Más escritores que lectores
Crónica de Luis Sánchez Latorre, Filebo (1925- 2007)

¿Quién nos lee? Ya hay más escritores que lectores. Antiguamente había más lectores que escritores. Augusto D’Halmar tenía los suyos; Eduardo Barrios, Mariano Latorre, González Vera, Manuel Rojas, lo mismo. En aquella época no era fácil convertirse en escritor. En la edad del transformer no cuesta nada. El lector se ha doblado de escritor y se oye a sí mismo en los grandes recitales de poesía donde habría que poner letreros con la siguiente inscripción: se prohibe bostezar. Víctima de la tentación de escribir, el lector suelta impunemente la espita de su chorro discursivo ante un auditorio que estima delicado precepto de urbanidad asistir al espectáculo del hombre que no se agota de oír la voz de sus propios talentos.
Los innumerables poetas salidos de las tradicionales filas del público lector, como no han tenido tiempo de leer sino sólo de leerse, creen estar descubriendo constantemente la pólvora. Rehúsan, desde luego, cultivar el arte del verso memorable. Ya no se graban en la mente frases como Desde el fondo de ti y arrodillado… o como Alma, no me digas nada… o como Al fondo de los años/un risueñor cantaba en vano… O, por último, como en el clásico de Pezoa: Sobre el campo el agua mustia/cae fina, grácil, leve…
Antes de asumir su cargo de agregado cultural en Roma, el poeta Raúl Zurita anunció una lectura de poemas (de sus poemas) en el Teatro Municipal, con una entrada módica de cuatrocientos pesos por oyente. Dícese que cuando Pablo de Rokha publicó su obra magna, Los Gemidos, en gran volumen, en 1922, al cabo de corto tiempo, por la incomprensión estética de los contemporáneos, el notable mamotreto se estaba vendiendo al peso. En la actualidad un ejemplar de Los Gemidos constituye una reliquia bibliográfica.
Hace algunos años, con motivo de la reedición de su libro clave, La Pieza Obscura, Enrique Lihn invitó a sus amigos y admiradores a un acto de convivencia lírica en una galería de arte. Seducido por el redescubrimeinto repentino de su obra de juventud, Lihn olvidó que la sala sólo tenía una silla: la silla en que se sentaba él. De este modo se embaló en la lectura bien timbrada de sus poemas, uno por uno. Recuerdo que hasta los más sólidos nos tendíamos al pie de cuadros monumentales, buscando el espaldar de la pared, para resistir sin chistar la prueba a que nos sometía la perseverencia discursiva del poeta. No obstante ser Lihn muy bueno y atendible en su género, nos comprometimos a eludir en lo futuro las exigencias de ese orden.
Y eso que Lihn no cobraba por la entrada.
Días atrás comprobé que mi santa paciencia de antaño para concurrir a las lecturas de poemas, por exelsos que éstos sean, se ha perdido. Por un momento tuve la impresión de que había acabado en mí el gusto por la poesía. Durante el curso de la lectura me sentí desasosegado, algo mordaz con respecto al comentario íntimo que suscitaba la situación planteada.
Los poetas, los de arriba y los de abajo, los herméticos y los transparentes, sustentan un rasgo que los une: la egomanía. Todos, a la postre, poetas o no poetas son egomaniacos. La diferencia radica en la forma de manejo de esa egomanía. El poeta, no bien percibe la instancia de un público cautivo, tienede a ensañarse. Irrumpe en él la furia por todos los agravios con que la sociedad lo ha enfrentado. De ahí que, en el fondo, una lectura de poemas ante un público neutral vaya, poco a poco, adquiriendo las características de una difamación o de una masacre.
Si me lees, te leo, dicen que decía el poeta español Manolo Altoaguirre. He aquí una manera de advertir que en el mundo no nos hallamos solos. Si me lees, te leo, es decir, seamos equitativos: Mi ego se llena más con lo mío que con lo tuyo. Julio Barrenechea, en sus espléndidos días de bohemia (casi escribo de Bohemia y Moravia) tomó cabal conocimiento de un colega que a ciertas horas, cruzando medidamente las piernas e inclinándose en actitud de premura fisiológica, murmuraba: Estoy que me recito. En Curepto, con acasión de unos festejos a la memoria de Pedro Antonio González, llamó la atención la presencia de un personaje de la localidad, que a la hora de los postres pregonaba su decisión de decir un verso. Este verso se multiplicaba inevitablemente casi por encanto hasta tomar los contornos de una catarata.
La falta de contención es una característica del poeta que logra desinhibirse por medio del análisis profano.
Aumento de escritores y disminución de lectores ¿Qué va a pasar ahora? Razón de sobra tenía José Bergamín al emitir un metódico lamento por los sinsabores que acarrearía lo que él llamaba la decadencia del analfabetismo.
Cuando el analfabetismo se repartía mejor por el mundo, la función del escritor inspiraba un respeto casi venerable. El escritor jugaba el papel de un sacerdote. En esta condición la lengua del sacerdote no podía expresarse en palabras trilladas. Con el avance de los sistemas de alfabetización, la gente que aprendió a leer en forma sumaria creyó alcanzar la cresta más elevada de la cultura. De ahí a escribir libros, perdiendo todo sentido de la proporción, mediaba un paso. Ya nadie confiesa su deseo de leer un libro, sino de escribirlo. De Pablo de Rokha se aseguraba que cuando quería leer un libro lo escribía. Pero De Rokha era una suma gigantesca de escritores. Lo terrible radica en el lector corriente que renuncia a leer para escribir las páginas que lo proveerán de conocimiento. Se cae así de bruces en un peligroso proceso de autofagia. Ya no es la enseña de como cerdo y lo convierto en Platón, sino en como de mi mismo y me convierto en genio.
No se trata de un problema de editores ni de libreros. Las librerías se abarrotan de literatura barata y mostrenca, de penosas páginas perecibles costeadas con expedientes artesanales. Estos libros incitan a nuevos lectores que prometen asumir a corto plazo la identidad escondida de escritores. Tómese un círculo, acaríciele, y se hará vicioso, pronosticaba Ionesco.
En una semblanza de José Santos González Vera, Carlos Ruiz Tagle relataba en el Mercurio que una joven periodista, entrevistando a González Vera le habia preguntado cuánto tiempo le había consumido llevar a buen destino su obra Hijo de Ladrón. Imaginemos la perplejidad de González Vera. Por lo demás, si hemos de ser estrictos, a quién le importa un rábano saber de qué pluma salió Hijo de Ladrón. No he conocido a nadie que se le haya condenado por delito de lesa cultura. De otra parte, gracias a los reflejos condicionados, los lesos se apoderan sin grandes esfuerzos de los aparatos de cultura. El snobismo de muchos epígonos de la nueva escritura ronda el campo de la oligofrenia. En pintura ya no se necesita saber dibujo o arte de la composición para pintar. La audacia empuja hacia arriba a los ineptos. Roberto Matta, desde su monástico retiro italiano, hablaba de fomentar entre los jóvenes, la idea, si no entendí mal, de un surrealismo en miniatura. Y como esto se lo repetía una y otra vez al Ministro de Educación de Chile, el ministro se veía obligado a asentir una y otra vez como si al otro lado del teléfono hablara un niño de cinco años.
Sospecho que Matta se reía para su capote de su propio surrealismo, puesto que ningún talento de verdad incurre en el absurdo de tomarse en serio.
Filebo.
(1990. Recogido en Memorabilia. Impresiones y recuerdos. LOM ediciones, Santiago de Chile, 2000)
