“Muerto el perro se acaba la rabia”
Entrevista a Alexis Figueroa

Alexis Figueroa (Concepción, Chile, 1956) es uno de los poetas más destacados de la generación del ochenta. Este poeta se ha desempeñado en los más variados oficios desde guionista de documentales hasta reparador de computadores. Además ha sido editor de importantes revistas literarias de los años ochenta, como La piel de leopardo, Posdata y Tantalia. Su primer libro de poesía Vírgenes del Sol Inn Cabaret, fue galardonado con el Premio “Casa de las Américas” (La habana, Cuba, 1986).
¿Alexis cuál es tu posición como poeta en relación a tu generación? ¿En qué se distingue tu poética a la de Tomás Harris, Diego Maquiera, José María Memet, por ejemplo?
Para hablar respecto de mi generación debo dar algún rodeo. Primero, diré que desde niño me interesó la literatura. Y aún más la lectura. Fundamentalmente leí enciclopedias- la famosa “Barsa” y el “Tesoro de la juventud” de los 70. Amén de novelas y libros de fantasía y ciencia ficción. Pero hasta muy entrado en la adultez leí como lector, no como escritor. No leía poesía. Entré a estudiar filosofía el 1973, a la U de Concepción. Y leí filosofía, acaso ya, con 17 años, con actitud de filósofo. Siempre me atrajo la densidad sistemática de los textos filosóficos clásicos a la manera “europea”, desde por ejemplo Tomás de Aquino a Kant. Y tal vez, la primera visión de una filosofía de la subjetividad, en la que se combinaba pensamiento y un “estilo” literario, fue con Nietzsche y Sören Kierkegaard. Fue el primer atisbo de otra, aunque estética, realidad. Pero en suma, me formé en los turbulentos y amenazantes años post 73. Recuerdo que mis primeros intentos de vocación poética eran copia de García Lorca, Machado, Neruda y etc. Así de refilón y nada más. Sin embargo allá por los ‘80, empecé a tomar contacto con una poesía universitaria que venía desde el Instituto de Lenguas de la Universidad de Concepción. Recuerdo en esto, al grupo “Punto próximo” en donde estaban Harris, Roberto Henríquez, Carlos Decap. Recuerdo entre otras una actividad: “Exploración de un cuerpo urbano” se llamaba y era, evidentemente una aventura de poesía-performance experimental.
“Sabía más del Beat que de los poetas de mi propio país”
Por ese entonces, yo integraba la “Asociación Democrática de Artistas” de Concepción. Allí, siendo miembro del grupo de Teatro Urbano experimental, integré a la vez mi primer taller literario. Y fue en él en donde se me reveló, aún mínimamente, la riqueza cultural chilena en esto de la poesía. Pero fue un poco más de De Rokha, Huidobro, otra vez Neruda…y nada más…aunque llevé ahí mis inquietudes beat. Porque, lentamente, empezaba a configurase en mi interior un panorama denso, con autores ligados a otras tierras. Porque yo crecí en un entorno en donde la tradición poética chilena no existía. Los poetas, y toda suerte de intelectualidad estaba, sí, pero escondida bajo las piedras, en los subsuelos de las bibliotecas, en el trasfondo de las palabras que nuestros profesores pronunciaban. Y así, como un buen hippie tardío, mi educación estético sentimental se hizo con Grand Funk, Hendrix, Jefferson’s Airplane, Pink Floyd, Janis Joplin, Kerouak, W. B. – El Almuerzo Desnudo – y Ginsberg antes que nada. Sabía más del Beat que de los poetas de mi propio país. Porque en mi propio país, en esos años el saber humanístico y la poesía pertenecían a estrellas de distantes galaxias, escondidas bajo nubes de pólvora y el gas lacrimógeno en la población. Leí, escribí y armé proyectos y revistas junto a Harris, en ese tiempo mi par y amigo generacional. Y gracias a él poco a poco tuve vislumbres – otra vez – de otra poesía. Maquieira, Raúl Zurita, Juan Luis Martínez entre otros. Pero no saqué de ellos mis rasgos experimental, sino que con ellos confirmé una intuición: la de que el lenguaje escrito estaba ante mí como un suceso en que operar. Un suceso, más que estético, de manipulación e investigación. Creo que en esto confluyó mi temprana formación en el pensamiento francés del análisis de la escritura y su hecho, pensamiento conducido de la mano de Lacan, Foucault, y los avatares lingüísticos de la escuela freudiana- estructural. Así, llegué a la escritura del Vírgenes por tres vías. Una de ellas, la ciudad de la creación y sensación del beat, otra, por mi conocimiento filosófico de – valga redundacia – de la “filosofía del lenguaje” – desde Saussure en adelante – y finalmente, por el conocimiento del movimiento antropofágico y el concretismo brasileño. Sousa Andrade. La aventura del inca en Wall street. Recuerdo que un día, en que todas estas ideas daban muchas vueltas en mi mente, se me apareció la solución más simple: la poesía parecía ser el área de creación lingüística más interesante y libre del planeta ya que podía constituirse en un diseño que abarcara cualquier ámbito de creación, al amparo de su matriz lingüística de operación. Y esto incluía por ejemplo la concretitud de su tipografía, la noción tipográfica del anuncio-letrero colgado en la acera. Y así procedí. Y es que antes del “vírgenes” hice otros proyectos, netamente de “calle”, con soporte de “calle”como página o lienzo, hasta ahora a sin otro “registro” que una boleta de detención. Nos detuvieron, junto a Héctor Neira, en Concepción, allá por el ‘85, en plena campaña de una acción artística denominada “nosotros, los que sucedemos en la ciudad de una película”.
Pero vuelvo. Sin conocer mayormente a mis pares, sin haber leído mucho de la creación que en esos momentos me rodeaba en el país – El Cada, las Acciones de arte, la noción misma de “poesía experimental” – me la formé de algún modo solo, en base a lo que dije anteriormente y, en todo caso, me siento mucho más contactado espiritual y amistosamente, con la generación siguiente de poetas y escritores. Siempre me sentí mucho más cómodo – en el sentido de panorama vital y espiritual- con Jesús Sepúlveda, Víctor Hugo Díaz, Guillermo Valenzuela y Yanko González, etc. Y esto, aún lo sigo sintiendo el día de hoy. Por ejemplo, me siento más próximo a Malú Urriola que a Eugenia Brito, más cercano a Egor Mardones y a Sergio Gómez – en sus tiempos de poeta, porque un tiempo lo fue, acá en Concepción – que a Montealegre y Schopf. En realidad la generación que “históricamente y literariamente” me corresponde, salvo algunas excepciones, no me interesa más que para cumplir con lo que se espera de un buen “conocedor”, como un requisito propio de mi oficio de letras. Sentimentalmente me formé entre aquellos que descubrieron en Chile, allá por los adentrados ‘80, la Ciudad. Y creo que el motivo básico de esta percepción está en una actitud vital: fue un grupo algo a trasmano, que vivió una revelación “beat” después del mismo beat. Y como tal fue un grupo que vivió una revelación del corazón. Ante la cual, la poesía anterior, con todo su posible experimentalismo, parecía un asunto frío. Diré finalmente que sin embargo, como sea, es en la poesía experimental y en la ciencia ficción donde encuentro la promesa de un futuro de diseño, constructor de realidad. Creo firmemente que ambos, ciencia ficción y poesía experimental son cabezas de playa instaladas en la percepción de lo real. Y pido disculpas por estas metáforas de guerra, propias de cualquier poesía vanguardista…
Sé que tus fuentes son los clásicos, en tus libros se distingue, pero a la vez se observa un afán de ruptura. Mi pregunta va por el lado de la apertura del libro como tejido textual y sus distintos soportes ¿Qué piensas acerca de las poéticas del silencio (John Cage) o cuál es tu opinión respecto al soporte visual (Concretismo) dentro de la poesía?
Efectivamente, mis fuentes son en su mayoría clásicos. Desde Homero a Lewis Carroll. Desde los escritos búdicos (el Canon Pali, por ejemplo) hasta Dylan Thomas, desde el Popol Vuh hasta T.S. Elliot, desde “Los trabajos y los días” a “Moby Dick”. Pero en buena suma todas mis lecturas constituyen una mistificación positiva pues si bien recuerdo qué he leído, no ordeno muy bien lo que he leído y mezclo y combino, dejándome arrastrar más bien por una suerte de intuición. Que me permite adornar, después de haber confeccionado las imágenes de una aventura de la mente – en términos de una creación de arte – a la misma, con las referencias que como ecos, la hacen resonar en una historia universal de anteriores hechos conocidos, adosados a su sustancia informativa inmaterial. Así, aunque hoy, deliberadamente exploro líneas de procedimientos más formales, vinculados a la palabra inmediata – aunque invadida siempre de tics y guiños que abusan de su formalidad – considero que más que menos, la poesía tiene al menos dos grandes fuentes para en el buen sentido hacer tradición. Por un lado, constituirse en una tierra de pocos, vinculada al desarrollo de un “arte de especialización” que experimente la reducción de su ámbito por la sofisticación (que es en suma una suerte de “especialización) de la oferta y la demanda de su tipo de producción, y por otro, el constituirse en paisaje omniabarcante de ciencia, arte y tecnología, que diseñe ya no una percepción de realidad sino las condiciones de percepción de una determinada realidad. En suma, reivindico el sentido de la palabra poesía. De “poiesis”, en griego “creación”. Una creación que tiene mucho más que ver con el descubrimiento y la invención que con la repetición. Un teorema matemático al postularlo ¿Se descubre o se inventa?. Resolver esto es decidir – en histórico ejemplo – por alguna de las posibilidades que Leibnitz ejemplifica con su paradigma de los relojes y la armonía entre percepción y lo real.
Sientes que Chile sigue siendo un país conservador y reaccionario. Te pregunto esto debido qué siento que hay cierta tendencia hacer una poesía discursiva, centrada en el mensaje y olvidando la forma. Las poéticas de lo políticamente correcto, que tienden a la sencillez y no a la experimentación o problematización de la tradición. Todo esto, pese a que tenemos nuestra pequeña tradición vanguardista: Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Residencia en la tierra de Neruda, Juan Luis Martínez, etc. Este facilismo o aburguesamiento (superstición por la coherencia), contrasta con tu primer libro ganador del premio Casa de Las Américas (Cuba, 1986), donde se aprecia riesgo, además de integrar soportes variados (fotografía, anuncios publicitarios, dibujos) cierta realidad de ese entonces. ¿Cuál es tu postura, tu mirada al respecto? ¿Sientes que la poesía que se hace hoy en Chile problemátiza la tradición?
Sí, absolutamente. Hace unos días un titular de “la Tercera” – recuerdas este diario chileno supongo – decía: “El rodeo: una expresión de la chilenidad”. UFF. Esto me da miedo. Pues el rodeo consiste en un “deporte” en el cual dos huasos (hacendados de plata, muy bien vestidos y en montados en caballos de cepa) agarra a caballazos contra la quincha – la pared del rodeo – a un pobre novillo, ni siquiera un toro, con el fin de atraparlo y dejarlo molido a golpes hasta conseguir su inmovilidad. Si esto es un “expresión de chilenidad”. Ufff.
“Panorama de creadores huérfanos que se revelaron finalmente como reaccionarios”
Por donde lo mires Chile es un país conservador y reaccionario. ¿Has leído el trato que los medios dan a nuestra presidenta, por su condición de mujer. Le dicen, por ejemplo “la Bachelet”. Nunca leí nada donde se escribiera “el Lagos”. Pero volvamos la pregunta. Creo que alguna vez te comenté en la Sech que a mi juicio, tras toda la parafernalia descontructivista y experimental de algunos fundamentales productos de los 80-90, habría de devenir una suerte de interregno estético tras el fin de la dictadura. Y esto porque “el sentido de la orientación (frase de mi amigo Oscar Lermanda) se pierde en la guerra”. Paradojalmente, con la llegada de la “democracia”, vino la desorientación. Acabados los grandes referentes de oposición y combate que posibilitaron y justificaron aventuras estéticas (que debían mucho de su “dejar hacer” a su metaestética política), estas mismas posiciones demostraron los blandas y contingentes que eran. Súbitamente se vio el descampado: no habían ya referentes-objetos claros en los que apuntalar la creación. Y se vio entonces, que muchos proyectos artísticos de creación se apoyaban necesariamente en puntales. Pero muerto el perro se acaba la rabia. Y si bien rabia había, no había señales que indicaran “por aquí se muerde, por aquí se va”. Panorama de creadores huérfanos que se revelaron finalmente como reaccionarios, en el sentido original de este término. Su puntal era el motivo de su reacción. Su puntal no fue nunca su creación. Así, las nuevas generaciones debieron acostumbrase al descampado. Y, creo que unos de los elementos que históricamente logra sobrevivir en lo eriazo es la memoria colectiva de salvaguarda en la forma de lo que es correcto. Aunque no se reduce a “imitemos, imitemos – como un reemplazo de “mentir, mentir, que algo queda” sino a un “creemos, apoyándonos en la pata de palo de la tradición”. Pero de un tipo especial de la tradición. Me refiero a la lírica, a esa expresión de “sentimientos individuales, el reducto de la realidad reducida a una sensibilidad “especial”. ¿Especial: ¿Por “fineza”? ¿Por índigo? ¿Por resilente?….Sin embargo sí conozco autores, que buscan e interrogan su propios límites de creación. Y son autores que generalmente cuelgan al margen – ya por elección, ya por exclusión – de nuestra “tradición poética nacional”. Y me refiero a autores de libros raros, desde el “Trasmigraciones” de Merino hasta “AKA: sólo para tus ojos” de Jorge Ojeda. Como dices, tenemos nuestra pequeña tradición vanguardista. Pero una tradición vanguardista no se encarna en literatura por una simple imitación. En el Chile de hoy campea lo lírico – como siempre ha sido respecto a la imagen popular y culta de la poesía –. Un lirismo que repite letras de un viejo Rimbaud. Mas también he conocido algunos poetas – hombres y mujeres – que trabajan con la performance poética, gente para quienes estos mismos párrafos, y la misma pregunta que motiva estos párrafos, ya tiene otro sentido. Algunos son hijos de la red audiovisual de occidente (aunque sea así, de “occidente”), para quienes la poesía es una “costumbre nueva” de medio multisemántico y multidireccional. Y, tal vez, lo que los permite reconocerse como “poetas” es su anclaje con las estructuras de la palabra y sus capas de resignificación, aunque estas capas, sean exploradas en la multiesfera de una poesis sensorial.
“La poesía odia ser fantasma de sí misma”
Sin embargo – y por ejemplo – estos fenómenos distan bastante de la capacidad de comprensión crítica de nuestras viejas, malas, lentas universidades. O, en otro ejemplo, es difícil encontrar el sentido a una acción de corte y mutilación corporal realizado no al estilo Zurita – es decir como “denuncia de una situación social encarnada en la planificación artística de un sujeto que se vive artista –mesías” – sino como “espectáculo” de atomización personal. Así, diría que en general, en el país, en sus ejes culturales oficiosos y oficiales, el discurso artístico – la “declaración”critica, la expertiz, su realización – es más y más de sí mismo. Un sí mismo ciego, cómodo y vulgar. La excepción está – lo he visto – en los lugares y la voz de los que no se contentan ni se interesan por el reconocimiento institucional, aquellos capaces de hacer valer su “autogestión” artística y espiritual. Y, aunque sí puede haber instancias en que se violenta una pretendida tradición, en un marco de reconocimiento público y democrático, es este mismo marco el que reduce la acción poética “autorizada” a simplemente un chiste y nada más. Me refiero por ejemplo a la exposición de las imágenes de los presidentes chilenos colgados por el cuello, en el centro cultural de La Moneda. La obra, parriana por supuesto, se titula “El pago de Chile”. Está muy bien. Como artefacto. Como chirogota autorizada y aplaudida por la autoridad. Es el mismo entorno y la venia de su uso lo que enmarca la obra en el cánon inocente de tomarse la universidad con el permiso del Rector. Por otra parte este “tipo de poesía” ya está en los diarios, de la mano de las agencias de publicidad. Leo en las Ultimas Noticias”: OHigginianos furiosos por aviso comercial”. Es su titular de portada. Y en que en los días anteriores en diversos diarios nacionales aparece un pato, a toda página, en formato “busto”, vestido con casaca, condecoraciones y uniforme O’higginiano, amén de sus patillas en versión “pato”. El pato, invita aperarse para nuestras fiestas patrias, a pedir un crédito en el banco, para que la familia “no se fije en gastos” en la celebración. El pato, un patito amarillito, es desde hace un par de años el protagonista principal de la campaña publicitaria del Bancoestado. ¿Por qué un pato? Para aprovechar la expresión chilena “andar pato” por andar sin plata. Como sea, el O’Higgins pato y los colgados de Parra son lo mismo: “irreverencias” autorizadas por la autoridad. En un caso el nombre del padre es la autoridad política, en el otro los medios que viven de la publicidad. Mas no por eso podemos decir que la poesía está en la calle. Tampoco porque el Clinic haga “artefactos” y juegue a los “quebrantahuesos” en sus titulares, la poesía está en la calle. Creo que la poesía odia ser fantasma de sí misma. Las – Los que la aman lo saben muy bien. Como dice Jorge Ojeda en AKA(120). “Nuestra actitud semeja la de niños mutantes involucrados en un experimento que desborda la bioingeniería”.
Entrevista: David Bustos.
