Los vuelos de Minerva
Sobre La era de la discrepancia arte y cultura visual en México 1968-1997

Muestra artística en Museo Universitario de Ciencias y Artes (MUCA), Universidad Nacional Autónoma de México, 24 de febrero-30 de septiembre de 2007.
El pasado es una cosa extraña, escurridiza. Donde, como bien decía Nietzsche, no hay hechos, sólo interpretaciones. Esta frase reveladora aunque poco feliz, pues paradójicamente siempre corre el riesgo de malas interpretaciones, nunca conduce a un nihilismo pasivo sino a la voluntad misma de crear. En este sentido, la exposición La era de la discrepancia: arte y cultura visual en México 1968-1997 es tan solo una interpretación posible del arte en México. Una creación, como poética, que genera una visión, que revela a la vez que oculta.
El marco en el que se establece la propuesta de La era discrepancia… puede ser cuestionable en tanto que propone no sólo como pretexto cronológico, sino también como posible línea discursiva, dos eventos políticos singulares en la historia de México: la represión de 1968 y la revuelta de 1994. Sin embargo, estas fechas no pretenden ser significativas en sí, sino que buscan en-marcar un periodo de sucesivas crisis y convulsiones tanto políticas como económicas, sociales y culturales en el país. En suma, partir, que no exponer, del conjunto de elementos que delimitaron la configuración de posibilidades tanto para la construcción de saberes como para la expresión del desacuerdo.
Desde la estructura de una sui generis dictadura de partido en descomposición, que, a diferencia de los regímenes totalitarios de Latinoamérica, no ejerció una política de represión directa sobre la creación y los artistas (sino que neutralizó las prácticas a través de una perversa política estatal), las artes y cultura que expresaban una posición crítica hacia las condiciones prevalecientes no participaban ni de los proyectos estatales ni de los recursos oficiales (1), lo cual, sumado a la inexistencia de un mercado propio y la escasez de espacios independientes, llevó a que la creación artística en México encontrara su propio cauce a contracorriente. Más que contracultura —un término problemático para caracterizar las prácticas aquí reunidas—, la creación durante este periodo puede entenderse como experimental, como una búsqueda que a veces encontró una forma estable y contundente de manifestarse y, muchas otras, se perdió en la propia experimentación.
En cualquier caso, la decisión de tomar estos dos momentos como ejes para exhibir la actividad cultural en México no es una propuesta por un arte político que responda a la violencia de los eventos que la suponen, sino que es un recorrido por la creación en un Estado en disgregación que, en su intento por no permitir un disenso desde la propia estructura política, dejó que la discrepancia se expresara desde la periferia y la precariedad, lo cual generó la contradicción de producir una obra cuya potencia inusitada era, a la vez, invisible y sin resonancia. Gran parte de los artistas y colectivos de estas tres décadas nos son completamente desconocidos y, parafraseando a Nietzsche, esto tiene un buen fundamento: No los hemos buscado nunca.
La era de la discrepancia arte y cultura visual en México 1968-1997 es un buen principio. Y el catálogo de esta exhibición se presenta como la herramienta más contundente. El catálogo de una exposición supone, en general, una investigación que va más allá de la simple memorabilia y, en este caso específico, es un trabajo importante, pues es una investigación exhaustiva que reúne prácticas heterogéneas y radicalmente distintas que hasta ahora habían sido trabajadas de manera aislada y medianamente fuera del espacio académico que, aunque políticamente problemático por las estructuras de autoridad y legitimación de cierto discurso que estabilizan la historia, conquista un lugar de visibilidad para poder trabajar en ellas. Más que reflexión posterior de la exposición, este catálogo supone una condición de posibilidad para ella, no sólo como basamento, sino en la medida en que la investigación, el fuerte sentido crítico de los textos y el material gráfico que allí se encuentran, superan con creces las limitaciones de la exposición, que por momentos sufre de cierta fetichización de objetos y sobre valoración de algunos artistas oscureciendo prácticas y procesos. El catálogo de La era de la discrepancia desarrolla de manera crítica, a través de textos y de documentación específica sobre la obra y los artistas de cada sección, los nueve ejes temáticos propuestos para la organización de la exhibición: salón independiente, mundo pánico, sistemas, márgenes conceptuales, estrategias urbanas, insurgencias, la identidad como utopía, la expulsión del paraíso e intemperie.
No tendría ningún caso tratar de resumir o exponer cada una de las secciones que componen esta lectura sobre el arte en México; baste decir que los textos del catálogo, la documentación de cada apartado y el material gráfico que lo acompaña, permiten dibujar la compleja cartografía que La era de la discrepancia… propone.
De manera general, podemos decir que uno de los logros de este catálogo es que su línea discursiva supone un cuestionamiento a la noción misma de “arte nacional”, pues más que construir una idea del arte mexicano estableciendo una especificidad ligada a lo nacional (2), genera un recorrido heterogéneo y caleidoscópico de la creación en México, investigando no sólo la producción de artistas “nacionales”, sino además las de aquellos que, sin importar nacionalidad, razones de permanencia o duración de su estadía, trabajaron desde las condiciones que imponía México como espacio de creación y de vida a lo largo de tres décadas. La contundencia que logra La era de la discrepancia es la de la visibilidad del arte contemporáneo en México desde, cuando menos, hace cuarenta años. Es evidente que mucho queda afuera y los artistas y obras seleccionados están ahí sosteniendo la tesis que los curadores quieren afirmar. Ni la exhibición ni el catálogo es una “pura” revisión histórica sino que es una interpretación que busca establecer una lectura de la historia del arte contemporáneo en México, de sus avatares, sus búsquedas, sus figuras consolidadas a partir de una construcción de visibilidad que es todo menos neutra, parcial, e inocente. No podemos perder de vista que establecer un discurso que recupere la historia es también un modo de hacer presente y de consolidar coordenadas para situarse.
Habría que decir, sin embargo, que la propia estructura narrativa de la propuesta de La era de la discrepancia… parece tomar el pasado para explicar el presente. Tanto la exposición como el catálogo cierran magistralmente con la pieza Cuentos patrióticos (1997) de Francis Alÿs, video en el que se observa un número creciente de ovejas circulado alrededor del asta bandera del Zócalo. Esta pieza, que a la vez que hace referencia a 68, al re-elaborar un episodio de resistencia civil donde los manifestantes llevados por el gobierno balaban como ovejas para hacer evidente su condición de sometidos y acarreados, es referente también del “esplendoroso” arte contemporáneo mexicano al ser Francis Alÿs un artista local completamente adaptado y adoptado por el sistema internacional del mercado del arte. El círculo es perfecto, tal vez demasiado. Y la sensación es que el presente del arte en México, definido por un lado por la presencia a nivel internacional de artistas como Gabriel Orozco, Francis Alÿs, Santiago Sierra, Carlos Amorales, Melanie Smith y Miguel Calderón (por mencionar algunos nombres), y por otro lado, por la “consolidación” de galerías, colecciones, coleccionistas y un cierto mercado nacional, marca otro momento en el que, por fin, se ha alcanzado cierta estabilidad, como si todo el precario recorrido del arte en México las últimas tres décadas fuera la razón de su hoy consolidada presencia en el star system internacional.
Es evidente que en toda narración sobre el pasado hay supuesto un “final” que permite elaborar la historia, como si, tras el anochecer, se pudiera, como el búho de Minerva, emprender el vuelo. Pero, tal vez esta sea una mirada equivocada y, quizás, no sea imprescindible establecer una teleología para interpretar la historia, quizás sea un buen momento para dejar ir al búho que siempre con su vuelo olvida más de lo que recuerda. Tal vez la historia no es la narración desde un pasado consumado sino más bien una posible interpretación de entrecruzamientos temporales y de modificaciones de condiciones de saberes; de prácticas en las que, sin importar las configuraciones, es siempre posible discrepar.
Habría que recordar el fundamento supuesto, tanto en la exhibición como en el catálogo de la propuesta: la discrepancia. El momento alcanzado por el arte mexicano y su eventual momento estelar no debe paralizarnos para continuar con la tarea básica de toda política como posibilidad de creación. Ojalá la interpretación de La era de la discrepancia arte y cultura visual en México 1968-1997 no sólo logre el desacuerdo sobre el pasado, que es necesario para construir nuevas visiones y nuevas poéticas, sino que a la par también construya una discrepancia sobre el presente y lo por-venir. El primero de agosto de 1968, Javier Barros, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, dijo en defensa de la autonomía universitaria: “Atacan a la universidad porque discrepamos. Viva la discrepancia que es el espíritu de la universidad. Viva la discrepancia que es lo mejor para servir”. Hoy podemos decir: viva la discrepancia porque es la única manera de seguir viviendo, viva la discrepancia porque es la única manera de seguir creando.
Texto: Helena Chávez Mac Grgeor, México D.F.
Fotografías: Héctor Julián Coronado Cervantes
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NOTAS:
(1) Esto, por un lado, no quiere decir que no hubiera algún tipo de censura y represión directa y, por el otro lado, tampoco quiere decir que no hubiera una clara línea de arte oficial al cual sí se le otorgaban espacios y visibilidad. Sino que, en tanto que estructura de represión oficial, ésta no estaba focalizada en los artistas y había cierta confianza en que la propia precariedad del medio, así como la falta de “espectadores” y lectores neutralizarían las propias prácticas sin necesidad de censurar y perseguir.
(2) La idea del “arte nacional” hace tiempo debiera estar superada y, sin embargo, resurge con el advenimiento de algún artista “nacional” en la escena global, ya sea como apropiación de una “figura” para fines que nada tienen que ver con lo artístico sino más bien con la búsqueda de un arquetipo, como es el caso de Frida Kahlo o con la consagración en el star system internacional de algún artista mexicano.

