Las fieras de Arlt
Una lectura sobre tres relatos

“Ándate bestia. ¿Qué hiciste con tu vida?”
El juguete rabioso
Las fieras podrían ser una de las tantas aristas para abordar la obra de Roberto Arlt, tomando una antojadiza selección de cuentos, hermanados a partir de sus títulos y ciertas huellas subterráneas: “Las fieras” (1927); “Una historia de fieras” (1939) y “Los hombres fieras” (1940) como cierre de una colección de personajes, surgidos desde el submundo de los delincuentes-cafiches, fábulas criminales en el mudo corazón de la selva y narraciones antropófagas donde se ha perdido todo atisbo de humanidad.
La galería de personajes de estos relatos es vistosa, ya que a pesar de la condición de outsider de sus criaturas, consiguen sobresalir por sus malformaciones, enfermedades terminales y la vileza de sus conductas, reñidas con un cotidiano imposible, fuera del pantano donde embadurnaron sus vidas. Perpetuando de ese modo, aquel sitio donde su fea pobreza los ha convertido en presas fáciles de la etnografía y el fino bisturí de Arlt:
“No te diré nunca cómo fui hundiéndome, día tras día, entre los hombres perdidos, ladrones y asesinos y mujeres que tienen la piel del rostro más áspero que cal agrietada. A veces, cuando reconsidero la latitud a que he llegado, siento que en mi cerebro se mueven grandes lienzos de sombra, camino como un sonámbulo y el proceso de mi descomposición me parece engastado en la arquitectura de un sueño que nunca ocurrió (…) Había allí bancos de madera sin cepillar y en los rincones negras sosteniendo con un brazo a un recién nacido a quien amamantaba con un pecho, mientras que para no perder tiempo con la mano libre le desprendían los pantalones a un ebrio rijoso (…) Fieras enjauladas, permanecemos tras los barrotes de los pensamientos residuos, y por eso es que la sonrisa canalla se despega tan dificultosamente del semblante encolado en una contracción de aburrimiento perrero. ¿Es necesario describir estas cosas simples, bestiales, primitivas?” (Las fieras). Una visión demoledora, pero patente de una condición de vida deplorable e irreversible. Los que viven bajo esa ciudad de la furia, saben que jamás tendrán más que sus sombras en el muro. Postales de la miseria mostrada que en Arlt, parecieran encarnar, el fracaso histórico americano. Donde la ficción del progreso se agota y va consumiendo en las cunetas del alcohol, el semen y las lágrimas de los que viven/mueren a orillas de ese arrabalero río de mierda.
El recuento sigue con “Una historia de fieras”, acaso una versión grotesca de cualquier pasaje de Esopo, La Fontaine o la variación más bastarda de las tragedias misioneras de Quiroga: “Era precisamente la hora en que el sol recalienta la selva, poblándola de los espesos vahos vegetales que atormentaban a las grandes fieras, empujándolas a buscar espacios claros para poder respirar. Y entre las fieras que buscaban aire fresco se encontraban ahora el Yacaré y la Boa”. Es el párrafo inicial del cuento, y nada hace presagiar, de qué manera, se torcerá lo (in)justo de la llamada ley de la selva. Porque no será sólo la insidia del sol sobre las cosas la que vuelva intranquilo el territorio. Será también el saber que estamos lejos de una historia moralizante. Lo expuesto es un campo de batalla, un coto de caza, donde más que el uso de la fuerza, termina irrumpiendo la conspiración para desestabilizar un sistema bestial: “Tú y yo nos asociamos para ayudarnos como buenos hermanos. Tú podrás pastar en los prados más hermosos y yo te mostraré algunos donde podrás engordar con la conciencia tranquila. Yo te protegeré contra los ataques de las fieras, siempre que tú, naturalmente, me sirvas de cebo para atraer a los otros animales con tu inocente presencia”.
Invertido el concepto de supervivencia, las alianzas buscan confundir a los depredadores naturales, instalando un nuevo orden de caza a espaldas de la autoridad. Nada más parecido a condiciones humanas de trabajo, servilismo y a ganancias tanto materiales como vitales. “No ha pensado la señora Boa que si las fieras comienzan a pactar alianzas con las bestias que no son fieras, vamos a llegar a una situación en la cual será cosa de preguntarse: ¿Quién se come a quién?” Abierta la interrogante lo que ya era una densa atmósfera de inseguridad, complot y delación, se convierte en un suelo infectado de traiciones que no parecen terminar.
Nuevamente la tensión lograda por Arlt, se acercará a las disquisiciones a que nos acostumbrara Dostoievski o a cierto “existencialismo” al que de algún modo venía anticipándose: “Eso es lo que yo digo – repuso la Boa –: ¿Quién se come a quién? Los buenos, quiero decir los malos ejemplos se propagan con una rapidez tal, que cuando queramos acordarnos la selva íntegra habrá fraternizado. – Y como era sumamente política, agregó: – Y los únicos perjudicados seremos Su Excelencia y yo, dijo al Yacaré”. Política del choque o no, lo que está actualizando son los entonces vigentes preceptos de la lucha de clases y la explotación del hombre por el hombre. Con la diferencia de que esa apertura ideológica irá propiciando, como también ocurre en sus novelas, una forma de conquista social, centrada en la conspiración y los actos subversivos, a ratos más inverosímiles, para agarrar a patadas el tablero de ajedrez.
Por último, arrancado del clásico de aventuras, El criador de gorilas, se encuentra el cuento “Los hombres fieras” repitiendo el escenario de la selva, esta vez con unos comensales antropófagos. Es la declaración de un sacerdote católico que ha llevado una curiosa vida entre los caníbales: “Antes de permitirme interceder por el pequeño antropófago, le recordaré a usted lo que le sucedió a un juez que tuvimos hace algunos años, el doctor Traitering”. Lo que comienza entonces como una simple confesión terminará dando cuenta, sobre cómo el mentado juez, queriendo salvar a un joven salvaje de la pena máxima, con ese acercamiento –verdadera olida de las bestias– hará aflorar su propio instinto carnicero. “Experimenté un placer vertiginoso en degradar mi dignidad humana. Además, sentía un deseo tan violento de morder”.
Arlt revisa lo que Sarmiento, en la pista de Roussoe, había instalado como discusión del buen salvaje, o esa dicotomía tan argentina de Civilización o Barbarie, expresada en ese espejismo borgeano de la Pampa y la Ciudad. ¿Deberíamos pensar entonces que para Arlt la vida humana sería un estado constante de carnicería? Probablemente sí, y por eso como antes lo hiciera Kafka o el mismo Lugones, creyó necesario fabular con la posibilidad animalesca, a fin de recuperar en esa transformación, los fundamentos de una especie evidentemente devastada en sus principios. Una forma de tensión irreversible entre quienes reconoceríamos como salvajes (por llevar taparrabos o haberse metamorfoseado en antropófagos) y entre el juez incorruptible, que junto con abandonar sus funciones legalistas también lo hace de su condición humana. Como una muestra de entropía posible, cuando no hay más vuelta que el jibaroismo.
Una conclusión sencilla que, en apenas cinco páginas, nos deja al mentado cura y a un nuevo juez discutiendo la suerte de otro joven caníbal: “Él no quería destruir el hombre que llevaba en sí, sino la fiera despierta en él”. La moraleja no puede ser más clara: Todos somos bestias o nos comportamos como fieras y Arlt no ha hecho más que intentar recordárnoslo en cada uno de sus libros.
Roberto Contreras
