Boediano
Selección poética de Fabián Casas

Welcome to the Horla City
Acá el que no corre
vuela.Mientras pensamos en la posteridad literaria
Ruido de serruchos
y martillos trabajando en la alta noche.
El volumen de la tele
a todo lo que da.
Por la mañana,
la inmensa cabeza del caballo de madera
se alzaba a la altura de nuestra ventana.Desde el aire
Los que llegan en avión
se sorprenden
por lo que ha crecido
año tras año la ciudad:
el cordón industrial,
el cordón policial,
el cordón umbilical,
la alquimia del verso.El Edificio
El gigante torpe que vive hacia el fondo de la calle
dejó caer la cuchara
y el ruido sonó como un cañonazo
e hizo saltar a las palomas.Las pertenencias de Juan
caben en el perímetro de luz.
Salvo eso, todo el edificio está a oscuras.
El Identikit da vueltas por la ciudad.
La gente, cuando cae la noche, apura el paso.
En el patio interno del hospital,
unos cincuentones charlan y fuman
mientras esperan que el médico de guardia
les diga sí habrá un lugar vacante
en el póker del próximo domingo.
Juan, estás solo como un perro,
sos el Mejor Amigo del Hombre.Senpai
Los pasillos del sanatorio quedaron en silencio.
Nada se movía. Era el momento que precede
a la nevada mortal, el estado de indecisión
y el papel impreso atascado.
Por eso no dudé de que venían por mi viejo.
Entonces le pedí a la enfermera de turno
que me ayudara a cambiarlo de cuarto.Yo empujé la cama con ruedas
y ella se hizo cargo del suero.¡Acá tienen el famoso via crucis, manga de hijos de puta!
Mientras caminábamos torpemente,
le dije a mi viejo que no se preocupara.
Se sonrío. Ya en el otro cuarto,
la enfermera nos dejó solos.
Entorné la puerta. Acerqué una silla.
Y me senté. Desde donde estaba
se veía el final del pasillo.
Sea quien sea el que viniera,
tenía que entrar por ese lado.
Me puse a esperar.
Iba al encuentro de mi sombra.Cinco de la mañana en Horla City
Jubilado antes de tiempo
El joven Syd barre la vereda de la fábrica de juguetes.El señor Camaratta piensa en voz alta
“A pesar de la larga noche en vela
encuentro palabras al azar
para escribir lo que se me pide.
Estoy formado, disciplinado,
he cometido el peor de los pecados,
me senté a leer al sol
libros que compré de oferta,
porque acaban de poner en venta
a la poesía del noventa.
Y ahora tengo las horas contadas.
Hice largos planes, bocetos
composición de personajes,
adelgacé muchos kilos
para estar en el papel exacto.
Tengo las horas contadas,
se acabó la martingala. El croupier,
de esmoking, mueve sus dedos sobre el lomo verde”.En la esquina de Córdoba y Gascón
Después de cerrar el quiosco
el señor Kurz suele sentarse a comer
en ese rincón que ves allá.
Sí, ahí, bajo el cono de luz,
para degustar una pasta demoledora
acompañado por su litro y cuarto
de vino de la casa.
Anoche, mientras masticaba,
el señor Kurz se quedó hipnotizado
mirando a una vieja pareja de cacatúas,
hembra y macho, mientras comían en silencio.
Es en esos casos cuando el señor Kurz,
-que es uno de los nuestros,
si se me permite la expresión-
se pone melancólico
y vuelve a sentir en todo su esplendor,
el horror.El joven Lucas Favro se duerme en el tren
Y de golpe, a su lado, alguien le toca el muslo
mientras le habla al oído: es El Periodista Deportivo,
un tipo veloz que solía, en otros tiempos,
ponerle un sleep a un pulpo.
Ahora vive en un barrio privado
con su mujer e hijos y no le dan los números.
“Me están dando un pesto bárbaro, Lucas”, dice.
“Tengo la cancha inclinada desde que me levanto
hasta que me acuesto, Luquitas”, dice.
La red de nervios de Horla City
expulsa trenes en mal estado
hacia los confines de la provincia.
Hay mujeres policías trabajando en las estaciones,
hay evangelistas predicando en las estaciones,
ciegos, mutilados, cantantes fracasados,
cruzando los andenes.
No se los pierdan.El señor Camaratta piensa en voz alta
“Esto está pasando de castaño oscuro.
Un día más así y me echan al técnico.
Viene la expiración,
cede la inspiración.
Acá llega el sol, acá llega el sol.
César,
los que no pueden dormir
te saludan”.Apuntes para una posible poética
El hornero, como buen traductor,
hace su casa en un poste de luz.
En el hotel de enfrente el hombre duro
busca la palabra justa en la pastilla de cianuro.
Se ha comprobado que después de casados
los cónyugues añoran
aquella velocidad persistente
y caen en el engaño.Apuntes para una posible poética II
El salvaje persigue al ciervo durante días y noches.
Sin comer, sin dormir.
No se le acerca demasiado ni intenta lastimarlo.
Sólo lleva un pequeño morral y un cuchillo.
Pero el ciervo siente que en esa insistencia
está concentrado su destino.
Entonces cede a la tensión y se desploma.
El salvaje le reza al espíritu animal
y le agradece la buena voluntad.
Después saca el cuchillo y se lo come.
Una costumbre africana
que en mi barrio se llama
ganar por cansancio.Mantra
Junto mis manos como si fueran un caracol
y acerco el oído.
A pesar de la pérdida de señal
que producen los años y el viento
puedo oir a mis tías
picoteando el máiz
en la cocina de mi madre.Tres de la mañana en Horla City
La mujer apura sus trancos
por una calle
que se va haciendo
cada vez más estrecha.
No hay un alma
en kilómetros a la redonda.
El identikit recorre la ciudad
sobre el tablero del patrullero.
La mujer escucha detrás suyo,
los pasos del Señor de Abajo.Carta abierta a tres personas del Perú
Rodolfo Hinostroza, José Watanabe, Antonio Cisneros:
¡Ustedes la rompen! No sé si odian o se aman
(los grandes poetas suelen detestarse,
como esos territorios ocupados
por diferentes razas que no paran de invadirse)
pero en esta unánime noche de Horla City
le estuve recitando sus poemas
a la botella de JB, mi psicólogo rubio,
quien se veía visiblemente emocionado.
Hinostroza, Watanabe, Cisneros:
se repudiaban también Eliot y Williams
pero ambos descansan, uno al lado de otro,
en los estantes de esta biblioteca.
Tal es el destino de los buenos poetas
una vez que han muerto: no rechazarce
como polos opuestos de un imán
si no mezclarse bajo los ojos
de un mestizo borracho
a altas horas de la madrugada.
José Villa practica el wabiEn medio de un barrio melancólico,
se alza deshabitado el edificio de la Algodonera.
Antes, cuando funcionaba a todo lo que dá,
trabajaba en la línea de montaje
Villa José Villa, un tipo callado
que escribía poemas milimétricos
sobre el paso de las estaciones
en el ojo del ofidio.
Sin embargo, pocos son los que sabían
que practicaba este metier milenario
por las tardes, cuando llegaba a su casa
y se descalzaba. Y mucho menos
supieron de la vez que arrojó sus pertenencias
al río precario que iba a ser entubado
para electricidad y confort de las amas de casa
de El Salvador. Como digo,
dejó lo que le sobraba en la corriente
y salió caminando
con un pequeño bolso de boxeador,
muy liviano, un verdadero campesino chino
al comienzo de La Larga Marcha.Siete de la tarde en Horla City
Por miedo o por lo que sea,
la madre y la niña no van al parque
sino que se quedan
en el rectángulo de luz del hall del edificio,
custodiadas por la puerta de vidrio;
mientras la niña va desde los ascensores
hasta los brazos de la madre, patinando,
va y viene, va y viene, pienso en las peceras
donde moran los Altos Jefes de la redacciones;
o las maquetas de los museo de Ciencias Naturales,
donde maniquíes y animales embalsamados
replican la costumbre de la caza y el fuego.Bis
Masa negra durante la noche,
lugar de juego para los chicos
que lo exploran e invaden
durante el día.El edificio de la Algodonera
está deshabitado.
