Fuegos artificiales

Fragmento de una novela perdida de Marín (1973)

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Bonzo

Sobre la lenta y oscura canción de Satchmo, extendido la respiración hasta el borde del cansancio, había leído en voz alta en artículo para Punto Final que estaba escribiendo desde hacía unos días. Pero, ahora, gracias al silencio, el blues volvía sobre su ilusión de estampa como si afuera estuviera lloviendo triste y buenamente en torno a la calma soñolienta extendida en el departamento. Pero como sucedía a veces, en largas tardes de literatura y muchas tazas de café, llevaba avanzadas doce carrillas más allá de ciertos deslizamientos y dificultades que ocurrían a momentos, sombras en el papel pues el tema elegido más bien parecía haberlo elegido a él. Era evidente que en estos últimos días sólo había estado llenando con impaciencia o con rabia unas cuantas páginas autobiográficas, un conjunto de repliegues a medio descubrir entre las sombras, una vida deseaba encontrarse porque todo había sido hasta ese preciso momento una fiesta de cenizas, un amasijo de desperdicios arrojados al azar del mundo. Por eso había escrito en la última línea: pertenecemos a una generación traicionada y la frase sonaba a parricidio. Levantó ahora convencido de que estaba frente a una confesión que mañana debería completar el posible lector, repitiendo de nuevo, pero a media voz, las palabras últimas que se perdían en el océano de tamaño oficio. Pero no esperó respuesta en vista del gesto de retrato olvidado que ella esbozó y que indicaba la violenta quemazón en el cielo de la tarde, en otra oportunidad hubiéramos estado hablando de los viajes planetarios o acaso de la vida de ultratumba, ella se sonrió. La voz adolorida de Satchmo vagaba en un bosque lleno de saxofones, la melancolía de la música, la voz acompañaba. Estaba otra vez frente a sí mismo, oyendo mediante la aguja en el disco, todo el silencio que había en el departamento, se interpuso así el recuerdo de su mujer en una antigua masa de alegría y dulzura en el que ella surgía desvanecida e inmóvil, anterior a la actual mujer de treinta años, dueño de un rostro españolo que se inclinaba hacia un hombro cuando charlaba.
Ahora aparecía lejana la estudiante de pedagogía en inglés, envuelta en situaciones musgosas propias de un amor escandaloso que se adherían a dudosas sábanas de hotel, a novelas de sastre y de Camus forradas en papel de diario e intercambiadas años atrás, perspectiva desde los ojos crueles y dormidos dentro de la memoria que él aprovechaba mirando la ausencia doble que vagaba entre los muebles. Ella y después otra mujer más: pero no puedes negar que a veces también te gusta hablar de tus aventuras de adolescencia cuando eras cadete militar. La conversación continúo bajando de volumen hasta constituir el silencio que había, repartido en pequeñas manchas que aparecían y desaparecían en una habitación, después en la otra, ruidos sin bordes, a paso lento por las murallas.
De esta manera el silencio volvía de continuo a nacer, pero, de improviso, pronunció las palabras entrecortadas de quien estaba en una emergencia. En todo caso, es bueno ponerse en juego y no quedarse afuera, habándose en una hambrienta masticación solitaria, porque muchos como él, ayer corazones impacientes de la izquierda, se habían quedado al margen por asco o quizá por miedo o por astucia y ahora estaba harto de ser un mirón. Estaba deslizándose otra vez hacia el contenido del artículo, fracasado de antemano por el hecho de quedarse a medias del momento que se ponía a escribir, manoteando sombras sagradas venidas del panteón, mientras caía sobre la máquina, por ejemplo aquella cita de Vallejo que decía murió mi eternidad y estoy velándola, en vez de apuntarse una pistola a la cabeza o mandarse a cambiar siempre del país. Mejor dicho, enviando todo al carajo en una negación que engendraría su propia repulsa. En la misma situación permanecía la novela inédita que tenía escondida en un cajón del escritorio, pero mejor sería conservarla en un tarro de lata para galletas con el rótulo siguiente: se ruega mantener en la oscuridad. Pero había rozado la crónica personal en el artículo al escribir además, sin aliento contra el papel, como celebrando el acto de tinta roja que hacía falta, soy un pequeño burgués radicalizado, fascinado por la muerte. En verdad, sin embargo, otras habían sido las palabras empleadas a objeto de mimetizar la definición, desarrollada cobardemente mediante un falso aire de objetividad, como si de pronto se hubiera convertido en un pequeño dios huidobriano, hediondo a cigarrillo rubio, con las piernas estiradas bajo el escritorio y todo fuera harina de otro costal. La puerta golpeó batida por una fuerza invisible y miró con impaciencia hacia el pasillo, viniendo desde la superficie desnuda la textura granulosa de la pared del fondo, cueste, mejor dicho, grisácea, un paisaje de otoño donde uno iría a parar al volarse de un balazo. Qué dices: no te estoy echando con la niña. Existían momentos en que todo se juntaba en una curiosa y agria confusión, era prueba de que la vida no podía dividirse. En todo había una secreta alianza, por tanto, fuego también era lluvia, los carrillos de la tarde que ahora escuchaba podían venir de otro crepúsculo. Pero, bueno, lo que sucede es que estás lleno de contradicciones. ¿Y quién te lo asegura? Sólo bastaría pasara revista a tu vida personal. Por favor, no te vuelvas calvinista, con tu maoísmo es suficiente y eso basta. La mirada quiso encontrar en el otoño de la pared la réplica que debía continuar a esas últimas palabras, dichas como para superar la situación, pero solamente encontró el color neutro, infructuoso, cuya monotonía deslizaba de izquierda a derecha salpicada de pequeñas arrugas montañosas de acuerdo a su mirada. Otra vez golpeó la puerta debido al maldito viento que parecía entrar por el pasillo. Giró ahora hacia el lugar desde donde venía la acusación, modulada por una voz lenta y segura cuya boca se ocultaba en las sombras cada vez más compactas. Adivinó, sin embrago, una sonrisa que crecía en la espera, una herida de liviana condescendencia que susurraba burlonamente. Había que aceptar el oscuro mecanismo: los días iban pasando confundiendo las escenas diversas, a veces capítulos herméticos de reverberante júbilo, anécdotas visuales en que alguien destrozaba una botella en el borde del mesón, icaristas y pulsarios en otro episodio no menos gratuito. De acuerdo, papi, se dijo, imaginarios o reales tales brochazos, anulaban la grandilocuencia de sentarse a terminar su novela. Devolvió la sonrisa y fue una muda respuesta en la oscuridad, pero ella le contestó, es muy fácil decir no te vuelvas calvinista. Pues bien, veamos, ¿cuáles son los hechos? El diálogo entre las dos sombras quedó de pronto en suspenso, era el momento de tragar saliva y ganar terreno arrastrándose con los codos por el campo de batalla: no había que precipitarse en este momento.
La inmovilidad de los cuerpos respiraba en la tarde exangüe y parecía el día más grande del mundo a través de la ventana.
Había recibido dos horas atrás una carta de su mujer en la cual le decía que pensaba regresar la próxima semana, en el nocturno de las veinte agregaba y que esperaba encontrarlo mejor en relación a todo: ¿pero qué era todo? Fue ahora un sonámbulo gesto de impotencia dibujado con la mano, movimiento caído desde el recuerdo de ese rostro español, tratando de negar los pasos que avanzaban desde la oscuridad del pasillo y apoyó su cabeza en el cojín de plumas. El gesto en el aire cambió de dirección yéndose hacia el lugar desde donde venían las palabras, asediado por ellas a fuerza de querer empujar una respuesta, otras palabras pero ahora absortas en sus viejos sonidos literarios, en sus ecos sobre u papel sucio y arrugado. Quiso decir algo pero las palabras eran unas aves ruinosas, sólo fueron unos dedos que chasquearon de manera inútil en la penumbra devastada que continuaba quemando el último resto de luz, había que abrir la boca para demostrarle que no temía contestar o chapotear entre los recuerdos incómodos de una mala conciencia. Vamos, al abordaje, muchacho, se dijo escuchando cómo las aves ruinosas despegaban en bandadas dando una vuelta por la habitación, después otra vuelta más, por ejemplo, engañas a tu mujer, ¿pero qué tiene que ver?, preguntó, escribiendo en un papel, blasé, choreado y descangayado en un rapto de palabras de alguna manera parecidas. Demostraría que practicas la sustitución dentro de una unidad amorosa y eso se llama fracaso, escisión, ¿no es verdad?, observo que te molesta la palabra fracaso. Por supuesto, pero prosigue, dejando que ella continuara hablando hasta sólo constituir un murmullo que a poco cesó convirtiéndose en un punto lejano. Había caminado descalza hasta la cama de la niña que dormía cruzada sobre las sábanas rosadas, pero cuando regrese, señalaba además la carta, podrás explicarme mejor todo. El ruido metálico, recordado ahora, había sido cualquier cosa, el resorte de la cerradura de la maleta, pero sobre ese ruido nimio, introducido torpemente en la situación, otra vez aparecieron los pies, desnudos y blancos. En todo caso, debemos convenir en algo, estás marcando en el teléfono números al azar. No sabes quién va a contestar: si yo en este momento o el que tú piensas que soy. Pero continúo en silencio escuchando como volvía la voz de ella, deseando seguirla con los labios mudos, resbalando la lengua por su sonrisa impúdica. La voz se interrumpía por instante, luego continuaba. Era un líquido que moría y volvía a nacer, por instantes surgía en la oscuridad de una manera impetuosa e insultante arrastrando acusaciones, encabalgando las palabras en una furia de dientes contra el silencio que se oponía desde el otro lado de la habitación. Ocurre, además, que si no has regresado a tu novela inconclusa se debe al miedo que tienes a fracasar por completo, dijo en una bocanada, ¿o no es así?
Desde el diván quiso alcanzar el interruptor de la lámpara, pero ella pudo decir, mejor sigamos en la oscuridad, bajando entonces la mano la llevó hasta la mesa y empuñó un cuchillo como adoptando una decisión. Te mataré, dijo él, en u elogio a la imaginación, pero no lo dijo. Puesto de pie comenzó a pasearse tropezando con los muebles, hermético, borracho de rabia, puteador, derribando ahora la silla, caminando a grandes zancadas con el cuchillo en alto, blandiéndolo en veloces cortes que tajeaban la oscuridad tratando de asesinar entre las sombras al enemigo invisible que se deslizaba en torno suyo. No es cierto, mijita, que esto no da para más, gritó a pleno pulmón, cayendo al suelo enredado por la alfombra, es imposible continuar así, agregó despatarrado, caminando ahora de rodillas hacia donde estaba ella. Se sentía un pugilista ciego, aburrido de dar golpes inútiles, unos cross o unos rápidos ganchos salivando marxismo, caldeado en ese instante por la voz de ella que lo empujaba, entiéndelo de una vez por todas, la culpabilidad nos toca a todos por igual, aquí no hay nadie que se salve, contéstame, sollozo de pronto, enterrando el cuchillo en uno de los cojines, ¿dónde estás, por la cresta?, ahogando otro zarpazo entre las plumas de los cojines que lentamente comenzaban a volar por la habitación. Era un huno o un vándalo a la búsqueda de una certidumbre, un perro olfateando dentro de la oscuridad. El viaje del cuchillo brillaba nervioso y restallante, ¿dónde chucha te has metido?, derribando ahora la lámpara al ponerse de pie y miró en torno, maravillado, sorprendido, observando cómo caían las plumas sobre el paisaje nevado d el habitación. Era el producto de su desesperación pequeñoburguesa, pensó, largándose a reír, la fiebre que de pronto se le había metido en el cuerpo tratando él mismo de violarse, era una risa que deliraba la impotencia en ka cual estaba sumido y las palabras juiciosas estaban de más en ese momento, cansado de acatar, mesiánico, buen muchacho, volcando un florero al arrebatar de la mesa las carillas leídas hacía un rato, ¿pero dónde te has escondido?, vamos, no seas así, aunque sea insúltame pero di algo, una sola palabra, muñeca, conchita mía, copita de vino.
Lejos largó entonces el cuchillo y arrugando las carillas las depositó encima de la máquina de escribir, seré bonzo, pensó, ¿un bonzo’, raspando el primer fósforo, un obsesivo en trance de autocrítica. La llama crujió débilmente, arrugando todavía más el papel, p después creció henchida al alcanzar otras hojas. Falta más fuego, bramó alborozado lagrimeando por efecto del humo, a tinetas jadeando entre los muebles hasta que encontró unos diarios viejos echándolos al fuego, ahora tomó unos libros mientras la habitación comenzaba a iluminarse lentamente, tosía entre el humo blasfemando y corriendo de un lado a otro trayendo más cosas: mercurios, cortázares, puntofinales, parras, bretones, asturias, mensajes.
La fogata sobre la mesa, rubia de luz, comenzaba a lamer la máquina de escribir, ablandando el rodillo donde tantas veces había colocado el papel, seguro de sí mismo, las manos sobre la mesa en un juego cuyas leyes parecían eternas y gloriosas. Era el final de sus buenas intenciones, el escritor joven en un paraíso de banderas dormidas. No había que salvar absolutamente nada de esas hermosas pompas que estaban creciendo hacia el techo, échale mierda, nada merecía rescate en esa hora, con toda el alma mi viejo. La literatura era una pasión inútil, un excedente más o menos gratuito, unas cartas viejas sin destinatario, chisporroteando las plumas en el aire tibio como unas mariposas nocturnas.
El fuego era colorado y el humo azul.
Para qué estos otros libros, se preguntaba, adiós también, al fuego con ellos, constituía además el fin de un samurai de izquierda, Chen, como le decía a veces en una semibroma un amigo de correrías, chaqueta de cuero ayudando a algunos grupos a publicar manuales de guerrilla, todo como blandiendo un sucio par de calzoncillos en una pieza vacía d muebles y de testigos, a manotazos en ese momento contra los fantasmas de siempre, de bruces contra sí mismo revolcándose el hocico pletórico de palabras sagradas, boxeo de sombra practicado a solas contra la pared, francotirador, échale, alimentando el vértigo de las llamas gracias a esa sucia memoria del mundo que ardía en sus jabonosas palabras impresas, vamos, reconócelo, ya no puedes más, arrásate, aniquílate, ahora te toca a ti, métele fierro a fondo, cara al fuego ahora al caer en un largo grito de soledad mientras bellas y mudas, entrelazándose, las llamas crecían iluminando esa vida perdida.

Germán Marín.

Fuegos artificiales se publicó en febrero de 1973 por editorial Quimantú. Como la mayoría de los libros aparecidos en esa casa editora sufrieron la razia y quema de inmediato después del Golpe de Estado. De aquel tiraje de 5.000 ejemplares, hoy resulta casi imposible conseguir uno, que haya resistido el paso del tiempo y sus circunstancias. Acto seguido, Marín cierra su librería y parte a un exilio de más de dos décadas, primero por México, luego en España. Su libro se ha hecho humo, mientras él se ha dedicado a componer su obra magna, “Historia de una absolución familiar”, trilogía que ya está completa.
La contratapa del libro señala: “Hace algunos años, con el seudónimo de Venzano Torres, el escritor Germán Marín obtuvo el primer premio del Concurso de Cuentos del diario “El Siglo”. Llamaba la atención en ese cuento una habilidad tipológica y un desdén por el comportamiento burgués, cifrado en ciertos personajes abúlicos, retóricos y noctámbulos.
Su novela Fuegos artificiales se presenta como la búsqueda de una escritura destinada a signar ávidamente una época; a adentrarse por el mundo de las familias, poniendo énfasis en el odio, la indignidad; al descubrir la vida secreta de la juventud, con sus miserias y grandezas. A lo largo del relato aparece armándose un tiempo histórico – desde la cruenta represión de la Plaza Bulnes hasta 1970 – , ubicando en él a una clase que comienza su derrumbe; un padre que no quiere convencerse del desplazamiento y un hijo en que surge la juventud renovadora, pero que aún no sabe con precisión que será el futuro”.


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