Poética de la incomprensión
El cine de Jarmusch según Cinzano

Jarmusch, riéndose, se fuma su “último cigarrillo” en Blue in the face (guión de Paul Auster): es una escena que me gusta. Es una escena en la que Jarmusch, además de jugar, intenta representar la forma de actuar de esos músicos a los cuales él mismo puso a actuar. Pareciera ser que, mientras fuma, el actor Jim Jarmusch interpretara el papel de actor de película de Jim Jarmusch. John Lurie y Tom Waits en Down by law, o John Lurie y Richard Edson en Stranger than paradise, o Tom Waits e Iggy Pop en Coffee & cigarettes, película en la que ambos, en una cafetería de Los Ángeles, convienen en hacer trampas disimuladamente y fumarse un cigarrillo ajeno al vicio de fumar, un cigarrillo aparte, cuando ya no hay nada que temer, simplemente un cigarrillo por aquellos buenos y lejanos tiempos de fumador. Me gustan esas películas. Me gustan mucho, y creo haberlas visto todas, o casi todas, en un orden cuya única continuidad ha sido la suerte y la curiosidad. Siempre es así: uno cae subyugado por una película —o por un libro— y resulta ser que detrás, como en un escondite interminable, hay otras películas y otros libros y otros autores esperándolo. La primera: Deadman, un film-poema en blanco y negro (no podía ser de otra manera), en el que William Blake es el hombre muerto desde el comienzo, el poeta y el pintor que ya no recuerda ni su poesía ni su pintura, un asesino que viaja con Nadie y a cuya cabeza le han fijado un precio y han condenado a muerte, todo lo cual lo convierte, ciento por ciento, en el artista por definición de la cultura occidental.
Después, vinieron las otras: Una noche en la tierra, por ejemplo, donde ya se ve esa disposición fascinante de las películas de Jarmusch, fragmentos cómicamente deshilachados por el silencio y por el absurdo y por la soberana incomprensión de esos personajes frente al mundo, la inadecuación abismal del lenguaje de los humanos con respecto a una realidad insólita, una realidad vista desde los ojos —o desde la boca— de cualquier personaje de Samuel Beckett, como Vladimir o como Krapp. En ese “registro”, en esa distancia extraña, se inscriben películas de la talla de Permanent vacation (su primer largometraje, de 1980, en el que vemos y escuchamos a John Lurie tocando el saxofón), o Down by law, o Coffee & Cigarettes, cuya última escena —interpretada por Bill Rice y Taylor Mead— es, a mi modo de ver, un magistral homenaje a Esperando a Godot, sólo que aquí el título más indicado sería Que se joda Godot: escuchemos a Mahler.
¿Cómo un film puede referirse, entre otras cosas, al desajuste entre el lenguaje y el estúpido —aunque también cómico— continuum del mundo mientras desarrolla una historia y mientras, también, cuenta que esa historia es, después de todo, imposible de contar? ¿Cómo el cine puede convertirse, de pronto, en literatura y en la imposibilidad de la literatura? Y es más: ¿cómo el cine deviene, sin inmutarse ni cambiar, en filosofía? (¿No lo han hecho ya, aunque quizás de una manera totalmente distinta, las películas de Godard?) Jarmusch tal vez lo haya hecho, o tal vez no, pero es como si hubiese agarrado las palabras y las hubiera puesto a nadar por las ciudades, por los pantanos y por los bosques, lugares donde sin lugar a dudas pueden hacerlo y aguantarlo todo, trastornando, por momentos, la noción de lo real (cambiando la realidad), lo que no quiere decir que las palabras puedan sentirse a gusto ni encontrarse consigo mismas y hablarse sin problemas, aunque eso no significa, tampoco, que por ello dejen de reírse o de aburrirse o de llorar cuando se les dé la gana.
Es así como por las películas de Jarmusch deambulan personajes viviendo en otra lengua, siempre extranjera, siempre al margen pero pasmosamente libres. ¿Qué hacen allí, en esa lengua extraña? ¿Hacia dónde se dirigen, con el lenguaje a cuestas? El extranjero, el hablante ajeno, como héroe: Bob (Roberto Benigni), en una cárcel norteamericana, solamente puede recitar los versos de Walt Whitman y citar a Robert Frost en italiano, pero aún así es el único entre los reclusos que ha matado a alguien y el único capaz de dibujar una ventana en la pared y llevar a cabo la fuga, ante el escepticismo cómico y bizarro de “Jack” y “Zack” (John Lurie y Tom Waits, dos actuaciones descollantes en Dowb by law); o la pareja de jóvenes japoneses que viaja despreocupadamente por las hostiles tierras de Elvis Presley, sin ser alcanzados por su violencia y sus disputas cotidianas, en Mistery Train; o la prima llegada desde Rumania, en Stranger than paradise, que de alguna forma se toma venganza de su primo norteamericano (el cual niega su origen y su lengua rumanos) mandándolo de vuelta a Budapest; o aquel heladero francés, el amigo de Ghost Dog, que aún viviendo en Estados Unidos no quiere aprender a hablar inglés, la lengua de su amigo, pero que también sabe junto a él —y ambos comen helados y se ríen y se miran extrañados— hablar en el silencio perpetuo de la amistad. “El mayor logro de la conversación es no conversar”, se lee en el libro Bushido, el camino del samurai, cuyas sentencias también se leen en la película de Jarmusch. Por lo demás, en Ghost Dog, esos dos personajes —el heladero francófono y esa especie de cowboy-samurai-hiphop que es Ghost Dog— observan extasiados desde una azotea de la ciudad (es decir, desde la casa de Ghost Dog, que vive allí entre palomas mensajeras y rifles con silenciador) a un tipo construyendo un barco de madera sobre la azotea del edificio contiguo. “Ese tipo está realmente loco”, dicen ambos en sus propias lenguas. Y después, cuando el francófono le grita una frase para celebrarlo, dando a entender su fascinación por esa obra de arte sorprendente instalada en la azotea de un edificio, tan lejos del mar, el tipo del barco le responde que no comprende nada, en español. Sólo esa escena condensa una suerte de poética de la incomprensión y del destierro muy presente en las películas de Jarmusch, o, en una palabra, una cierta idea del lenguaje como nuestro certificado de extranjería en cualquier paraje del mundo. Ninguno habla la lengua del otro: de esa soledad extrema se desprende un saber absurdo y un juego fascinante, o un saber fascinante y un juego absurdo, o un saber juego y fascinante absurdo. De esa soledad, al fin y al cabo, se desprenden las películas de Jarmusch.
