Allende

Discurso fragmentado por Tejeda.
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Mierda. Tras recibir una llamada telefónica, el Presidente Allende se pudo aquella mañana un slip sobre el calzoncillo que ya llevaba puesto, buscó sus calcetines, se encasquetó el pantalón, agarró camisa y salió un poco de cualquier manera de Tomas Moro hacia La Moneda en su comitiva de autos Fiat color azul. En la casa quedó la Tencha con algunos guardias.

Esa mañana, por las prisas, no había logrado que le combinara mucho la ropa. Una vez dentro de Palacio de Gobierno, reunió a sus fieles, que estaban todos ellos con muy mal aspecto. Telefoneó a unidades militares que respondieron con palabras difusas o inquietantes. Y el pobre Pinochet debe estar detenido, le dijo Allende a sus colaboradores, mostrando así su cabal conocimiento de la situación. Sintonizó la radio. Las diferentes emisoras de la capital se habían unificado tras Radio Agricultura, transmitiendo bandos y marchas militares. Sólo Radio Magallanes resistía en contra del golpe fascista y llamaba a juntar fuerzas y estar alertas.

Y podría uno preguntarse, entonces y ahora, qué quería decir exactamente estar alertas en medio de un golpe de Estado que se desplegaba como un guaracazo. Bueno, había que estar alertas. Sin que nadie supiera a ciencia cierta en que podía consistir aquello, durante los espesos y demenciales meses del final era habitual y recurrente, casi cotidiano, que los líderes de izquierda llamaran al pueblo a estar alertas.

El Presidente estaba alerta, así que improvisó por teléfono unas palabras para la radio.

- Tengo la certeza -afirmó- de que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no podrá ser segada definitivamente.

Aparte de que las semillas no se siegan porque aún no tienen tallo, la afirmación sanaba más espiritual que concreta.

- T i e n e n la f u e r z a -aindió. Podrán avasallarnos.

¿Avasallarnos?

- El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición –afirmó-, en astuto y oportuno análisis.

Allende se dirigió al hombre de Chile. Al obrero, al campesino, al intelectual. A aquellos que, sin duda, iban a ser perseguidos a partir de los próximos instantes y quizás durante cuántos años. Sin embargo, sus palabras no incluían ninguna idea o indicación concreta acerca de qué debían hacer en esos momentos precisos ni el obrero, ni el campesino, ni mucho menos el intelectual.

Seguramente Radio Magallanes será acallada –agregó- y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa.

¡¿Cómo que no importa?! El metal tranquilo, por lo demás, no sé si fue una figura retórica afortunada para las circunstancias. Y siguió:

Siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos, mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal a la lealtad de los trabajadores.

Por lo menos. Leal a la lealtad. No está mal.

¿Y si hubiera hecho mejor la pega?

El pueblo debe defenderse -afirmó-, después de lo cual quines escuchábamos nos preguntamos de inmediato a nosotros mismos: ¿Cómo crestas debe defenderse?

- Pero no debe dejarse arrasar no acribillar -prosiguió-, lo cual parecía en verdad más atinado, aunque había que ver en qué consistía eso de defenderse sin dejar arrasar no acribillar.

- Y tampoco puede humillarse -redondeó-, cerrando el circulo retórico de confusión en que habíamos vivido entrampados tres años. O sea, una huevá muy enredada y, sobre todo, escasamente práctica.

-Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse.

A esas alturas, compañero, la traición no pretendía imponerse, sino que estaba totalmente impuesta.

- Sigan ustedes sabiendo que, más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes Alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¿Más temprano que tarde? O sea que para ahora mismo no había previsto nada. Putas la huevá, compañero Allende, putas la huevá.

- Tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano.

Cresta, cresta, cresta: ahí empezábamos a despedirnos.

A partir de ese deplorable discurso con ribetes éticos, aunque desprovisto de toda instrucción concreta, los ánimos de la población adicta al gobierno comenzaron a declinas de manera ostensible. Llegó poco después al Palacio de La Moneda el compañero Hernán del canto que militaba en el ala más fogosa del socialismo duro, con cara de ratón a pedir instrucciones. ¿Qué hacemos? Buena pregunta. Un importante ministro sugirió entones, fíjense ustedes en lo atinado de la idea, rodear La Moneda con un escudo de cientos de miles de trabajadores. ¡Un escudo Humano de gente, a ver si resultaba, mierda! Altamirano, el implacable Altamirano, el feroz Altamirano, estaba desaparecido, doblado en cuatro dentro de su Fiat 600 en algún lugar seguro o a lo mejor no tan seguro. Volodia y Corvalán en otros lugares inseguros o seguros. Mireya Baltra en otro lugar inseguro o seguro. Gazmuri y Garretón, sin y con barba respectivamente, estaban a su vez en lugares o inseguros o seguros. Los generales de carabineros que, o bien despistados o bien en razón del cumplimiento cabal de sus obligaciones constitucionales, habían llegado hasta La Moneda, decidieron retirarse majestuosamente. La guardia de Palacio, compuesta por carabineros de gran estatura y brillo en las botas, hizo lo propio. Clap, clap, clap, su firme taconeo se fue alejando por el patio hasta salir a la calle. Los detectives de Palacio saludaron mocionadamente, el compañerismo es compañerismo, gracias por los agradables tiempos pasados en este grato lugar, y se fueron. Los ministros que llegaron hasta el poco prometedor reciento buscaron cada cual su modo de ausentarse. En la ciudad de Santiago y el resto del largo y conmocionado país los trabajadores de la patria estaban es sus puestos de trabajo o en sus puestos en sus casas o en sus puestos en water. Estaba la mansa zorra. El Perro Olivares instaló una delgadísima ametralladora, aunque ametralladora al fin, que le valió un comentario ácido de don Edgardo Enríquez: mal estamos cuando los periodistas tienen que sacar armas para defenderse. El GAP se rindió de a poco, y sus efectivos fueron brotando desde la puerta de Morandé a la manera de un montoncito de cuerpos en cascada, con unos trapos blancos como banderas. Olivares, finalmente, se quitó la vida. Allende mandó a sus hijas y mujeres a salir de La Moneda. Estaba la mansa mierda. ¿Adónde envió a sus mujeres e hijas? Salgan de aquí, por lo que más quieran, ya, váyanse. ¿Adónde envió a los trabajadores? A la nada misma. ¿Dónde estaban los entusiastas dirigentes del Gobierno Popular del doctor Allende, los líderes de los partidos de izquierda, el pueblo organizado, los sindicatos obreros y campesinos, la juventud de la patria, la orgullosa mujer chilena, el pampino de rostro curtido por le sol, el pescador, el estudiante? Desaparecidos, chupados, desconcertados, desintegrados, mirando para arriba los aviones, loreando por la puerta, más nerviosos que la chucha. ¿Dónde estaban los partidarios fervorosos del proceso de tránsito hacia el socialismo? Ya nadie transitaba hacia el socialismo, el personal estaba comenzando a arrancar en masa de un modo parecido a como se arranca durante los temblores, hacia ninguna parte. ¿Y el trajinado armamento traído por extremistas desde Cuba? Sepa Moya. ¿Y los generales constitucionalistas que avanzaban desde San Felipe? No había ningún general constitucionalista que avanzaba desde ningún lado hacia parte alguna. ¿Y el general Prats? Abandonado en su casa, mirando el florero del living. Allende, Allende, el pueblo no te entiende.

Allende cerró la puerta del salón, con el espíritu reconfortado por una firme decisión.

- ¡Milicos de mierda -gritó-, allende no se rinde!

Choro. ¿Y toda esa gente que quedó en las fábricas y en las poblaciones o en sus hogares de clase media? Putas, si estamos hablando casi de la mitad del país, no sé cuantos millones de pobres y tristes huevones que ya esa misma noche empezamos a dormir como el forro. Muchos se iban a ir al exilio, otros preparaban sus carnes para llegar hasta las jugosas manos del Guatón Romo, otros iban a ser ayudados gracias a las delicadas gestiones de Jaime Guzmán, muchos más iban a perder la pega y varios miles la vida y a todos ellos y a sus familias les quedó para siempre en el alma la marca horadada de una cicatriz indeleble. Porque esos cuatro o cinco millones de almas sirvieron durante todos los años del gobierno popular como un escudo humano, como el escudo que aquel ministro pensaba desplegar en torno a La Moneda. Como un cultivo biológico y multitudinario de masas en acción. En la calle, en el trabajo, en el bario, en el colegio, el estilo testimonial de la Unidad Popular, directo y callejero sirvió para sacarle a la política ese tufillo a leve rencilla palaciega, otorgándoles, en cambo, un vivificante estatuto de lucha cuerpo a cuerpo. Protestas, marchas, desfiles, tomas, concentraciones, consignas, himnos, se convirtieron en la sustancia que alimentaba la vida política y social del país. Llegaron a ser un panorama, un modo de pasar la tarde. Vamos chiquillos, a la marcha con los compañeros de la oficina, van a venir todas las cabras, la Magaly, la Carmencita y la Tamara. Voto a voto, conciencia a conciencia, metro a metro, la marcha hacia el socialismo se hacía a rostro descubierto, con el afiche bien pegado en la puerta de la casa, la bandera partidaria desplegada al viento bien arriba de un coligüe, y a lo mejor hasta con una camisa de uniforma de brigadista de alguna cosa. Tan importante como los actos revolucionarios era la conciencia revolucionaria, y tan importante como la conciencia revolucionaria era el testimonio revolucionario. De tal manera que quien pensaba, opinaba, y quien opinaba, se sumaba visiblemente a la causa y se ganaba un carné de participante en el escudo humano. Y los conductores del proceso se hundían gozosos, entonces, en esta masa fervorosa de miles y miles de personas, trabajadores con mujeres e hijos, vecinos de barrio, jóvenes que estaban empezando su vida profesional. Todos ellos quedaron, tras la catástrofe, con la cara manchada de modo indeleble por la ignominia roja y el pecho hundido por un terror negro, a disposición de los cazadores de izquierdistas, u blanda carne fue alimento de las vecinas delatoras y de los compañeros de trabajo resentidos. Cientos de miles de chilenos que defendieron limpiamente sus ideas, constituyeron el material en el cual iban a hundir sus manos los entusiastas muchachos de Manuel Contreras, mientras los miembros bastante poco viriles de los Comités Centrales y las Centrales Sindicales, siguiendo en cada caso terminantes instrucciones de su Partido, buscaban y no sin dificultad encontraban refugio en el jardín de alguna embajada.

¡El pueblo debe defenderse. Pero no debe dejarse arrasar ni acribillar! Cuando, durante los angustiosos meses del último año de su gobierno sus partidarios lo veían comparecer seguro de sí, como un tractor, pensaban que el chico tenía guardada alguna carta bajo la manga. Que sabría salir del atolladero con algún tipo de astucia. Las mujeres en la poblaciones, los obreros en las fabricas expropiadas, los campesinos de los predios tomados, los estudiantes, los encargados de las JAP, los dirigentes sindicales suponían que avanzaban o se deslizaban o caían hacia algún lado y con algún destino.

Y efectivamente, Salvador Allende tenía una solución espectacular, un romántico final balmacedista muy propio del siglo 19, de caballero antiguo, laico y republicano. Se sentó con el fusil ametralladora que le había regalado Fidel castro entre las piernas, apoyó el mantón sobre el orificio del cañón e hizo fuego. La detonación lo impulsó hacia arriba, al aire, y al caer quedó, no propiamente sentado pero sí algo parecido a eso. El cuerpo estaba entero sólo hasta las cejas, y a partir de ahí, poco más que la nada. La tapa del cráneo había volado, y el lado derecho de la cara aparecía totalmente desformado y aplastado. El impacto de los proyectiles incrustó algunos dientes en los trozos aún visibles de la masa encefálica. Podían verse trozos de sesos ensangrentados junto a su pierna izquierda, sobre el sofá y en el suelo, a su izquierda yacían más restos de masa encefálica, lo mismo que en la muralla, adheridos a los finos hilos de un tapiz traído de Francia en otra época.

Capítulo del libro:
Allende, la señora Lucía y yo.
Guillermo Tejeda.
Santiago, Ediciones B, 2002.
339 páginas.
www.guillermotejeda.cl


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