Evocar a Enrique Lihn

Recuerdos de José Kozer
Enrique Lihn

“a petición de quien esto consigna
pues al partir de esa región maligna
olvidé la mitad de mi maleta.”
Por fuerza mayor (Al recorrer la arena de la playa)

Enrique va y me dice en una ocasión: en Chile hay dos poetas chinos, Hahn y Lihn (risas).
Pasó un día entero con nosotros en la casa de Forest Hills, Nueva York, y durmió en el sótano, no por ostracismo, sino porque ahí dormían las visitas: amén de que en el sótano teníamos la bodega de vinos.
Ese día recuerdo dos cosas: su maleta de viaje, muy estropeada, diría que pobre o de pobre, de la que lo vi sacar un suéter (hacía frío) y al ver el contenido de la maleta quedé espantado. La ropa toda desaliñada, de mal aroma, para ser sinceros, hedía; aquello era un campo de batalla compuesto de bultos, calzoncillos enrollados, percudidos, alguna camisa desmadejada, sucia, y el suéter de marras, que se puso delante de mis narices, medio que alterándolas. Y justo ante todo aquello, recuerdo que sentí algo así como qué tipo tan entrañable, sentí ternura por su desaliño, el descuido higiénico, la aparente pobreza. Enrique en esos momentos pasaba temporadas en Nueva York, le llovían invitaciones, leía en los sitios de mayor prestigio, no tenía grandes gastos porque le costeaban todo, sea los organismos que invitaban o los amigos con quienes paraba; es decir, creo ganaba bastante plata o la suficiente como para cubrir la estancia en una ciudad cara como Nueva York, y a la vez, me figuro, llevarse unos pesos fuertes a su país. Esa sensación de pobreza que despedía, no creo fuera una pose, por el contrario era parte de su naturaleza: descuidada, destartalada, inquieta y apresurada, intuyo que nerviosa, deseante; la naturaleza de un ser dotado de un inmenso talento que no se ocultaba, y de una ternura y fragilidad que escondía.
Lo otro que recuerdo de aquel día es que a la mañana siguiente, luego del desayuno, lo acompañé al metro, que distaba de casa, pongamos veinte minutos a pie. Al salir, Enrique se fijó que en el jardín de enfrente había un bello árbol florido, se deslumbró y me preguntó: ¿qué árbol es ése? Y yo: el sanguiñuelo o cornejo, el árbol de T. S. Eliot, que aparece en Gerontion (que dicho sea de paso, considero uno de sus principales poemas) y que en inglés se llama dogwood (dice Eliot: “In depraved May, dogwood and chestnut, flowering judas,”). Enrique se quedó unos momentos contemplando, había algo beatífico en sus ojos saltones, algo aureolado por la luz matutina que lo ceñía, yo contemplaba al contemplativo (¿invento esta escena? No lo creo) y al rato se espabiló, sacó de un zurrón que llevaba al hombro un cuaderno pequeño de apuntes, y anotó. Me figuro que anotó el nombre del árbol, tanto en español como en inglés, o va y en inglés no, porque no recuerdo me preguntara cómo se deletrea la palabra: en todo caso, el apunte quedó ahí, y no sabría decir si llegó a utilizarlo en algún poema.
En Nueva York durante aquellos años (finales de los 70, calculo: tengo pésima memoria para ubicar fechas) nos reuníamos en el Village, en el East Side, en la zona de New York University, o en el Barrio Chino, Belli, Sologuren, Lihn, Rojas a veces, en alguna ocasión Juarroz, Castañón, Sheridan, Jomí García Ascot, Heberto Padilla, Belkis Cuza Malé, y por lo general íbamos a almorzar al restaurante del traductor del español al griego Rigas Kappatos, dueño y cocinero en aquel entonces de un restaurante griego (luego de uno mexicano) que en mi caso sirvió para arruinarme todavía más el estómago. Kappatos, en cuya casa Lihn pasó varias veces semanas como invitado, nos recibía siempre risueño, nos sentaba en grupo a una mesa, y al rato nos tomaba fotos que en alguna ocasión, qué horror, calificó, y en voz alta, ante todos nosotros, de históricas. Nos echaba de comer en grande, y de gratis, la comida era infame, porque Rigas fumaba como un carretonero, y sus papilas gustativas no distinguían ya humo y nicotina de las salsas que él mismo inventaba. De modo que sus platillos, que llegaban como en restaurante chino uno tras otro, nos saciaba el hambre sin que podamos decir que se saborearan con placer sibarita. No obstante, lo fundamental era reunirse, reír, hablar de mil y una chorradas, Belli siempre un tanto ido reía y hablaba poco; Sologuren mantenía un tono tranquilo y de real humildad y bondad (oí a Álvaro Mutis decir una vez que sólo sabía de tres poetas contemporáneos de lengua española de quienes nunca había oído hablar mal: Jorge Guillén, Eugenio Florit y Javier Sologuren); Rojas dirimía sobre poesía, y a la verdad que era un gusto escucharlo, su intensidad, su precisión; Enrique más bien hacía chistes y decía cosas epatantes, como que ripostando asertos de los demás, con una rápida lucidez que a mí como cubano, me animaba a mis propios atrevimientos. Y claro, se hablaba de mujeres, de dinero, de que había que cambiar el mundo y demás jerigonzas.
Escuché varias veces a Enrique Lihn leer su poesía en público. El recuerdo que tengo es el de una lectura plana, nada declamatoria, poco insistente, tendiente a lo natural del habla. Una lectura que no consideraría rítmica, y que casi me daba la impresión de querer salir del paso, o del trance terrible de tener que leer ante un público: una lectura en que más que entrega por parte del poeta, había un desapego. A mí lo que por aquel entonces me encandilaba era el acento chileno, acento que le había oído por primera vez a principios de los 70 a Nicanor Parra, y que me había parecido, en cuanto tonalidad y ritmo, todo un descubrimiento.
Era una época en que, recuérdese, ser cubano fuera de Cuba era ser un apestado: nosotros éramos los gusanos, los traidores, los burgueses, los vendepatria y los contrarrevolucionarios: más adelante, cuando se suavizó el asunto, pasamos a ser sólo escoria, ya no gusanos. Durante el éxodo de Mariel, en los primeros días de la llegada de aquellos miles de cubanos huyendo de su país, hacinaron a un montón de refugiados recién desembarcados en las costas de La Florida con lanchas de todo tipo, en una gigantesca carpa situada en Miami, carpa a la que los refugiados pusieron el nombre de El Escorial. Sin duda, esa escoria que éramos, sabía cambiar las tornas, y dar dignidad al vituperio. Y bien: tal y como los cubanos exiliados éramos todos de derechas, según los otros, los chilenos exiliados eran todos revolucionarios, según ellos: todos eran víctimas de la tiranía, a quienes había que proteger, y atender; eran los buenos de la película, nosotros, sin duda, los malos. En ese pique vasto y basto que existió entonces entre estos dos exilios, hubo muchos aprovechados, muchos mediocres que se subieron al carro de los vivos para mercar y sacar pingüe tajada. De los chilenos que conocí en Nueva York, o con quienes mantuve una relación de índole epistolar o personal, sólo Gonzalo Millán y Enrique Lihn, Parra y Rojas (entre los ya consagrados y mayores que todos nosotros) desde mi punto de vista, y desde una mira mía limitada, puedo decir que jamás me hicieron sentir que me veían como a un sicario de la contrarrevolución.
Termino señalando que a Enrique lo percibí desde una ambigüedad que me figuro emanaba tanto de él como de mí, una ambigüedad que me impedía quererlo del todo, y que al mismo tiempo contenía un interés auténtico por su persona, su discurso, su palabra viva, que en muchas ocasiones hacía reír y encantaba. Hasta hace muy poco creí a pies juntillas que a Enrique se le veía en su país como a un triunfador, que su país lo acogía galardonándolo y recibiéndolo con los brazos abiertos. En mis viajes recientes a Santiago, creo haber descubierto, con sorpresa, que no fue así; que Enrique Lihn fue más bien siempre soslayado por su país. Al mismo tiempo, entiendo que las cosas han ido cambiando, para bien, gracias a los jóvenes lectores de poesía chilena, de modo que la balanza, señal de salud, se va poniendo al fiel.

José Kozer.


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