Chile país sin lectores
A propósito del Maletín Literario
Es muy curioso, pero cuando pienso en que uno escribe, publica, tiene un sello y una página dedicada, en algún sentido, a la literatura, no puedo obviar lo que comentaba hace muy poco Jaime Pinos, sobre la afirmación de Jorge Teillier, quien decía no tener en el país más de 500 lectores de sus libros; lo mismo que Phillip Roth quien aseguraba Pinos, había sostenido años atrás, que en Estados Unidos apenas quedaban unos veinticinco mil lectores de literatura. La pregunta evidentemente se cae de madura: ¿Podríamos considerar a Chile un país de lectores? Es muy probable que no, ya que a la luz de los números –y si agrego mi propia experiencia más empírica como profesor de Lenguaje y Comunicación (entiéndase “el viejo de Castellano”)– las cifras resultan alarmantes, al constatar que mis alumnos, tarde, mal y nunca, toman o terminan algún libro, ante el paraíso ganado de los resúmenes o reseñas, en ocasiones, muy completas que circulan por miles en la web.
Los niños chilenos y, por extensión, tampoco sus padres leen.
Sin embargo, este año quiere ser revolucionario, al impulsarse una campaña dispuesta a barrer con el analfabetismo ilustrado, creando bibliotecas básicas en hogares de escasos recursos, con el llamado Maletín Literario. Un paquete de textos que a partir de abril del 2008 intentará convertir en lectores cautivos a ese 70% de ciudadanos que no toman un libro ni por broma, salvo hacer la revisión del diario en sus páginas policiales-pasionales o recorrer los “pie-de-foto” de las modelos y el futbolista de turno, diciéndonos cuál elevado es el nivel de discusión social en un país que se dice moderno.
Leer o no leer, esa es la cuestión.
Un kit de literatura portátil
El 21 de mayo en el marco del discurso presidencial y bajo el lema Más y mejor educación la Presidenta Bachellet propuso que, entre varias medidas para fomentar la lectura, se creara un Maletín literario. La iniciativa buscaría estrechar la desigualdad de los chilenos a la cultura, entre los que tienen libros y los que no tienen acceso a ellos.
El programa apunta a distribuir el capital del conocimiento de una manera democrática y entregar las herramientas que permitan a las familias de menos recursos acceder al mundo de la lectura, para mejorar su calidad de vida a través de sus innumerables beneficios.
El maletín contendría los siguientes elementos:
* Atlas: Una colección de mapas de Chile y el mundo, actualizado al año 2007. Idealmente en un solo volumen.
* Diccionario Enciclopédico: Un compendio que aborde una amplitud de temas de manera equilibrada, relacionados con la lengua y con cultura general. Año 2008, en un solo volumen.
* Libros de literatura chilena y universal: La incorporación de esta área tiene por objetivo, entre otros, incrementar el conocimiento existente en torno a las obras de autores nacionales y extranjeros, tanto en cuentos, poesías, y otras narraciones, dirigidas tanto a niños, jóvenes y adultos de nuestro país, de manera de contribuir al desarrollo del hábito lector.
La iniciativa, a mi modo de ver, resultará impactante considerando que cruza varios aspectos –aparte de lo abiertamente positivo que se entreguen libros a familias pobres– al abrir un legítimo espacio de discusión, primero respecto a la asignación y destino de los recursos: Los que se estiman corresponderían a 11 millones de dólares, destinados a la compra y entrega de una cantidad de ejemplares a las familias beneficiadas.
Sin duda, como nunca se había dispuesto tanto dinero en una campaña que, si bien no pondrá a leer a medio mundo, cuando menos conseguirá eliminar el prejuicio de no leer por falta de libros o plata. Pero, ¿es eso lectura para todos?
Leer sólo 50 libros
Recién el 02 de octubre los trece jurados –Hugo Montes, José Miguel Varas, Marta Blanco, Patricia May, Ana María Zurita, Alberto Fuguet, Benito Baranda, Rafael Gumucio, Omar Lara, Felipe Alliende, Viviana García, Jorge Zambra y Elicura Chihuailaf– que participaron en la confección del material que contendrá el Maletín Literario, definieron la lista de 49 textos, apenas medio centenar de los títulos que integrarán esta iniciativa. La tarea ahora quedará en manos de la directora de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM), Nivia Palma, quien deberá revisar la lista entregada por los jurados, que servirá como base para la adquisición de los libros.
Entre los textos escogidos figura en primer lugar un Diccionario Enciclopédico, que según se acordó será el único que estará presente sin excepción en los maletines literarios que serán entregados el próximo año a 133 mil familias. Además, se concluyó que cada pack deberá incluir desde un comienzo además obras de autores nacionales y extranjeros, considerando obras tanto para un público infantil como adulto.
LOS TEXTOS SELECCIONADOS:
1. Diccionario Enciclopédico y Atlas geográfico
2. Horacio Quiroga “Cuentos de la selva”
3. Edmundo D’Amicis “Corazón”
4. Hans Christian Andersen “Cuentos clásicos para niños”
5. Andersen, Grimm y Perrault “Cuentos clásicos”
6. Angélica Edwards “Cuentos de Grimm y Perrault”
7. Hermanos Grima “Antología de cuentos”
8. Hans Christian Andersen “Antología de cuentos”
9. Oscar Wilde “El príncipe feliz y otros cuentos”
10. Oscar Wilde “El ruiseñor y la rosa y otros cuentos”
11. Violeta Diéguez “Jugando con las palabras”
12. Gabriel García Márquez “Cien años de soledad”
13. Jack London “El llamado de la selva”
14. Osvaldo Torres “Cóndor Mallku”
15. Adap. José Quidel “Un niño llamado Pascual Coña”
16. Francisco Coloane “Cabo de hornos”
17. Francisco Coloane “Antología de cuentos”
18. Manuel Rojas “El delincuente y el vaso de leche”
19. Manuel Rojas “Hijo de ladrón”
20. Isabel Allende “La casa de los espíritus”
21. Robert Louis Stevenson “La isla del tesoro”
22. Antoine de Saint Exupery “El principito”
23. Floridor Pérez “Mitos y leyendas de Chile”
24. Daniel Defoe “Robinson Crusoe”
25. Gabriela Mistral “Antología de poesía”
26. Pablo Neruda “Todo el amor”
27. Pablo Neruda “El libro de las preguntas”
28. Marta Brunet “Aleluyas para los más chiquitos”
29. Esopo “Fábulas”
30. Graciela Beatriz Cabal “Tomasito”
31. Mariana Bravo Walter “La cocina popular chilena”
32. Themo Lobos “Ogú y Mampato”
33. Goscinny “Asterix”
34. Hergé “Tin Tin”
35. Dinie Akkerman y Paul Von Loon “Para atrapar la luna”
36. Tim Burton “La melancólica muerte de Chico Ostra”
37. Tim Burton “Los dinosaurios”
38. Cecilia Beuchat “Atrapalecturas 1″
39. Violeta Dieguez “Adivitrabalenguas”
40. “Libro de Tobías”
41. Hernán Rivera Letelier “La reina Isabel cantaba rancheras”
42. Viktor Frankl “El hombre en busca del sentido”
43. Franz Kafka “La metamorfosis y otros cuentos”
44. Ernest Hemingway “Cuentos”
45. J.D. Salinger “El guardián entre el centeno”
46. María de la Luz Uribe “Cuentecillos con mote”
47. Oscar Castro “Cuentos”
48. Ana María Pavez y Cosntanza Recart “Kiwala y la luna”
49. Marcela Paz “Papelucho detective”
Un dato a considerar, es que “no necesariamente todos los maletines serán iguales –señala Nivia Palma– una familia puede recibir un maletín donde está la obra de un autor, y otra familia puede recibir otra obra de ese autor en su maletín. Lo que sí, todos recibirán el diccionario enciclopédico”, explicó en la directora de la Dibam.
Aparte de decir que no superan los 50 títulos, tampoco hay seguridad de que estos lleguen y a mi modo de ver, abre otra polémica, quién decide qué o cuántos de esos libros leerá determinado grupo familiar.
Y ahora viene la otra ruleta rusa, quién se acredita la licitación de los miles de ejemplares. José Miguel Varas, dijo que “debe haber mucha transparencia porque están en juego intereses muy grandes. Sacar 133 mil ejemplares de un libro es el sueño dorado de cualquier editorial, incluso de las trasnacionales”. La inversión para la concreción del proyecto, aseguró Nivia Palma supera los $ 2 mil 375 millones de pesos. De igual modo, la Contraloría debe revisar las bases, en lo que no debiera demorarse más de un mes, y después se levantará una licitación pública en el portal Chilecompra “que debiera ser en diciembre y de ahí vamos a esperar lo que los proveedores del mercado editorial nos propongan en términos de precio”, concluyó la responsable.
Libros y lectores
Frente tan variada y curiosa lista, la reacción no se ha hecho esperar y han salido voces en defensa u ofensiva, desde los que consideran que es como una gota de agua en el desierto, pasando por los que, fundamentalmente, creen que sin libros no hay lectura (algo es algo), hasta los más escépticos y fatalistas arguyendo que la famosa cajita será vendida en ferias o cambiada por droga en los barrios miserables de la capital y regiones.
Me llama la atención de entrada el que se repita con dos títulos Neruda y Manuel Rojas (en lugar de ceder el puesto a otro, con uno habría bastado), o que aparezcan a falta de uno, dos raras publicaciones del cineasta Tim Burton. Libros que aparte de ser discutibles como literatura infantil, y que sería cómo se les está metiendo a la lista –todos sabemos lo excelente que es, en cambio, como director de cine– se me ocurre sólo acrecentaría el costo de la canasta lectora, ya que al menos La melancólica muerte del chico ostra cuesta más de 15 mil pesos y es editado por Anagrama. Sigo pensando en lo innecesario si se buscaba acercar a los “posibles lectores infantiles” al cómic, aunque no pongo en duda su calidad, para un lector asiduo es, porque lo leí, un libro hermoso, aun así no lo justifico. Ahí habría que operar, a una menor inversión, fomentando su inclusión, por ejemplo en Bibliotecas públicas o el Bibliometro. Y dentro de su área, gráfica, ya estaría cubierto por Tin Tin, por Mampato, más el cautivante y jocoso Asterix. (En este punto no me detendré en la polémica suscitada entre Marta Blanco y Álvaro Bisama, en lo concerniente a los libros de “monitos”).
Para mí, apelando al canon chileno, debería haber menos hermanos Grimm, Anderson y cuentos infantiles de Wilde, por más de la familia Parra. Hablo de Violeta Parra, una biografía que incluya sus cientos de canciones y aspectos de su vida, La Negra Ester en décimas de Roberto Parra y evidentemente los Poemas & Antipoemas del nonagenario Nicanor que brillan por su ausencia. Fuera, por ejemplo, Rivera Letelier o la antología de Floridor Pérez, y en su lugar algún libro de buenas crónicas actuales de Roberto Merino, Francisco Moaut, Rafael Gumucio o las Postales Urbanas del mismo Bisama. Echo de menos a Cortázar, a Monterroso o cualquier compilado de microcuentos (diciendo lo fácil que puede resultar escribir en breve); ni hablar de lo necesario que habría sido alguna novela de la saga del detective Heredia. Un solo libro de Ramón Díaz Eterovic, a mi modo de ver, habría hecho la diferencia en un pequeño chapuzón en las inmundicias de la corrupción y el crimen chileno de estas últimas décadas, para los que necesitan ver por escrito lo que ya no cabe en sus ojos. Mención aparte ocupa el libro de Cocina popular para mujeres que tienen que hacer malabares cada día parar la olla, y a las que no sería un manual de la correcta cocina una ayuda, sino decirles cómo favorecer la injusta balanza del sueldo mínimo, para que puedan sentirse en verdad dueñas de casa, y pensar en sentarse a leer un libro.
El chiste de humor negro, diría, a propósito del tamaño de las viviendas de Un techo para Chile: ¿En qué lugar de los 18 mts2 se ubica una biblioteca?
Revisando la prensa las visiones son variadas, y puntualmente en La Nación Domingo del 21 de octubre de 2007, Alejandro Zambra señalaba “la idea es que haya bibliotecas donde los niños puedan hojear los libros sin culpa, lejos de las obligaciones. La alternativa al maletín es obvia, y para mí deseable: tomar esa plata y que edite el Estado”. Volver a replantear, agregaría yo, como ocurriera a comienzos del ’70 con Editorial Quimantú, un tiraje de 50 mil ejemplares y a un precio menor al de una cajetilla de cigarros. Por su parte el critico Julio Ortega, señala que sobre la base de que los lectores son los más jóvenes, pensar que alguien que debe trabajar para sobrevivir, difícilmente podría comprarse un libro muy seguido, y acota: “Es el sector con menos capacidad adquisitiva, es un lector perdido frente al costo de los libros. Deberíamos tener como en otros países un Día del Libro, que instaure la corriente de regalar un libro. La lectura es un hábito y se adquiere para siempre o para siempre se pierde”.
Un poco más radical es la postura de Mauricio Electorat, quien se tira en picada en contra del IVA, para nadie es un misterio que los libros en Argentina cuestan la mitad o que hay una gran proliferación de editoriales en Perú, Brasil y México. Electorat fundamenta: “No se le puede decir a la gente lean, y luego cuando van a comprar un libro, resulta que el precio es prohibitivo; por lo tanto, el estado debe subsidiar el precio del libro, bajándole sustancialmente el IVA. Pero para que eso funcione es necesario que nuestros políticos comprendan que el problema del alfabetismo funcional en que vivimos compromete nuestro desarrollo. Pero como nuestros políticos no leen…”. ¿Quién le pone el cascabel al gato?
Leer hasta los diarios de las calles
Cuenta la leyenda que Cervantes decía leer todo cuánto cayera en sus manos, y que no perdonaba ni los diarios viejos que encontraba en la calle. Cierto o no, para un número no despreciable de chilenos la lectura que se ofrece en la cuneta viene siendo, aparte del cuestionamiento moral, una buena manera de hacerse de un libro.
Frente a la impresentable cifra de que un 70% de los chilenos no entiende lo que lee, llegando a decir que apenas comprenden las instrucciones de una caja de remedios, o que nos expresamos con un vocabulario reducido a 800 palabras cuando debería ser al menos de 2000, ese juicio moral queda de lado, contando la efectiva demanda de lectores. Es un hecho que el universo de lectores nacionales no superaría el 50 % (entre los frecuentes y ocasionales) y de esos cerca de un 35% dice conseguir sus libros en la calle (piratería), en ferias o en librerías de usados. Frente a sólo un 40 % que dice hacerlo en librerías, multitiendas o en supermercados. Visto así se podría pensar que la piratería y las fotocopias tendrían amenazada la existencia de la industria editorial. Pero no, ambas conviven y los grupos editoriales como Planeta o Random House encuentran sus ganancias mundiales en los Best Sellers, por lo que no tienen por dónde perder. El suyo es un mercado ganado, ya que su público objetivo (por sus temas y presentación de sus libros) siempre preferirá comprar el libro, porque más allá del placer de la lectura, los mueve el fetiche del impreso, y si es posible de lujo, que sobresalga en la mesa de centro, bajo el brazo en algún café o pastelería de moda.
En ese mismo sentido, quizás sea justo preguntarnos, en qué lado nos ubicamos como escritores, como padres o como hermanos: en el de los ocasionales que leen de acuerdo a lo que puedan acceder, o los quejumbrosos que lloran por el alto costo de los libros. En ese contexto, sin duda los adolescentes nos llevan la delantera. Está demostrado que los jóvenes de entre 12 a 18 años leen más que los adultos, si consideramos que manejan Internet, bajan información de Wikipedia http://es.wikipedia.org, resúmenes del http://apuntes.rincondelvago.com/, navegan por diversos sitios de interés personal o etario. Lo que plantea una nueva discusión, la de cuestionarnos también cuánta responsabilidad tendríamos como adultos en este nivel o tipo de lectura.
Tómese cinco segundos y haga memoria sobre el último título que leyó. Incluso, fuerce todavía más la pregunta, y dígase, hace cuánto que no lee un libro que no sea, por ejemplo, de poesía o una novela, digamos de historia, de filosofía, política o ciencia. De paso también pregúntese ¿qué le motiva a leer? Sabiendo que ésa es la pregunta del millón, porque frente al reducido número de lectores habituales, qué leemos nosotros que pueda justificar la lectura epistemológicamente, es decir, como una necesidad por conocer, ensanchar o mejorar mi mirada sobre las cosas del mundo y las mías.
¿Para qué leer? ¿Por qué escribir? ¿Por qué pensar que tiene algún sentido ocupar el tiempo en eso, en lugar de chatear, bajar música, ver televisión, una película o trabajar hasta caer como saco de papas a la cama?
No pudo haber estado tan equivocado Marcel Proust en 1927, al decir: “Cada lector cuando lee, es el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico ofrecido al lector para permitirle discernir lo que, sin ese libro, no hubiera podido ver en sí mismo”.
No hay peor ciego que aquel que no quiere ver. Eso es un hecho, más en un libro donde las prensas no paran y los precios sólo se disparan. ¡Que alguien salve a los pobres lectores!
Roberto Contreras.
Fotografía: Jko Contreras.
