Anotaciones sobre Lo Abyecto

Ensayo de Cinzano

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I

Puede establecerse, desde textos de Bataille como Arquitectura, El dedo gordo y Lo informe, un conflicto entre la transgresión de lo abyecto y el lugar en el que ella se efectuaría, el cuerpo. En una primera mirada, el topos predilecto de la abyección sería un cuerpo trasladado hacia el margen —o hacia el centro— de las deyecciones, como un ethos que en Bataille develaría, también, la estructura académica, moral, aséptica del binarismo, ya desnudado por Nietzsche, entre lo “alto” y lo “bajo” (1). La reunión de la filosofía con lo abyecto: el cuestionamiento extremo del criterio de su fuerza, su significación y su sentido. Las costuras de ese cuerpo no están al servicio de jerarquía alguna y, en ese espacio, como escribió Nietzsche, el saber no importa nada. El cuerpo se embarra; la filosofía también. El texto, el cuerpo de Bataille, esa escritura desparramada por su propia continencia, exhibiría al ser humano, moderno, ilustrado, como un movimiento desesperado por alejarse lo más posible de la inmundicia. “Los callos de los pies difieren de los dolores de cabeza y de muelas por su bajeza, y sólo son ridículos en razón de una ignominia explicable por el barro donde los pies se sitúan.” (2)

II

¿Se puede ser completamente inmundo, completamente anti-ilustrado? ¿Estar alegremente embarrado de la cabeza a los pies? Roland Barthes: “los textos como los de Bataille —o de otros— que han sido escritos contra la neurosis, desde el seno mismo de la locura, tienen en ellos, si quieren ser leídos, ese poco de neurosis necesario para seducir a sus lectores: estos textos terribles son después de todo textos coquetos.” (3) Esto Bataille lo sabía muy bien: lo aprendió de Hegel, el inmundo.

III

El topos de la abyección no se encuentra exclusivamente en un cuerpo en deyección, sino también en el placer por la sumisión, por encontrar el goce propio del subalterno. Este placer de estar-abajo, en otro ámbito, puede tener su correlato en la escritura como una manera narrativa predilecta del subalterno, del sujeto que busca, y encuentra, la desaparición. Pasar desapercibido, ser solamente un escritor. “¿Cómo haremos para no escribir?” ¿Bastará con estar abajo? ¿Bastará con escribir? Al menos un escritor, Robert Walser, concibió la escritura —el gesto físico de trazar grafías sobre un papel— en tanto reducto activo de desaparición, escribiendo micro-ensayos con una letra casi minúscula, casi imperceptible, oculto hasta el final en una pieza de manicomio. Por otra parte, más allá de las interpretaciones pesimistas y catastróficas, se puede leer en Joseph K. y en Gregor Samsa, ambos personajes de Kafka, un divertido goce en la insignificancia del subalterno que se arrastra por el suelo.

IV

¿Qué quiere “O” (4)? Ante todo, quiere. Estar-abajo, desaparecer, expresa una voluntad; “el verdadero masoquista —escribe Freud— ofrece su mejilla toda vez que se presenta la oportunidad de recibir una bofetada.” (5). Así pues, todo ofrecimiento responde a una voluntad por ofrecer, e incluso, cuando pareciera que ofrece aniquilar su propia voluntad, “O”, bajo ese prisma, es inseparable de su voluntad por poseer. ¿Se transforma en sádica? Esto es más difícil, porque el masoquista puede estar-arriba o puede estar-abajo, es móvil. ¿Su “pulsión de muerte” se exterioriza, para así llegar a ser “pulsión de destrucción, pulsión de apoderamiento, voluntad de poder”(6)? ¿Es tan separable el sadismo del masoquismo, mientras el poder del masoquista no se distinga del dolor de quien lo abofetea? Las palmadas, los correazos, los jalones de pelo, ¿a quién le duelen? ¿Quién goza? Lenin decía que al proletariado era necesario “golpearlo en la cabeza”, para concientizarlo. Con esas perspectivas, la revolución y el Partido hacen un pacto con Sade y con Masoch.

V

“Soy guiado por un apetito bajamente sensual”: esto es lo que Spinoza escribe en una de sus cartas a Blyenberg (7). ¿Qué quiere decir “bajamente sensual”? Spinoza es uno de los que intentarán mostrar que experimentar algo “bajamente” es una virtud, en la medida en que es algo que el cuerpo puede, —es un problema de la potencia. El cuerpo no sabe de las deyecciones de las que es capaz: eso podría interpretarse desde la Ética (8). Después de todo, como señala Bataille, “esto quiere decir que somos seducidos bajamente, sin ocultamiento y hasta gritar, con los ojos desorbitados: así desorbitados ante un dedo gordo” (9). Lo abyecto, en ese sentido, puede; y la pregunta por la posibilidad es, al menos en Spinoza, una pregunta propia de la ética, desligada así absolutamente de la noción de “eticidad” propuesta por Freud, quien no la separa jamás de la pregunta por lo que se debe, —la pregunta de la moral. Es una de las tantas diferencias entre ambos. Un cuerpo puede, en Spinoza, solamente hasta que radica en él una duración, pero esa cuantía depende siempre de un afuera, de una suerte de ley de la exterioridad; y la muerte, sobre todo la muerte, es algo siempre que viene desde el afuera, algo que por exterior es inevitable: por esto, una pulsión de muerte, para Spinoza, sería algo aberrante (10).

VI

Si un niño puede ser un criminal, si todos hemos acariciado alguna vez la posibilidad de morder, cocinar y comernos el pene de nuestro padre, pues no queda más remedio que admitir que somos unos tipos extraordinarios. “Sin duda no es fácil saber a qué resultados conducirán las tendencias de un niño, si al normal, al neurótico, al psicótico, al perverso o al criminal. Pero precisamente porque no sabemos, debemos tratar de saber. El psicoanálisis nos da los medios para esto.” (11) El psicoanálisis, bajo esta óptica, puede interpretarse como una predeterminación y una lectura extrema de la vida que vendrá después de la niñez, y por eso, entre tantas otras cosas, activa muchas resistencias. Por lo demás, la posición de Klein resulta ser, a veces, una tentativa escolar digna de un salón de buenas intenciones: “[el psicoanálisis] no sólo puede establecer el desarrollo futuro del niño, sino que también puede cambiarlo, y encauzarlo hacia mejores caminos.” (12) El psicoanálisis como reformatorio, como una máquina de higiene y alejada del crimen abyecto, pero por eso mismo capaz de desentrañarlo e, incluso, de impedirlo, casi a la manera de las inspectores de la ley. Pero también: el psicoanálisis como una buena fábula en la que representamos, nosotros también, un rol épico con algo de tragedia, con algo de asesinos, justo cuando creemos que no tenemos nada. “Es atractivo entonces el psicoanálisis porque todos aspiramos a una vida intensa; en medio de nuestras vidas secularizadas y triviales, nos seduce admitir que en un lugar secreto experimentamos o hemos experimentado grandes dramas, que hemos querido sacrificar a nuestros padres en el altar del deseo y que hemos seducido a nuestros hermanos y luchado con ellos a muerte en una guerra íntima y que envidiamos la juventud y la belleza de nuestros hijos y que también nosotros (aunque nadie lo sepa) somos hijos de reyes abandonados al borde del camino de la vida” (13).

VII

No haber leído, no leer a los “obligatorios” como una forma de faltarle el respecto a la cultura, para luego esperar la reconvención y el placer del castigo: “no he leído a Rigaut… ni a Max Jacob, ni a los pesados de Banville, Baudelaire, Catulle Mendés y Corbiere, lectura obligatoria”, le dice Simone Darrieux a Arturo Belano: “pero sí que he leído al Marqués de Sade”, agrega: “¿Ah sí?, dijo él. Sí, dije yo, acariciándole la verga. Los golpes en el culo cada vez los daba con mayor convicción. ¿Qué has leído del Marqués de Sade? La filosofía en el tocador, dije yo. ¿Y Justine? Naturalmente, dije yo ¿Y Juliette? Por supuesto. ¿Y Los 120 días de Sodoma? Claro que sí. Para entonces estaba húmeda y gimiendo y la verga de Arturo enhiesta como un palo, así que me volví, me abrí de piernas y le dije que me la metiera, pero que sólo hiciera eso, que no se moviera hasta que yo se lo dijera.” (14) . La lectura —y la no-lectura— como una forma de calentarse. Belano es el representante de la cultura, el literato a quien hay que faltarle el respeto saltándose las obligaciones literarias, para llegar de una vez a al catálogo de Sade y a los golpes en el culo y a la verga enhiesta: antes de que Simone enumere sus faltas, a Belano, el detective salvaje, “no se le ponía dura”. El placer por la sumisión, por el castigo, pasa por una afrenta y una venganza hacia un cierto tipo de cultura. Y Simone es a fin de cuentas la que está golpeando, la que manda estando-abajo: “…que no se moviera hasta que yo se lo dijera.”. Por su parte, Julio y Emilia —en Bonsái— no han leído a Proust, crimen inconfesable para todos los estudiantes de literatura, pero encuentran en algunas lecturas (incluso de Nietzsche, ¡incluso de Cioran!) “razonables fuentes de inspiración erótica” (15). El pacto sexual, la carga libidinosa de la lectura, pareciera fundarse en una no-lectura o en una lectura incompleta de un autor canónico. Falsear una lectura, decir: sí leí esto y aquello, cuando en el fondo no se ha leído nada de esto y de aquello, puede ser el principio de toda lectura y de todo amor, una simple mentira “antes de follar”.

VIII

La designación, como inscripción inmovilizante, involucra para Bataille la acción de un aplastamiento. (En eso parece existir una coincidencia con Barthes y su enemigo jurado, el estereotipo.). De modo que designar lo informe no es sino para aplastarlo de un solo golpe, aún bajo la forma de una dispersión. “La filosofía entera no tiene otro objeto: se trata de ponerle un traje a lo que existe, un traje matemático.” (16) Pero, ¿cómo decir lo informe sin traicionarlo? O más aún: ¿se puede, al menos, decir lo informe? Es un problema clásico —¿insoluble?, ¿dialéctico?— que recorre la historia de las subversiones. ¿“Historia” de las subversiones? Algo ahí no marcha bien. Y tal vez el intento de Bataille, parecido al de Mallarmé, consista en concebir, al final, un diccionario del silencio, imperceptible, que afirme en todo momento su valor monstruoso, asesino y anti-cultural.

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NOTAS:

(1) Vid. Friedrich Nietzsche, La genealogía de la moral. Madrid, Alianza, 1996.
(2) Georges Bataille, “El dedo gordo”, en: La conjuración sagrada, ensayos 1929-1939. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2003, p. 45.
(3) Roland Barthes, El placer del texto y Lección inaugural. México D.F, Siglo Veintiuno Editores, 1984. p.13
(4) Vid. Pauline Réage, Historia de O. Barcelona, Tusquets Editores, 2003.
(5) Sigmund Freud, “El problema económico del masoquismo”, en: Obras Completas XIX. Buenos Aires, Amorrortu editores, 2003. p.171
(6) Ibid., p.169.
(7) Baruch Spinoza, Epistolario. Buenos Aires, Ed. Raíces, 1988, p.68.
(8) “Y el hecho es que nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo, es decir, a nadie ha enseñado la experiencia, hasta ahora, qué es lo que puede hacer el cuerpo en virtud de las solas leyes de su naturaleza.” Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico. Madrid, Alianza, 1994. Libro III, Proposición II, Escolio.
(9) Georges Bataille, op.cit., p. 49.
(10) Vid. Gilles Deleuze, En medio de Spinoza, Buenos Aires, Ed. Cactus, 2004.
(11) Melanie Klein, “Tendencias criminales en niños normales”, en: Obras completas, Vol. 1. Buenos Aires, Paidós, 1990, p.192.
(12) Ibid.
(13) Ricardo Piglia, “Los sujetos trágicos (literatura y psicoanálisis)”. En: Formas breves. Barcelona, Anagrama, 2005, p.58.
(14) Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Barcelona, Anagrama, 2002.
(15) Alejandro Zambra, Bonsái. Barcelona, Anagrama, 2006.
(16) Georges Bataille, “lo informe”, en: La conjuración sagrada, ensayos 1929-1939. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2003, p. 45. No está tan lejos Nietzsche: “La reputación, nombre y apariencia, la vigencia, la medida y el peso usual de una cosa —que en la mayoría de los casos es en su origen un error y una arbitrariedad, arrojada a las cosas como un vestido que es completamente ajeno a su esencia e incluso a su piel—, paulatinamente se han arraigado y encarnado, por decirlo así, en las cosas, convirtiéndose en su propio cuerpo.” Friedrich Nietzsche, La ciencia jovial. «La gaya scienza», Caracas, Monte Ávila Editores, 1999, p.58.

Martín Cinzano


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