òργασμoς

Notas sobre la materialidad del orgasmo
orgasmo

1. “La palabra orgasmo viene del griego òργασμoς y tiene una raíz indoeuropea que sería ‘uerg’ (trabajo) y significa ‘hinchar’. La palabra órgano también tiene esa raíz y en el antiguo griego significaba ‘instrumento de trabajo’, pero también tenía un doble sentido con relación al órgano sexual. Palabras con la misma raíz indoeuropea serían, por ejemplo, argón (inactivo, o sin trabajo) y organizar (coordinar un trabajo).” (1)

2. Las prostitutas sólo tienen orgasmos con sus pololos. Con ellos se entregan de cuerpo y alma. Les introducen abierta la lengua, los besan ávidas, devorándoles las bocas secas, enjutas. Sólo los cafiches conocen el verdadero sabor del marisco.

Me dio un palmetazo en los glúteos, e interrumpiendo su jadeo falso, me dijo:

- Apúrate no más cabrito oh, hácela corta que tengo que trabajar.

Y ahí no más me fui, sin orgasmo.

3. Recuerdo con cierto pudor la socarrona sugerencia de A., desnuda e insatisfecha tras haber alcanzado sólo tres orgasmos. “Normalmente acabo seis veces”, me dijo, y completó: “si quieres seguir conmigo vas a tener que instruirte en las bondades del sexo tántrico”. Lo recuerdo ahora, leyendo a Houellebecq y su reflexión en torno al tantra, una más de las ofertas new age vigentes en el mercado, cuyo atractivo radica en la combinación de “frotamiento sexual, una difusa espiritualidad y un profundo egoísmo”. Y no puedo evitar una cita mayor de estas mismas partículas elementales: “Es chocante comprobar que a veces se ha presentado le liberación sexual como si fuera un sueño comunitario, cuando en realidad se trataba de un nuevo escalón en la progresiva escalada histórica del individualismo.”

4. Wilhelm Reich está de doble aniversario. Este 2007, se conmemorarán los 110 años de nacimiento (24 de marzo 1897) y al mismo tiempo los 50 años de muerte (3 de noviembre 1957). Este médico austriaco inventó el orgón, la unidad de medida de la energía vital, que en su nomenclatura fusiona los semas del organismo y del orgasmo. El orgón es la fuerza motora del reflejo del orgasmo: lo que hace que a uno se le muevan los músculos como loquito cuando alcanza el clímax. Reich aseguraba que “La salud mental de una persona se puede medir por su potencial orgásmico”. El tipo fue un genio. Cito a un ciberautor anónimo de la galaxia Wilkipedia: “Para Reich la mayor parte de la población sufre patologías mentales y vive en condiciones de fuerte represión sexual. Reich considera que el dominio de una clase social sobre otra necesita que la mayor parte de la población sufra una atrofia en su vida sexual, de forma de garantizar a las clases dominantes individuos pasivos y que acaten la autoridad sin cuestionamientos. De esta manera, Reich concluye que el capitalismo es incompatible con la salud mental de la población (…)”. Pese a esta lucidez, Reich terminó su vida preso y tratado de loco, por aseverar, entre otras cosas, que el orgón es de color azul, medible y omnipresente. Los reicheanos, que sí están locos y abundan en Argentina por ejemplo, tienen una nutrida agenda de actos, y venden aparatos para medir la energía orgásmica de un ambiente.

5. “Hoy no hay nada menos seguro que el sexo, tras la liberación de su discurso. (…) en materia de sexo, la proliferación de figuras está cerca de la pérdida total. Ahí está el secreto de esta superproducción de sexo, de signos del sexo, hiperrealismo del goce, particularmente femenino: el principio de incertidumbre se ha extendido tanto a la razón sexual como a la razón económica. (…) El espectro del deseo obsesiona a la realidad difunta del sexo. El sexo está en todos lados, salvo en la sexualidad (Barthes)”. (2)

6. Como una licencia poética, alguna vez hablé en algún verso, de la “tristeza de un orgasmo”, lo que a A. le pareció el colmo de la ridiculez y una clara demostración de mi ignorancia en la materia. Recuerdo que, rumbo a la universidad, en la micro, discutíamos de esto. Ella reía, fresca, dueña de la situación. Yo, avergonzado por la exposición pública, callaba. Al principio nuestros coitos fueron como todos: torbellinos, ida en blanco, ruido ensordecedor, desaparición violenta del mundo. Al final, para mí, eran, no hay otra palabra, de una recóndita tristeza.

7. “William Masters afirmaba que ‘un instante de reflexión alcanza para ver claramente que el orgasmo, tanto del macho como el de la hembra, es un asunto totalmente egocéntrico’ y que toda relación sexual es en realidad ‘una manera en que uno se da para obtener algo en cambio de su partenaire’. El orgasmo es un acto egoísta porque es innato. No puede, por lo tanto, venir de un partenaire, cuyo rol se limita a favorecerlo y a volverlo fácil, agradable y frecuente. El partenaire se vuelve así un catalizador, y el mejor será quien permita la más completa expresión de sí.” (3)

8. El orgasmo más extraño que presencié (podría decir “que produje”, pero sonaría autoral y no es el caso) fue desde una posición, diría, ginecológica. Ella era un poco… ¿cómo decirlo? Era loca, una loca de mierda hermosa y anómala, como la Maga de Cortázar, o como Amelie, esa especie de ninfa. La verdad es que tirábamos como los dioses. Aquella vez, cuando acabamos, nos percatamos de que el condón se había quedado dentro suyo. Con cierto nerviosismo comencé a tratar de sacarlo, primero tímidamente con sólo un par de dedos. Pero eso no duró mucho: ante el evidente placer que le producía mi búsqueda, los otros dedos concurrieron en el trabajo. La profundidad de su hendidura volvió a excitarme. Por fin rocé algo extraño, ella gimió: sí, lo siento, lo siento. En el momento en que salió mi mano con el tesoro, ella acabó de nuevo, y por su boca tronó un marasmo. Extraje el condón, sí. Pero éste venía enrollado en algo que me produjo al principio asco y luego risa. ¡¿Qué es esto?! pregunté sobresaltado. Con los ojos aún en blanco, ella se irguió, miró, y respondió: “Yo sabía que algo se me había olvidado. Es un tampón, bobo, no hagas tanto escándalo.”

9. Escena inevitable: el orgasmo fingido en el restaurante, la perra rica de Meg Ryan, Cuando Sally conoció a Harry. Ese bodrio. Salvar la estupidez contraponiendo una escena porno cualquiera, un gang bang pesado. Cuando las vulvas dilatadas, extenuadas de tanta penetración llegan a tener tanta sensibilidad como un pedazo de manteca.

10. La pretensión de que uno puede liberar endorfinas por la vía del placer del comer. Ella, toda cuerpo egoísta, con sus glamorosas salidas a cenar. Como si tuviésemos corpúsculos de Krause en vez de papilas gustativas. Calculo un símil burlesco: viendo un partido de fútbol, con un gol de triunfo en último minuto, recuerdo haber sentido esa emoción, el desbocado cabalgar de mis queridas endorfinas. Oh my God!

11. Cuando mi hermano anunció su matrimonio, en la familia se sintió un suspiro de alivio que casi infló las paredes de la casa. Arturito sentaba por fin cabeza. La novia aportaría a la descendencia, todo el dinero que el apellido vinoso de nuestra genealogía no tenía sino como recuerdo de épocas pretéritas. Esto enorgullecía por sobre todas las cosas a mi madre, preocupada toda su vida por la posición y el roce social, el qué dirán, las palabras del cura en la misa del domingo, las buenas relaciones con fulanita Astaburoaga o la salud de menganita Alemparte. Así, cuando Arturo –en todo un gesto de buen hijo– puntualizó que la celebración del vínculo marital sería ni más ni menos que en el exclusivo Club de La Unión, mi madre enrojeció de placer y soltó un chillido, y tengo la seguridad de que tuvo un orgasmo.

12.
Sobre la materialidad del orgasmo: captar la materia a través de las palabras. Capturar lo inasible. Lo inamible. El lenguaje patafísico de Cortázar follando con la Maga, dándole al jueguito inventor del nombramiento. Absurdo intentar una nómina de esta tentativa en el universo de la literatura. Mucho polvo. De Sade a Mishima. De Rojas a Withmann. Y todo y tanto en vano. Una vez más ella, esta vez clarísima: Escribo con el culo, es sólo ahí donde tengo talento.

NOTAS:

1. Fuente: etimologias.dechile.net
2. Jean Baudrillard. De la seducción. Editorial Planeta, 1989.
3. Bernard Arcand. El jaguar y el oso hormiguero. Antropología de la pornografía. Editorial Nueva Visión, 1991.

Rodrigo Hidalgo

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