El olor de las palabras

Crónica de Symns

cioran

No hay otra manera de designar el acto de la lectura más que como una brujería. ¿Cómo es posible que esa manada de pequeños y negros insectos salten dentro de mi cabeza y, con la velocidad del rayo, construyan rompecabezas sobre el mundo, diseñen teorías sobre el cosmos o sobre los átomos de un pan, me provoquen pasiones y desencantos? Lo más increíble de ese terrible poder replicador es que algunas lecturas han construido escenarios del mundo a los que he visitado imaginariamente y cada vez que los construyo “es como su efectivamente yo hubiera estado ahí”: siento el olor de la pólvora cada vez que convoco La roja insignia del coraje, de Stephen Crane, y me embriago con el olor de los calzones que husmea el personaje de Carne y cuero, de Filicien Marceau; me penetra como un cuchillo el hedor a semen y sudor y ruido de las ramas rotas en el bosque donde la mujer de Henry Miller, en Sexus, cuenta que ha sido salvajemente violada, o también el aroma rancio del cuatro mezclado con la catinga del negro que ultrajó a La Maga en Rayuela, de Julio Cortázar. Siento el aroma terso del aire y veo las formas difusas de mis sueños adolescentes mientras vuelo junto a Antonie de Saint-Exupery en Vuelo nocturno, o los decorados salvajes de un remoto Marruecos se construyen velozmente mientras recuerdo los textos de André Gide o William Burroughs.
Fuera de las informaciones técnicas, podría afirmar que nunca he aprendido casi nada de las lecturas, salvo configurar los puntos de apoyo de mi visión del mundo, dibujar el mapa de mis deseos, escudriñar los secretos del sufrimiento entre los intersticios de almas semejantes a la mía o tan disímiles que me parecían casi alienígenas y, también, reconocer las miradas malévolas, desoladoras o arrasantes que algunas mentes proyectaban sobre el mundo de la ideas.
Resulta curiosa la afición a ciertos escritores. Creo, por ejemplo, que ni siquiera en Alemania Federico Nietzsche tiene tantos adeptos y fanáticos como en Argentina, donde me ha pasado, y más de una vez, haber charlado sobre el genio alemán con un taxista o con el mozo de un bar. Algo similar ocurre en Chile con el rumano E.M Cioran: he encontrado sus principales libros en las más variadas bibliotecas y su pensamiento ha influido poderosamente sobre el sistema reflexivo de muchos intelectuales chilenos. Pero la diferencia entre el alemán y el rumano es notable: el primero desafía las siniestras leyes que manipulan la voluntad del universo con una mirada hostil y valiente, con una vitalidad que nos permite reírnos cuando miramos a través de los ojos de los buitres que se devoran el mundo. El rumano, en cambio, poseedor de una potente capacidad de entristecer y deprimir el mundo, se entrega a una especie cobarde pesimismo. Sus pensamientos sufren las consecuencias de lo observado y, con una patética obsesión, siempre descubren las huellas de la desgracia. Desde que percibí esa diferencia notable en la manipulación del pensamiento, huyo como de la peste de esos textos que intentan taladrar la sensibilidad como el torno de un dentista buscando matar el nervio de las pasiones.

Enrique Symns


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