El piano de Waldstein

Relato de Martín Cinzano

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Hubo rincones, movimientos de manos: una muchacha cruza la frontera sobre el espacio ilimitado de un planeta-ajedrez. El brío no es el mismo: se aleja, vuelve, se aleja, se condena a morir en medio de esta posa de sangre en forma de letra, un sintagma remiso, consignado al sentido de la locura. Por una de las cuerdas vocales de la muchacha se asoma el contorno de un poema apenas aparecido entre las teclas de un piano olvidado. Es un hombre, un hombre-letra en perpetua resurrección y sentado, solo contra todos, en la ingravidez de su vacío. La muchacha entonces lo escupe y vuelve a su tranquilidad, golpe tras golpe, ruido tras ruido. Llanto. Violencia. Desfachatez. “Sólo un hombre: la fiera vieja de nacimiento… babeante y resoplante”. Hubo rincones: ya no hay caminos sino para obliterarlos en un espasmo que es como el cañón de una pistola apuntando hacia el contorno del hombre-poema, en medio de la ciudad, deslumbrada toda ella por el puntilleo de las olas. La ciudad-pasillo es vista desde la óptica alegre del pianista inmemorial y la vuelve a reencontrar junto con Waldstein, borracho.

Como un poema de Vallejo: “me da con su tristeza en la cabeza”. Funerales sobre funerales, huesos sobre huesos. Tierra húmeda que blanquea la página negra o acaso la abertura total de las grietas del lenguaje. Como un poema de Borges: “Ya no seré feliz. Tal vez no importa.” O una cadencia maltrecha, llena de carraspeos. O como la voz de Waldstein, en la cantina, mirándome desde un sarcasmo maloliente. Se acerca y se desvanece en su constante crepitar de teclado añejo. Da picotazos en su piano y se revuelve todo el tiempo en una diáfana imposibilidad de hablar, en una consabida lucha por morir. O como un poema de Lihn: “el estilo es el vómito”. Alégrate, ya te has ensuciado las manos y los ojos, vislumbrando a la banda de asesinos que viene rumbo a la cantina, decididos a matar a Waldstein. Estás a la espera, presto todo tú, como en una sentencia de Barthes: “¿Estoy enamorado?” Sí, porque espero. El otro no espera nunca”. Y entonces las sombras de los criminales se agigantan.

Entonces las sombras se acercaban con más presteza que nunca hacia la puerta y más que nada tú pensabas en los lejanos tiempos del Juego y la Trampa, unidos siempre por un humor de tazas de café con leche y señoras a la vuelta de la esquina con las nalgas un poco a medio mostrar, a medio saltar, decididas a arrancarte la adolescencia de un solo y violento coito primordial. Y cuando las sombras entraron por debajo de la puerta de la cantina y tú pensabas en historias que trataban de viejas insatisfechas o de jóvenes hambrientos por traspasar los umbrales de la estupidez, Waldstein se te acercó nuevamente y te susurró; “me llamo Moonlight, y tú eres la claridad que me persigue”.

Sobre el escenario de la ciudad-poema se vierten todo tipo de secreciones pueriles. No hay prisa. El espacio para las deyecciones es el cuerpo de la música, de la cual percibimos una vaga nostalgia de algo que no hemos atisbado nunca. Enrique Lihn. Arriba o abajo: los hermanos partieron hacia tierras bravas, y van clamando como quien engendra un tiempo vacío, sin rencores. No hay prisa. La temida abyección tomará finalmente sus derechos y los hombres asumirán, por siempre, la alegre inmundicia del piano de Waldstein.

Martín Cinzano


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