¡Mantente firme!
Lectura de “Árbol de la esperanza” por Enoc Muñoz
La obra de Gonzalo Millán interroga insistentemente la posibilidad misma del poema. En ella se dibuja el quiasmo de la ocasión del poema en la nitidez de su dramática: la chance del poema y el poema de la chance allí se buscan sin cesar. Es en el espacio de esta repetición (re-petitio) que quisiera comenzar a introducirme. Una cierta tentativa de resistencia, como respuesta exigida, se endereza allí; y a ella intentaré acercarme mediante la lectura del poema “Árbol de la esperanza” de Seudónimos de la muerte:
Creciendo al borde.
Del abismo.
Con la mitad.
De las raíces al aire.
¡Mantente firme!” (1)
“¡Mantente firme!”. La exclamación parece demasiado imperativa: ¡resiste, es tu deber! Aunque quizá también se deja oír como una rogativa: ¡resiste, a pesar de todo, a pesar de todas las inconsistencias, por favor, mantente de pie! En cualquiera de los casos, se trata de una exigencia, de una respuesta exigida que describe el tener lugar del poema; su hacerse sitio en tanto que apuntalamiento de la abertura de la esperanza como el espacio de riesgo que le es propio. Como si – al trasluz de un descenso rápido del primer al último verso – una verticalidad buscara alcanzar apoyo, para con ello poder erigirse “de las raíces al aire”. Pero también, como si en ese movimiento, en el que “árbol de la esperanza” habría devenido su nombre, el poema comentara su chance auto-exigiéndosela; y de esta manera, dirigiéndose hacia sí en la espera de sí, nos diera a leer la escena de su resistencia, y con ello su escenificación misma como respuesta exigida.
Sí, como respuesta exigida: el poema habla de sí, y (se) dice: mantente firme árbol de la esperanza, sostente, haz que la esperanza sea posible. Nada nos dice de lo que es esperado en esta esperanza. Salvo, quizás, que en esta posibilidad se encuentra en juego la auto-estancia (Selbst-ständigkeit) del poema mismo; su tener lugar no como algo ya dado, sino como el requerimiento de un encargo que, inanticipable, le remite al peso que le es propio. Es decir, hablar aquí de “respuesta exigida” como de una instancia de reconducción hacia la auto-estancia del poema, y de ésta como del peso que le es propio, como el peso por acoger para así tomar apoyo y dar apoyo a la esperanza, hablar aquí de todo esto no es remitir a un “ya sabido o por saber”, a un “disponible” por recordar o proyectar para llevarlo a la efectividad del hecho o a cristalizarse en una identidad susceptible de clausura; este tener que mantenerse el poema buscando su equilibrio no refiere aquí a una constancia o a un reposo en tanto que estado auténtico por alcanzar. El tener lugar del poema es, cada vez, un tener que hacerse lugar.
El poema habla de sí como transmisión de una auto-exigencia que, vuelta hacia sí, asiste – va, auxilia – a la inventiva de su acogida. Por ello, pensar con él y hacia él, hacia su auto-comentario, es situarse ante su presión interpelante; es asistir a la escena de lectura que, indisociablemente, él instaura hablándonos de la orfandad de su unicidad, de su carencia de respaldo. El don de la lectura no puede venir aquí sino, en el riesgo de una desaparición abismal, bajo el requerimiento de un apuntalamiento. Pero ello, no como demanda de un cierre que pudiera venir a contener este riesgo, para así alcanzar una certeza. No se trataría aquí de suprimir el riesgo que afectaría al poema, de suturar los labios del abismo que le atrae hacia su desaparición. Es en ese mismo peligro que el poema se pone en movimiento: el árbol de la esperanza, como si ya prometido, crece al borde del abismo. Y amenazado su arraigo de inconsistencia, busca apoyo y, de esta manera, procura no evacuar su frágil estar vuelto hacia el porvenir allí intencionado.
La puntuación que escande al poema, que interrumpe y fragmenta una cierta habitualidad de la frase, dramatiza esa búsqueda de equilibrio. Hay en la insistencia de esos puntos la inscripción de un esfuerzo de contención, de que esos versos no se precipiten hacia el vacío de la página en blanco. Pero en ese mismo ejercicio de puntuación se marca el hiatushiatus que le es propio: partido en dos mitades claramente contrastadas, la retratada sentada a la derecha tiene en una de sus manos una banderola con la leyenda: “Árbol de la esperanza mantente firme”. Allí las palabras de la frase, en la que incluso la coma es omitida, parecen aglutinadas para protegerse ante la amenaza de dispersión. En el poema que comentamos, esa leyenda, entre el primer y el último verso, deviene quebrada: la separación la trabajaría ya siempre desde su interior y, por lo mismo, ella no habría tenido tiempo para situarse ante la amenaza de dispersión. O, más precisamente, tal vez no hubo tiempo para la amenaza, pensada ésta como la intrusión en el presente del anuncio de una catástrofe que da simplemente el tiempo del aplazamiento. Entre el primer y el último verso: espaciamiento de una separación por la que el poema habla de sí en la espera de sí; y por la que debe asistir cada vez, a la vez, a su cada vez quebrado e imantado. A su cada vez, pues, penetrado de incertidumbre.
De una cierta afección de incertidumbre, bajo la figura de la “esperanza ciega”, nos habla Millán en un poema de la sección “Noche” del poemario Vida (2), del que me limitaré a citar la segunda estrofa a continuación. No sin antes llamar la atención sobre sus marcas temporales y la imbricación de estas con el motivo de la no-visibilidad o de lo nocturno. Si un cierto “saber” se moviliza aquí, se trata de un saber que, proferido en un “hoy” cuando “es de noche”, tendrá que avanzar a tanteos; tanteo agravado, pues la no-visibilidad sobrecarga y penetra de incertidumbre tanto al hacia como al desde de este movimiento de saber que, además, es más de uno: del habla de sí del poema: incluso si es probable que el poema nos hable de un encuentro con el cuadro de Frida Calo que lleva por título: “Árbol de la esperanza, mantente firme”, este cuadro no dejaría de remitirle al
“Hoy es de noche, pero mañana
saldré como ayer en tu busca.
Estoy seguro sabré reconocerte.
Por si acaso, para que sepas,
andaré como siempre,
con anteojos negros y bastón blanco.” (3)
¿En qué consiste, entonces, el movimiento de resistencia del poema; ese movimiento que le acaece desplegar como respuesta exigida y en el que, indisociable de una afección de incertidumbre, se encuentra en juego su auto-estancia? Si esta afección de incertidumbre, cuyo acoso toma variadas figuras en Millán, amenaza cada vez al poema, ella es también la que mantiene su atención en vilo, y, por lo tanto, aquello por lo que la auto-estancia del poema se encuentra ya siempre en otro lugar. Más explícitamente, la auto-estancia que traza el poema en el habla de sí, dirigiéndose hacia sí en la espera de sí, no describe la recuperación de un supuesto lugar perdido, no es el periplo de un Mismo que sale de sí para retornar a sí. La auto-estancia del poema no es sino su hacerse lugar como ex-posición de sí en el riesgo constitutivo por el que se pone o debe ponerse en movimiento como “mutación”. Mutación que es su respuesta exigida. Mutación que, al decir de Millán, cual “virus rebelde”, es“la obligación que tiene para resistir” (4).
¿Cómo se articula, entonces, esta obligación de mutar como vía de resistencia con aquella auto-exigencia en la que el poema (se) dice: “¡Mantente firme!”? ¿A qué lo ata (ob-ligare) este deber de mutación que, precisamente, pareciera prohibirle toda identificación, des-ligarle de todo anquilosamiento entitativo o substancial, sustraerlo a toda programación poética esencialista por tanto? Sin embargo, por paradójico que pueda parecer, esta obligación de mutar que exige el des-anudamiento radical del poema, quizás allí mismo, en el mismo instante, le liga a todo. “Todo” no en el sentido de una totalidad abarcadora, absoluta o parcial, de la que el poema podría participar o hacernos partícipes, como si poseyera una capacidad de ubicuidad temporal o espacial. Que la obligación de mutar ligue el poema a todo, esto pareciera querer decir que tal ligadura desnuda su auto-estancia como el lugar en el que el poema asiste cada vez a la historicidad de su cada vez en un tener que arribar acogiendo a lo otro que sí en su, a su vez, arribar imprevisible.
Radical historicidad o ya respuesta exigida de la auto-estancia del poema, que no se deja simplemente reducir bajo el epistema “el poema en situación”, por el que se pretende delinear un campo de inmanencia a partir del cual se haría posible abordar la palabra poética desde su ocasión – epistema del que, portador hoy en día de un sociologismo muy mecánico y difundido, habría que interrogar su dependencia historiográfica. La ocasión del poema no intenciona solamente ni simplemente un hablar desde y de una situación dada (“lingüística-poética” o “real”), sino que también, e inconteniblemente, habla hacia. Y esta direccionalidad propia al poema no se limita a describir un trayecto en el que el polo de arribo es algo que aún se busca; más aún, ni siquiera traza un movimiento lineal que daría por ya asegurado el polo desde. Precisamente porque este desde no podría constituir un contexto saturable, cuyo horizonte envolviera una red de remisiones actualizables teórica o empíricamente de manera suficiente. El desde jamás podría alcanzar una situación de inteligibilidad o de sentido enmarcada, por lo tanto jamás venir a presencia en el de “de lo que” que se habla, por cuanto el hacia es ya siempre lo que le inquieta – sin interiorización posible – desde el interior, impidiendo así que la ocasión del poema se pueda totalizar o cerrar. El hacia, dis-locando el desde, y por tanto no sin él, señala hacia la historicidad del poema, hacia la manera en que la chance del poema y del poema de la chance se buscan en el espacio abierto por la obligación de mutar y la afección de incertidumbre. Intriga cuya abertura hecha por tierra la ilusión de contemporaneidad que comanda a todo relato de situación. O intriga de historicidad irreductible a la historiografía.
Es sólo entonces, es decir en la hipótesis de su hoy que desnuda, quizá, lo hipotético de todo hoy, es sólo entonces que el poema habla de sí: afectado cada vez de incertidumbre, localizándose como ya siempre acogida de lo otro que sí; diciendo cada vez la historicidad de su cada vez inclausurable, o respondiendo en la obligación de mutar, el poema pregunta por su posibilidad. Y es así que el poema hace de su ocasión la ocasión del poema en cuanto tal. Esto es, del poema que no existe sino buscando su chance, tal vez para darla… Para que haya chance.
NOTAS:
1. Por razones vinculadas a la problemática que intento introducir mediante esta lectura, conviene recordar que este poema de Seudónimos de la muerteLa ciudad, como estrofa final del poema “72” (Editorial Cuarto Propio, Santiago, 1994 (segunda edición), pp. 123-125). Para un acercamiento a la significación de esta inserción del poema, consultar C. Foxley, “Lo móvil, efímero y abierto: La ciudad de Gonzalo Millán”, en: Ibid., pp. 139-140.
2. G. Millán, Vida (1968-1982), Ediciones Cordillera, Ottawa, 1984.
3. Ibid., p. 217. El poema se encuentra incluido también en La ciudad (op. cit., p. 72), donde aparece íntegramente en cursivas, marcando con ello una suerte de bisagra de este libro-poema.
4. “La poesía tiene que mutar”, entrevista de Marcelo Montecinos y Jaime Pinos a Gonzalo Millán, aparecida en: La calabaza del diablo n° 24, mayo 2003, p. 17. No puedo entrar aquí explícitamente en la teoría del lenguaje viral que trabaja el poema de Millán, esencial para la idea de resistencia que trato de dejar entrever en este estudio. Me limito, pues, a citar el contexto inmediato de la frase glosada: “En Virus algo que está implícito es la valoración del silencio. Dejar de hablar para recuperar cierta libertad, yo lo veo como paso obligado hacia otra manera de hablar. No dejar de comunicar. Asumir que el silencio es parte constitutiva de la palabra. Otra cosa importante para entender Virus es el concepto de Big brother, el mundo de Orwell, es decir, el lenguaje como control, este esperanto oficial que se impone, mentiroso, alienador. El lenguaje sirve para desinformar también. Un arte literario que no es conciente de eso corre el riesgo de ser cómplice. Algo importante en la concepción del lenguaje como virus es que la poesía puede ir mutando, o sea, la obligación que tiene para resistir es su mutación. Un virus rebelde, para no caer en la retórica que es la entropía lingüística” (Ibid.). ha sido insertado en la segunda edición del poemario
