Dos recuerdos de Bibliófilo
por Mauricio Amster 1979

Entre los artículos de comercio, el libro ostenta una condición intelectual que lo ennoblece. Quizá a ello se deba que tantos almacenes de juguetes y baratijas se autodenominen librerías, forma de esnobismo privativa del mercado hispanoamericano. Con similar desdén por la semántica se venden en Estados Unidos chicles junto a medicamentos para poder llamarse drug stores.
Pero, habiendo también librerías reales, en ellas busqué en Barcelona un libro para regalarlo a una amiga que no lo conocía. Era La Isla del Tesoro, novela que admiro desde la infancia.
El libro estaba agotado. Siguiendo la lista de la guía de teléfonos, estuve recorriendo en vano los comercios, alejándome cada vez más del centro hasta dar con un local subterráneo cuyo dueño escuchó mi pedido, volvió a la trastienda y regresó con un volumen. Era La Isla Misteriosa de Julio Verne.
Decepcionado, dije: –No, busco La Isla del Tesoro, de Stevenson.
–¿Y qué más le da? –Respondió el librero.
Sentí ganas de pegarle, pero me contuve.
Puse a prueba mi paciencia.
Otro episodio, también libresco, puso a prueba mi honestidad.
Durante la guerra me tocó alojar en una mansión requisada. La casa estaba en desorden, típico en tales circunstancias. Revueltos entre cachivaches y armas, se esparcían en el suelo montones de libros.
Eran muy heterogéneos: empastados y en rústica; salteríos en pergamino y novelas populares; la Enciclopedia Espasa y una colección de Rocambole. También el Manuale Tipográfico de Gianbattista Bodoni.
Era un bello volumen, impreso con la tinta más negra que ninguna otra, grato de mirar, grato de tocar y hojear. Me entusiasmaba tenerlo en las manos. ¿Cuántos ejemplares se conservaban aún?
El hurto de los libros suele considerarse con indulgencia. Circulan muchas anécdotas acerca de tal delito cometido por personajes ilustres. Sentí la tentación de hacerles compañía.
Ninguna sanción era de temer. Podría haberme llevado el libro impúnemente. De recordarlo alguien, habría dicho que era un silabario.
Pasé largo rato en conflicto entre la bibliofilia y el respeto a la propiedad privada. Dejé el libro en el suelo, pero nunca dejé de lamentarlo.

Texto de Mauricio Amster publicado en El Bibliófilo Chileno, Julio de 1980.
Artículo sobre Gianbattista Bodoni, en Unos Tipos Duros.
