Portero
Relato inédito de Luis Valenzuela

Acudió al llamado sin otra intención que quedarse con el empleo:
No era un gran lector, pero había leído. No había nada que perder. No era la mejor mañana, pero había que actuar.
De la ciudad poco. Avanzó rápido y llegó a la casona que tenía la numeración que indicaba el periódico del domingo. Sin obstáculos se vio frente a la recepción, nadie lo detuvo en la portería. Sólo una mujer detrás de un mesón lo observó con cara lozana:
¿Tiene cita?
No
Revisó profesionalmente la agenda.
Entonces pase.
Avanzó y golpeó la puerta.
Entre.
Abrió la puerta, observó el lugar y se acercó a la silla, la tomó y se sentó. Comenzó la entrevista.
Detalles hubo varios, la idea central:
Necesitamos un portero que reciba los libros que vienen a dejar los escritores sin recomendaciones… Los aceptas, luego le tomas los datos y los lees ¿Está claro? En el caso que consideres que merecen una oportunidad me los entregas ¿Está claro?
Sí.
Probemos un mes, el cargo es tuyo.
No era un gran lector, pero había leído, y esto le significaba un gran desafío. Comenzaba al otro día. La paga no era mala y tampoco el trabajo. Creyó.
Al otro día, sentado ya en su sillón de la portería de la editorial vio cómo se le acercaba un hombre sospechoso.
Quisiera hablar con el Editor.
¿Tiene cita?
No, pero…
Lo siento…, pero si trae algo yo se lo puedo entregar.
Es que sería mejor que hablara con él para explic…
Lo siento…, si trae algo yo se lo puedo entregar al Editor.
El hombre aceptó y el ahora Portero se sintió cómodo frente a su primera misión. Creyó haberlo hecho bien. Había logrado disuadir al escritor y había tomado sus datos. Bien. Sólo faltaba leer. Tomó el material impreso y anillado y comenzó a hojearlo. La obra comenzaba con varios diálogos sueltos que hacían algo empalagosa la lectura. No estaba acostumbrado. Se escuchaban voces en un encierro que se fue notando y haciendo más sólido a medida que avanzaban las páginas y que comenzaba a surgir un narrador omnisciente. Si bien el argumento fue mejorando gracias a los aciertos de una certera configuración del personaje central, algunas asperezas en la redacción fueron mermando el proyecto. Lo anotó en su libreta. Portero comenzó a sentirse cómodo, tanto con la lectura como con el trabajo. Atajar personas, tomar datos, leer y dar un veredicto. Simple hasta que después de quince minutos de lectura llegaron dos escritores, un hombre y una mujer. No los vio venir porque estaba concentrado con la lectura. Aparentemente no se conocían, por lo que caballerosamente Portero atendió primero a la mujer. Los escritores aceptaron. La manera de actuar fue idéntica a la anterior, sólo que en este caso la mujer no aceptó entregar el manuscrito.
Siempre lo mismo.
Le prometo que la haré llegar.
La estrategia surtió efecto en el hombre, el que cándido aceptó y entregó el material, sospechando quizá que el proceso acabaría ahí. La mujer lo tomó y se fue.
Algo impulsiva.
El escritor no respondió y Portero se dio cuenta de que debía omitir ese tipo de comentarios, su cargo y estatus le impedía entrar en contacto con los escritores que buscaban el nexo preciso para ingresar en el mundillo de la publicación. Portero no podía caer en esa trampa.
Pasaron algunas semanas y Portero acumulaba cerca de quinientos manuscritos, de los cuales sólo llevaba leídos cerca de ciento cincuenta. En verdad, no eran más de cuarenta los que había terminado, algunos los dejaba a la mitad, e incluso a otros no les daba más de diez páginas. Se convencía a sí mismo que ya tenía el don del buen lector que sabe palpar donde está la verdadera escritura. A veces sólo relacionando títulos con las caras de los escritores. Así, los manuscritos continuaron llegando y acumulándose, Portero no daba abasto, ni siquiera llevándose el trabajo para su casa y organizándose al máximo. Portero se había hecho un cronograma de lecturas que le consumía el día completo. Quería ser profesional. Es que Portero se había vuelto un lector radical que cada segundo lo utilizaba para leer. Leía, a la hora de almuerzo, del desayuno, en el supermercado, en el baño, en el banco, en los paraderos, en la micro, caminado de la casa al trabajo y del trabajo a la casa – por cierto, vislumbró la idea de dormir en la caseta de la editorial para no perder tiempo en desplazamientos inútiles –, incluso mientras conversaba con otras personas, situación menor porque el tiempo no le alcanzaba para reuniones sociales. Portero estaba copado y sobrepasado. Su cara lo hacía evidente. Cuando hacía uso de sus tres horas de sueño revisaba inconcientemente lo leído y trataba de darle nuevas oportunidades a los que ya había rechazado, aunque también se regocijaba con los veía ocupando el sitial de plumas avanzadas de la literatura que se avecinaba, experimentaba algo así como el orgullo que sentiría al saber que descubría un talento no validado por el mundillo literario. Entre sueños, desvelos y divagaciones, Portero hablaba dormido emitiendo juicios que anotaba en su libreta cuando despertaba a media noche. A veces no dormía, hablaba solo. La vigilia la pasaba discurriendo sobre los autores y cómo ayudarlos a mejorar sus escritos. Portero buscaba fórmulas.
La mañana de su primer sueldo fue personalmente el Editor a entregarle el pago. Alguna vez pudo haber estado orgulloso de tal gesto, pero ahora no alcanzaba para el orgullo, tenía trabajo pendiente.
No se preocupe, si quiere no lee.
Se detuvo
¿Cómo?
Si quiere no lee, este año tenemos la cuota lista de publicaciones.
Una sonrisa y se fue. Portero se quedó impávido durante unos minutos. Era parte de una maquinaria. Una pieza más e intrascendente. Luego dejó el manuscrito que tenía en sus manos. Tomó su agenda y llamó a los escritores que consideraba talentosos para citarlos a una reunión con el Editor. Pero consideró que eran pocos. Llamó a los que consideró regulares, pero que tal vez con una buena corrección o una segunda lectura podrían perfeccionar sus textos. Pero consideró que eran muy pocos y llamó a todos los que habían querido publicar. Los llamó uno a uno y uno a uno contestaron ansiosamente.
A la mañana siguiente la fila era enorme, casi quinientos escritores querían entrar a la recepción porque tenían una reunión con el Editor. Se habían sumado varios que habían sabido de la cita y otros que por azar llegaron ese día. Mientras, Portero tomó su base de datos y en un bolso metió los quince manuscritos que más le habían gustado. Sin embargo en el bolso quedaba espacio para cinco más. Metió uno que le desagradó, pero que vería cómo arreglar. Metió otro que leyó hasta la mitad, al que le daría otra oportunidad. También metió tres que no aguantó su lectura, pero cuyos autores habían sido de su simpatía, un vicio que no acaba.
Portero se marchó. Quizá qué habrá hecho con ese material. Nada se supo de él. Nada supo y nadie tampoco supo del incidente del Editor con los quinientos escritores ¿a quién le importaba?
Luis Valenzuela P.
