Corte

Relato de Felipe Reyes

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El resplandor de acero galvanizado brilló como nunca, a pesar de ser algo tan reconocible para el Toño golpeó sus pupilas inundándolas, llenándolas de un brillo potente, cegador, era un cuchillo distinto, quizá nuevo. Algunos segundos antes había visto el mango oprimido en la palma del Lalo, en esa inmensa palma morena, fuerte, de gruesos dedos de uñas mínimas, sin comprender en ese momento que se trataba de una hoja tan grande, tan brillante y con tanto filo. Quizá el haber desviado la mirada para ver al Boby atravesar la calle junto a otro quiltro, igual de flaco, igual de vago, le hizo olvidar el opaco punzón que portaba en su propia mano. No hubiese querido enfrentarse así al Lalo, tan de repente, con tanto sol y en medio de la cancha, a la vista de todos. Lo supo en el momento en que esquivó el primer lance: un tajo al aire avisándole lo que venía, pero ya no podía echar pie atrás, la suerte estaba echada, debía enfrentarlo. El Lalo hizo silbar el cuchillo y dio dos pasos hacia atrás para poner distancia. El sol pegaba fuerte, se hacía sentir, y el viento avanzaba en enanos huracanes levantando el polvo de la cancha, el de la población entera. Hubiera preferido evitar esta pelea, se repitió el Toño, pero se había hecho insoportable la tensión, las miradas de rechazo de sus amigos, las provocaciones y la amenaza muda del Lalo. Su mandato era indiscutible, o más bien el temor que se le tenía, pero para lograr el respeto de sus pares y el de la población entera había que enfrentarlo, pero nadie lo hacía, nadie lo había hecho nunca, pensó el Toño como para convencerse y darse ánimo mientras arrojaba un corte al Lalo, obligándolo a moverse, para que supiera que él estaba ahí, que él pelearía. El Lalo esperaba, como estudiando sus movimientos, y ahora era su turno y con toda su ventaja: el temor que producía no sólo en la población, sino en toda la zona sur, en la penitenciaría y hasta entre los pacos, su nombre era una pequeña leyenda escrita con sangre ajena, demasiada. El Lalo no se achicaba ni frente a su enemigo, ni lo haría ante el grupo que ahora lo rodeaba. Ellos nunca lo habían achicado, por eso él sí pasaba por esa calle que la gente de trabajo de la población ahora rehuía. Por eso, siempre con la cabeza en alto y la mirada fija, cortaba en dos el grupo cuando pasaba por la esquina, y nadie era capaz de decirle nada, de increparlo, de al menos emitir un ruido de malestar, el Lalo pasaba y en seguida el comentario, una frase que se había escuchado por años, habían crecido oyéndola: el Lalo se mueve afuera, decían; y afuera podía ser cualquier parte del país o de Europa o de América. Y daba igual, el asunto era que el Lalo se movía afuera, pensó el Toño, en el momento en que esquivaba el segundo navajazo, más violento que el anterior, y el brusco movimiento lo hizo trastabillar, pero al esquivar el corte hacia el lado contrario alcanzó a aforrarle con el puño libre al Lalo, en pleno rostro. Así debió haber sido, pensó el Toño, a mano limpia, nunca le habían gustado los cuchillos, andar de tajos. Con la mirada fija en el Toño, el Lalo se palpó el pómulo que comenzaba a teñirse de rojo púrpura. Sonreía, pero sus ojos estaban llenos de ira y habían comenzado a enrojecer y parecía que habían disminuido con el golpe, achinándose. Los pies del Toño reconocieron el suelo de tierra de la cancha buscando apoyo para lanzarse de nuevo contra el Lalo. Era su cancha, su calle, pero ahora la encontraba ajena, como en un sueño. A través de la goma de sus zapatillas tanteó las piedras del suelo, la tierra recalentada por el sol, estaba suelta. Apoyó bien las plantas de los pies sobre un espacio más liso y, marcando la dirección con la punta de acero, dirigió todo el peso de su cuerpo hacia delante. El rústico punzón del Toño encontró el brazo ajeno a la altura del hombro, rasgó la tela de la camisa, hirió la piel y siguió de largo sin hundirse en la carne. El Lalo expresó dolor, un dolor contenido, controlado, un dolor conocido pero dolor al fin, y reaccionó de inmediato e hizo silbar su brillante navaja muy cerca de la oreja del Toño, quien había logrado el primer corte, y sus amigos hicieron sentir su alegría, como alentándolo, como lo venían haciendo hace varias semanas atrás para que se enfrentara al Lalo. Había que cagar a ese guacho culiao, como le decían ellos al Lalo, nadie podía pasar así, por en medio del grupo como que la esquina fuera suya. Se cree bacán el culiao, decían, Lalo ya está viejo… ahora nosotros mandamos aquí, poh. No te va a durar mucho, le decían al Toño para convencerlo. Y el Toño pensó que era cierto cuando vio que una mancha oscura brotaba de la manga del Lalo: líneas y gotas rojas, anchas, veloces, bajaron por el codo y luego cayeron para perderse para siempre en la tierra de la cancha. Algunos vecinos ya se habían instalado en la puerta de sus casas para ver la mocha, pero los dos retadores estaban seguros que nadie intervendría, pasara lo que pasara una vez terminada la rosca cerrarían sus puertas y ventanas y no volverían a acordarse de lo que vieron. Así eran las cosas por estos pagos. El Toño limpió la hoja de su punzón en el pantalón mientras daba un paso atrás. La sangre hervía por las venas del Lalo, lo que lo volvía más peligroso: ahora sus movimientos serían más rápidos, desesperados, felinos. Pero el Toño se mantenía alerta, a pesar del resoplar de sus pulmones, del latir de sus sienes, algo bullía bajo su piel. Los músculos tensos, temblorosos, estaban listos para recibir la embestida. No se había sentido nunca de esa forma el Toño, como si la sensación de peligro, el estado de alerta recorriera su interior preparando los reflejos ante los más mínimos estímulos, ni siquiera cuando se habían enfrentado a los del Tricolor Unido en la final del Campeonato había sentido eso, cuando les habían robado el partido. Ante tal injusticia el loco Mario no pudo evitar reventarle una botella de cerveza en la cabeza al árbitro. Esa vez en medio de la trifulca mataron al Pepe de dos estocadas, quedó tirado a un costado de la cancha, pensaron que estaba cansado de tanto lanzar patadas y aletazos, era bueno para los combos el Pepe, pensó el Toño; pero el Pepe no volvió a levantarse, lo llamaban y no respondía, se acercaron a él, pensaron que estaba bromeando, como siempre, pero el Pepe había caído sobre la maleza, la que disimulaba el tremendo charco de sangre que se había llevado su vida. Pobre Pepe, concluyó el Toño y esquivó un nuevo zarpazo del Lalo girando hacia la izquierda, en una finta perfecta, como burlando a un defensa del Tricolor Unido; y el impulso dejó al Lalo indefenso, descubierto, en un equilibrio precario. Pero el Toño se limitó a hundirle la diestra a un costado del estómago y lo hizo aterrizar, mordiendo el polvo, ensuciándose la ropa y la herida del hombro. Y la patota del Toño celebró nuevamente el golpe como si se tratara de un knock out en el primer round, pero el Lalo se incorporó de inmediato, retrocediendo. El Toño lo vio levantarse, sintió el murmullo de su piño, y sintió la fuerza del sol en la piel y el polvo en los ojos y la expectación callada de los vecinos, y se preguntó por qué no lo había cagado al tiro, hubiera sido fácil. Pero era absurdo, por eso no había hundido su estoque en ese cuerpo ajeno, se respondió, porque esa pelea no tenía asunto: no sabía nada de él, de su vida, salvo que le llamaban Lalo y que le temían y que se movía afuera, y eso era todo, y apretó con fuerza su punzón mientras el Lalo se ubicaba frente a él nuevamente para continuar el combate. El Toño se quedó quieto, esperando, como lo había hecho toda la última semana, en la esquina, soportando los reclamos e indirectas de sus amigos que lo empujaban a enfrentarse al Lalo. Pero ahora la espera fue breve: el Lalo se lanzó contra él con toda su furia de perro viejo, maniobrando torpemente el cuchillo, como si con la caída hubiera perdido la elegancia, la experiencia y hasta el instinto, entregando a su enemigo una humanidad fofa, como un borracho que quiere defender su honor. Y de un manotazo el Toño contuvo el débil ataque, y como por instinto alzó la rodilla izquierda y la fue a estrellar a los testículos del Lalo, y este encorvó su cuerpo herido, adolorido y sin fuerza, luchando para mantener la posición, para no caer nuevamente. El Toño aprovechó de echar una ojeada fugaz a su alrededor y se topó con la cara de sus camaradas y los vecinos y los niños y los perros de la población, mirándolo como a un iluminado, como a quien ha tenido la valentía o la locura de enfrentarse a tan temido sujeto… Que se mueve afuera, se dijo nuevamente, y la frase golpeaba en la cabeza del Toño, chocaba en sus paredes buscando disolverse, cada una de las sílabas tenía un peso indeseado, extraño; y entonces cruzó su punzón por la espalda encogida del Lalo, trazando una raya roja que partía del hombro hasta los riñones, y el chillido fue como el de un perro recibiendo una violenta y certera patada en las costillas, o como el de un caballo encabritado que ha pisado una trampa, y recordó a la madre del Toño con toda la fuerza que le quedaba, injuriándola, y levantó la cabeza mirando el cielo; el sol continuaba alto, violento, y el viento había dejado de soplar. Era la segunda vez que el Toño escuchaba la voz del Lalo, la primera había sido sólo hace unos minutos antes cuando, aturdido por la insistencia de sus socios, había aceptado increpar al Lalo, a ese desconocido tan reconocible, que se comportaba como el rey de la población. Y lo había sido, pero eso ya pertenecía al pasado, ahora las calles se regían con otras reglas, con la ley de los más jóvenes, el recambio natural de los nuevos tiempos. Y ya no había forma de eludir el duelo, la paciencia del Toño estaba poniendo en entredicho su lugar en la esquina, su permanencia en el grupo, había que pararlo, le decían al Toño, bajarle los humos de la cabeza a ese culiao, y cuando apareció el Lalo todos se levantaron, silbaron o se rascaron la cabeza o miraron en otra dirección, alejándose un poco del Toño, que se quedó en la esquina, inmóvil. El Lalo venía con la mirada en alto, como siempre, y sonrió mirando fijamente al Toño, como presintiendo el desafió, como si hubiera entendido que hoy era el día, entonces el muchacho se levantó, inhaló todo el aire que pudo y lo increpó invitándolo a pasar a la cancha para finiquitar la simbólica disputa. El Lalo retrocedió unos pasos para resguardarse, para quedar un poco alejado del grupo de muchachos que observaba a corta distancia y dijo tranquilamente: “los do solos, si poh… sin el piño”.
Mejor parar esto aquí, pensó el Toño, mientras de reojo veía a sus amigos: rostros alegres pero esperando más… Quizá más sangre, quizá una muerte, o porqué no dos. Pero el Toño suspiró sabiendo que los decepcionaría, dos heridas eran más que suficiente para dejar en claro que las cosas en la población habían cambiado; de ahora en adelante el Lalo aprendería a bajar los ojos, a pasar por el costado del grupo o simplemente a buscar otro camino hacia su casa, ¿No querían eso los gueones?, se preguntó el Toño mientras la sonrisa volvía a formarse en la cara del Lalo, esa sonrisa irónica, furiosa, desafiante, y con las fuerzas que le quedaban volvía a acercarse a él en otro ataque torpe, como un ataque de principiante, pensó el Toño cuando sintió el cuerpo del Lalo chocar contra el suyo, haciéndolo perder el equilibrio, y sin darse cuenta sintió el aguijón de un insecto inmenso en las costillas, una clavada dura, fría, sorpresiva, que le quitaba la fuerza, y sintió que la cancha era un gran imán que lo atraía hacia ella, reteniéndolo, inmovilizándolo, impidiéndole continuar peleando; entonces soltó el corroído punzón y trató de incorporarse, de apoyarse con los codos en la tierra, pero sus brazos temblaban y la cabeza parecía más pesada que nunca, hasta que le fue imposible sostenerla. El cielo había empezado a moverse más rápido y el Toño vio que sus amigos comenzaban a rodearlo, asustados, pálidos, con la mirada vidriosa, y trató de abrir al máximo sus ojos y sus palabras quedaron enredadas en la lengua floja, cansada. Nadie hacía nada, y sus parpados luchaban contra el sol de la tarde; qué estupidez, pensó el Toño de nuevo, mientras veía al Lalo acercarse hasta él, y la sonrisa irónica y la furia en el rostro se había trasformado en un gesto de preocupación o quizá de alivio y el Toño ahí, en el suelo de la cancha, y un murmullo lejano de voces anónimas y el sonido seco de puertas y ventanas cerrándose violentamente, y el Toño ya no oía nada, y un suspiro tibio se posó sobre su rostro, un beso húmedo, lento, tierno: el hocico del Boby reclamaba a su amo.

Felipe Reyes
Febrero, Marzo 2007.
Fotografía: Ale Rubio /Andrea Paz.
Villa El volcán, Puente Alto.

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