. Ese lugar fue un espacio de otro mundo. A Teillier las mujeres le decían El Príncipe, porque era un tipo distante pero lleno de afectividad, de gracia.
Él pertenece a un tiempo legendario de poetas.
De cierto tipo de poetas, yo no soy como él. Había unos amigos que decían: no voy a trabajar en un banco, yo soy poeta. Pero si eso es precisamente ser poeta, trabajar de mecánico, trabajar en un banco, tocar la guitarra en un lugar, ser mozo de restaurante.
¿De qué has vivido tú?
Yo empecé siendo mecánico, acompañaba a mi padre por las fábricas de Santiago arreglando máquinas de escribir –a lo mejor ahí me nació el cariño por los edificios–, y después estudié filosofía en el Pedagógico, pero seguí sobreviviendo. Siempre he tenido que vivir al día. Este año no he ganado un peso, pero tengo una pensión de exonerado, que es de ochentaitantos mil pesos.
“Mi Dios es latinoamericano, es un Dios que nace más bien de todo el dolor del vivir”
¿Por qué te interesó la filosofía?
Mira, lo que yo quería en ese momento era desentrañar la verdad de este maldito mundo, colocar los planteamientos en sus lugar y empezar de nuevo.
¿Averiguaste algo?
Estaba averiguando, estaba metiéndome en magnitudes metafísicas y me di cuenta que desde el punto de vista metafísico el tipo muere y la vida a lo mejor no tiene sentido. Pero desde el punto de vista concreto sí que tiene sentido, porque ahí es dónde tengo una lectura materialista de la realidad. Porque yo era eso, un trabajador, desde chico lo fui. Entonces me acerqué muy bien a las filosofías exploradoras, no al marxismo, que no me gustaba: me acerqué a una especie como de humanismo, de cristianismo materialista, porque me gusta esa ética.
¿Existe Dios?
Yo siento que sí. Mi Dios es latinoamericano, es un Dios que nace más bien de todo el dolor del vivir, del dolor de los hogares, del dolor de las familias, de ver a mi madre, por ejemplo, cuando sufría y se iba de la casa y nosotros quedábamos ahí: era como una fe. Nosotros nos agarrábamos y creíamos… es una fuerza que conocimos mis hermanos chicos y yo, a través del dolor. Tenía una familia muy linda y muy conflictiva, muy peleadora, mi madre era muy dura, muy trabajadora. A través de todo lo que yo he sido, de todo mi desenvolvimiento, de haber resistido una dictadura, de haber estado viviendo por aquí y por allá… eso es para mí como una manifestación de Dios.
¿Prefieres pensar eso o es lo que crees que hay?
No soy nihilista y estoy en contra de la muerte. Claro que yo he gozado, he vivido, he tomado, he sido vividor; digamos la belleza de los trasfondos de la realidad, eso no me lo quita nadie, y todo eso fíjate que está relacionado con una ética. Sin embargo, capaz que Dios sea algo en lo que prefiero creer pero que quizá no exista.
“He visto que se está formando una fuerza juvenil anarquista enraizada y nacida de estas realidades que hemos vivido”
Yo entiendo a las enfermeras que en la guerra curan las heridas de los demás, entiendo a los héroes que pelean y mueren por el otro, pero me cuesta a veces entender a los intelectuales que no hacen nada de eso y lo único que les queda es explicar la historia.
Creo que si le acierto con algunos poemas, con algunos relatos, esto va a vibrar a otros hombres, esto va a hacer vivir a otros hombres. Con esto ya me conformo, aunque no gane ni un peso ni nada. Eso justifica mi vida, en el fondo soy un tipo absolutamente fracasado. Mi papá me decía siempre “tú vas a ser siempre un pobre desgraciado”; entonces me quedó esa idea, que no iba a ser como él: un triunfador. Bueno, tampoco tanto, pero él siempre estaba pensando en grandes negocios para hacer en Estados Unidos, y yo me conformaba con mínimas cosas, con un libro. Me refugié mirando el cielo, desde donde yo vivía en el centro de Santiago me pasaba horas mirando el cielo. Desde entonces tomé conexiones con las distancias, con la ciudad, con las nubes, busqué y construí una zona alternativa de felicidad, y lo logré. No me fue nunca como a mis amigos escritores taquilleros que fueron por el éxito, pero tampoco me importó.
La izquierda a veces tiene la ortodoxia de una maldita piedra. Neruda nunca se retractó de su “Oda a Stalin”.
Yo lo conocí de lejos no más. Sé que Neruda es buenísimo, su capacidad poética de armar frases, ese estado donde las palabras chocan con otras, una palabra que es un destello con otra y se forma una humanidad y una belleza tremenda; pero era un político. Yo prefiero la vida marginal y dura de Pablo de Rokha.
¿Cómo te imaginas lo que se viene? La mayor parte de la gente que entrevisto tiene un presagio nefasto de su propio futuro y del futuro en general.
He visto que se está formando una fuerza juvenil anarquista enraizada y nacida de estas realidades que hemos vivido. Son como niños que parece que se dieron cuenta de lo estaba pasando. Esa fuerza moral y esa fuerza nueva tiene la posibilidad de construir un mundo o mejor digamos una escena mejor para vivir. Siempre tengo amigos que están mirando el cielo y descubriendo las estrellas –eso siempre hay–, que van a hacer arte por el arte, como se decía antes, que también es bonito, lo respeto y lo gozo. Es el caso de Teillier, pero el arte que yo pretendo tiene que ser duro, cargado, es una especie de realismo sucio.
Edición de Lanzallamas.
* Entrevista realizada por Enrique Symns a José Ángel Cuevas, aparecida originalmente en la Revista El Metropolitano, Nº 19, 18 a 24 de junio de 2000, en la sección La tercera oreja, con el nombre: “La belleza de los trasfondos de la realidad”.
