“Soy de Franklin-Matadero”
Crónica testimonial de Contreras *

“A los ojos del recuerdo
qué pequeño es el mundo”
Charles Baudelaire
Yo, que he sido el peor lector, me dispongo a escribir esta historia. Siempre he dicho que mi vida sería un buen libro. Y tuvo que pasar todo este tiempo para empezar a hacerlo. La escribo de memoria. La escribo para olvidar, por temor a que los recuerdos desparezcan antes de haberlos fijado en un papel. Escribo de memoria porque no tengo recuerdos de infancia. Veo mi vida como el guión de una película clase B. De una película chilena sólo con actores secundarios, que antes fueron extras y que ahora pasan a primera fila. Imagino mi vida como un documental amateur. O peor aún, como una serie de televisión que nadie vería tomando once y en familia, pero que habla de la relación entre padres e hijos, de hombres que aman a su mujer, de la vida privada de un profesor, de quienes nacieron en el corazón de Santiago, se criaron en el barrio Franklin, estudiaron en el Pedagógico, trabajan en Puente Alto y piensan largarse al litoral central para ver crecer a su hija.
Hoy quiero escribir sobre mí, como quien se toma el tiempo de juntar cientos de papelitos perdidos, hojas sueltas de cuadernos, agendas o libretas viejas donde debieron haberse dejado escritos algunos nombres, apuntado números telefónicos, las señas de una calle, la numeración de unas casas. Encontrar el pasado arrugado en sus esquinas, sucio por los años, en el último cajón de una cómoda, lo mismo que en el bolsillo de una casaca que no usamos hace más de cinco inviernos, y los recuerdos se encuentran reducidos al tamaño de un boleto de micro: MATADERO-PALMA, RECOLETA-LIRA o PORTUGAL-EL SALTO.
No creo en la necesidad de la escritura, pero me he animado a intentarlo.
Escribo con miedo al ridículo.
Escribo porque pasado los treinta años uno debería empezar a sentirse un adulto.
Escribo porque quiero que alguien que no sea yo, me lea algún día y diga que, contrario a lo que muchos pensaron, lo ocurrido no sólo fue culpa mía, y la vida me terminó resultando.
Escribo porque la felicidad un tiempo me fue negada, pero conquisté algo parecido a la alegría al menos de estar vivo y a salvo.
Escribo porque siento lástima de los anónimos que caminan invisibles por esta ciudad.
Escribo porque he jugado a ser un personaje pero me ha faltado el escenario.
Escribo de la infancia como un adolescente mira con ojos de un adulto el tiempo dejado tras sus espaldas.
Escribo con urgencia, en busca del tiempo perdido.
Escribo para desmentir que todo pasado fue mejor.
“Escribo de memoria porque no tengo recuerdos”, vuelvo a decirme, cuestionando el que eso que podría estar llamando una verdad, sólo yo identifique como mi historia, narrada frente a un espejo frío y opaco donde me cuesta reconocer mis rasgos.
Siento que la historia de mi vida no existe si no la cuento. Por eso me entrego a esta tarea, para demostrar que todo eso fue verdad; sin más pruebas ni registros que un puñado de fotografías que no me alcanzan para formar un álbum familiar, pero que miro como las mejores instantáneas donde aparecen los Martínez Ruiz a comienzos del 2000. Al pasar las fotos, recupero esos años, como las tomas de una película muda y en cámara lenta. Formada de imágenes simultáneas y dispuestas a borrarse.
Soy un comerciante de arena cuidando proteger su mercancía, bajo una feroz tormenta en el desierto. Avanzo con la visión dañada, impedido de abarcar cabalmente ese mundo perdido. El país de mi infancia. Un planeta destruido. La casa desaparecida.
Vivir esquivando las bombas en racimo del olvido, aferrado, iluso y enrabiado a unas paredes que la Modernidad echará abajo cuando asome la Luna Roja del Progreso y queme el largo y ancho de estas calles.
Me siento apenas un sobreviviente de la conversación, nada más. ¡Habla memoria!, y dime qué tan equivocado estoy de forzar este ejercicio olímpico contra la desaparición de un tipo más de esta época. Uno más, uno más, todos los perdidos de este siglo bombardeado de Realidad.
*
Mi nombre es Humberto Alejandro Martínez Ruiz y como un chiste cruel, debería decir que si estuviera en Jerusalén, sería un candidato seguro a la cruz, porque el próximo 13 de noviembre cumpliré los 33. Un imposible si pienso en que alguna vez tracé un límite en mi edad, sentenciando que jamás pasaría las tres décadas. Pero la suerte, mas no la fe, quiso otra cosa y ahora me siento de vuelta al mundo. Se pueden romper promesas con el cielo, y de esas jugadas está plagado el infierno, dicen.
Me han invitado a recorrer el barrio viejo, a visitar ciertos pasajes, calles y avenidas, acaso también tarareando, como entonces, las viejas canciones que oí cuando cumplí los ocho, aprendí a los quince y reconozco que nunca olvidé, incluso cuando a los diecisiete quise sacar de mis recuerdos esa música, el verdadero sound track de mi vida, que intenté dejar reducido a la cocina de mi nana cualquier domingo de esos difusos años ‘80.
Me invitan a recorrer el barrio. Y salgo a buscar mi ruta, interrumpida hace más de quince años, cuando dejé mis pies en estas veredas, como las huellas perdidas de un náufrago en la isla de su infancia. Mis pasos, los que quiero recordar, sólo pueden hallarse por las calles de Franklin. Pero antes de esta peregrinación, y porque temo pueda convertirse en mi vía-crucis, situaré algunas fechas. Porque quiero que sea mi última voluntad, mi forma de piedad.
A partir de 1992 yo dejé de salir en las fotos familiares. El mismo día en que dejé de preparar el fuego para los asados y apagar las velas de mi torta ante la mirada expectante de mis padres, hermanos y parientes. Reuniones sociales tratando de convencernos de que éramos un gran clan y no la tribu que terminamos siendo. Una familia que a la hora de comer terminó lanzándose los platos, trenzándonos a golpes por arriba de las tazas, hasta la llegada de mi tío a poner orden y separar a mi padre y a mí, antes de habernos matado.
Pasarían más de diez años hasta que volviera a esa casa de calle Arauco # 527, esquina Santiago Concha.
*
Mi historia en el barrio Franklin comienza y termina con la vida de mi padre.
Hablo desde que tengo uso de razón, digamos desde el ochenta en adelante hasta el año 2002, cuando enterramos a mi viejo en el Cementerio General. Mi papá se llamaba Humberto Martínez, igual como se había llamado mi bisabuelo y como le habían puesto a mi abuelo. Mi hermana se llama Alba igual que mi madre, Alba Ruiz. No hubo mucha originalidad en los nombres de mi familia. Me empezaron llamando Humberto chico, después Guatón Beto y hasta Betito en el círculo más cercano. Hubiera preferido me dijeran Junior. Como había visto le decía Rocky a su hijo. Junior habría sido la mejor forma de no tener que cargar para siempre con su nombre. Eso lo digo ahora, porque antes no pensaba así. El pasado uno tiende a revisarlo, y en la medida que puede lo va modificando, falsificando, cambiándolo a su antojo, dando su acomodo justo según quiera sentir la gracia del viento en las mejillas o un hielo frío corriendo por la espalda al ir cargando sus años.
La gente graba sus recuerdos como cree que ocurrieron. Como si lo que uno piensa fuera lo que pasó. Fijamos en la memoria lo que queremos recordar. Una vez fuimos a veranear a Concepción, y conversando con mi hermana, me enteré de que no se acordaba de lo que había pasado, sobre el porqué yo me había ido de la casa. Ella tenía una versión de los hechos. Según Alba, yo andaba en malos pasos, saliendo a tomar o que fumaba marihuana. Pensaba que estaba en la perdición y no era así. O no como ella lo ponía. No sé por qué tenían esa idea, a lo mejor como me juntaba con compadres chascones, usaba el pelo largo, puros prejuicios familiares. Después le conversé a mi mamá lo mismo, que Alba no se acordaba de por qué yo me había ido de la casa. Y ella dijo, es que tú te enojaste y te fuiste. Eso pasó. Entonces me puse a dudar de mi recuerdo, pero no podía estar tan equivocado, no podría haberlo imaginado. Y entonces ahí conversé con mi nana, la juanita, que lleva años con nosotros, desde antes de que yo naciera, y ella me contó lo mismo que recordaba yo. Ahí entendí que, en resumidas cuentas, ellos lo habían bloqueado.
Fue a fines del 92, cuando mi hermana ya estaba estudiando en la Universidad Católica y necesitaba algunos pesos para movilización o fotocopias. Y no era de las que pedía mucho, con becas y trabajos ocasionales siempre pudo costear sus gastos, pero en esa ocasión le pidió plata a mi papá. La verdad, es que él trabajaba, pero nunca tenía plata. Era taxista y nunca estuvo parado. De día, de noche, como fuera, pero nunca estuvo sin cumplir su rutina. De hecho hasta en la recesión del ‘80 siguió trabajando, cuando vimos aplanar las calles a muchos de nuestros vecinos, al Guatón Beto nunca le faltó la pega. Pero ese mundo laboral es parte de otra historia. El punto es que Alba le pidió para unos libros, y él le dijo: “No tengo”. Todo esto un día en que como muchos, llegaba pasado de copas, curado más bien. Se había botado al vicio poco después del terremoto del ´85, como un destino grabado en la piel, donde lo más cercano a los afectos fue curarlos con alcohol. El remedio y la enfermedad juntos, en una familia donde el trago siempre fue un problema, porque nos venía en la sangre.
Mi abuelo fue alcohólico, huérfano, se crió prácticamente solo. Mi tío tomó hasta quedar en coma, y ya hacía treinta años que no probaba un trago, porque –como le había dicho el médico– si tomaba uno más, se moría. El trago lo pone ciego a uno. Contaba mi papá que mi abuelo una vez hasta lo amarró. Lo dejó encadenado a un árbol, como a un perro, y fue a buscar a sus amigos para que lo vieran. Yo creo que todas esas cosas lo fueron traumando, lo marcaron, y agarró ese odio o resentimiento, mezclado con la adicción y cierto autoritarismo machista, que lo hizo más violento; un hombre que quiso criar bien a sus hijos, pero no supo y terminó maldiciéndolos, haciéndoles la vida imposible.
Ese año yo había empezado a estudiar Ingeniería en el DUOC, y él se había comprometido a pagar las letras. Se atrasaba, siempre se demoraba. Nunca estuve al día en el pago de nada. Me daba vergüenza ir, porque en marzo tenías que mostrar la papeleta de matrícula para entrar al Instituto. Obligado a conseguirme el talón de mis compañeros para ir a clases. Eso fue siempre así. Después dejé de ir. Debía casi toda la carrera. El asunto es que esa vez, cuando mi hermana le pidió plata y él le respondió tan mal, se me vino todo eso de golpe. “Te dije que no tengo, ¿de dónde querís que saque?”. Creo que le tiró un billete de quinientos pesos todo arrugado. Entonces ella se enoja, le dice que no le alcanza para nada y él, como estaba medio curado, empieza a insultarla, a gritarle, a tratarla muy mal, ahí ella le lanza un tazón de té por la cara, él levanta la mano, va directo a pegarle, entonces yo me meto y le doy un empujón, corren manotazos, le pego un combo, me responde con otro; nos agarramos fuerte, nos caemos al suelo, nos paramos, seguimos golpeándonos. Siempre tomábamos once en la cocina, en una mesita de diario y salimos de la cocina pegándonos. Golpes fuertes, puñetazos secos, rodaron los adornos de una repisa, cayeron las fotos, saltaron las sillas para cualquier lado. En eso, porque yo no sé cuánto tiempo estuvimos así, veo venir a mi tío corriendo, y también nos golpea para separarnos, gritándonos, o después nos grita, una vez que logra nos tranquilicemos, mientras yo me quedó muy agitado mirándolo fijamente. Y veo a mi mamá, a mi hermana, a mi tío, me veo a mí y a mi padre como si yo estuviera fuera de esa escena lamentable. Y eso no estuviera pasándome a mí, salvo porque intervengo y digo: “En esta casa no podemos seguir viviendo los dos. Aquí sobra uno”. La frase queda gravitando, la veo cómo se posa sobre nosotros. Luego mi tío me toma del brazo derecho, que me estaba sobando, me saca hacia atrás y, sin decirme nada, me lleva por el pasillo hasta la calle. Mientras voy saliendo me veo custodiado por mi lapidaria frase, pero ahora viene detrás, arrastrándose como mi orgullo, por las baldosas cuadriculadas del corredor.
Hasta ahí tenía todavía la sensación de que eso le estaba pasando a otra persona, o que ocurría en otro lugar, a otra gente, no a mi familia. Desde entonces viví en la casa de mi tío Lalo, y por algunos años, podría decir que la vida me pareció un largo día de verano: alegría, fiesta y vacaciones. A unos cincuenta pasos de nuestra casa familiar, en Santiago Concha Nº 1938, el aire se respiraba evidentemente muy distinto.
Cuando pienso en la casa paterna se me produce un corte, trazo una división en mi línea de tiempo. Un periodo lleno de accidentes, fracturas, quiebres personales que como las ramas de un árbol me impiden ver el bosque. El primero es a comienzos del ‘81. Por esos años yo era fanático de El Chavo del 8. En realidad, a todos nos gustaba ver el Chavo a la hora de once. Como había pocos canales uno tenía que optar por lo que dieran. Era un rito familiar, como ver el Jappening con Ja o Sábados Gigantes. Si mi papá estuviera vivo diría también, Vamos a ver con Raúl Matas o Sabor Latino. “Fue sin querer queriendo”, era una frase que siempre ocupaba para todo. A mí me daba mucha pena cuando lo trataban de “ratero” y debía irse de la vecindad. Pero mi papá decía “los hombres no lloran, hueón”, y me comía las lágrimas. En cambio, mi mamá decía, “los hombres igual lloran, hijo”. Ella terminó teniendo la razón.
En ese verano o creo que cuando ya habíamos entrado a clases, llegó de visita a la casa una ahijada de mi mamá, la Rina o Rita, que vivía en la playa. El baño en ese tiempo estaba afuera. Para ir al baño uno tenía que cruzar el patio. Todavía no hacía solo, así que mi mamá le dijo a ella que me llevara a hacer pichi. Me daba mucha vergüenza. Ahora que lo pienso, como que me enamoré de ella. La encontraba bonita, tenía las uñas largas, se las pintaba, y las hacía sonar en la mesa cuando comía. Ese año daban a la misma hora de El Chavo, la teleserie La Madrastra, y ella le dijo a mi mamá, ¿y usted no ve la comedia?, ¿cuál?, La Madrastra. Y entonces cambiaron la tele, teníamos una de esas Motorola, que había que pegarle cuando se le iba la señal. Si se echaba a perder mi papá la mandaba a arreglar. No compraron otra hasta que se apagó definitivamente en un punto de luz. Cuando cambiaron la tele, yo me largué a llorar, me dio una pataleta odiosa, que con dos correazos mi papá supo hacer que se me pasara. Desde ahí nos hicimos fanáticos de La Madrastra, y todos que quién mató a Patricia, no sé por cuántas semanas. En el diario La Tercera, que nos llevaban todos los días, apareció un concurso, y empezamos a mandar los cupones que venían para participar. En el último capítulo, que fue el 18 de septiembre del 81, aparece Jael Unger diciéndole, creo que a Tennyson Ferrada, que había sido Estrella. Nosotros en la casa ya lo sabíamos. Arturo Moya Grau, El Langosta, que también era el autor de la comedia, contaba que se filmaron cuatro versiones distintas con el desenlace para que no se filtrara a la prensa, quién había sido el asesino o la asesina de Patricia. Algo medio enfermizo, pienso ahora, recordando lo que pasaba en ese tiempo, con tantos crímenes sin autor, que jamás se aclararon ni mucho menos logró conmocionar a tanta gente.
*
Yo siempre he sido de carrete largo.
No me gusta venirme temprano, y si el brillo dura hasta el otro día, ahí me quedo. Soy de los últimos que se va de todos lados. Como en la canción Vasos vacíos de Los Fabulosos Cadillacs. Me acuerdo que un día domingo partí temprano donde mi primo. Me vine con mi mujer de entonces y la niña. Ellas fueron donde su mamá, que también vivía en Puente Alto. El asunto es que cuando estaba donde mi primo quise venirme. Estaba muy complicado y me sentía extraño, no lo estaba pasando bien, al menos si seguía haciendo caso a ese malestar. Llame a Elisa y le dije que las pasaría a buscar, porque me quería ir para la casa. Justo una semana antes yo había estado con mi papá, porque me había pedido le hiciera un favor, que lo fuera a buscar a la Carretera. Entonces pensé que andaba pescando en Rapel, pero no, había salido con mi abuela. Él no era de visitar mucho a su mamá, pero estuvo como un año yendo muy seguido a su casa, en la parcela de San Bernardo. Ese fin de semana se habían ido juntos a Las Termas de El Flaco. A él le gustaba ir a las termas, a los baños turcos, a saunas. Esa tarde me llamó y me dijo que lo fuera a recoger del viaje. Él tenía un taxi y nunca le prestaba el auto a nadie. Yo aprendí a manejar en autos prestados. No en el suyo, porque él era así, las cosas son de uno y cuando se tienen las propias uno se hace más responsable. Nunca entendí mucho a qué se refería, y ahora tampoco sabría explicarlo. Tomar su auto formó parte de esas prohibiciones implícitas que uno debía respetar, pero que en esa ocasión fue subvertida por él mismo. “Humberto, ven a buscarnos”, me dijo, y entonces los fui a esperar a la Panamericana con Colón. Desde ahí fuimos hasta San Bernardo con mi abuela, por allá por el Cerro Chena, y luego nos vinimos a la casa de Arauco. Había vuelto a vivir con ellos hacía algunos años y nos pusimos a conversar como nunca lo habíamos hecho. Le fui contando que había empezado a trabajar como profesor, y él me decía qué bueno, ahora vas a tener tu sueldo, no te preocupes por nada, tu plata es tu plata… El mismo discurso de tiempo atrás, que ya me sabía de memoria. Pero él lo negaba, diciéndome que esto no sería lo mismo de antes. Habían pasado como diez años desde que me había ido. Y él insistía, con que tú ahora tienes una hija, tienes que formar una familia, no pueden andar viviendo en cualquier lado, vente con la Valentina y tu mujer a la casa. Yo no te voy a molestar con nada, no te va a faltar nada. Vas a empezar a tirar para arriba, te va a ir bien, uno se merece que le vaya bien, cuando le ha ido mal. Me había casado muy joven, estaba criando una hija, no tenía casa, y apenas podía decir que ahora, con un contrato indefinido, me sentía trabajando por lo propio.
Durante toda esa semana trabajé tranquilo, hasta que me entero de que el domingo en la mañana mi papá había tenido una complicación cardiaca y la Coronaria Móvil había venido. Él nunca tuvo Isapre, Fonasa ni nada, aparte de que siempre había sido una persona bastante sana. Era un tipo muy alto, con unas manos inmensas, de esas que cuando uno le daba la mano, la de uno parecía la de un niño. Se perdía uno en esas manos de trabajador. Ese fue el día cuando yo estaba en Puente Alto y me quise volver. Era extraño estar haciendo el recorrido inverso, a esa hora y sin más motivo que mi intranquilidad. Mi mujer no me cuestionaba mucho esas cosas, aunque incluso era más impulsivo que ahora en mis decisiones. Llegamos a la casa y como siempre, porque para estacionar mi auto, tenía que sacar el suyo del garaje y meter el mío de cola, fue que noté algo raro. Las llaves, que tenía que ir a pedirle, y que siempre lo ponían a uno en evidencia sobre a la hora en que llegaba y en qué estado lo hacía, fue un primer detalle: había dejado su llavero sobre el televisor. Estaciono los autos, vuelvo a dejar las llaves donde mismo y me acuesto. Estaba nervioso, pero no se lo comenté a nadie. No sé cuánto habrá pasado, pero de pronto siento: ¡Humberto, Humberto, tu papá! Me levanto, entro a su pieza y lo veo morado. Él debe haber pesado unos 140 kilos, lo tomo en brazos no sé cómo, lo bajo de la cama, lo recuesto en el suelo y empiezo a hacerle masaje cardiaco, respiración boca a boca; gritando le digo a mi señora que llame a la Coronaria. En eso van a buscar a mi tío, llega mi tía, yo intentaba seguir reanimándolo, pero la ambulancia no llegaba. En toda esa demora y en lo imposible de los esfuerzos que hicimos, mi viejo se nos fue. Yo sentí cuando iba saliendo. Aunque uno crea o no en el alma, lo que salió de él fue el alma. 21 gramos que se escapaban entre mis palmas extendidas. Cuando los enfermeros llegaron él ya estaba muerto hacía media hora. Los vi entrar y tuvieron que afirmarme para que no les pegara. Tuvieron que irse apenas entraron al living. Eso provocó un tremendo problema, porque cuando llamamos para que vinieran a constatar la data de muerte y certificaran que había muerto en su casa de un paro cardiaco, dijeron que no pudieron entrar porque quisieron pegarles. Puros problemas. No necesitaba que me dijeran lo que ya sabíamos. Tuvo que venir a las horas otro médico para certificar y evitar con eso que lo llevaran a la morgue. Acto seguido me fui al mall de los cajones: al Hogar de Cristo. Así que ahí estuve, eligiendo dónde íbamos a depositar la enorme humanidad de mi viejo. Pensé en que uno de madera habría sido de su gusto, muy sencillo, porque durante algún tiempo se dedicó a la artesanía. Me ofrecieron como si fueran Combos de ofertas, distintas variaciones de velorio: uno con tantas flores, un cantor, una mujer con violín y otros detalles que, si uno no está armando un velatorio, encontraría innecesarios. Le dije al vendedor que era un poco más alto que yo, pero el doble de grueso y que creía que podríamos andar muy justos con el ataúd que me estaba mostrando. “No, si éste es sólo un modelo, le vamos a mandar el más grande, no se preocupe”, me dijo. Sale un 1 millón 400 mil pesos, ¿cómo se paga?, con cheques. Vamos tirando cheques. Daba lo mismo si había plata o no había plata, había que enterrarlo igual. En este caso: Porque la muerte era ahora. Volví a la casa, estaban mis tíos, mi hermana todavía no llegaba desde Concepción, venía manejando sola, y fue entonces cuando yo creo que escuché las palabras más tristes que nunca había oído. Veo a mi mamá deshecha al lado de su cama y me dice: “Humberto, dile que me hable. Dile que me conteste. Quiero conversar con él. Dile que me diga chao.” Ahí recién me di cuenta, en toda mi vida, que mi mamá estaba enamorada de él.
Al rato llegó el cajón, un cajón de mierda, chico. No habría cabido ni en cuclillas. Subí y bajé por teléfono al compadre que me lo vendió. Me dijeron que entonces iban a mandar otro ataúd, uno de metal, que llamaban de tipo militar. A mi papá le encantaban los milicos, era de los que haciendo el servicio se había enamorado de las Fuerzas Armadas. Evidentemente, fue un viejo ultrafacho y vivió toda su vida defendiendo el Régimen. Nunca, mientras estuvo de taxista lo vi dejar de trabajar. Fue hasta chofer de los clientes y las bailarinas del Maxim. La vida nocturna durante el toque de queda tampoco lo hizo guardarse. Vivió la bohemia ochentera sorteando esas sombras, lo mismo que subiendo los kilos y mermando los pocos ahorros que lograra reunir. Sin embargo, hablaba de esos años como de bonanza. Con el tiempo entendí que no se refería a la serie de pistoleros que veíamos, sino que a cierto bienestar económico que él decía estábamos pasando con los militares. Nunca supimos en qué gastaba la plata y si alguna vez la tuvo, jamás tuvimos alguna regalía mayor en ese ni en otro tiempo. Tal vez por lo mismo terminé convenciéndome de que con el gobierno que haya los pobres vamos a tener que trabajar.
El famoso ataúd militar anduvo apenas un poco mejor. Según ellos, por las molestias, agregarían un celista, dos coronas de flores y otro auto para la comitiva. Pero algo que esta vez no consideramos, fue que cuando intentamos meterlo al nicho, el hoyo resultó ser más angosto. El cajón prusiano no cabía, medimos con una huincha de sastre cuánto le faltaba, y debimos pedir agrandaran la cavidad en el muro. Con tantas vueltas, no faltó quién dijo que iba a gritarnos unas chuchadas desde adentro. Sin embargo, antes que eso, haciendo los trámites en el Cementerio, me llevé la última sorpresa de mi padre. Fui a la oficina y de entrada me dijo el dependiente, imagino por mis facciones: Ah, su papá vino el otro día, hace como dos semanas… ¿Viene por el mismo trámite? No, vengo a enterrarlo, dije yo. Mi papá había ido hacía unos quince días a gestionar su propio entierro. Muy en el fondo, supuse era un hombre de detalles y cuidados.
Durante la misa el recuerdo que tengo es todavía más extraño, de ensueño, como sacado de la película Big Fish: un lugar lleno de gente, de amigos, parientes, viejos compadritos del barrio y también muchísimos desconocidos. Mi papá fue del tipo “un millón de amigos”, y ellos tenían una visión muy distinta a la que teníamos nosotros de él. Cola para entrar, cola para salir de la iglesia. Tiene que haberse sentido muy orgulloso, si es que estaba mirando, al ver lo gigantesco de su funeral. Mientras la lírica más cantaba, la gente más lloraba desconsolada. Yo no lloré para el funeral de mi papá. No lloré ni ese día, ni al otro, ni a la semana siguiente. No derramé una sola lágrima, ni sentí que el mundo se me desmoronaba. Tal vez porque en algún sentido, pese al carácter repentino de su muerte, ya estaba preparado para que ocurriera. Después de todo, diez años no hice otra cosa que intentar borrarlo de mi vida. Sacarlo, conseguir matarlo dentro de mí, sin mover una arruga de su ceño. Más cuando convertido en un fantasma yo fui el lugar preferido de sus apariciones.
Creí que no valía la pena llorarlo.
Quería tener otra imagen suya, menos dolorosa, sin tristeza: la de un hombre sano, alto y gordo de 58 años, que muere de la noche a la mañana, que deja de respirar sin previo aviso, siendo consecuente con el enigma que había sido su vida. Recordaba a mi madre, diciéndome, dile que me diga chao. Acaso yo también esperaba esa respuesta. Desde entonces fui a verlo todos los domingos, sin faltar ninguno y durante casi dos años, al Cementerio General donde descansaron sus restos. Creo que lo vi muchas más veces de muerto que cuando estaba vivo.
Siempre me quedaron dudas sobre su muerte, tanto como para seguir especulando qué había sido, en verdad, de su historia. La que nosotros no conocíamos. O la que pensamos debía haber llevado. Siempre creí que su muerte me golpearía más fuerte de lo que fue. Que el dolor me inmovilizaría, porque en ese sentido la culpa seguía rondando irrevocable, lo imposible de rebobinar el tiempo y haber evitado levantarnos la mano.
A los pocos días de su entierro, no sé porqué me dio por revisar las tarjetas de condolencias y saludos que habíamos recibido. Para reconocer alguna familia entre todos esos nombres desconocidos, que nos sonara cercana por su apellido, dando al fin creía yo, con la otra supuesta mujer del guatón Beto, el nombre de sus hijos, sobrinos, ahijados, que viniera a cerrar lógicamente una doble vida. Pero no. Nada. Estuve en eso hasta que alguien comentó que como la casa estaba a su nombre, cualquier heredero habría sido un problema mayor, más cuando las viejas paredes, el esqueleto de listones, vigas y adobe que componían el caserón de Arauco estaban tanto o más deterioradas que la familia que escondía ese techo. Haber seguido intentando mover un solo palo, habría sido echar abajo lo que a duras penas se había mantenido en pie por tantos años. Habría sido como atentar contra la palabra hogar que habíamos cuidado proteger, de los embates internos de nuestra sangre, las pequeñas traiciones y la torpeza de no haber ensayado nunca las frases de perdón.
*
Cuando me encontraba en el último semestre de universidad, terminando algunos ramos finales, decidí aprovechar esos meses para arreglarme los dientes y sacarme algunas muelas que me venían atormentando. Siempre le tuve pánico al dentista. Pero la ley de la compensación sería mayor, si el Pedagógico pagaba esas extracciones, me dije. Fui a pedir una fecha de atención, como se había hecho costumbre hacerlo, a esa hora espectral e imposible de las 5 de la madrugada. Y a pesar de lo que pudiera pensarse no fui el primero en llegar, cuando el reloj marcaba las 5.22 a.m. en la ancha avenida de José Pedro Alessandri con Grecia, una mañana fría y despejada de autos, buses, piedras y lacrimógenas. ¿Quién sabe cuánto duraría aquella escena congelada en el silencio?
Esa semana tenía mi auto en el mecánico por lo que fui en el taxi de mi padre.
Podría contar con una mano las veces que hasta entonces lo había usado, y esta ocasión completaba esa reducida cifra. Durante el tiempo de la espera fui abarcando cada centímetro del Toyota Célica: Un grueso volante, las curvas del panel, el interior gastado, pero acogedor, de un auto usado como transporte público por casi dos décadas. Cuántas personas, cuántas voces, cuántas historias, cuántos lugares sin destino y su retorno. Entregado a esas reflexiones me fui deteniendo en el curioso y llamativo espejo panorámico que mi viejo había instalado, para tener aunque fuera de reojo algún control con lo que pasaba a sus espaldas mientras manejaba. Me quedé mirando, apenas iluminado por la luminaria de la calle, mi estatura, mis facciones, la boina que había venido usando en esos días. Y entonces fui quedándome absorto en el rabillo del ojo, en mis pupilas negras esquivando la luna en el espejo que resplandecía, desdibujando sin querer mi rostro palidecido. Una cara familiar y cercana, muy conocida, vista por más de veinticinco años, pero que de pronto fue endureciéndose, dejando se marcaran las mejillas, surcaran los pómulos, abultara el grosor de la nariz, el pliegue de los labios, el caer de una papada, penetrando el brillo de unos ojos que me miraban desde el fondo de un túnel. Vi a un hombre bordeando los sesenta años, confundido en el reflejo de su hijo, quien todavía no cumplía treinta, y había desaparecido por completo de esa cara. Entonces lo vi: Sus ojos en forma de pregunta, su mirada de atención, una extraña forma de ternura que aún no sé si sería verdadera, pero que logró unir, en lo imposible de un puente abatido por la tormenta, lo dos momentos suspendidos en la deformación del tiempo dentro de un viejo taxi.
La ilusión se rompe con mis dedos acomodando el espejo retrovisor, queriendo borrar el fantasmal reflejo de esa historia familiar. Y me quedo con mis dedos, que siguen siendo las manos de mi padre, contrario a lo que creí hasta antes de gritarnos lo que nos separaba, y hoy me resultan dos antiguos maderos, a los que regreso cuando me siento solo en un invierno contrario a los afectos. Y yo sólo quiero un buen árbol donde arrimarme y mirar los jardines florecidos de mis años perdidos en el Barrio Franklin. Dedos enormes, en palmas extendidas con grietas y venas fluviales por donde circula una sangre que me pertenece y terminaré dejándola correr por este río de palabras, que hoy ya no me animo a seguir nombrando.
Texto y fotografía: Roberto Contreras
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* Explicación del método:
Soy de Franklin-Matadero habla de mi amigo y colega Humberto Martínez, de una parte de su vida, la que llevó en ese barrio, tal y como él me la fue contando, y tal como luego yo se la cuento a él por medio de estas líneas.
Este es el resultado de las conversaciones y el trabajo de campo que desarrollé por medio de nuestro diálogo constante, entre un café, los cambios de hora en el colegio y a partir de un significativo recorrido con él por las calles de su infancia y adolescencia, durante el día 21 de septiembre del 2007.
R.C.
