An Old Blues Songbook

Selección poética de Henrickson
crossroads

III

Devuélvanme el kilómetro, la milla,
ese trecho de mar, esa arena
lodosa en la suela
del zapato, gritan los ilusos; y yo sólo, solo, digo
no me den esos años sin la almohada, ya no ese sur
perverso de belleza, sadista de tanto sonreír; no me den,
no devuelvan el viaje inútil del sol hasta su mar o su montaña: tan
sólo un transcurso deseo
en la memoria: el quieto, el inmóvil perderse del tiempo
de los labios en la piel dormida, la noche y
el día que de ser tanto noche y
tanto día, no existen, desaparecen; sólo tu sueño
y mi velarlo, amor. Eso sólo de vuelta, y el
enorme tiempo a los ilusos;
para ellos la inerte
sucesión
vacía, ese cuerpo de muerte.

IV

Un blues no tiene un buen verso, un buen
compás, una melodía que se sostenga: es un buen
o mal blues, solamente. No es el caso de la poesía. Al darse
la precaria ejecución es que el compás hace el truco, la voz
da el latido de las vocales ostentosas y el dolor fingido de las s, las m
con efecto; y esto no es la poesía, ni nada tiene
que ver con el blues que se queda
bajo el escenario o la sala
de grabación, proyectándose bajo sombras cual humo de los cigarrillos
mal apagados; ese inútil jueguito de músicas es puro
silencio: la noche que se encuentra al final del día
con su misma imagen, con su compás inerte
más amado: en el espejo nosotros, nocturnos y anochecidos, en
un abrazo pálido; nuestro aliento, una melodía desprovista y miserable,
que yo escucho, velando. Afuera, en alas de la poesía, el carro del tiempo
rueda como saco de piedras, como música para bohemios. Acá,
el deleite sólo para dedos que recorren línea
tras línea
de un viejo songbook y algo encuentran que recuerda
a la piel en la piel:
tu brazo derecho, mi rasgueo,
tu sueño.

XLII

No se ve el cielo: tan sólo un estremecimiento,
un reflejo de algo como el cielo,
cuando la chica a mi lado
habla de su madre, la ópera, los terribles
años de los militares. Y en su lengua los dios
bendito y los avemarías todo el tiempo, porque hay también
exaltación, la fe de los inocentes, el golpe
del puño sobre el pecho: mea culpa. Bebemos,
en estricto y común
brindis, santificamos este desgarro
en la emoción, perdido como niño
entre leones en la densa atmósfera, las risas, la vida ligera
del Café del Castaño.

XLIII

Como de olas el mar, así de colmado con las imágenes de los
muertos, el Café del Castaño. Emiten los shakespeareanos
parlamentos que convienen y la risa de los ebrios
los inunda de alegría. Siguen y seguirán
en su espectáculo rotativo: el placer es el mutuo
de los circos o los cabaret, el tiempo
pasa de otra forma bajo el ligero reino fugaz
de las grandes y nobles palabras. Ni volver a vivir
desean: tan sólo vernos brindar, una
y otra vez, por memorables hechos
de antes de la guerra, y quedarse ahí muertos,
bien muertos.

XLIV

Lo que no fue
es en el Café del Castaño; la musicalidad
abstracta de los vencidos da al mundo ese
pliegue sutilísimo: como un cristal
que doblara los momentos dejando fijas
las figuras como en prisma; también
los pobres cuerpos, entonces, hacen
un mosaico: se entregan a la vista
por los bordes. Milagro, los ojos sobre los ojos y el ignorado
ojo que los desdeña y les da las señales
para la escena de su propia farsa, les asigna una a una
las mesas, repetidas, espectrales, todas ellas una Idea distinta
en el orden grotesco de esta metafísica menor.

(De An Old Blues Songbook, Ediciones del Temple, 2006)

RENIEGO

Este jubilado de la Armada le hacía
poemas a las cosas. A las frutas, a la mesa,
a la botella de gin: era un asunto de humildad,
de sencillez. ¿Qué poema, cuál
hacerte, bolso de ropa y a ti,
el de libros y documentos, qué poema
abarcaría los calcetines rasposos
encallando los pies, cuán grandes
los versos para que quepas también tú,
dinero, fluyendo como agua turbia, y al
tiempo, viejo compañero hinchapelotas, otro
más que rueda como bola de bosta
arrastrada por la escoba sucia de un peón
borracho? Sería hacerle poemas
al verdugo que está a punto
de disparar, el último aliento entero
un puro discurso agradecido. Aún la vida
es más grande que la mesa, que los
ríos de aguas turbias de esta Babilonia
prefabricada que nos navegan. Dejemos
a los jubilados de las Honrosas Fuerzas
del Orden hacer sus canciones. Dejemos
a Neruda con sus odas en su devenir
bancario. Ya es mucho padecer este mundo
de objetos, mirando, fijos, como si una callada
risa. Barra el fuego con ellos: acceda a nos,
Señor –aprovecha, da pruebas-, la pobreza final,
y el mundo,
el mundo, el mundo
seguirá dando vueltas, en fraternal
inercia.

(De Jaunesse, inédito)

Carlos Henrickson (Santiago, 1974): Escritor, poeta y traductor. Ha publicado: Ardiendo (poemas, 1991), Y si vieras la mañana (cuentos y poemas, 1998), Aviso desde Lota (poemas, 1998) y En tiempos como éstos (cuentos, 2002). En octubre del 2006 publicó An Old Blues Songbook por Ediciones del Temple, del que publicamos esta selección. Más un texto inédito.
carlos.henrickson@gmail.com


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