Tarde de cine

Relato de Nicolás Cornejo

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Anoche recibí una llamada telefónica. Pese a que no la escuchaba en años, no tardé en reconocer esa voz gastada que salía del otro lado de la línea. Era el Bíblico. Nos conocimos en las canchas de Quilín, a los catorce o trece años. Le decían Bíblico por su parecido con Tonino, el delantero brasilero que le regalaba una biblia a cada arquero que le convertía un penal. Con el Bíblico teníamos cosas en común: los dos jugábamos de centrales, admirábamos a Ruud Gullit y ninguno conocía a su padre. Cuando el fútbol nos expulsó de sus filas, apagando la única ilusión de triunfo, el Bíblico se dedicó a vender marihuana y yo a beber. Una vez lo acompañé a dejar un paquete al Pedagógico y reparé que los envolvía en hojas de biblia, como si se tratará de una marca registrada y él fuera el ángel más fuerte de todos. Un día cualquiera el Bíblico desapareció. Por teléfono me dijo que nos juntáramos a tomar unas cervezas. A media tarde del día siguiente, lo esperaba en Plaza de Armas, al lado de un viejo que jugaba ajedrez. El Bíblico es un buen jugador de ajedrez, recordé. A cada movimiento de pieza del viejo, yo movía la cabeza sembrando la sospecha. El viejo levantaba su mano y entremetía sus dedos en la tupida barba que le colgaba de la cara. De repente, el viejo comenzó a toser con una bronca que supongo da la edad. Me alejé. El viejo continuó con la tos, cada vez más desalmado, por lo que otro viejo, aun más viejo, se acercó a darle unas palmadas en la espalda. El viejo de barba se molestó y lo escupió. Un tercer viejo, de menor edad que el viejo que dio las palmadas, se paró a empujarlo. Entre los tres viejos sumaban todas las enfermedades. Entre los tres viejos sumaban trescientos años de saña. Por un momento pensé que los viejos terminarían con sus vidas a manotazos, pero al parecer, así como la edad fecunda en ira, también preña sosiego en el momento preciso. No sucedió nada y las partidas continuaron. A los pocos minutos, como si la escena de los viejos hubiese sido una antesala a lo que venía, apareció el Bíblico con una disculpa entre sus labios y una bolsa con latas de cerveza. Nos dimos un abrazo. Estaba exactamente igual a la última vez que lo vi, excepto que de uno de sus brazos asomaba una prótesis ortopédica, un garfio interrogante que en la sombra daba la impresión de ver el cuello de un cisne. Soy Biblicop, el pajero del futuro, dijo mientras lanzaba unas risas alentadoras, y luego conversamos alrededor de la plaza, como alguna vez lo hiciéramos dando vueltas a la cancha de Quilín. No dejaba de mirarle la mano. Me dijo que fuéramos al cine. Me dijo: vamos al cine, vamos a ver una porno. Entendí, entonces, que el Bíblico me quería decir algo. Avanzamos por Monjitas y llegamos al Nilo. Los títulos del Mayo eran sabidos: La delgada raja roja; Penetreitor en los tres hoyitos; y Star Warras III: el regreso del quetejedi. Entramos al Nilo. El Bíblico escondía su prótesis con los dobleces de su camisa, pero me daba la impresión de que a veces la miraba para buscar en el destello del metal la dirección en donde olvidó la otra parte del brazo. Por un momento pensé que había dejado la mitad de su brazo en una casa de empeños, pero esas cosas no suceden, por lo que deseché esa posibilidad. Compramos los boletos y nos sentamos en la medianía de la fila de butacas. Sacamos unas cervezas. El Bíblico, por supuesto, hizo alarde de su prótesis que funcionó como abrelatas. Enseguida encendió un cigarro ayudado esta vez de su otra mano. En la pantalla dos morenas le chupaban el culo a un chino con el ímpetu de quienes buscan el origen de tifus. El Bíblico decía que no era chino, que era un gringo con rasgos orientales. La cara del chino nunca se pudo ver sin expresión. Siempre jadeaba con los ojos cerrados. El Bíblico me comenta que Bielsa no nos va a llevar al mundial. Yo le discuto que sí, que lo más probable es que él nos lleve. Responde que la sabiduría de un hombre es insignificante frente al arrepentimiento y orgullo e insiste que el único DT que puede llevarnos al mundial es el Cóndor Rojas. La pantalla muestra a un negro que se pasea con un pene de cuatro puños. El Cóndor Rojas tiene mi perdón, dice el Bíblico. Una rubia, que me parece conocida, espera al negro con tres dedos en su vagina y una expresión que solo una actriz puede dibujar. A los pocos minutos la rubia chilla pidiendo clemencia. El Bíblico me dice que le gustaría que su brazo fuera como una cortaplumas suiza, que así se sentiría más seguro. Yo miro las tetas de la rubia y le digo que son de plástico. Chucha qué perceptivo que eres, me dice. Entonces le contesto que si él tocara una de esas tetas con su prótesis, por más suave que lo haga, lo más probable es que reviente. Entonces él Bíblico llora. Me incomodo. Le digo que vayamos a la Teletón. Entonces el Bíblico ríe. Pero al rato vuelve a llorar. La rubia también llora. Pide misericordia, pero parece que el negro no conoce esa palabra. Abro otra cerveza. El Bíblico llora como si viera una película de amor y me dice que en este cine las películas no acaban, que en este cine las cabritas son de verdad y que la puerta de emergencia es la misma puerta de salida. Lo miro y le digo que mejor nos vayamos, que ya está bueno. El negro descarga lentamente en la mejilla de la rubia, con una ligereza rutinaria, una pausa tras otra. Entonces, al mismo ritmo del negro, el Bíblico me dice que ha matado a su padre. Silencio. Mi cerveza se acaba. Creo que la película avanza en cámara lenta y yo me siento como la rubia de las tetas de plástico. En la sala del cine hay unas 8 personas más. No las distingo y tampoco me interesa ver quién más está, pero estoy seguro de que nadie se espantó tanto con la descarga del negro como me sucedió a mi. El Bíblico repite: He matado a mi padre. Le he dado muerte con esta mano, y luego me la corté con la bravura de un asesino que se arrepiente. La rubia desaparece y entran dos chicas vestidas que el negro desarropa en tres tiempos y embiste. Dice: Me la corté con la misma hacha con la que partí su espalda. No puedo ver la pantalla pero supongo que nada ha cambiado. Tengo mis ojos puestos en la cara del Bíblico. Es sincera. Aterradoramente sincera. Me dice la verdad, me dice que mató a su padre y que luego se cortó la mano. Le creo. Luego dice que arrancó de Santiago porque la rabia da más rabia, como antaño profetizó Azkargorta. Dice que arrancó de Santiago porque esta ciudad es la tumba más grande que ha cavado. Y sentencia: un hijo puede matar a su padre. Sus palabras se despliegan con tanta tranquilidad que la envidia me invade por unos instantes hasta que se congela en rabia. El Bíblico termina su cerveza y se pone de pie para marcharse. Lo sigo como sonámbulo en medio de una pesadilla. Cuando avanzamos por la oscuridad de unos gemidos, miro la pantalla. Creo que me cambiaron la película, digo, y pienso que a veces a uno, como a las películas, le dan ganas de rebobinar la vida, detener el instante y quedarse con los viejos de la Plaza de Armas, en las canchas de Quilín o sólo vagar por el centro y observar cómo la gente se apelotona frente a una vitrina para ver la pichanga de turno. Pero eso, sólo pasa en las películas.

Nicolás Cornejo.


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