La cabaña

Relato de Roberto Contreras

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Quiero mucho al chico Mauro. Por lo mismo fue que traté de hacerle ver que no estábamos bien, aunque no sé cómo se lo dije y si es que en verdad se lo comenté siquiera, en los términos que me hubiera gustado arreglar las cosas con él; por la amistad, por su hermana, porque hasta entonces, creo que nos unía una oscilante forma de compañía que sabíamos terminaría por romperse, aunque estuviéramos resistiéndonos a reconocer las hilachas de un tejido que había dejado de ser nuestro sostén.
Estábamos en mi departamento sacando cuentas (él más que yo) sobre cuánto ganaríamos luego del nuevo fracaso en nuestra empresa de armado de computadores. Tomábamos vino, él fumaba como chino y yo buscaba alguna radio con música que a ambos nos gustara. “Pónete música para sacar cuentas”, me dijo. Yo no le respondí, porque sabía tendría que haber puesto mi mejor mirada del odio. La verdadera cara de la desgracia que nos rondaba. Por esos días había leído un sombrío cuento de Enzo Ballesteros, de escueto nombre, La cabaña. El que sin saber por qué se me vino a la mente, mientras lo veía teclear en la calculadora y hacer dibujos (porque no eran cálculos) en un viejo cuaderno de Constanza. El relato era el siguiente: dos hermanos, que por sus vestimentas podían ser leñadores o cazadores de coipos, están encerrados en una casa en el extremo sur (al leerlo no sé por qué pensé en Aysén), bajo una feroz tormenta primero de lluvia y luego de nieve, obligados a permanecer por una cantidad de días indeterminados en ese estado. Atrapados, sin poder salir comienzan al calor de unos mates a decirse, movidos por la desidia y la falta de ocurrencias, las veces en que han sentido miedo. Pero también – y esto es lo más terrible – todas las ocasiones en que ambos, durante su infancia, a lo largo de sus vidas, se han infringido dolor, miedo. Hasta ahí todo resulta más o menos obvio: están declarando sus travesuras, sus pitanzas como hermanos, pensará quien lea. Evidente. Tienen una historia en común, pronta a revelarse. Uno, que no puedo distinguir cuál es, cuenta la vez en que dice haber sentido verdadero terror y el otro reconoce el papel que él jugó en aquel hecho. Uno recuerda la vez, por ejemplo, cuando se cayó de un caballo, cuando éste se encabritó y fue a dar a un profundo barrancón y por poco muere al igual que el alazán – así mismo dice, y me quedo con esa palabra porque me gusta y me remite también a mi infancia – producto de los hematomas y quebraduras sufridas, mientras el otro recién se atreve a revelarle los detalles de cómo había dado ají al potro, asegura, poco antes de que éste se subiera, luego de también haber soltado la montura y aflojado las riendas. Viene un silencio, ceban mate y continúan. El otro, para no ser menos, restando toda importancia a las aberraciones que hasta ahí se han contado, le recuerda la vez en que le dijo convidaran a su prima a la pieza, y cómo no fue casualidad que a él lo sorprendieran desnudo con ella, porque él había ido con el rumor, no al papá sino al tío y la tía de ambos. Cosas robadas, retos no correspondidos, sustos de noche, animales muertos en los corredores, balas perdidas, torrentes de agua, fuego en lugares insospechados, cosas inimaginables para dos personas que han tenido, cuando menos, un mismo origen.
El cuento avanza, luego con los dos hermanos fuera de la cabaña, gritándose bajo una tupida nieve que a ratos consigue hacerlos trastabillar, casi hasta desplomarlos. Ciegos bajo la nevazón, se gritan los porqué de sus respectivos fracasos, la culpa que el otro ha tenido en el destino de su vida. Aparecen sendas armas blancas, machetes feroces, más insultos, la nieve cae con mayor intensidad, comienza a brotar la sangre, vuelan jirones de sus ropas, aparecen los nombres de sus padres, nombres de mujeres, tiernos apelativos, al aparecer de sus esposas, más sangre, goteando profusamente sobre la blanca capa de nieve que cubre sus pasos. En la descripción de cómo se agreden, hieren y diseminan sus cuerpos alrededor, la narración se lleva varias páginas, no dos o tres sino que prácticamente siete largas parrafadas sin puntos, para describir el secreto del mal. Y ahí los vemos sepultados hasta más arriba de sus rodillas, al tiempo en que caen, pero quedando próximos, descansando mutilados, rodeados – como ya se ha dicho – en un baño de sangre, donde lucen los pedazos de sus ropas. El relato concluye con la secuencia, descrita con lujo de detalles, de cómo el sol va secando la nieve, luego las posas de agua, dejándonos con un último cuadro de los hermanos, a consecuencia del mismo deshielo, uno junto al otro (habían muerto separados), recostados sobre los brotes verdes y florecidos de una hermosa campiña con la casa de fondo. La alusión de verde campiña es horrible, se dijera en su infelicidad. Un happyend perfecto, coronado con una frase del tipo: “Siembra viento y cosecharás tempestades” o quizás, mi memoria me falla: “Después de la tormenta, siempre vendrá la calma”. De todas maneras resulta un cierre memorable.
Viendo a Mauro abatido de cabeza en una de sus cuentas irreales, no dejaba de hacerme pensar en el relato ballesteresco. Pero no porque crea que debemos arrojarnos a la cara todo lo que nunca nos hemos dicho. No. Nada más lejano a nuestra relación que eso. Una amistad, hasta entonces, sin dobleces, ni nada parecido. Sólo pienso en el cuento desde la desesperación, desde el encierro, el estado de límite, la cara insisto de la miseria humana. Esa sensación constante de estar jugando la última carta, sabiendo que es a destiempo, o que tras esas cuatro paredes el viento arrecia y vamos como dos comerciantes de arena en el desierto.
O terminábamos ese negocio o nos colgábamos de una viga.

Roberto Contreras
“La cabaña” corresponde a un fragmento de la novela inédita Ballesteros.


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